El último día, tras la sesión de clausura van al Cold, que está en un lujoso chalet, a las afueras. Los recibe una mujer morena, de unos cincuenta años, vestida con traje chaqueta azul marino. Se llama Incarna, dice con un suave acento extranjero que ninguno de los tres logra localizar, y los conduce al salón del primer piso, una estancia amplia con mesas repartidas aquí y allí, y una barra situada a la izquierda. Todo está envuelto en una penumbra rojiza pensada para desinhibir, pero no tan densa como para impedir que se vea el rostro de los interlocutores. Huele a ambientador. Suena Lionel Richie, y hay varias pantallas de televisión encendidas, pero sin sonido. Incarna les pregunta que si quieren tomar algo. Romano y Arturo piden whisky. Carlitos Caramelo, un gin-tonic. Mientras el camarero les sirve, Incarna les explica las normas.
La tarifa es de ciento cincuenta euros por persona. Las bebidas están incluidas en el precio. Está permitido fumar. Cold-Madrid piensa que el humo va intrínsecamente unido al vicio. Sí, Incarna utiliza el adverbio intrínsecamente, lo que les sorprende gratamente a los tres. Todas las personas que hay en el club son amateur. Todos los que acuden a Cold-Madrid lo hacen por voluntad propia para pasar un rato agradable. Sin otra pretensión. Cada uno puede hablar con quien quiera. La única condición es que los conversadores estén de acuerdo. Está terminantemente prohibido tocar a la otra persona. Ni siquiera con su consentimiento. Cold-Madrid no es un local de contactos ni de prostitución encubierta. Cold-Madrid está en contra de cualquier tipo de explotación sexual y por supuesto en contra de la pornografía infantil. Cold-Madrid piensa que el sexo debe ser libre y gratuito, pero consentido, entre mayores de edad, y fomentado desde el Gobierno. Ése es su ideario. En Cold-Madrid hay que guardar siempre un espacio personal de un metro por delante, por detrás y por los lados. No importa que la otra persona desee ser tocada. En Cold-Madrid está terminantemente prohibido tocar. Si alguien toca será inmediatamente expulsado, no se le reembolsará la tarifa de entrada y no será admitido nunca más. Masturbarse sí está permitido. Incluso en público. Pero siempre con preservativo, por motivos de higiene.
Repartidas por las diferentes mesas o acodadas en la barra hay parejas, grupos de personas charlando a un metro de distancia unas de otras. Efectivamente, algunos hombres se masturban sin dejar de hablar con naturalidad, como si en vez de una paja lo que se estuvieran haciendo fuera echarse un cigarrillo. Un poco más allá ven a dos mujeres repantigadas en sus butacas. Están una frente a la otra, han abierto sus piernas con procacidad, y se acarician sin dejar de mirarse.
Cuando Incarna se retira Carlitos Caramelo les comunica su deseo de moverse por el local a su aire y sin compañía. Romano y Arturo se quedan en la barra, flanqueados por una pareja y un trío. Romano se afloja el nudo de la corbata.
—Profesionales —sentencia—. Esto es un puticlub.
—Nada de puticlub: aquí no puedes meter mano: ni te la pueden meter a ti. Ya te lo ha dicho Incarna.
—Incarna puede decir misa.
Romano apura su whisky y le hace una seña al camarero para que se lo llene de nuevo. Mientras espera puede oír con nitidez la conversación de la pareja que tiene al lado.
El hombre. ¿Te gustan tan jóvenes?
La mujer. Sí.
El hombre. Soy yo y mi ex. ¿Te gusta?
La mujer. Sí, ¿tienes más?
El hombre. Sí. ¿Y tú?
La mujer. Mías no.
El hombre. ¿De quién?
La mujer. De amigas.
El hombre. Quítate las braguitas.
La mujer. Vale.
—Por nuestros cincuenta años.
Romano está tan embebido en la conversación que se sobresalta cuando Arturo choca su vaso contra el suyo.
—Cincuenta años —repite Arturo—. No sé tú, pero yo estoy en plena crisis de la mediana edad. Llevo una temporada fastidiado. Muy fastidiado. Pensando incluso en dejarlo todo. Estoy pensando dejar la universidad. Dejarla por lo menos una temporada… Tengo ahorros y podría sobrevivir un tiempo… Me aburre todo esto. Los congresos, las conferencias, los puticlubs… Y de las clases mejor no hablar. Las clases se me hacen cada vez más cuesta arriba… Y llevo años sin publicar una línea.
—¿Sabes lo que hago yo cuando entro en un periodo de depresión anímica como el tuyo? Abuso del poder. Sí, hago exhibición de mi autoridad. Y funciona, créeme que funciona. Otorgar algo a alguien que no lo merece; hacerlo por puro capricho, por tu real gana, porque te sale de los cojones. Y ver que se cumple tu designio. Eso sube mucho la moral y la autoestima.
—Yo no tengo poder, tú sí. Estás en comités, presides fundaciones, tienes fondos a tu cargo, grupos de investigación… Yo he renunciado a todo eso.
—Pues cometes un error. Deberías figurar en puestos de responsabilidad. Pero no para ayudar a la comunidad universitaria, eso son tonterías. Para ayudarte a ti mismo. Un hombre sin puestos de responsabilidad, sin poder, es como un gato sin uñas. Genera frustración y neurosis. Todo hombre necesita un poco de poder para abusar de él en momentos como éste, cuando flaquea la fe.
—Pues no pienso meterme en comisiones ni comités a estas alturas.
—No hace falta que te metas en ningún sitio. Te cedo el mío temporalmente.
—¿Me cedes el qué?
—Mi poder. Te cedo mi poder temporalmente. Tengo por ahí una beca bastante generosa, que no tiene dueño. ¿A quién se la damos el año que viene? Te dejo que seas injusto y arbitrario. Tómatelo como un regalo de cumpleaños. ¿A quién se la damos, venga? ¿Se la damos a alguna chica guapa que conozcas? ¿No tienes ninguna alumna que te quieras follar?
—¿Alumna? No. A mí de las alumnas lo que más me gusta son sus madres.
—Definitivamente eres un excéntrico. Yo en ese aspecto soy un catedrático muy tradicional.
—¿Y sigues activo a tus cincuenta años?
—He aflojado mucho. Pero he tenido mis momentos de efervescencia sexual. Aquí, en este congreso, me acabo de encontrar esta misma mañana con una discípula que me tiré hace diez o quince años. No había vuelto a verla desde entonces. Al principio no la reconocí. Es una chica rolliza, con el pelo color caoba, la has tenido que ver por los pasillos, pululando. Pero, claro, yo no me acosté con una gorda, sino con una muchachita delicada y rubia. El caso es que esta mañana, después de mi conferencia, se me acerca una mujer así, muy gorda, y me dice hola Romano, no te acuerdas de mí, soy Lina. Claro, al decirme Lina yo enseguida vi a una chica pequeñita y dulce. Pero aquella mujerona obesa no conservaba ni un solo rasgo de la muchachita que yo recordaba haber penetrado. No podía creerme que fuera ella. No sé qué piensas tú, pero yo creo que los cuerpos no sólo pertenecen a sus dueños legítimos. Pertenecen también a todas las personas que han conocido, sobre todo si han follado con ellas. El cuerpo de Lina, por ejemplo. El cuerpo de Lina forma parte de mi vida. Eso es un hecho. Su cuerpo define una parte, aunque sea pequeña, de mi identidad. Así que en puridad ella no puede disponer de él, de su cuerpo, como si este hecho no existiera.
—En realidad la gente no dispone de su cuerpo, Romano. Es más bien el cuerpo el que dispone de la gente.
—Lo que te quiero decir es que la gente no sólo se pertenece a sí misma, sino que también pertenece a los demás. Y que deberíamos ser cuidadosos con esto, no olvidar que nuestros cambios físicos afectan a otras personas. A ti, como te gustan las viejas, te afecta mucho menos el paso del tiempo.
—Todo lo contrario. Me afecta más que a ti.
—¿Te has tirado alguna vez a la madre de algún alumno?
—A la madre de un alumno, no. Pero a la madre de un colega, sí.
Romano suelta una carcajada.
—¡A la madre de un colega! ¿De quién?
Arturo echa un vistazo a su alrededor, inclina el cuerpo hacia delante y dice:
—A la madre de Carlitos Caramelo.
Y hace un gesto en dirección al lugar por donde se ha perdido. Romano, que iba a darle un trago a su vaso, interrumpe el movimiento del brazo y deja el vaso sobre la barra. Él también echa un vistazo antes de preguntar, incrédulo:
—¿Te has tirado a la madre de Carlitos? ¿A Harriet Montblanc? ¡Pero si debe de tener noventa y cinco años!
—Ya, pero fue hace mucho tiempo, cuando éramos estudiantes.
—Ah, bueno, entonces no tiene mérito. A mí también me encantaba Harriet Montblanc cuando éramos estudiantes. Yo creo que es la única mujer de más de veinte años que me ha gustado en mi vida. Decían que había sido un bellezón, y que don Carlos había dejado a su primera mujer por ella.
—Sí. Harriet estaba casada con un magnate del petróleo, y tenía una hija ya mayor cuando se puso a estudiar el doctorado en Austin. Dos años después don Carlos y ella se divorciaron de sus respectivos cónyuges, se casaron y se vinieron a España.
Romano quiere que Arturo le cuente su aventura con Harriet, pero Arturo teme que Carlitos Caramelo aparezca en cualquier momento y se resiste. Para evitar que Romano siga insistiendo se marcha al baño, y deja a Romano solo en la barra, al lado de la pareja, que sigue hablando.
El hombre. ¿Cómo tienes el coño?
La mujer. Húmedo.
El hombre. ¿Hace mucho que no te lo come nadie?
La mujer. Unas semanas.
El hombre. ¿Quién te lo comió?
La mujer. Una amiga.
El hombre. ¿Eres bi?
La mujer. Sí.
El hombre. ¿Cuándo ha sido la última vez que has estado con un tío?
La mujer. Hace un mes.
El hombre. ¿Follando?
La mujer. Sí.
El hombre. ¿Te gusta chupar pollas?
La mujer. Sí, me encanta.
El hombre. ¿Y que se corran en tu boca?
La mujer. Sí. ¿Tú te corrías en la boca de tu ex?
El hombre. Sí.
La mujer. ¿Tienes la foto?
El hombre. Sí.
La mujer. ¿Me la puedes enseñar?
El hombre. Enséñame tú antes alguna de tus amigas.
La mujer. Vale.
El hombre. ¿De dónde eres?
La mujer. De Ciudad Real.
El hombre. ¿No tienes ninguna foto de tus amigas desnudas o follando?
La mujer. Desnudas sí.
El hombre. Enséñamelas.
La mujer. Vale.
El hombre. ¿Has follado con alguna de ellas?
La mujer. Sí.
El hombre. ¿Con cuál?
La mujer. Con la pelirroja.
El hombre. ¿Qué talla de sujetador usas?
La mujer. 90.
El hombre. ¿Te gustaría follar conmigo?
La mujer. ¿Tu ex era buena chupando pollas?
El hombre. Maravillosa. ¿Te gustaría chupármela?
La mujer. Tienes una buena polla.
—Fue en casa de Carlitos —Arturo vuelve a sobresaltar a Romano cuando regresa del baño—. Me lié con Harriet el día que cumplíamos veinte años, cuando apenas quedaban dos semanas para que nos marcháramos a Estados Unidos. Hace treinta años de eso.
—Me acuerdo perfectamente de esa fiesta.
—Don Carlos estrenaba barbacoa. Era ya un hombre mayor, pero aquel día estaba como un niño con zapatos nuevos, asando filetones y costillares para todos. Llevaba una gorra de marinero, un polo con un escudo bordado, unas bermudas y unos calcetines blancos hasta la rodilla.
—También me acuerdo de eso y de sus pantorrillas lechosas y peludas. De lo que no me acuerdo es de verte a ti con Harriet.
—Pues estábamos en el jardín de su casa, alrededor de una enorme mesa. Éramos veinte o veinticinco personas. En un momento de la velada, don Carlos dijo que se retiraba, y nos pidió que siguiéramos charlando, pero que él estaba muy cansado, había estado asando chuletones todo el día, y que se iba a la cama. Harriet, que estaba sentada a su lado, frente a mí, se levantó también y lo acompañó arriba. Cuando regresó, al poco rato, se sentó a mi lado y empezamos a charlar. Era la primera vez que hablaba con ella a solas. Hasta entonces Harriet había sido para mí la madre de Carlitos Caramelo, nada más. Sí, había en su rostro, especialmente en sus ojos verdes y en sus labios todavía carnosos, restos de una antigua belleza. Pero ni yo me permitía mirarla como a una mujer, ni ella provocaba esa mirada. Aquella noche, sin embargo, quien hablaba conmigo era un animal sexual, y empecé a sentir frío, que es lo que me sucede cuando alguien me causa excitación. Pero no era una excitación genital, o no sólo era genital. Era una excitación integral que percibía con los cinco sentidos y afectaba a todo mi sistema nervioso: con la vista miraba su cuerpo; con el oído escuchaba el murmullo musical de su registro americano; y con el olfato olía su perfume mezclado con el aroma de los jazmines cercanos.
—Te falta el gusto y el tacto.
—Con el tacto la toqué.
—¿Delante de todo el mundo?
—No. El grupo ya se había disgregado. No sé cuánto tiempo estuvimos hablando, pero ya nos habíamos quedado solos en aquella parte del jardín. No creas que le metí mano, así, a lo bestia. Estábamos gesticulando cuando las manos se rozaron por azar. Seguimos hablando, fingiendo que no nos habíamos dado cuenta, pero los dos fuimos muy conscientes de ese roce, que luego, más adelante, volvió a repetirse, provocado por nosotros. Hasta que finalmente nuestras manos se buscaron discretamente bajo la mesa. Era yo quien parecía más preocupado por el resto de invitados, el que temía que alguien se percatara de aquellas caricias. A ella le divertía mi miedo y a mí su diversión me encantaba, pero me pareció más prudente separarnos, insertarnos en otros corrillos y participar en otras conversaciones que no me interesaban nada.
—Te falta el gusto.
—Hacia el final de la noche entré en la casa como un sonámbulo, buscando el baño, y me encontré con ella, que me condujo a un lugar apartado del sótano. Allí nos besamos, primero con dulzura y delicadeza, y luego con ferocidad. Eso fue lo que percibí con el gusto.
—¿Y os volvisteis a ver?
—Nos volvimos a ver, pero aquello nunca hubiera sucedido si Harriet no hubiese tenido la certeza de que yo me marchaba y de que aquello no iba a continuar. Durante esas dos semanas nos vimos todas las tardes en la habitación 525 del Hotel Wellington. La primera vez ella me esperaba en la habitación completamente a oscuras, con las persianas bajadas, y no permitió que encendiéramos ninguna luz. Nos reconocimos por el tacto y por el olor, por el oído y por el gusto, pero no nos vimos. En las tardes que vinieron después, sí, hubo media luz, claridad completa, música, silencio, merienda, vino dulce y algunas veces aplausos al final. Y el último día, cuando sólo quedaban horas para mi marcha, me pidió dos cosas: simular que nos íbamos a ver al día siguiente, y que no le escribiera ni una sola carta desde Estados Unidos. Cumplí las dos. Me despedí de ella con un beso en la frente y en los quince años que estuve en Estados Unidos no le escribí ni una línea.
—¿Y no volviste a verla nunca más?
—La llamé a la vuelta de Estados Unidos, y quedé con ella. Me encontré con una mujer que ese mismo día cumplía setenta y dos años. Dice ¿por qué me has llamado? Digo para acostarme contigo. Dice hace quince años tú eras un crío y yo una mujer relativamente joven. Digo sigo siendo un crío y tú sigues siendo relativamente joven. Dice tú sigues siendo un crío, cierto, pero yo soy una vieja de setenta y dos años. Digo muy bien llevados. Dice Arturo, deja de hacer el imbécil. Tú no quieres seducirme. Tú quieres seducir a la mujer con la que te acostaste hace quince años. Una mujer madura, atractiva, la esposa de tu director de tesis. No es a mí a quien deseas, sino a una mujer que ha dejado de existir hace mucho tiempo. Ya está bien de fantasías, abre los ojos. Y los abrí: hacía dos años le habían detectado varios pólipos en el colon y un carcinoma de grandes dimensiones sobre el ano, el mismo ano que yo había acariciado y lamido quince años atrás. El mismo ano que se había contraído alrededor de mi glande mientras yo lo hundía con una suave, pero constante presión de los dorsales. Dice todo aquello está sellado, Arturo. De aquí, del vientre, a la altura del ombligo, me sale una tripa muerta con una brida estanca donde se acopla la colectora de heces. Dice ¿quieres palparla? Digo sí. Dice ven, dame la mano, tócala. Y la toqué.
—¿La tocaste?
—Sí, la toqué. Dice éste es el centro de mi vida. Como no tengo colon mi materia fecal es líquida y contiene jugos digestivos, que son muy irritantes para la piel. Tengo que retirarla lo antes posible una vez que se llena. No sabes cómo me siento, Arturo. No tienes ni idea. Es como si en vez del ano, me hubieran extirpado el alma. El cuerpo es la única realidad. Sobre todo cuando te haces vieja.
Un poco más allá la pareja sigue hablando. Arturo no puede oírla, pero Romano no pierde ripio.
El hombre. Me voy a hacer una paja mirándote.
La mujer. ¿Te gusto?
El hombre. Mucho.
La mujer. ¿Te gustaría meter la mano en mi pequeño chocho?
El hombre. La mano y la lengua.
La mujer. Mira cómo paso mi dedo por la rajita.
El hombre. Ya lo veo, ya. ¿Te han metido alguna vez la lengua en el culo?
La mujer. No.
El hombre. ¿Te gustaría?
La mujer. Sí.
El hombre. Métete un dedo en el culo y otro en el cono. ¿Lo harás?
La mujer. Sí, lo haré.
El hombre. ¿Cómo me comerías la polla?
La mujer. Con mucha lujuria. Como una posesa. No dejaría de chupar y lamer hasta que te corrieras.
El hombre. Me gustaría metértela.
La mujer. Y si tú me lo pidieras me lo tragaría porque soy una niña buena.
El hombre. Qué bien, cielo. También me gustaría metértela por el culo suavemente, ¿me dejarías?
La mujer. Claro que sí. Me estoy poniendo a tope.
—¿Qué te parece si busco a Carlitos y nos vamos? —pregunta Arturo.
Romano no tiene ninguna gana de marcharse, pero le dice que sí. Cuando Arturo se pierde por el local en busca de Carlitos Caramelo, Romano se vuelve hacia la pareja y descubre que la mujer está sola, apurando su whisky con tranquilidad. Mirada de frente, le parece menos atractiva que mirada de reojo. Es muy menudita y tiene un rostro afilado, como de madre superiora.
Ella se da cuenta de que Romano la está mirando.
—¿Cómo te llamas, campeón?
—Romano. ¿Y tú?
—Andrea. ¿Edad?
—Hoy cumplo cincuenta. He venido con dos amigos que también cumplen cincuenta. Lo celebramos juntos desde hace veinte años.
—Felicidades, campeón. Yo tengo cuarenta. ¿Casado?
Romano duda.
—Divorciado. ¿Y tú?
—También, divorciada.
—¿Hace mucho?
—Tres años. ¿Y tú?
—Cinco.
—¿Y qué tal?
—No me quejo. Pero podría ir mejor. ¿Y tú, Andrea?
—Tampoco me quejo. ¿Qué le pides a una mujer?
Romano piensa liberarse y decir una barbaridad, para eso ha pagado ciento cincuenta euros, pero no puede, no es capaz.
—Le pido comprensión.
Dios mío —piensa él—, cómo puede ser tan cursi.
—¿Y tú qué les pides a los hombres?
—Algo que no suelen dar: sinceridad.
—¿Te gusta la sinceridad?
—La necesito para seguir viva.
—¿Quieres que me muestre sincero, que me muestre tal cual soy?
—Sí.
—¿Quieres saber lo que estoy pensando?
—Sí.
—Bien. Estoy pensando que ahora mismo humedecería mi pene en ese whisky on the rocks que estás tomando, para que no te resultara muy desagradable chupármelo. No te lo metería de golpe, eh; no soy tan egoísta, ni estoy tan salido. Tengo estudios superiores. Lo haría con delicadeza, con una presión suave…
—No me apetece que sigas.
—Pensé que tu invitación a que fuera sincero era sincera.
—Era sincera.
—Bueno, yo también estaba siendo sincero.
—No. Estabas siendo grosero.
—¿Grosero? ¿Y lo que tú estabas hablando con ese tío, qué era? ¿Poesía espiritual del Siglo de Oro?
—No entiendo qué tiene que ver el oro aquí.
—¿Sabes lo que pasa? Lo que pasa es que quienes presumís de buscar la sinceridad en realidad no la soportáis; sois un hatajo de cursis que vivís con la perpetua coartada de la insinceridad del mundo.
No puede seguir. El camarero que los ha atendido mientras hablaban con Incarna y otro gorila vestido de negro se han acercado por detrás y lo sujetan discretamente, cada uno de un brazo, y lo conducen a la salida. Romano prefiere no resistirse; sabe además que es peligroso, lo pueden matar a hostias.
Sin cruzar una sola palabra se dirigen a la puerta trasera del chalet. Durante el recorrido tiene la esperanza de cruzarse con Incarna, pero no la ve. Una vez fuera, cada uno de los gorilas lo coge de un brazo y una pierna. Romano sabe lo que le van a hacer, lo ha visto muchas veces en los wésterns. Así sacan del saloon a los vaqueros borrachos.
A la de una, a la de dos y a la de tres.
Cuando abre los ojos, Arturo y Carlitos Caramelo están a su lado.
—¿Cómo te encuentras?
—Ayudadme a ponerme en pie y os lo digo.
Lo ayudan a levantarse con cuidado. No le cuesta tanto como ha pensado. Se palpa el cuerpo, mueve todos los miembros y respira aliviado.
—Creo que no tengo nada roto.
—Taras y Arcan no son de romper huesos —explica Carlitos Caramelo—. Tienes un poco de sangre en la cara y un ojo morado.
—¿Taras y Arcan? —se ríe Arturo—. Qué familiaridad tienes con esos bestias. Te dejamos cinco minutos libre y te haces amigo de toda la casa.
—No es familiaridad. Simplemente sé que se llaman así.
—Chicos —quiere explicar Romano—, esto ha sido una cosa arbitraria. Una injusticia y una humillación. Yo no he violado el espacio personal de nadie, simplemente le he dicho a una tía cosas que no quería escuchar, y se ha puesto histérica. Quiero hablar con Incarna, quiero explicarle lo que ha pasado. La dignidad.
—Déjate de dignidades, Romano —le aconseja Carlitos Caramelo—. Estamos en una especie de puticlub, ¿quieres que tu mujer se entere de dónde vamos el día de nuestro cumpleaños? Venga, apóyate en nosotros y vámonos a casa.

Deja un comentario