Texto aleatorio

Cuenta la leyenda que un día me metí en un campo de nabos para zamparme uno recién arrancado y directo del caballón. Y lloré y juré y a Dios puse por testigo de que yo nunca escribiría una historia de zombis y que jamás dejaría de pasar hambre. Pero vino Juan de Dios Garduño, entonces autor novel, y nos pidió a los noctes que hiciéramos un florilegio para Dolmen.

Cuando me lo planteé, en firme, pero casi por obligación, me acudieron un par de ideas que ya no pude dejar estar.

TRAS UNA PERSIANA VENECIANA es un zombie walk bastante canónico, pero con una retórica de las que no suele emplear el subgénero. Fue publicado en el segundo tomo de relatos de la Línea Z, ANTOLOGÍA Z (Dolmen, 2010).

SUCEDE QUE ANOCHECE y nosotros nos quedamos muy quietos. Lo hemos mecanizado tanto como el respirar, desde que vivimos sin aliento tras una persiana veneciana.

Mi hermana y yo apenas hablamos ya. Pasamos horas y horas juntos, pero sin intercambiar palabras. No tenemos casi nada que decirnos, no necesitamos consultar ningún reloj ni cruzar miradas, no hace falta que discutamos ni que coordinemos nuestros esfuerzos. No necesitamos nada de eso para ponernos en guardia. Nos basta con que se encienda el enorme letrero de neón que habita sobre nuestras cabezas, alguien lo programó para que se pusiera en marcha todos los días, al anochecer.

Se enciende y nosotros nos ponemos a temblar, nos agazapamos para convertirnos en un nido de dos ratas, muertas de frío. Poco después, la noche se abate sobre nosotros y ya solo se escucha el zumbido electrónico del enorme letrero de neón que señaliza nuestra gasolinera. Nuestra respiración se sincroniza con él. Bendito sea el hombre que programó al enorme letrero de neón, porque alguien tuvo que hacerlo.

Pero eso fue antes del día primero, y ya han pasado cuatro noches desde entonces.

Cuatro noches desde que la gente rota se llevó a nuestros padres.

Ahora esperamos a que algo cambie, tras la persiana veneciana.

Primero papá dijo que aguardáramos en el coche mientras él llenaba el depósito. Mi hermana dormía junto a mí. Papá llenó el depósito y entró en la gasolinera para pagar. Yo escuchaba los berridos que salían de mi iPod.

Lo siguiente que pude oír fueron los berridos que salían de mamá.

Cogí a mi hermana y me metí en la gasolinera mientras la gente rota sacaba a mamá del coche y se abalanzaba sobre ella. Papá salió de repente del interior de la tienda que había frente a los surtidores de gasolina. Nos vio correr hacia él y tras nosotros a la gente rota, rompiendo a mamá. Gritó que nos metiéramos en la tienda y fue hacia mamá. La gente rota le envolvió mientras mi hermana y yo nos metíamos en la tienda de la gasolinera.

Todavía seguimos aquí. No pensamos marcharnos.

No con la gente rota ahí afuera.

Ahora nuestra madre es una máquina expendedora de chocolatinas, ganchitos y coca cola. Ella nos alimenta. Papá es una persiana veneciana. Nos da cobijo. Somos una familia unida bajo el cielo de nuestro enorme letrero de neón. Una familia frente al televisor, que ahora es mi iPod Nano, que trae una radio consigo. Nos reunimos todos alrededor de la radio y escuchamos juntos cómo la gente rota hace que las emisoras de todo el país se apaguen lo mismo que se apagan las estrellas del cielo cuando se avecinan las tormentas.

Y llega la tormenta, llega cada noche. La gente rota se pone en marcha igual que nuestro enorme letrero de neón, lo mismo que nosotros nos ponemos a temblar. Nos parapetamos tras la persiana veneciana y vibramos juntos, al ritmo de los ronquidos del enorme letrero de neón, viendo pasar la interminable procesión de gente rota, que avanza como un atasco sin fin, siguiendo el trazado de la carretera.

Yo nunca he visto un éxodo migratorio ni un convoy de expatriados. Soy solo un estudiante a punto de entrar en la universidad, pero ya sé cómo tiene que ser cuando un pueblo entero marcha y desfila, porque cada noche veo pasar miles de cuerpos rotos frente a mi ventana.

Van hacia el norte. Miran hacia él, con ojos perdidos que ya no enfocan nada. Los observo y recuerdo una película en la que salía una caravana de refugiados. Bosnios que miraban al frente y caminaban como podían, sucios y cansados. Rotos. Muchos de aquellos desgraciados arrastraban sus cosas consigo. Algunos lloraban.

La gente rota no. La gente rota no trae nada más que muerte y ojos desecados. No son de los que transportan petates y gallinas y muebles y familiares y maletas. No son como los refugiados de la guerra de los Balcanes. Estos son de los que no tienen nada, de los que no tratan de rehacer sus vidas. La gente rota no quiere guarecerse ni volver a empezar, no está buscando refugio.

En rigor, nosotros somos los únicos refugiados de este sitio y, sin embargo, nunca nos movemos.

Nos asimos a nuestras cosas porque eso es lo que hacen las personas que viven. Sobrevivimos aferrándonos a nuestros enseres. A nuestra persiana veneciana, a nuestro enorme letrero de neón, a nuestra última emisora de radio. Nuestra familia.

Nuestro refugio.

Porque el único refugio de toda esta carretera en medio del desierto es nuestra gasolinera. No ha pasado ni un coche, nosotros vinimos en el último de todos. No hay cobertura de teléfono. Hay gente rota.

Y la gente rota no sabemos de dónde sale, solo sabemos que no camina a la luz del día. Con las primeras luces del amanecer va menguando el número de personas rotas que cojean, se arrastran, reptan, tropiezan, caminan, trotan, dan bandazos, gatean y se bambolean frente a nosotros.

Nosotros los miramos cuando marchan, borrachos, lisiados. Lo hacemos del ocaso al alba. Los vemos y nada más. Son de todas las edades, condiciones, tamaños y lesiones. Cada uno de ellos está roto por puntos distintos, pero todos avanzan en la misma dirección.

Andan como un pelotón de discapacitados, pero a su paso se desparrama un horror tan profundo que ni la infantería nazi. Y yo nunca he visto desfilar a la infantería nazi, pero eso ahora da igual, porque sé que los nazis eran de los nuestros.

Ellos respiraban.

La gente muerta no. La gente muerta es otro tipo de enemigo.

Uno mucho más profundo. Uno que desfila cada noche, frente a nuestra persiana veneciana. Ellos salen de sus agujeros, nosotros nos apretujamos en el nuestro. Nadie dice una palabra durante horas. La luz del enorme letrero de neón chasca y titila en cuatro colores distintos, alumbrándoles y escupiéndoles sombras y resplandores que se suceden, siguiendo una secuencia programada. Y ellos se suceden también, bailan frente a nosotros.

Quizá también siguen un programa, a escasos metros de nuestras caras.

Nos preguntamos a menudo qué están haciendo. Quiénes fueron. Por qué caminan. Adónde van.

A veces nos parece que forman parte de un plan, que ejecutan una coreografía, lo mismo que nuestro enorme letrero de neón. Tal vez sus movimientos estén siendo calculados, dirigidos, programados. Los nuestros no, desde luego que no. Porque nosotros solo miramos.

Nosotros solo miramos.

Ellos no miran nada. No pueden vernos. Los ojos muertos no reflejan nada ni captan ninguna luz. Son ciegos. Pero creemos que sí pueden notarlo cuando nos movemos. Lo sabemos porque les hemos visto romper al gato del hombre que trabajaba en la gasolinera. No parecieron reparar para nada en él hasta que el animal se hartó, de repente y sin que mediara motivo aparente, de permanecer inmóvil. Abandonó su postura de caza y vigilancia para arrancarse a bufarle a uno de los rotos, sin más. Ahora pensamos que tienen una especie de sentido de la vista basado en el movimiento, como los dinosaurios de Parque Jurásico. Llevamos observándoles cuatro días y estamos aprendiendo bastante sobre ellos. Parecen más sencillos que los gatos.

Mi hermana dice que la gente rota se mueve como los peces de nuestro acuario.

Teníamos un acuario, cuando vivíamos en una casa. Había un cardumen de peces de color rojo que se movían en grupo. Bastaba con que uno de ellos avanzara un poco hacia delante para que el resto le siguiera, le imitara. Mirándoles aprendimos mi hermana y yo que el movimiento de un banco de peces, un enjambre de insectos o de una bandada de pájaros parece responder a alguna forma de inteligencia o instinto colectivo.

Juntos, sus cuerpos muertos trabajan como uno.

Ahora lo que nos preguntamos mientras les observamos es si la gente rota actúa movida por alguna inteligencia de grupo parecida o si serán, en cambio, un rebaño azuzado por algún perro pastor… Porque la gente rota no deambula, sino que camina siempre hacia las luces de la ciudad.

De la ciudad que hay al final de nuestra carretera.

No debe de estar muy lejos, porque podemos vislumbrarla en el horizonte cuando es de día. La vemos recortada en la distancia, sus interminables torres de pisos se tragan el sol del atardecer. Yo supongo que puedo alcanzar su extrarradio en una jornada si camino deprisa y salgo a primera hora de la mañana, pero mi hermana es demasiado pequeña para caminar a marchas forzadas durante horas y no me veo capaz de cargar con ella durante un día entero. Tampoco la puedo abandonar aquí.

Así que todas las mañanas miramos la ciudad, a lo lejos. Tal vez esté solo a cuatro horas de caminata, o tal vez no. El caso es que podemos verla desde la gasolinera, a plena luz del día. Por la noche arde en llamas que también pueden verse hacia el final de la carretera, desde el parapeto de nuestra persiana veneciana.

Arde en llamas yen detonaciones, la ciudad; y aúlla y chilla, cuando los aviones la sobrevuelan, a veces pasando muy cerca del suelo y tronando el cielo sobre nuestro enorme letrero luminoso. Algunos aviones parece que rocían a la gente rota con algo que puede arder o puede posarse sobre ellos y luego hacer que se muevan peor. A veces hasta bombardean a los que están más cerca de nosotros, tiembla toda la gasolinera y con ella nosotros, del miedo, tras nuestra persiana veneciana, rezando para que ninguna de esas explosiones termine haciéndonos volar por los aires.

Porque estamos bajo un enorme letrero de luz que hay sobre un gigantesco depósito de combustible.

La radio de mi iPod también habla poco, insiste en que se ha declarado una emergencia biológica y nos ordena que permanezcamos en nuestras casas. Nosotros pensamos en nuestra casa. Ni mi hermana ni yo sabemos decir si nuestra casa está al final de la carretera o si está al otro lado de nuestra persiana veneciana.

Al otro lado de nuestra persiana veneciana de láminas de metal.

Lo que sí sabemos es que no pensamos averiguarlo por nuestros propios medios. No mientras la máquina expendedora siga dándonos chocolatinas. No mientras siga habiendo botellas de agua junto a la máquina registradora. No mientras quede una emisora de radio que escuchar, entre las marchas militares, los consejos de sanidad y el himno nacional. Sabemos que ya solo podemos confiar en una o dos de las emisoras de radio que sintoniza mi iPod, ahora que hemos descubierto que las otras que aún se escuchan están siempre emitiendo el mismo programa. Alguien las ha dejado funcionando con un programa que ya no acudirá nadie a interrumpir, lo mismo que a nuestro enorme letrero luminoso. Nos preguntamos cuántos días como este pasarán hasta que la gente rota haga que deje de llegar el suministro eléctrico a esa emisora de radio. Nos preguntamos eso mientras vemos cada día más pequeño el icono de la batería de mi iPod. Sabemos que pronto acabará todo, que no podemos vivir para siempre tras una persiana veneciana.

Espero que alguien venga a sacarnos de aquí antes de que se nos acabe el agua, porque no sé conducir el coche de papá.

Temo que si lo hago, papá me pueda castigar. Lo hace en mis pesadillas.

Unas veces vuelve rodeado de gente rota para romperme a pedazos frente a mi hermana. En otras se pone a zarandear sus láminas de metal y a golpear el vidrio de la ventana. Eso hace que la gente rota nos encuentre, nos alcance.

Que nos lleve a desfilar por el trazado de la carretera, hacia los fuegos de la ciudad en llamas.

Esta noche es nuestra sexta noche tras la persiana veneciana. Hoy hay algo que ha cambiado. La gente rota, es demasiada.

Son muchísimos más que ayer. El rumor de sus cuerpos al desplazarse no nos deja escuchar el zumbido del enorme letrero de neón. Debe haber varios cientos de ellos ahí afuera, gimiendo y balbuceando hacia las luces de la ciudad en llamas. Son un tren de carne, un metro sin vagones, un cementerio sin fosas. Podemos escuchar sus cuerpos arrastrándose, gateando, pateando el suelo, y con eso nos basta. Porque el espectáculo de mirar a través de nuestra persiana veneciana me resulta demasiado doloroso, con tanta gente rota ahí afuera.

La luna camina hacia el norte lo mismo que la procesión de la gente rota y para cuando está a punto de darse de bruces con el amanecer reparamos de repente en que las luces de la ciudad están casi apagadas, las detonaciones y las explosiones parecen haber enmudecido. Hace rato que no se escucha pasar ningún avión.

En cambio, el avance inexorable de la gente rota prosigue su curso. Hoy hasta parece que vaya a sorprenderles el amanecer.

Con las primeras luces me decido a asomarme y mirar tras la persiana veneciana. Les veo enterrarse, abandonar la carretera para adentrarse en las fincas desérticas que hay tras la cuneta y allí excavar agujeros. Apartan mil terrones con las manos desnudas y rotas que tienen y, apenas reúnen un par de metros de tierra removida y suelta, se las apañan para meter sus cuerpos mutilados y torcidos bajo el suelo, cubrirse de glebas sin mucho esfuerzo y allí dejar de moverse, como las marionetas destrozadas que son.

Está claro que la gente rota tiene un plan. No funcionan como una recua de bestias en estampida, no. Son… otra cosa. Un flujo migratorio. Un ejército en campaña. Una infección viral abriéndose paso a través del torrente sanguíneo de una bestia. Son la implacable cola del paro. La interminable avalancha de inmigrantes ilegales. La gente rota.

Y hay algo que les hace moverse como marionetas, alguna fuerza que les empuja hacia la ciudad. Hoy estamos ya completamente seguros de ello, porque una de las emisoras de radio que solíamos sintonizar ha cambiado su identificador digital de texto. Ahora ya no aparece reconocida en la pantalla de mi iPod como «Radio Nacional-Noticias 24H» sino como «Muerte a la vida».

Emite sonido de portadora.

Es un canal muerto.

Amanece y mi hermana sale conmigo de la gasolinera. Nuestra estación de servicio solitaria, plantada en medio de la nada, está ahora rodeada de túmulos y montículos de tierra removida bajo los que aguardan los cuerpos rotos, sin morir del todo. La gente rota ha convertido el desierto en un cementerio improvisado de tumbas sin nombre.

Miramos hacia la ciudad. Lo hacemos todos los días, antes de ir a dormir. Dormimos durante el día, como buenamente podemos. Los primeros días nos resultó imposible, pero ahora que las pesadillas van remitiendo hasta instalarse cómodamente… Ahora ya conseguimos descansar algo.

Miramos al final de la carretera, donde se juntan las líneas blancas que la bordean, donde lo paralelo se vuelve perpendicular. Allí nos aguarda la ciudad en llamas.

Hoy está humeando, humeando mucho.

Nos preguntamos cuánto aguantará. Nos preguntamos cuánto aguantaremos nosotros. Nos quedan doce botellas de agua. Nos quedan ocho horas de luz hasta que se vuelva a encender el enorme letrero de neón. Entonces todo volverá a empezar, el desfile seguirá y nosotros también, aguantando esto. Espectadores de una guerra en la que solo pueden morir los nuestros.

Y así se hace, como cada día, como cada noche.

El sol se pone y nosotros nos quitamos. Comienza a roncar el cielo sobre nuestras cabezas cuando se despierta el enorme letrero de neón. Después se tiende sobre el mundo la oscuridad y la gente rota comienza a exhumarse poco a poco; primero se mueven despacio, como hace el que se despierta de un sueño muy profundo, después comienzan a agitarse torpemente. Pronto se ponen en marcha, de nuevo hacia el norte, siempre moviéndose a espasmos, hacia la ciudad en llamas. La ciudad que hoy apenas arde.

Algo en ella parece haberse consumido ya.

La batería de mi iPod también se está agotando. Ha comenzado a parpadear. Las detonaciones procedentes de la base militar que hay junto a la ciudad también parecen irse alejando de nosotros. Su cadencia ha aumentado y los resplandores se están volviendo cada vez más tenues.

Estamos en mitad de la noche cuando, poco a poco, deja de escucharse el rumor de la gente rota. Sus cuerpos van dejando de sonar alrededor de nosotros.

El silencio parece a punto de apoderarse de todo y el zumbido del enorme letrero de neón se va imponiendo sobre el murmullo del río de carne muerta que surca la carretera.

Yo traspaso con la mirada las láminas de nuestra persiana veneciana y miro hacia el exterior. Afuera, la gente rota se detiene, de forma progresiva. Poco a poco, dejan de caminar hacia el norte y se paran.

Los que cojean se desploman. Los que caminan se detienen y se mantienen plantados, pasmados. Los que reptan se derrumban del todo y ahora yacen tumbados sobre el asfalto. Los que gatean se han quedado rígidos sobre sus cuatro patas como perros de presa a la espera de una orden.

Todos a una, como el ejército que son, se detienen y dejan de marchar. El desfile ha terminado.

Algo está pasando.

Justo antes de que escuchemos una última detonación nos alcanza una luz blanca blanca, que viene de la ciudad. El resplandor ilumina y desnuda a toda la gente rota, sus siluetas destrozadas se recortan a jirones contra el horizonte, negro sobre blanco.

La explosión que viene después no es como las que ya conocemos. Zarandea nuestro suelo y pone a temblar a toda la gasolinera. La luz parece devorarlo todo y hacer el día a su paso. Dura apenas un par de segundos y tras ella acude implacable la oscuridad.

Que apaga con su soplido nuestro enorme letrero de neón.

Se apaga el cartel de la gasolinera y la nevera que hay junto a la caja registradora y hasta la luz de la máquina expendedora que nos alimenta.

No es que nos hayamos quedado sin suministro eléctrico, es que algo terrible ha sucedido, porque los relojes de pulsera que nos regaló nuestra tía se han parado, no encienden sus luces electrónicas. Mi iPod tampoco funciona. No es que diga que se ha quedado sin batería, es que su pantalla no se retroilumina. No dice nada ya.

Lo mismo que nosotros.

Mi hermana y yo nos abrazamos como nunca. Nos estrujamos hasta estañarnos y sofocar el llanto. El silencio se vuelve tan profundo que puedo escuchar los latidos de su corazón. Sé que ella está escuchando los del mío. Temo que en medio de toda esta calma tan abisal la gente rota pueda detectarnos, ahí afuera.

Pero no lo hacen. No.

Lo que hacen es reanudar la marcha. Están volviendo a caminar. No podemos verles ya, no sin la luz de nuestro enorme letrero luminoso, pero sí podemos escucharles reptando, cojeando, gateando. Avanzan de nuevo. Vuelven a arrastrarse.

Lloramos en silencio y rezamos, pero el miedo no nos va a abandonar, solo está madurando en nuestro interior.

Pasan cuatro horas más de interminable desfile, cuatro horas en las que el rumor de los cuerpos desplazándose va en crescendo. Dios santo, son cada vez más y más. Debe haber varios miles de ellos ahí afuera. No me atrevo a mirar.

Al final, como cada noche, llega la alborada. El cielo pasa del negro al azul oscuro y aún falta para que salga el sol, pero seguro que ya puedo ver algo, si vuelvo a mirar a través de la persiana veneciana.

Afuera ya no se ve la luz del enorme letrero de neón que vivía sobre nuestras cabezas. Ahora ese cartel es uno de ellos, está roto.

Ha muerto.

El día no, el día vuelve a vivir. No perdona. Me trae la luz del amanecer, el sol viene en camino. Puedo ver a la gente rota moviéndose frente a mí, todavía no han empezado a enterrarse, aunque seguro que lo harán muy pronto ya.

Muchos de ellos llevan ropas militares. Todos caminan hacia el sur.

Dieron media vuelta anoche, cuando se detuvieron. Se pararon para girar ciento ochenta grados.

Hijos de puta.

Han terminado con la ciudad, ahora vuelven de ella.

Ahora avanzan hacia otro lugar, en un nuevo éxodo, en un nuevo convoy.

Miro el surtidor de gasolina y los encendedores que hay junto a la caja registradora. Luego miro a mi hermana y ella me mira a mí.

Sobran las palabras.

Sé que ahora nosotros también tenemos un plan.


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