Texto aleatorio

Lo de contarte una pesadilla atmosférica y atornillar el tempo tramando lo justo no es patrimonio exclusivo de Ligotti. Puede parecer un formulismo, pero tiene un encanto especial, que yo me propuse explorar con este inédito.

ME SIGUE DESDE HACE RATO. Puedo oírle arrastrar la panza sobre la grava.

De pronto en pronto se callan los grillos y el viento en las ramas de las hayas se paraliza tanto como mi respiración.

Entonces le oigo reptar a él, a mis espaldas.

No me atrevo a mirar por encima del hombro. No quiero verle. Hará media hora he echado un vistazo furtivo atrás y he podido distinguir un atisbo de su figura.

Apenas una sombra.

Un lío de bultos, dotado de extremidades. Carne negra en movimiento.

Algo de luz de luna rebota sobre él.

Está tras mis pasos. Él también sigue el trazado de las vías del tren, pero no camina entre los raíles, sino que los flanquea por la vertiente de peñas y rocas sobre la que se encabalga la línea férrea.

Va escorado, diagonal; trepa y repta, como una cabronada. Todo menos avanzar recto y dentro del carril.

Yo así lo hago. Soy una persona hecha tren, un peatón convertido en máquina. Pongo un pie tras otro, con cuidado de no tropezar con alguna de las traviesas. Me sujeto los codos, me pelo de frío. No me atrevo a correr estando esto tan oscuro. Daría un traspié, y ya llevo varios. No me asisten las estrellas, solo un resplandor turbio entre los nubarrones. Ando muy perdido y sin nada que me asegure si avanzando en esta dirección estoy volviendo al sitio del que escapé… o alejándome al fin.

Solo sé que estas vías podrían hacerme retornar al mal sitio, o llegar al de al lado. Y esa es mi apuesta, saltar a otra casilla del tablero. La que sea.

Miro a menudo al frente y a los lados, en busca de algún punto de referencia que pueda aparecer por el horizonte para indicarme si tengo que darme la vuelta o apretar el paso. Temo acabar viendo los focos que me buscan, me muero por acabar dando con las luces de una ciudad. Me daría igual si ahora apareciera un tren, al frente o a mi espalda. Yo solo me apartaría y lo dejaría pasar. O eso me digo.

Pero no aparece nada. Más bosque de otoño, más espesura sin hojas. Cientos de hayas dormidas, cerrándose sobre el trazado del tren. Conque yo sigo avanzando, espantado del reclamo de los mochuelos y apartando mosquitos. A veces se oyen ladridos a lo lejos, no alcanzo a decir en qué dirección. Espero que no hayan mandado una partida con perros a buscarme.

Pero eso me daría igual. Ya hay algo que me sigue mucho más de cerca.

Me va dando caza, con paciencia.

A veces oigo sus jadeos. Y un susurro que espero que sea el viento soplando en las ramas resecas.

El hijo de puta ha salido hace un rato del bosque y mantiene la distancia a mi espalda. No me parece que sea un oso ni un perro asilvestrado. Es… alargado. No creo que se trate de alguna otra bestia de las que podría esconder este sitio, aunque empiezo a creer que podría ser alguna especie de depredador oportunista. Algo como esos pseudocarroñeros que aguardan a que la presa desfallezca para atacar mejor. Un cocodrilo arrastrándose tranquilo, en la oscuridad.

Intento canturrear algo por lo bajo para serenarme y entrar en calor, no sea que me vuelva a poner a temblar, y él responde ahí atrás con un gorjeo. Luego se escucha un leve despeño.

Ha vuelto a derrapar un poco por la grava.

Debe pesar tanto como para desprender las guijas del balastro.

El trazado del tren está ligeramente levantado, forma sendos terraplenes a los lados de los rieles. Y yo lo único que sé es que por ellos circula, diagonal, la cosa que me sigue.

Casi igual que esos insectos que escogen avanzar por la pared antes que hacerlo sobre el suelo. Con la naturalidad del que vive al margen de la ley de la gravedad.

Me digo que si esa cosa fuera a abalanzarse sobre mí ya hace rato que lo habría hecho. Estoy también demasiado cansado para forzar un enfrentamiento. Solo sé que tengo que marcharme.

Que si sigo encerrado será para nunca volver a salir.

Que prefiero que me pase algo atravesando el hayedo a que ya no me pase nada más.

Que ya huyo de una cosa grande, no importa si ahora me alcanza otra que repta. Bastante tengo con lo mío. Con seguir tratando de ser libre.

El terreno se pone a rampar abajo, se vuelve húmedo, se va deforestando. Se abre un calvero y aparecen charcas a los lados de las vías, el balastro se desfonda. Nos apantanamos. Y la cosa a mis espaldas chapotea un poco. La falta de firme no parece afectar la cadencia de sus pasos. Ni mandarla a la entrevía.

La criatura solo sigue abriéndose paso, en pos del mío.

A ratos, parece que nada un poco por los charcales.

Luego se seca de pronto el suelo, el terreno se eleva un poco y reaparece inclemente el hayedo, con él volvemos a situarnos sobre el desnivel del balasto. Y de nuevo las pisadas de la cosa sobre la grava y el rumor pesado de su panza encallecida que se lija, entre los cuartos traseros y los delanteros. Repta a mis espaldas, evitando las traviesas. Prefiere rasparse contra los cascotes del trazado a surcar la vía.

Debe ser un lagarto, o un mamífero arbóreo. O algo que se mueve como un bicho.

El caso es que me sigue, y es enorme. Pero no se acerca demasiado.

Si me paro, él se para.

Espera algo. Que cambie esto.

Y el cambio llega.

Al final el camino me lleva a un sitio en el que no recuerdo haber estado.

Un túnel.

Tras una curva pronunciada, se planta un muro de rocas frente a mí, en la oscuridad que estoy recorriendo, rocas de un rojo profundo, un monte enorme. Las vías del tren penetran la pared, se meten en un agujero excavado en la piedra. Parece que su recorrido debe ser enorme, dado el exiguo círculo de luz índigo que parece habitarle al fondo.

Debe medir cientos de metros, el paso a través de la montaña.

No sé si veré algo cuando esté en medio de ese intestino de tierra. Sé que el insignificante círculo de luz nocturna que hay al final del túnel siempre será un punto de referencia. Y eso es justo lo que necesito ahora mismo. Un faro en la negrura. Una meta al frente. Resultados que conseguir. Visualizar un objetivo.

Así que me meto dentro del túnel sin dudar ni apretar el paso. La geología me traga y yo sigo avanzando como si tal cosa.

Como si la ídem que me persigue fuera a tomar algo así en consideración.

El túnel termina, comiéndose los andenes. Pone paredes en los flancos en los que antes aparecían los taludes de grava. Se cierra a los lados de las vías, estrecho hasta decir que un tren le basta. Y no hay más. Es un trazado antiguo, angosto, de los que apenas dejan sitio más que para el convoy.

Mi amigo tendrá que meterse, como yo, sobre las dos vigas. Enderezar su trayectoria. Padecer las traviesas de madera.

Y así hace. Oigo el golpe de una espantosa pisada vibrando sobre la vía derecha y es como si acabaran de devolver a su sitio a un enorme cacharro descarrilado.

Ahora estamos esa cosa y yo, perforando la oscuridad. Un punto de luz al frente, y ni idea de si es esta la dirección que debo tomar y de qué demonios es lo que el bosque ha mandado a seguirme.

Avanzo un buen tramo, varios minutos y pienso en volverme ahora y resolver esto. Me digo que muchas de las alimañas del hayedo podrían temerme más a mí que yo a ellas, que tengo que mirar atrás. Que al menos tendría que comprender lo que sea que me traiga esta huida, a su final.

Pero apenas vuelvo la vista a mis espaldas y veo dos chispas azules, justo en el centro del sitio en el que se le oye resollar y reptar a él.

No son dos tizones al rojo ni dos espejos como los que tienen los gatos. Son dos puntos azules. Fríos.

Hay uno al frente. Dos atrás, que me miran.

Que caminan.

Resuelvo apretar, esta vez sí, la marcha.

Estoy exhausto. Me abrazo porque el frío arrecia dentro del túnel. Hay una suave brisa que lo taladra y a mí me parece desnudar. Me estrujo y me noto más huesudo que hace dos años, cuando empecé a perder peso y a pasar frío.

Tengo que escapar. He peleado mucho para alejarme y llegar a esto. Dos días a la fuga me digo que tienen que haberme alejado mucho. Que no puedo volver al sitio al que me mandaron si sigo así. Que igual correr un poco más es todo cuanto hace falta para que salga yo de esta.

Pero sobre mí se va cerrando cada vez más honda la oscuridad. Ya no me veo los pies. Temo que una traviesa algo más alabeada me pueda hacer trastabillar, de modo que apoyo con cuidado mis alpargatas sobre el firme y, de cuando en cuando, alargo los brazos. Alguno de ellos toca áspera, helada, la pared; tan húmeda también.

Esto es ya una gruta, una caverna para las máquinas, una mina.

Pero yo voy llegando a su mitad. Al final del camino el círculo de luz se va abriendo muy despacio. Pena, porque ya no hay más luz que esa. Y es bien poca.

Entonces mi perseguidor parece darse con una traviesa y… enciende una luz.

No a mi altura, sino muy por encima de mi cabeza. Un foco de fosforescencia violeta se ilumina suave y mortecino en lo alto de la bóveda.

Vuelvo atrás el rabillo del ojo por un momento, espero ver la luminaria de una linterna, o algo así, pero no hay nada de eso.

Hay dos ojos que brillan como las rendijas de la cabina de un carro blindado y una luz que se apresta a enfocar frente a ellos. Pero la luz está al final de lo que parece una probóscide, una antena, una caña de pescar, una farola orgánica.

Una extremidad negra que parece brotar de la frente de mi perseguidor, arqueándose, con un resplandor helado ardiendo, pulsátil, en la punta.

Es como uno de esos peces abisales que tienen un flexo por cuerno.

Y posee las mismas mandíbulas colmilladas, o eso me parece entrever.

Porque hay un fogonazo en mi cabeza que dice que lo ha visto avanzar bien dentado, con las fauces del radiador al frente, con la paciencia de los cazadores que intentan sorprender a los conejos con una linterna.

La cosa que me sigue da sus luces de posición con toda naturalidad y yo me veo jugando al fútbol en un estadio vacío, en un escenario que no es más que un pasillo, el que perfora la montaña que intento atravesar. Esto es como en esos interrogatorios en los que de pronto sueltan al detenido frente a una lámpara que no sirve más que para esconder en la oscuridad al que controla el interrogatorio.

Pero lo que me haga la cosa que me persigue me preocupa menos que lo que me puedan hacer tras el flexo los hombres de los que huyo. Este túnel no es peor que una celda de aislamiento. Y eso que tengo detrás no me asusta tanto como un pelotón de fusilamiento.

De hecho, gracias a su luz puedo verme los pies, y distinguir las traviesas sobre las que se asientan las vías del trazado del tren.

Así que sigo avanzando, intento hacerlo cada vez más rápido. Mi perseguidor me está asustando y yo estoy harto de estar asustado.

Entonces me despierta el foco del helicóptero, colándose bajo el arco del puente del desagüe.

Me han vuelto a encontrar.


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