Tiene treinta años y es la primera vez que se masturba. Está sola en su cama matrimonial. Trabaja en una revista, tiene que levantarse temprano, son las dos de la mañana. Quería dormir antes de las doce. Leía una novela cuando se presentaron los detalles de una erección. Ya imaginó, en estas dos horas y media, lo que podrían haber hecho esta noche. Ya imaginó sus rodillas chocando, una y otra vez, contra las axilas de él. Imaginó que le abrazaba la espalda con las piernas y también imaginó que ella le ponía los talones sobre los hombros. Ya se vino tres veces. Va por la cuarta. Él y ella no se han acostado. Se conocieron hace dos semanas. Él lleva una semana en Bogotá. Ella no ha ido, no imagina ni le interesa imaginar Bogotá, prefiere imaginar cómo sería una noche con él. Suda sola. No le incomoda ser este personaje. Al contrario.
Una imprecisión: no es la primera vez que se masturba. La primera vez tenía diecinueve años. No se acuerda ahora. Otra: cumplirá treinta años en tres meses. No importa. Importa, en todo caso, que a la mañana siguiente, silba una canción de moda, una canción romántica que detesta, pero que no le importa silbar ante sus compañeros de oficina, camino a su escritorio. Por silbar frente al monitor de su computadora deja que el primer cigarro de la mañana se consuma en el cenicero.
Llega a su departamento por la noche. Relee los detalles de la erección en el libro. Esta vez no la provocan. Anoche su imaginación llegó lejos, piensa. Enciende la televisión, busca un canal de pornografía, el único canal de pornografía incluido en el paquete que contrató, uno que hasta ahora sólo había visto de pasada. Música mala, gemidos falsos. Apaga la televisión, se acuesta, apaga la luz. Recuerda una conversación al teléfono con él, recuerda su voz grave, su risa ronca, pero pudo haber visto un mapa para volverse a masturbar.
Él vuelve después de tres noches en las que ella lo ha recordado más o menos de la misma forma. Le llama desde el aeropuerto para invitarla a cenar. Van al departamento de él. Hacen el amor por la madrugada. Hasta que amanece. El domingo lo hacen tres veces. Ella ha llevado a la cama las posturas que imaginó. El lunes por la mañana se levanta antes que él. Debe llegar al trabajo. Él la llama linda, linda, al rato te llamo, le dice, y sume la cara en la almohada. En el baño, mientras se lava los dientes, observa una liga roja para el pelo. Corre el agua de la llave, se cepilla los dientes al tiempo que esa liga le ofrece una historia que ella, hasta ahora, no había imaginado. A partir de un detalle, una cosa de nada, reconstruye todo. De principio a fin. Y el momento en el que ella dejó esa liga roja en el baño. Es un personaje que observa una liga roja entre un desodorante y una loción.
Va tarde a la oficina. Bajo la puerta ve un sobre a medio camino. Lo levanta, lo voltea, lo lee. Correspondencia bancada. Marina Lara. ¿La dueña de la liga roja? Deja el sobre en la mesa, al lado de un florero sin flores, se va al trabajo pensando en ese nombre, en ese sobre, en esa liga. No. Piensa en una mujer que imagina guapa, haciendo el amor una y otra vez, con el pelo atado, ahora desatado, con una liga roja en la muñeca derecha que, luego de montarse sobre él una vez más, va al baño y luego de orinar deja la liga entre el desodorante y la loción.
Por la noche se ven en el departamento de él. Con una lámpara encendida, con las sábanas revueltas, con demasiado calor, ella le dice que tiene sed. Van a la cocina. Bebe, de un trago, el medio vaso de agua. Deja el vaso, vuelve a ver el sobre en el mismo lugar donde lo dejó por la mañana. Lo toma, actúa. Es mala, lo sabe. Toma el sobre casualmente, lo lee como accidentalmente. Lo lee frente a él, le pregunta quién es ella. Le incomoda ser este personaje.
¿La correspondencia? Le sigue llegando a Marina, dice él, al tiempo que le acaricia los hombros. ¿Marina?, pregunta ella haciendo una pregunta más larga que prefiere guardarse. Él le cuenta que terminaron, que estuvieron juntos seis años, que ella hace poco se fue a Chicago a hacer una maestría. Se van a acostar. Cuando programa el despertador, ella piensa en la liga roja. Ella detesta las historias con demasiados personajes. Uno, dos, a lo mucho, piensa, son tolerables. Piensa en la liga roja, le da la espalda. Piensa en otras historias con demasiados personajes. Melodramas todos. Rurales. Se pregunta si esa liga la compraron campo adentro.
Se despiertan más o menos a la vez. Ella se baña rápido, va tarde al trabajo. Mientras él se baña, ella piensa cómo justificar su tardanza. Al lado del teléfono encuentra sobres, la correspondencia de Marina Lara. Va a la mesa, al lado del florero descansa el sobre más reciente. Lo toma, lo lleva al lado de los otros. Los cuenta. Ocho. Ocho meses de correspondencia. Cada uno de los meses en los que ha llegado el estado bancario. Observa el teléfono. No llama. Mejor, piensa, se va pronto a la oficina. Toma el penúltimo sobre dirigido a Marina Lara. Lo estudiará en su oficina. Revisará los movimientos bancarios, día a día, línea a línea, uno por uno.
De camino a la oficina imagina los movimientos bancarios. Bar tal, restaurante tal, farmacia tal, supermercado tal. Ninguna librería, ningún gasto en libros, piensa. Intuye que su estado bancario no promete gasto en libros. Es analfabeta, concluye. A ella le basta una liga para imaginar el origen y el destino de una mujer. Recuerda cuándo llegó el último sobre a nombre de Lorenzo, la correspondencia bancaria que llegaba al departamento a nombre de Lorenzo, su ex novio, cuando vivían juntos. ¿Cómo hizo Lorenzo para cambiar tan pronto la dirección postal en el banco? Después de que se fue no llegó nada a su nombre. Recuerda la mudanza, las cosas que se llevó un domingo por la tarde mientras ella, como acordaron, no estaba. Cuando volvió por la noche notó que él se había llevado las tazas que su madre, la madre de Lorenzo, le había regalado a ella en su cumpleaños. El único regalo de cumpleaños que le había dado, esas tazas, se las llevó él. Se pregunta por qué se las llevó. Eran suyas, le gustaban. Él lo sabía. Aquel domingo por la noche la pasó inspeccionando el departamento, descubriendo los huecos, reconociendo lo que antes estaba y que ahora no estaba. Buscaba algo, tal vez algo de Lorenzo, que se hubiese quedado en su lugar. Nada. No había dejado nada. No había dejado nada equivalente a una liga roja. ¿Por qué Lorenzo no había dejado nada? ¿Por qué le incomoda esa liga roja? ¿Por qué le importa? No le gusta hacerse esta clase de preguntas. Se pregunta, antes de entrar a su oficina, si será mejor pasar la noche sola. No es un personaje. Ésta es. Escucha su respiración al abrir el sobre.

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