Texto aleatorio

Siempre me he considerado un novelista de esos que tienen una relación golfa con el relato. Acudo a las narraciones breves para desmarcarme, para librarme del peso de comenzar toda una historia con un lector que acaba siendo peregrino. Ya no pierdo de vista que una novela es un discurso en el que estaré trabajando durante un año y del que tendré que tirarme otro hablando, por eso al relato llego de forma espontánea y explosiva, sin mirar de no meterme en según qué derroteros complicados. Contando cuentos me siento mucho más libre y rompo muchos de mis diques. También exploro y pongo a prueba los territorios que me acaban dando para trescientas páginas.

Casi todas mis novelas hablan de la familia y tienen a la oscuridad como protagonista. Este inédito quiso poner eso último al revés y en muy pocas páginas, así como hacerme trabajar al servicio de la escena. Es uno de mis relatos más visuales.

LLEGÓ DE REPENTE AL BARRIO, una anciana encanecida, enjuta, vestida con un traje de novia. Atravesó nuestra calle pero no lo hizo caminando por el arcén, sino pisando solo sobre la línea discontinua del asfalto y cuidándose mucho de no posar sobre el alquitrán las suelas blancas de sus, también blancos, zapatos de charol. Se las ingenió para avanzar todo el camino dando saltitos como si en el centro de la calle hubieran dibujado una rayuela. Llegó hasta donde estábamos nosotros y, tras dejarnos atrás, le quitó el cartel de la inmobiliaria al solar que había junto a nuestra casa.

Al poco, una compañía de obras valló su propiedad con una alambrada de cables trenzados en rombos. Ella miró todo desde el volante de un Prius, sin abandonar en ningún momento la silla del conductor ni dejar de fumar de un larguísimo cigarro sin boquilla; luego marchó y se hizo construir una mansión.

Volvieron al lugar los de una constructora, para trabajar.

Nada de interés pasó, durante los dos años que duraron las obras. Para cuando estuvieron terminadas esperábamos una fiesta de bienvenida, el típico formalismo que suele armarse con cada nuevo vecino. Pero no hubo nada de eso.

Solo ella, que volvió al barrio luciendo un traje aterciopelado que parecía hecho de nieve, tirando de una correa con la que paseaba a una enorme oca, también escrupulosamente blanca. Regresó para meterse en su residencia recién encalada. Encendió todas las luces. Se había hecho instalar unas luminarias capaces de conseguir que cada una de las ventanas ardiera en un fogonazo permanente. Dejó que la casa deslumbrara a todo el vecindario con aquel incendio de luz; y las bombillas, de mil gigavatios, no se apagaron en toda la noche.

Y así harían cada atardecer. Se ponía el sol y salían las luces de su casa. Al paso. Al ataque. Como si hubiera un faro en cada cuarto de aquella mansión, o si aquello fueran focos antiaéreos en vez de ventanas.

Las luces de su vivienda atravesaban la oscuridad igual que un millón de alfilerazos, eran un flash estallando en una llanura abisal, hacían parecer apagadas las farolas de la calle. Una estrella habitaba entre nosotros. Su resplandor se colaba entre nuestras casas y forzaba las juntas de nuestras ventanas lo mismo que una hoja de afeitar. Salir afuera con aquel extraño vecino quemando el vecindario con fósforo blanco era enfrentarse a un baño de luz antinatural, cegadora. Una tormenta de radiación quieta. El relumbrón era tal que no había contraventana ni cortinaje capaz de hacernos creer que era de noche. Un día imposible se adueñaba de todo. No podías avanzar por la calle si no era dando la espalda a toda aquella luz fija. La vista se te escarchaba hasta convertirte en un murciélago loco. Habrías preferido moverte por el barrio a oscuras.

Porque la negrura no duele en los ojos.

En el fondo, es paz.

Al segundo día fuimos a suplicarle, a gritar frente a su puerta. A pedirle que apagara las luces. Nos ignoró. Repetimos el procedimiento durante docena y media de noches. Nunca nos abrió.

La policía nos dijo que nada podía hacerse. Que no había directivas concretas sobre la contaminación lumínica generada por el alumbrado residencial privado. Que aquello no era normal, pero que tampoco era ningún delito. Ante la ley, aquel proceder no era como armar ruido, pegarle fuego a una rueda de camión en el patio trasero, acumular cantidades ingentes de basura o enterrar cadáveres en el jardín.

Así que la enorme casa blanca quedó así, habitada por un astro deslumbrante que no lucía hasta entrada la noche. Con la amanecida, las ventanas de su casa cerraban igual que los obturadores de un foco de plato. La luz quedaba entonces apresada en el interior de la mansión de la novia. Y la casa permanecía siempre cerrada, nadie entraba o salía hasta la próxima alborada. Puertas y ventanas se mantenían cuidadosamente selladas en todo momento, conteniendo el plan de fuga del reactor nuclear que parecía haberse instalado en el barrio.

Anocheció y de nuevo estallaron todas las puertas y las contraventanas de la casa. Tan resplandecientes como para hundirnos en el blanco. Unos chavales saltaron la valla en plena borrachera. Dieron voces y lanzaron en balde piedras que fueron devoradas por las luces. Pero no pasaron del jardín, no pudieron acercarse mucho a las ventanas.

—Meterse más hondo ahí cuando la casa está encendida es como intentar acercarse a un helicóptero militar a pie. Solo que es la luz, en vez del viento, lo que hace tus pasos imposibles, lo que te cierra los ojos y te dobla en el suelo. Una cosa mucho peor que ir hacia un incendio, porque no hay calor, solo luz. Luz como para obligarte a retroceder —⁠me balbuceó uno de ellos, al cabo de unos días; tenía la mirada torcida y nublada, con un lagrimal repleto de porquería y los párpados amoratados.

Realmente aquel brillo era superlativo. Nos desquiciaba a todos. Nos hacía desear las alcantarillas. Las tumbas. Las minas.

Costaba horrores dormir en medio de aquella inundación de energía. Energía que no llegaba a la casa por ningún cable.

Porque la compañía eléctrica no había dado el alta a la casa en ningún momento.

Más bien podría haber sido al revés.

Mi mujer comenzó a pasar el día mirando la casa desde el porche.

Se sentaba en una mecedora y miraba fijo aquella mansión pintada toda con cal. El insomnio siempre había sido para ella una cruz. Si alguna noche los niños no nos dejaban dormir, ella amanecía apática y ausente, cansada y zombi.

Al cuarto día de aquella locura ya ni trataba de conciliar el sueño.

Pasaba las noches frente a la televisión. Como si afuera ardiera una tempestad que hiciera imposible el descanso.

Al quinto me llamó al trabajo.

—Ha entrado alguien —me dijo.

—¿En la casa de la vecina?

—Claro.

—¿Quién?

—Un hombre ciego, que llevaba un perro lazarillo albino y una jaula llena de palomas a juego con el perro. Tenía llaves. Acaba de entrar.

—Ve a llamar a la puerta, a ver si puedes hablar con alguien que te diga qué demonios está pasando aquí.

—No me atrevo.

—¿Cómo que no te atreves?

—No quiero acercarme ahí. Me da miedo la casa.

—¿Pero qué…? Pues habla con los Harrister. Que lo haga Claudia.

—Claudia ha salido a pasar unos días en casa de sus padres.

—Pues llama a Al.

—Al no me abre la puerta.

—¿Que no te abre la puerta?

—Le he llamado tres veces. A la de cuatro ha contestado tras la puerta, a voz en grito, diciéndome que me marchara, que solo saldría para dispararme.

—¡Qué?

—Lo que has oído.

—¡Maldita sea! ¿Es que nos hemos vuelto todos locos?

—Voy a quedarme en el porche a la espera de que salga el ciego y cuando lo haga le preguntaré.

—Hazlo. Y llámame en cuanto pase algo.

Y ya no me llamó. Volví a casa tras la comida y ella seguía haciendo guardia en el porche. Nadie había salido de la casa en todo el día.

Se puso el sol y las ventanas de la casa de nuestra vecina se abrieron de golpe, todas a la vez, y al paso del fogonazo. No hubo forma de ver nada dentro de ellas, solo se desbordaron y a su paso la luz se lo volvió a comer todo.

Los niños se echaron a llorar. El perro de Al se puso a gemir hasta desgañitarse. Al no cogía el teléfono y tampoco los Harrister. La casa volvió a explotar en silencio, igual que una supernova; como todas las noches, y ya no hubo paz hasta el amanecer. La mansión ardió hasta el alba y solo entonces se apagaron las luces, dejando que las horas oscuras del sol naciente nos dieran paz, al fin.

Yo conseguí conciliar el sueño durante unos minutos. Luego el despertador me mandó al trabajo.

Trabajo en una fábrica de manufacturas de vidrio plano. Corto cristales. A veces me corto con ellos. Hago que salten esquirlas y astillas contra mis gafas. Manejo una sierra circular y una tajadora de diamante. Puedo con el cristal. Me pagan por no hacerlo añicos.

Me sonó el móvil durante la jornada y era otra vez mi esposa.

—Ha entrado alguien.

—¿Otra vez?

—Otra vez.

—¿Otro ciego?

—No. Un soldador.

—Un soldador.

—Un operario de soplete. Con la máscara de soldar puesta.

Mi esposa entiende de eso porque tengo varios amigos en ese gremio. En mi casa entendemos de trabajar con caretas en acabados industriales.

—Ha salido de un coche sin ventanas —⁠siguió diciéndome⁠— y se ha metido dentro. También tenía una llave.

—Esto es de locos.

—Cuando ha abierto la puerta de la entrada y se ha metido dentro de la casa ha sido como si el flash de una cámara se lo tragara.

—¿Qué vas a hacer?

—Seguir mirando.

—Seguir mirando.

—No puedo dejar de hacerlo. Esa casa me está convirtiendo en una polilla. Me da cada vez más miedo, pero también me atrae más y más.

—Esta noche dormimos en un hotel.

—Esa casa es una trampa, ¿me oyes? Una trampa.

Luego colgó el teléfono.

Nunca la volví a ver. Ni supe cómo denunciar su desaparición.

Al día siguiente la casa amaneció abierta de par en par y con un cartel que la ponía en venta.

De las luces y de la mujer de blanco no volvimos a saber nada jamás.


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