Quería ser espectador de una orgía sagrada.
Jan Kott, El manjar de los dioses
Desde la muerte de los padres de Marina en un accidente en la ruta, Ariel se había instalado en la casa de su novia. Ya el día del accidente habían pasado toda la tarde teniendo sexo en aquel departamento que veinte años antes seguramente había sido moderno, pero que ahora resultaba tristemente anticuado. Después, al regresar del funeral, se acostaron en el cuarto de ella con la idea de descansar después de tantas horas de desvelo, pero bastó que ella se quitara el pantalón y el sweater para que Ariel sintiera ganas de acariciarla; ella no sólo no se resistió sino que terminó rápidamente de desnudarse para tirarse sobre él. Hasta entonces nunca habían tenido la casa para ellos solos, y en las dos ocasiones habían terminado en la cama.
La tarde del accidente, Ariel había ido a la casa de Marina con la noticia de que había renunciado a su trabajo. Estaba harto de cargar muebles y cajas todo el día, ir de acá para allá por un salario que no le alcanzaba para nada y encima soportando al dueño de la camioneta con la que hacían los trabajos de flete: su tío, un viejo tacaño que le hacía la vida imposible. Hacía rato que pensaba dejarlo, pero tenía que pagarse la pensión y vivir en esa ciudad tan distinta a su pueblo. A su tío se la tenía jurada, y cuando por enésima vez lo insultó delante de un cliente para que se apurara a acomodar una heladera que habían subido tres pisos por la escalera con su primo, ahí sintió que se le nublaba la vista, que lo veía todo rojo, y que si hubiera podido le habría arrojado la heladera sobre su enorme barriga. Sólo atinó a bajar por la escalera sin decir nada mientras escuchaba los gritos de su tío que lo llamaba. Cuando llegó a la camioneta, fue hasta el furgón, tomó el espejo de un tocador espantoso y lo arrojó sobre el piso. Pensó que siete años de desgracia no era un mal precio si se sacaba de encima a su tío que lo había maltratado durante dos. Cuando se lo contó a Marina, ella primero se alegró, iban a tener más tiempo para estar juntos, pero después puso cara de preocupación:
—¿De qué vas a vivir?
Se encogió de hombros.
—Tus viejos nos pueden mantener a los dos, ¿no?
Se rieron. Se tiró sobre él y le mordió el cuello mientras Ariel metía las manos por debajo del vestido y le acariciaba el culo. Un par de horas después sonaba el teléfono. Casi era una situación ridícula: ella estaba sobre él, montándolo y disfrutando de haber logrado una nueva erección con sólo refregar su sexo contra el de Ariel. El teléfono no paraba de sonar, pero ella no quería moverse, así que se estiró hasta llegar a la mesa de luz y atender el aparato mientras Ariel seguía penetrándola. Sus estremecimientos se convirtieron en convulsiones mientras oía que un desconocido, un policía del pueblo de Gálvez, le daba la noticia: los padres habían chocado en la ruta contra un micro y el auto había quedado destrozado. Los dos habían muerto en el acto. Marina había soltado el cuerpo de Ariel y también el tubo del teléfono. Lloraba tapándose la cara, y Ariel, que ignoraba aún lo que ocurría, no supo qué hacer con esa erección todavía a pleno.
Tuvieron que llamar a la tía Elvira, la hermana del padre, para que fuera a buscar a Pablo a la escuela y le diera la noticia. Su marido, el tío Héctor, los pasó a buscar en el auto para llevarlos hasta Gálvez. Marina no paraba de llorar y de repetir las mismas frases como letanías. Ariel no sentía nada, ni dolor por los padres de Marina y Pablo, porque nunca los había apreciado (y en todo caso era un desprecio mutuo), ni tampoco por la propia Marina. Le molestaba ese llanto convulsivo que a Marina le impedía pensar. Porque sólo sin pensarlo, cavilaba Ariel, ella podía preferir dirigirse hacia dos cuerpos muertos que ir al encuentro de su hermano menor.
A unos cinco kilómetros de Gálvez se veía, al costado del camino, el auto destrozado por el accidente. La parte delantera estaba absolutamente hundida y a simple vista cualquiera se daba cuenta de que nadie que viajara ahí podía haber sobrevivido. Pero Marina no vio esos hierros retorcidos. Ella iba con los ojos cerrados, sentada con el cuerpo tieso, los músculos tensos.
Se dirigieron a la comisaría del pueblo y después a la morgue. El tío no dejó que Marina fuera a reconocer los cadáveres y él mismo se encargó de ese trámite. Cuando salió de la morgue tenía el rostro transformado, al borde del llanto o de pegar un grito. Volvieron a Buenos Aires después de firmar los papeles y de conseguir una ambulancia para trasladar los cuerpos.
Fue algo casi natural. El día del entierro, Pablo se quedó en casa de los tíos, y Ariel pasó la noche con Marina en la casa que había sido de los padres. Durmieron en el cuarto de Marina, rodeados de muñecas y osos de peluche, los mismos testigos anacrónicos que los acompañaban cada vez que tenían sexo en la casa, y se conformaron con una cama chiquita que en cualquier momento se iba a romper en pedazos con sus sacudones.
Se habían conocido hacía seis meses en la disco Averno. Ariel había llegado con tres amigos alrededor de las dos de la mañana. Habían estado en un bar tomando cerveza y esnifando unas líneas de coca en el baño hasta que uno de los amigos, Joaquín, recordó que tenía entradas para esa disco de jóvenes burgueses, donde la bebida era cara y las mujeres sólo se dejaban arrastrar de ahí si en la puerta los esperaba un Alfa Romeo o un auto parecido.
Pasaron sin problema a pesar de que el patovica de la entrada miró con lupa cada una de las invitaciones. Finalmente, los dejó pasar. La disco estaba repleta de gente saltando en las pistas y empujándose frente a las barras en busca de bebidas. Una ola humana arrastró a Ariel y a Joaquín lejos de sus otros amigos. Joaquín sacó entonces del bolsillo una tarjeta mágica, un pase para el sector VIP. Subieron al primer piso, dejando atrás otro control de los guardianes pasados de anabólicos. Caminaron entre la gente y los reservados como si fueran perros de presa oliendo sangre. Vieron un grupo de chicas sentadas en sillones alrededor de una mesa ratona. Eran cinco y tenían encendida una vela y cantaban algo que no se escuchaba, apagado por el sonido de la música. Se acercaron y descubrieron que las chicas estaban cantando el Feliz cumpleaños a una de ellas.
Joaquín y Ariel se agacharon y se agregaron al coro, tomando del hombro a las mujeres que tenían más cerca. El espíritu de la mesa era tan alegre o tan alcoholizado que no les molestó la irrupción de los dos tipos desconocidos, al punto que, cuando terminaron de cantar el Feliz cumpleaños, algunas de ellas pidieron que los chicos le dieran un beso a la cumpleañera. Estaban ebrias.
La cumpleañera le dio un rápido pico en los labios a cada uno de los chicos. Las mujeres aplaudieron, rugieron y zapatearon. Ariel y Joaquín aprovecharon para sentarse entre ellas. Uno a cada lado de la joven que los había besado.
—¿Cómo te llamás, hermosa? —le preguntó Ariel acercándose a la oreja de ella. Por primera vez olió ese perfume que lo iba a enloquecer en los meses siguientes.
—Marina —le gritó para que él la oyera.
Una de las chicas había ido hasta la barra y volvió con una botella de champagne. Se sirvieron caóticamente en las copas. Ariel y Joaquín, que también tomaron, se sentían con toda la suerte del mundo.
Marina llevaba una minifalda blanca que se le subía y que dejaba ver casi completas sus piernas bronceadas. Joaquín se le había adelantado y como distraídamente había apoyado su mano en la rodilla de Marina. Ariel entonces pasó su brazo por la espalda y concentró su vista en el escote de la blusa ajustada de la chica. Tenía unas tetas altivas que despertaban las ganas de disciplinarlas a base de pellizcos y mordidas.
—¿Cuántos años cumplís? —le preguntó, más que nada para poder acercar su cara al pelo de ella.
—Veinticuatro. Vos parecés muy chiquito. ¿Cuánto tenés?
—Veinte.
—Sos un niño.
Una de las chicas se paró y le dijo a Marina si la acompañaba al baño. No estaba mal la amiga. Era más baja que Marina, pero tenía un jean ajustado que le marcaba un culo generoso. Las dos mujeres se fueron juntas y ellos se quedaron con las otras tres. La que estaba a su izquierda tomó la mano de Ariel y le miró la palma como haría una gitana. Se acercó a él y le dijo al oído:
—Tu línea de la vida es corta. Vas a morir pronto.
—¿No me darías un beso antes de que muera?
Ella no se hizo rogar y le comió la boca con energía. Cuando se separaron, Ariel buscó con la mirada a Joaquín para hacerle un gesto cómplice, pero su amigo ya no estaba ahí.
A los pocos minutos apareció la amiga de Marina, sola. Ariel se puso de pie y fue hacia los baños. Los vio parados delante de la pista de baile. Joaquín había apoyado una mano en la cintura de Marina y con la otra le acariciaba el pelo. Ella le hablaba y él movía afirmativamente la cabeza, pero era imposible que la oyera con la música sonando a todo volumen.
Ariel se acercó y puso sus manos en los hombros de la pareja. Joaquín seguía concentrado en acariciarle el pelo. Ella le sonrió al verlo aparecer. Ariel bajó su mano por la espalda y detuvo su camino al llegar al culo. Marina acercó su cara a la de él y le dijo al oído:
—Tu amigo me quiere coger.
—Yo también.
Ella se rió a carcajadas. Joaquín aprovechó para besarla y Ariel bajó la mano hasta acariciarle el culo. Marina retrocedió un paso, lo suficiente para cortar el beso y la caricia. Se acercó a Ariel y lo besó. Ahora era Joaquín el que aprovechaba para pasar su mano por el cuerpo de la chica.
—Me gustan más tus besos que los de tu amigo.
—¿Qué hacemos?
Marina los tomó de la mano y volvieron hacia donde estaban sus amigas. La que le había leído la mano le hizo un gesto para que se sentara a su lado, pero él no quería separarse de Marina. Quedó sentado entre las dos. La chica pasó medio cuerpo por encima de él para poder hablar con Marina. Le apoyó las tetas en su pecho y dejó una de sus manos muy cerca de la bragueta. Cuando volvió a su lugar le acarició distraídamente el bulto.
—Dice Sol que nos vayamos los cuatro a su departamento. ¿Quieren venir vos y tu amigo?
Las otras tres chicas se quejaron cuando se pusieron de pie. Marina gritó:
—Es mi cumpleaños y merezco todos los regalos del mundo.
Ya en el taxi, Ariel se sentó delante. Por el espejo retrovisor vio cómo Sol besaba a Joaquín y cómo éste la abrazaba con una mano mientras la otra se perdía en las piernas de Marina. No podía ver qué le estaba haciendo, pero sus ojos se cruzaron con los de Marina, que le sonreía con cariño.
Cuando llegaron al departamento, por las ventanas entraba la luz nocturna de la ciudad, que bañaba de plateado el pequeño living y la habitación, aún más pequeña. Ariel empujó sobre el sillón a Marina y comenzaron a besarse. Joaquín y Sol fueron hacia el cuarto y cerraron la puerta.
Marina le desabrochó el jean y metió una mano dentro del bóxer. Ariel estaba sentado y ella se había arrodillado sobre el sofá. Ariel aprovechó para levantarle lo poco que le quedaba de su minifalda. Desde que ella se había puesto de pie para ir al baño en la disco que él sólo pensaba en ver ese culo al natural. Marina dejó de acariciarlo para desabrocharse la blusa y empujar su mini al suelo. Él se quitó la camisa y el jean. Los dos quedaron en ropa interior. Ariel se arrojó sobre las tetas y, al segundo, el corpiño estaba también sobre la alfombra. Mientras le chupaba los pezones sintió que ella empezaba a gemir. Marina le lamió una oreja y le preguntó si tenía condones.
No. No tenía. Marina se puso de pie y fue hacia la habitación sólo con su bombacha puesta. Entró sin golpear. En la penumbra se veían fragmentos de los cuerpos desnudos de la otra pareja.
—Sol, ¿me das un forro?
—¿Uno sólo?
—Dame dos.
Ariel vio a Sol levantarse desnuda de la cama e ir hacia su cartera. Se agachó y revolvió entre sus cosas y le pasó una cajita de condones. Marina volvió con Ariel, pero no cerró la puerta, ni tampoco lo hizo Sol. Antes de sentarse en el sillón, Marina se sacó lo único que le quedaba puesto. Apenas tenía una línea delgada de vello púbico. Ariel acercó su mano y la acarició. Marina se quedó quieta y él jugó con el sexo de ella. Recorrió los bordes, subió por la línea de vello y descendió hasta penetrarla con un dedo, luego con dos. Ella se arrodilló y comenzó a chuparle la verga. Desde su lugar, Ariel podía ver cómo Sol montaba sobre Joaquín mientras gemía cada vez más alto. Joaquín la tomó por la cintura y la hizo dar vuelta. Sol apoyó los codos sobre la cama y levantó el culo para que Joaquín pudiera penetrarla. Sol y Joaquín quedaron de frente a Ariel y sintió la mirada de los dos sobre él y Marina que le seguía chupando. Entonces, Ariel dejó de observar a la otra pareja, tomó de la cabeza a Marina e hizo que se subiera encima de él. Ahora era el cuerpo de Marina el que quedaba a la vista de los otros dos. Joaquín y Sol podían ver cómo Marina lo cabalgaba cada vez con más ímpetu. Ariel ya no veía a su amigo y a la otra chica, pero sintió los gemidos prolongados de Sol mientras acababa unos segundos antes de que él hiciera lo mismo. Marina acabó por primera vez esa noche un poco más tarde.
A la mañana siguiente, Ariel y Joaquín se fueron del departamento. Joaquín y Sol no volverían a encontrarse. En cambio, Marina y Ariel no dejarían de estar juntos en los meses siguientes.
Hasta la muerte de los padres, Ariel y Pablo no se llevaban mal. Se habían visto algunas tardes en el negocio de fiestas, que tenía un salón que se alquilaba para cumpleaños y bautismos, y un sector abierto al público todas las tardes con juegos. Había simuladores de autos de carrera, de motos y de aviones, las últimas versiones de juegos de fútbol, y hasta un par de PlayStation 3 conectadas a sendos plasmas de cuarenta y dos pulgadas. El negocio era el lugar de encuentro de Ariel con Marina, que venía de la facultad. Él llegaba siempre antes para gastar unas fichas en los simuladores de aviones de guerra y Pablo estaba enfrascado en otro juego. Cuando Pablo levantaba la vista de la pantalla, lo saludaba con un gesto que intentaba pasar por adulto. A Pablo le gustaba que lo tratasen como un grande. Al terminar sus partidos iba hasta donde estaba Ariel y se saludaban estrechándose la mano y, a la vez, con un beso. En la escuela, le había contado Marina una vez, era bastante vago. Había repetido y estaba en primer año. Decía que no quería hacer la escuela secundaria y que sólo quería estudiar guitarra. A Ariel le parecía un excelente proyecto de vida. Él había terminado los estudios y no le habían servido para nada.
A veces Pablo iba al negocio con algunos amigos. Había uno, anteojudo, flaco y altísimo para su edad, que venía y saludaba a Ariel con un golpe en la espalda. Patricio, que así se llamaba, tocaba el bajo en un grupo de rock y seseaba al hablar. El otro amigo de Pablo era Ronny, un dark pálido y triste que nunca lo miraba.
Otro trío era el que Pablo hacía con sus dos primos mellizos: Nahuel y María Lucrecia. Tenían catorce años —como él— y no usaban camperas de cuero, como Pablo, pero les gustaba el rock. Luz —así llamaban todos a María Lucrecia— ya dejaba presumir una adolescente infernal que iba a ensombrecer la justa fama de su prima mayor. Nahuel y Luz se parecían muchísimo, se vestían de manera similar, y para agregarle un toque de confusión a todo, Nahuel usaba el pelo por debajo del hombro y Luz lo usaba muy cortito dejando la nuca al desnudo, un vello apenas visible que a Ariel le recordaba el pubis de su novia.
Pablo y Ariel hablaban dos palabras hasta que llegaba Marina. Al hermano le daba dos ruidosos besos en las mejillas, le tiraba del pelo y lo pellizcaba mientras Pablo la insultaba y se alejaba de la pareja, que se iba casi inmediatamente del lugar.
Pablo volvió de la casa de los tíos dos días después del funeral. A Marina le pareció que Pablo debía empezar a acostumbrarse a las nuevas circunstancias.
Esa noche, Marina cocinó pollo al horno con papas. A Pablo le llamó la atención que su hermana cocinara, pues de eso se encargaba Elisa, la empleada doméstica, pero más le sorprendió ver que Ariel no pensaba irse del departamento. Comieron en la cocina mientras miraban un programa en la tele chiquita. Pablo casi no abrió la boca. Cuando terminaron de cenar, Marina y Ariel fueron al living a ver una película en el plasma y Pablo se metió en su pieza. A las dos horas pasó hacia la cocina, se tomó un vaso de coca y volvió a su cuarto. Sin mirarlos les dijo chau. Ariel le dijo a Marina que le parecía que ella tenía que hablar con el hermano y explicarle que él se iba a quedar unos días. Pablo iba a entender. Pero Marina se encogió de hombros y le dijo que no valía la pena, que se iba a dar cuenta solo.
Al otro día, cuando despertó, Pablo y Marina ya se habían ido. Ella tenía una clase en la facultad. Elisa, la empleada, estaba encerando el living. Fue a la cocina, calentó café y volvió a la habitación. Cerca del mediodía, Elisa le pidió permiso para limpiar el cuarto. Pasó al living y se puso a ver un partido de basquet. A los diez minutos se aburrió y empezó a hacer zapping de un canal internacional a otro. Como no entendía ni inglés, ni francés ni el español que hablaban los gallegos, terminó viendo una telenovela chilena.
Pablo y Marina llegaron a la vez. Los tres y Elisa comieron juntos. Marina se quejaba de un profesor, de los exámenes que se le venían, intercambió información hogareña con Elisa y le preguntó a Pablo por la escuela, que sólo contestó con monosílabos. Después del almuerzo, Marina y Ariel fueron a hacer unos trámites y él aprovechó para hablar del hermano. Le dijo que lo veía mal, que se notaba que le molestaba su presencia. Marina creía que estaba equivocado, que Pablo se comportaba así porque todavía no había podido acostumbrarse a la ausencia de los padres.
Así pasaron casi dos meses. Se habían acostumbrado a tener sexo de noche. Parecían un matrimonio con hijos. Con un hijo. Cogían sólo cuando se encerraban en la habitación de Marina. Habían trasladado la cama matrimonial, la que había sido de sus padres, a su pieza, que quedó casi sin espacio para moverse. Hubiera sido más fácil cambiarse de habitación, pero Marina no quiso. Si cerraban la puerta, ya quedaban bastante lejos del cuarto de Pablo, que estaba del otro lado del living.
Una madrugada, después de que se apagaran sus gemidos, sintieron un ruido en el living. Prestaron atención, pero no volvieron a sentir nada. Al rato se quedaron dormidos.
Habrían olvidado rápidamente el episodio si no hubieran oído el mismo sonido a la noche siguiente después de haber cogido. Y dos días más tarde, luego del ya habitual ruido del living, sintieron, o creyeron sentir, un leve, sutil, casi inexistente chirrido de una puerta. La puerta de la habitación de Pablo que se cerraba.
Los fines de semana, Pablo comenzó a irse a casa de sus primos mellizos o a las de sus dos amigos. Sin Pablo, sin la señora de la limpieza, sin el recuerdo presente de los padres, toda la casa de Marina, los fines de semana, era una enorme cama donde coger: la cocina, el living, el baño, el cuarto de planchar…, todas las habitaciones menos la de sus padres, y no había dudas de que Marina se mostraba más excitada que nunca cuando tenían sexo en la cama o en la alfombra del cuarto de Pablo.
Un lunes, tal vez un martes después de un fin de semana largo, Pablo cenó con ellos y habló un poco más de lo habitual. Contó cómo Luz había sido castigada por la tía cuando llegó un sábado a la una de la mañana sin avisar. La tía le había pegado a su hija dos cachetadas y Luz había amenazado con irse de la casa. «¿Adónde te vas a ir con catorce años, malcriada, si no te sabés lavar la bombacha?», había preguntado a los gritos la tía. «Con Marina», había sido la respuesta de Luz.
—Luz no sabe lo que dice —fue el único comentario de Marina, y Pablo volvió a su mutismo.
Marina y Ariel fueron al living a ver la tele. Se sentaron en el sillón grande, como siempre, y oyeron cómo Pablo se encerraba en su cuarto y prendía su televisor. Mientras Ariel hacía zapping, Marina murmuró:
—Luz en casa… Lo único que nos falta para que esta casa se convierta en un asilo de parias y escapados.
Marina seguramente no lo pensó, pero Ariel intuyó que esa frase no sólo descalificaba a Luz sino también a él, que se había quedado a vivir allí. ¿Cómo no pensar que ella lo veía como un intruso?
Detuvo el zapping en una película que recién comenzaba. Trabajaban David Duchovny y Brigitte Bako. Parecía —y lo era— una de esas películas de erotismo frígido y aburrido donde lo único admirable eran las generosas tetas de la chica. Marina se había apoyado en el regazo de Ariel y miraba desde allí la tele. Tal vez se estaba aburriendo, o tal vez el cuerpo desnudo de Brigitte Bako o los músculos trabajados de Duchovny la habían excitado, lo cierto es que giró un poco la cabeza, le bajó la bragueta, buscó la verga y comenzó a chuparle, algo poco usual en ella, que odiaba tragar semen y siempre escupía hasta la última gota. ¿Qué habría pasado si Pablo hubiera aparecido en ese momento y hubiera visto a su hermana lamiendo una verga a la luz del televisor? Ella parecía ajena a todo mientras le pasaba la lengua a lo largo antes de volvérsela a meter en la boca. Ariel no duró mucho: le acabó en la boca y Marina hizo un esfuerzo sobrehumano para no tragar ni escupir ahí mismo. Se puso de pie con los carrillos llenos, los labios apretados y húmedos y una muy delgada gota que corría por una de las comisuras de los labios. Fue tan sólo ponerse de pie, apenas acomodarse la ropa cuando apareció Pablo por la puerta y los miró. Marina le sonrió con la boca cerrada, le guiñó un ojo y salió casi corriendo hacia el baño. Pablo se dirigió a la cocina sin que un solo gesto delatara su estado de ánimo.
En la semana siguiente nada cambió. Tampoco Luz había cumplido con su amenaza de abandonar el hogar paterno. El miércoles Pablo cumplía quince años, y Marina había decidido agasajarlo con una fiesta en la casa. Pablo dejó hacer e invitó a los mellizos, y también a Patricio y a Ronny. Elisa había dejado preparada una torta de chocolate y coco, y Marina había comprado una impresionante cantidad de sándwiches, salchichitas, papas fritas, masas finas, gaseosas, cerveza y sidra.
La música estaba a todo volumen. Cantaba Amy Winehouse mientras los cinco amigos no paraban de comer, tomar y hablar de la banda de rock que podían llegar a armar. Ignoraban a Marina y a Ariel como si fueran empleados que sólo cumplían el deber de llevar y traer platos con sándwiches y salchichitas calientes. Los jóvenes no hablan con los viejos, se dijo Ariel. Al pensar que esos nenitos lo veían como un anciano sólo porque él tenía veinte años le daban ganas de romperles la cara. Sólo los mellizos, cada tanto, le dirigían la palabra. Ariel no podía parar de mirar a Luz, vestida con una minifalda roja de cuero; se perdía en sus larguísimas piernas, el ombligo al natural y la montañita de sus pechos. Pero ni los amigos de Pablo, ni Pablo, ni, por supuesto, el mellizo de Luz parecían notar que había una chica entre ellos.
Marina (la anciana Marina, con sus veinticuatro años a cuestas) también se había vestido para el crimen: tenía un vestido negro con strapless y muy corto que apenas le tapaba las ligas rayadas de sus medias de microrred.
Todos, los siete, estaban un poco mareados. Las gaseosas permanecían llenas en la mesa mientras las cervezas bajaban con rapidez, producto de la ansiedad adolescente por tener la primera borrachera. Ariel y Marina también habían bebido mientras picaban algo en la cocina, donde se habían refugiado ante la indiferencia del resto.
En toda la casa sonaba la voz cautivante de Amy repitiendo «You know I’m no good», uno de esos temas que dan ganas de bailar y beber cerveza, bailar y besarse. Ariel tomó a Marina por la cintura y le dio un largo beso interrumpido por la voz de Luz, que pedía permiso para entrar en la cocina.
—¿Quedan salchichitas? —preguntó.
—Hay que poner a hervir. Sacalas de la heladera y echalas en la olla que está en el fuego —le indicó Ariel.
Luz pasó por delante de ellos, fue hasta la heladera, separó un paquete entero de salchichas de copetín y las echó a la olla. Ariel le miraba las piernas, el culo, las tetas, esa franja desnuda de la cintura, su carita de nena virgen y no podía evitar querer llevársela a la cama. Marina sin duda notaba que Ariel estaba concentrado en mirar a su prima, y para hacerlo volver a ella le acarició el pelo y la cara. Maquinalmente, Ariel estiró el brazo y le acarició un pecho por encima de la camisa. Luz estaba demasiado atenta a sus salchichitas para darse cuenta de lo que sucedía a un metro de ella. Ariel acercó un poco más el cuerpo de Marina y le pasó una mano por debajo de la minifalda. Recorrió con sus dedos el borde de la liga y con toda la palma de la mano acarició la piel que quedaba libre entre su pierna derecha y el diminuto slip. Los ojos seguían al cuerpo de Luz: hubiera querido tocarlo, sentir su ropa interior en sus manos como ahora sentía la de Marina, penetrarla con sus dedos, morderla. Luz se apoyó en la mesada esperando que hirviera el agua, pero por más que disimulara y mirase los inexistentes detalles del plato que tenía en una mano, no iba a poder, tal vez, evitar verlos de reojo. Luz, era muy probable, no podía evitar ver cómo se besaban. Luz, seguramente, podía ver sus cuerpos refregándose. Luz debía de estar viendo cómo Ariel le bajaba la parte superior del vestido sin hombros ni corpiño y dejaba al aire las tetas de Marina. Esas tetas que le habían parecido arrogantes y que él había intentado dominar en todos esos meses a fuerza de apretarlas, pellizcarlas, morderlas, chuparlas. Ariel le frotó una teta. Luz veía cómo la otra mano de Ariel bajaba el slip de Marina. Luz escuchaba, por debajo de la voz de Amy Winehouse, la respiración entrecortada de Marina. Luz miraba cómo Marina le bajaba la bragueta, cómo surgía su verga tiesa como Luz nunca había visto. Una verga que Marina acercaba a su sexo mientras Luz contemplaba olvidada del agua que hervía, de la música que sonaba, de los demás que esperaban la comida en el living. Luz miraba y Marina cerraba los ojos para recibir la verga de Ariel.
—¡Puta, puta, puta! —fue el grito que de pronto cubrió todos los sonidos.
Marina y Ariel se separaron. Ariel se sintió ridículo al tratar de guardar en el pantalón la verga erecta. Pablo se abalanzó sobre su hermana e intentó golpearla, pero los otros chicos habían salido corriendo hacia la cocina con el primer grito y lo detuvieron. Marina y Luz lloraban.
Nadie probó la torta de cumpleaños. Pablo se encerró en su cuarto y gritó que no quería hablar con nadie. Marina convenció a los amigos de su hermano de que era mejor que se fueran. Los chicos obedecieron y se despidieron de ellos dos cabizbajos, como dándoles el pésame.
—Va a ser mejor por esta noche que te vayas —le dijo Marina a Ariel.
A él le pareció una estupidez, pero se puso la campera y se fue a un bar con billares hasta que empezaron a subir las sillas sobre las mesas y a lavar el piso. Eran las cuatro de la mañana. En la calle hacía frío. Caminó sin rumbo durante más de una hora hasta que se sentó en el banco de una plaza. Ya había amanecido y comenzó a sentir que se le helaban los huesos. Ahí sentado, sin nada que hacer, sin lugar donde ir, se dio cuenta de su situación. De cómo en esos meses Marina, su casa, sus actividades, habían ido ocupando su vida. Él, antes, no había necesitado nada de eso, pero ahora le era imprescindible. Porque hasta el momento de la muerte de los padres, Ariel podía seguir su vida como hasta entonces: con o sin Marina, con o sin trabajo, yendo de acá para allá o quedándose siempre en el mismo lugar. Pero ahora no. Siempre había pensado que, de alguna manera, había ocupado la casa de Marina, que se había apoderado de su mundo. No era así. Ella le había dado todo y ahora él necesitaba no perder lo que ella le había dado.
Eran alrededor de las nueve de la mañana cuando volvió a la casa. Marina estaba sola en la cocina tomando un café. Le sirvió una taza. Dos detalles lo enfurecieron: Marina tenía el pelo mojado, se había bañado y cambiado. También había limpiado el living y la cocina, como si así pudiera borrar las huellas de la noche. Dijo lo que él sabía que ella iba a decir:
—Hablé con Pablo…, está mejor. Me pidió que no te quedes a vivir con nosotros. Quiere que te vayas.
—¿Y vos? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.
—Va a ser mejor que no nos veamos más. No podemos seguir —y añadió—: Pero no es necesario que te vayas ahora a la mañana. Yo tengo una clase a las diez pero vuelvo a la una. Si querés te ayudo con tus cosas.
¿Sus cosas? ¿No sabía Marina que no tenía nada? Al menos sabía que no tenía plata, porque antes de irse a la facultad puso sobre la mesa unos billetes, lo suficiente para un par de semanas. Marina lo indemnizaba. Lo despedía como novio y lo indemnizaba. ¿No resultaba todo demasiado estúpido?
Fue a sentarse al sillón del living y como un autómata prendió el televisor. Tenía la sensación de que no había pasado ni una noche desde la muerte de los padres de Marina. Como si todo no hubiera sido más que un sueño y al volver a la realidad se encontraba con que no tenía nada de lo que había imaginado. Pablo lo había hecho todo bien. Seguramente lo había planeado desde el día que descubrió que se iba a quedar a vivir con ellos. Pablo supo cómo separarlos. Todo formaba parte de su plan para terminar con él. Habían sido enemigos y recién ahora lo descubría.
En ese momento Pablo salió de su habitación hacia la cocina o el baño. Lo vio sentado y no le dijo nada. Fue Ariel el que se acercó y le gritó como un loco:
—Mirá, pendejo. Vos no me vas a separar de tu hermana. ¿Entendiste, pelotudo?
Si se hubiese asustado, si hubiera demostrado temor o enojo y se hubiera puesto también a gritar, a pedir por su hermana o insultarlo… Pero no, lo miró como si los dos estuvieran en planetas distintos, como si hablaran lenguas incomprensibles para el otro. En un tono que le pareció de indiferencia, pero que en realidad era como un ruego, le pidió:
—Dejame pasar, dejame en paz. Andate, dejanos tranquilos.
Ariel lo empujó. Le dio un cachetazo. Pablo se tambaleó. Luego Ariel le arrojó una trompada con tal furia que le erró a la cara y le pegó casi en la nuca. Pablo se cayó al suelo. Ariel le gritaba: «Tu hermana es mía, ¿entendés?». Le pegó una patada. Pablo se arrastró un metro o dos. Le iba a pegar otra vez cuando vio que Pablo sangraba por la nariz. Ahí mismo Ariel se arrepintió de haberlo golpeado. Se tiró sobre el sillón. Pablo se puso de pie.
—Ya vas a ver —le dijo con la cara llena de sangre y se metió en la habitación de los padres.
Ariel se había quedado sin fuerzas para nada. Pablo, pensaba, había ido a buscar un revólver. El padre debía guardar un arma en el ropero. Pablo lo sabía e iba a matarlo. Le iba a disparar y a herir, y esa actitud asesina haría que Marina no sólo le perdonara los golpes contra su hermano sino que también despertaría su compasión y reviviría su amor hacia él. Deseaba verlo llegar a Pablo, que le apuntara al corazón y le hiciera un agujero en el estómago de un disparo. Nada deseaba más en ese momento que una buena bala.
Pablo debía haberse caído de una silla (¿el arma estaría guardada sobre el ropero?), porque Ariel sintió un grito apagado y una silla que rebotaba contra el piso. Decidió apurar el trámite e ir en busca del disparo que lo redimiera ante Marina. Fue a la pieza de los padres. Ahí estaba Pablo: el hijo de puta se había ahorcado con su propio cinturón. Se había sacado los zapatos, el pantalón, había atado una punta del cinto a la lámpara, había hecho un nudo corredizo en la otra y se había ahorcado. Quedaba ridículo ahí colgado con las piernas flaquitas tiesas en el aire.
Mientras lo descolgaba y lo apoyaba sobre la cama, sin preocuparse por las huellas que estaba dejando y que la maldita policía iba a usar en su contra, pensaba qué bueno hubiera sido que Pablo se hubiera matado antes de que él lo golpeara, que se hubiera matado unos días antes, antes de todo lo ocurrido. Porque así Marina se habría apoyado en él para sobrellevar el dolor. Él se habría quedado con ella en su casa, haciéndola olvidar tantas muertes. Habrían vivido juntos. Habrían tenido sexo siempre, sin preocuparse por nada. Y habrían sido muy felices.

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