Texto aleatorio

Hubo una época en la que escribir me producía unas pesadillas que luego usaba para escribir y así provocarme más pesadillas. El círculo vicioso bien pudo haberme costado un ictus, pero hubo suerte y en vez de matarme la cabeza por completo conseguí darles forma a buena parte de los relatos que he reunido en este libro. LAMPHEAD es uno de los más pesadillescos. De hecho, es algo que soñé.

Quedó tan weird y tan bukowskiano que tenía que acabar en manos de Cisco Bellabestia, quien lo mandó a imprenta para el número tres de PRESENCIA HUMANA (Aristas Martínez, 2014).

SALGO DEL BUS. Nadie viene conmigo, solo me bajo yo. El resto de los pasajeros miran la parada en la que me apeo, luego me miran a mí y se preguntan qué demonios piensa hacer en un pueblo tan difícil de encontrar un tío tan perdido como yo. No es que hagamos juego, es que no es bueno que se junten el hambre y las ganas de comer.

Me observan cuando desciendo por la escaleta, tomo el andén y enfilo la marcha hacia la plaza del ayuntamiento. Pero en la plaza no hay concejo ni casa consistorial ni nada que se le parezca. Esto es una pedanía. No hay nada que hacer aquí ni mucho que gobernar. El lugar es endiabladamente pequeño, apenas una docena de calles; y aun así, tampoco habrá mucho sitio para un sin techo como yo.

Me miran también los del pueblo. Voy vestido con una gabardina llena de manchas de vino por la que asoman mis pantalones de pana, que apestan lo suyo. Paso frente a unos ultramarinos y me quedo mirando el escaparate, lleno de productos locales y artesanos. Dentro de la tienda venden de todo: conservas, embutidos, vino a granel. Yo todavía no tengo ni para un cartón de caldo peleón.

Pero todo se andará.

Me mira por encima de sus gafas la dependienta del establecimiento. Es una mujer cincuentona, enjuta, que arruga el morro al verme. No sabe que si he parado aquí es porque no me llegaba para el billete de largo recorrido, pero se lo imagina. Se pregunta cuánto me quedaré en su pueblo, quizás demasiado para ella. Todo el mundo presupone muchas cosas al verme.

El bus reanuda la marcha y sale por la calle principal del pueblo, rumbo al próximo. Luego saldrá de estas montañas y alcanzará la gran ciudad. Con suerte yo podré reunir dinero para tomar mañana la misma línea y seguir en ruta hacia mi tierra. Si es que todavía tengo una.

Llevo meses mendigando, viajando con lo puesto y sin dinero. Me siento. Lo siento. Pido. Me dan. He recorrido media Europa, desde que me quedé sin donde quedarme. Me han echado de calles y callejas, siempre a la fuga. Huyo de los Servicios Sociales, de los otros indigentes, de los albergues de transeúntes, de los apoderados de los bancos que responden por los cajeros en los que duermo si aprieta el frío.

La cosa siempre se pone mala en cuanto llevo cuatro días por el mismo barrio, entonces cojo mi hatillo y me sujeto los pantalones hasta la próxima iglesia. Planto en ella mi cartón. Saco unas monedas. Las monedas sacan un billete de bus hasta la próxima casilla del tablero. Los buses me sacan del lugar, hasta el siguiente. Suelo pensar que la jugada me habrá llevado pronto a la ciudad en la que nací, conque viajo hacia el sur, tiro porque me toca, haciendo malas marchas en todas las paradas del camino. A veces caigo en casillas feas y, otras veces, saco a alguien de las suyas. Al final siempre agito el cubilete y reanudo la partida, hacia el final del tablero.

Con suerte subiré, mañana o pasado, de nuevo a un bus como el que me ha traído a este sitio y contaré las monedas para el billete más barato. Nunca pregunto adónde van los autocares, solo quiero saber si viajan hacia el sur, como yo. Que sé que el centro del tablero se encuentra abajo, más abajo.

Ahora camino despacio ya, en dirección sur. Estoy examinando el corazón del villorrio. Cuando escaneo la plaza principal, descubro que este pueblo, por no tener, no tiene ni una iglesia normal. Solo un extraño edificio con un pórtico que, entre las mil columnas del soportal, ofrece una fachada de piedra, en la que se levantan dos puertas dobles y flanqueadas por un par de estatuas, que se miran a los ojos. Curioso lugar. Me gustaría saber qué demonios reza en los portones del extraño templo, si es que lo es. Pero en esta provincia casi siempre emplean un idioma vernáculo con el que no me entiendo ni a tiros.

Menos mal que los lugareños también conocen la lengua de la capital. La cartulina con la que pido limosnas tiene escritas cuatro palabras, en el idioma nacional, que dicen que me iré en cuanto reúna para el bus. Que si me pagan, yo me voy.

No soy un pordiosero que pide por Dios o por sus hijos, por no trabajar o por su enfermedad. Yo pido por marcharme. Ejerzo un extraño tipo de mendicidad coercitiva, lo mismo que los gorrillas. Molesto, pero solo si no me tiran dinero. La gente lee mi cartón y pone muecas. Mi olor hace el resto. Todos sueltan la mosca para largarme bien lejos. Es buen negocio. Da para los cartones de vino de un euro y para los botes de garbanzos cocidos de medio euro. También suele dar para billetes de bus hasta el próximo pueblo. Es mi forma de hacer camino.

Empecé con un cartel en el que se leía que yo era electricista y español, que pedía un trabajo, pero en vez de darme algo prefirieron largarme de la casa en la que sobrevivía.

Tuve que tirar aquel cartón, no funcionaba. Me parece que a la gente no le gusta saber de mi historia. Pasé a emplear otro rótulo, en el que pedía para comer; pero en el centro de Europa los albergues de transeúntes funcionan demasiado bien para que eso cuele. La tropa se paraba a decirme dónde estaban los comedores de Servicios Sociales. Y yo no quiero que la gente se pare a decirme cosas, quiero que sigan andando y no aflojen la marcha ni cuando sueltan las monedas. Vine a trabajar por cuatro perras y, ahora que ya no hay ni cuatro perras para pagarme, me encuentro con que hay días en los que mi vida de vagabundo me gusta más que la que tuve como electricista.

Así que ahora planto mi cartel definitivo, el chantajista. Todo es estupendo gracias a él, es un ingenio que despliega a su alrededor un par de metros cuadrados de cielo, un oasis en mi infierno habitual. Y así es como me apalanco: pongo el triángulo de cartón frente a mis botas, y el culo sobre el suelo del porticado. Y listos. Soy el pantocrátor de este sitio.

Hace buen tiempo. Me quito la gabardina y la dejo junto al rótulo. Pasan los minutos. El sol del mediodía calienta mis huesos. La gente va pasando y lee mi cartón. Algunos escupen al suelo, lo típico. Hay un señor chaparro que pasa por mi lado y me sorprende hablando conmigo mismo. Lo hago a menudo. Cosas de la soledad, que no del vino.

El señor chaparro me mira contrariado y se larga soltándome un improperio, también en castellano.

Qué vergüenza, dice con acento andaluz. Qué salao, le contesto yo. Nos mostramos los dedos corazones, de todo corazón.

Los españoles son los únicos que me tratan así de mal. Cabría esperar que nos preguntáramos el uno al otro por lo que quiera que nos haya traído hasta aquí, pero, en vez de conocernos, nos reconocemos y parece que tanto él como yo somos las caras opuestas de la moneda de dos euros que no cambia de manos por esta vez. Pasan tres horas. Luego pasan cuatro viejas que me sueltan más dinero que una columna de tragaperras. Una vacía su monedero sobre mi gabardina y yo me apresto a esconder el tesoro que acabo de ganarme en cuanto nadie me ve. Creo que ya tengo para un bocadillo, una lata de guisantes y un par de cartones de vino. La cosa marcha. Esta misma tarde reúno para el bus, o si la cosa mejora igual decido quedarme un par de días más por aquí, hasta que alguien se cabree de verdad.

Llega la sobremesa y yo ya voy fino de tinto cabezón. Creo que me he alcoholizado a conciencia. Sabía de sobra en qué me iba a convertir si me daba a la bebida de tan malas maneras, pero es que vine a este rincón de Europa cuando mi tierra dejó de demandar electricistas, y ahora que ya no encuentro ni un rincón en todo el continente que quiera a un tío como yo me pregunto qué otra cosa puedo hacer estando en un sitio como este.

Emborracharme es lo poco que todavía me dejan hacer. No me dejan hacer noche ni hacer chapuzas, no me dejan lavarme en los lavabos públicos ni mear en la vía ídem, pero me dejan beber hasta mearme encima y cagarla hasta cagarme en todo. Muchos me miran y piensan que soy un ser atormentado, aunque lo cierto es que ahora que ya nada me importa, más que tormentos lo que tengo es calma chicha. Todo fluye a mi alrededor y yo me ahogo tranquilo. Naufrago en pueblos cada vez más perdidos y más pequeños. Es mi odisea. No hay más cantos de sirena ni más preocupaciones, salvo pensar qué demonios haré si llego a casa en este estado.

Qué dirán mis familiares.

Qué mis amigos.

Y tal vez sea eso lo que me hace retozar en la porquería. Rebozarme en mis vómitos. Empalmar las diarreas. Alternarlas con el estreñimiento. Que nadie pasa hambre cuando un bote de garbanzos cocidos sale por cincuenta céntimos. El problema es que una dieta reducida a las legumbres y el vino es como una bicicleta reducida a las ruedas, el manillar y el mecanismo. Uno necesita un sillín, si no quiere acabar cagando sangre. Así las cosas, a día de hoy, mi mayor problema es la complexión humana, que las personas somos un tubo digestivo. Y el mío anda siempre entre embozado y encharcado. Menos mal que hoy tendré un bocadillo que meterme en el cuerpo. Con suerte me lo darán repleto de verdura fresca. O puede que me llegue para un poco de fruta. Esas cosas me ponen bien. Me hacen apalancarme, hasta que alguien me larga de una patada. En el culo.

Cae la noche y creo que ya me conoce todo el pueblo. Los niños me miran. Los jóvenes me ignoran. El borracho del pueblo me saluda y trata de darme conversación. Todos los pueblos tienen su borracho, pero no todos los borrachos tienen un pueblo.

Yo, sin ir más lejos, llevo todo el santo día junto a las puertas del templo, tratando de averiguar qué demonios es la colosal escultura que corona el centro de la plaza de este sitio. Parece un amasijo de hierros y vigas de acero colado, todo revuelto, cubierto de óxidos y achatarrado. Me pregunto qué demonios puede doblar así el envigado de un edificio. Hay traviesas combadas, planchas aplastadas y encofrados de chapa convertidos en gurruños de metal. Parece que un gigante de lava haya estrujado un edificio hasta reducirlo a rescoldos a medio fundir. Que hayan dejado el esqueleto de un edificio hecho un revoltijo de columnas torcidas y postes deslomados. Mucho soplete veo yo ahí. En medio de tanto estropicio despuntan tres mástiles de hierro ennegrecido que sobreviven enhiestos. Hay un extraño toldo de lona que los corona. Alucinante. El escultor se creerá un puto genio, pero para mí que ese despropósito es la obra de un niño loco que se ha tirado dos meses jugando con un soldador industrial hasta desguazar media docena de vigas y convertirlas en los andrajos de lo que eran piezas de arquitectura.

La gente se va recogiendo y la plaza enmudece, se oscurece. No me van a dar nada ya, salvo algún disgusto, así que yo también decido achantar y recojo mi hatillo tras ponerme la gabardina. Le asesto un tiento mortal al cartón de vino. Llevo media curda, el punto ideal para dormir, o para beber más. Creo haber visto una oquedad bajo los herrajes de la escultura vanguardista esa que me ha robado la atención toda la tarde y buena parte de la mañana. Es un despropósito hipnótico, una zahúrda urbanística. Tiene, entre tanto guiñapo metálico, un hueco a cubierto en el que pienso parapetarme para pasar la noche. Es perfecto.

Echo a andar hacia la escultura y reparo en que hay junto a ella una extensión de cascotes de hierro que hace las veces de atril. Sobre él yace expuesta una placa que ofrece inscripciones en lengua vernácula, pero por mucho que lo intente, lo cierto es que no me aclaro con ella. Menos mal que tiene al pie un resumen traducido a la lengua nacional. Con eso me apaño. Alcanzo a entender que es un monumento conmemorativo, inaugurado por un gobernador, hará un par de décadas. Evoca el bombardeo que arrasó este sitio. Me parece que se llama «naufragio de fuego». Ah, por eso la lona que lo corona. Es una alegoría del velamen. Qué cuco. Visto así, decido que hasta me gusta la escultura. Es demasiado grande para lo pequeño que es el pueblo. Tal vez porque antes de la guerra tuviera muchos más edificios. Qué cosas.

Miro el velamen. Es horizontal, completamente horizontal. Una enorme lona que se yergue por encima de los edificios del poblacho. Una de las columnas sobre las que se levanta el toldo me recuerda al palo de un parque de bomberos.

Yo antes era electricista. Subía a los postes de la luz. Apuesto a que todavía soy capaz de encaramarme esos cinco o seis metros hasta lo alto del poste. Debe de divisarse toda la pedanía, desde el toldo. Y parece resistente como para que resulte cómodo dormir sobre él. Pero ahora mismo diría que voy demasiado borracho como para perpetrar semejante audacia, así que busco la oquedad en la herrumbre que he descubierto antes, en mi viaje a los ultramarinos que tan buenas vituallas me ha brindado. Voy rodeando la monstruosa escultura cuando escucho un rumor sordo calle abajo.

Parece música. Aguzo el oído.

Son voces.

Un coro de voces mansas. Cantan una canción sin palabras, de las que se pueden entonar sin abrir los labios. Gargantas y narices que vibran. Bocas cerradas, pero que suenan. Estrofas y estribillos escritos con las consonantes de la palabra mínima.

Me asomo a la calle principal y veo que una comitiva de fieles se dirige hacia la plaza del templo. Una procesión de cien encapuchados.

En este sitio deben tener un exótico santo patronal. O será que aquí están en Pascua y yo en Babia. Me acodo en el escaparate de los ultramarinos y contemplo la aglomeración de hábitos descalzos que desfilan en columna de a dos, a paso firme. Cada uno de ellos lleva un enorme cirio. Sí, esto debe de ser algo de la Semana Santa, si no me estoy confundiendo con el calendario. Qué cosas. Y yo que creía que estos desfiles solo los hacían en mi tierra.

El séquito se enfila hacia las puertas del templo, encabezado por un turiferario que no duda en adelantarse para abrir las puertas a la congregación. La columna de fieles es tragada por el templo, desaparece en la penumbra de su interior. Este sitio es espeluznante.

Las puertas dobles del templo se cierran tras el paso de la procesión, en un estrepitoso topetazo, y la plaza vuelve a quedar vacía y en calma. Solo el borracho del pueblo y yo quedamos en el lugar. Él musita incoherencias en uno de los banquitos que hay junto a la oficina de Correos, yo hago otro tanto desde el escaparate de los ultramarinos. Haríamos buena pareja, pero yo trabajo solo. La miseria no siempre busca compañía.

El silencio se hace de nuevo, al cabo de unos segundos, cuando encienden la única farola de la plaza.

Y las luces del templo.

Dos luces, en las puertas del templo.

Concretamente, encienden las cabezas de las estatuas que flanquean sus puertas dobles.

Las cabezas.

Son de un vidrio mate, azulado. Las cabezas de un hombre y una mujer mirándose a los ojos. Dos efigies de tamaño real, talladas en piedra, coronadas por sendas cabezas de vidrio mate. Sí, este sitio es extraño.

Pero lo más insólito de todo es que esas dos cabezas que se encienden no es que tengan una bombilla dentro. Es que tienen mil centellas danzantes en su interior. Parece que un enjambre de gusanos de luz revolotea dentro de las cabezas de la pareja que guarda las puertas del pórtico.

Y las luces bailonas de las dos efigies despiertan poderosamente mi atención.

Soy electricista, no de oficio, sino de vocación. Me gustaría haber sido lampista, por aquello de que me fascina la iluminación. Tengo que ver ese par de fanales de cerca, así que me apresto a volver al sitio donde he permanecido sentado todo el día.

Me pregunto si habrá diodos motorizados dentro del vidrio mate. O si habrá un entramado de bombillas de esas que alternan lo mismo que las luminarias navideñas. Me planto frente a las estatuas para descubrir que la opacidad del cristal de las cabezas me impide averiguar cómo demonios están hechas. Palpo la cara hierática del hombre. No está caliente. No vibra. No entiendo nada. No hay un patrón repetitivo de centellas titilando tras el vidrio. Los destellos no es que se sucedan.

Es que se mueven. Dentro del vidrio.

Parecen ser diodos suspendidos dentro de un extraño gel, o algo así. Jamás he visto nada igual. Es hermoso. Y raro.

Palpo la nuca de la cabeza, tiro de ella. Está suelta, descansando sobre el cuello de piedra. Pesa bastante, pero cuando la levanto descubro fascinado que no está ahí lo que ando buscando yo.

Los cables. No hay.

La lámpara carece de cableado alguno. El vidrio no tiene aperturas ni fisuras. Está obrado sobre un collar de hierro que cierra estanco el compartimiento de la lámpara. Esto es increíble. ¿Cómo lo han hecho? ¿Cómo funciona algo así?

Me planteo hasta la posibilidad de que hayan llenado con luciérnagas el recipiente, pero no se me ocurre manera de abrirlo, es impenetrable, por completo. Lo deposito en el suelo del pórtico. Hago rodar la cabeza. Nada. No hay vía de entrada ni de salida. Solo una cabeza llena de nueve destellos que orbitan caóticamente en su interior.

Pues nada. Un misterio. No sé ni cómo puede haberse encendido el chisme, porque carece de interruptor. Miro por toda la plaza. Preguntaría a alguien, aunque eso me valiera un buen escarmiento, pero hace rato que nadie transita por la plaza. Y con el borracho del pueblo paso de hablar, si es que se puede.

Deben de haberse ido todos a cenar, o a ver el fútbol, porque se me empieza a hacer raro que ni los coches pasen por este sitio cuando apenas acaba de anochecer.

Me digo de devolver la cabeza a su sitio, pero su misterio me tiene cautivado. Absorto. Creo que podría estar mirando la cabeza durante horas y horas. No puedo dejar estar la lámpara sin más. No pienso renunciar a su magia. Si nadie va a explicarme qué demonios pasa con ella…, me la llevo.

Así que la meto en mi hatillo y me largo del pórtico. Creo que esto puede valerme un par de noches en un calabozo, si me descubren; pero apuesto a que nadie lo hará, ahora que el borracho del pueblo parece dormir la mona. El templo ha permanecido cerrado todo el santo día y la soledad en la que se encuentra la plaza es tan mosqueante que seguro que nadie va a reparar ni en mi presencia si mañana sigo mendigando en este sitio con mi cartón de limosnero y la cabeza resplandeciendo suavemente en el fondo de mi hatillo.

Y ahora es cuando me marcho del lugar, con mi tesoro, hacia mi escondite. Me encanta este sitio. Ojalá pudiera quedármelo lo mismo que acabo de quedarme con la cabeza.

Oigo susurros a mis espaldas y al volverme hacia las puertas del templo descubro que una tenue refulgencia las siluetea. Están oficiando un rito ahí dentro.

Siento por un instante la tentación de echar un vistazo, pero tras robar la cabeza de uno de los ídolos, no me veo entrando en la iglesia porticada, así que me limito a afinar el oído. Parece sonar un salmo durante unos segundos que dan lugar a la homilía de una voz ronca, que suena francamente cabreada y vibrante. Todo en la extraña lengua vernácula de este sitio.

Permanezco unos minutos fascinado por el timbre y el tono de los rezos. Se oye otra canción sin palabras, esta vez en clave de gospel. Todo muy exótico y primitivo. A ratos no parece ni que estemos en la vieja Europa. Me encojo de hombros y esbozo una sonrisa. Termino rindiéndome a las rarezas de este sitio con resignación y vuelvo a encaminarme hacia la oquedad de la escultura que habita en el centro de la plaza.

Para descubrir que el borracho del pueblo la ha hecho suya.

Se ha echado a dormir en el hueco que yo pensaba ocupar. Es un fulano anodino de treinta y muchos. No parece un sin techo como yo, parece más bien ser el vecino descarriado de este sitio gris. Considero la posibilidad de espantarlo a gritos, pero yo nunca hago eso. El despavorido suelo ser yo. Lo mío es escapar antes de molestar. Y no me veo metiéndome con un lugareño. Eso puede sacarme de este sitio por la vía rápida.

¿Y ahora qué hago yo? ¿Dónde dormiré, si aquí no hay cajeros automáticos y los banquitos frente a la oficina de Correos parecen diseñados por el demonio ingeniero, para que nadie los use durante diez minutos seguidos? Miro a un lado y a otro. Se me ocurre la posibilidad de dormir en el pórtico, pero con tanta gente en la misa y el fruto de un robo sacrosanto refulgiendo en el interior de mi hatillo seguro que eso no es una buena idea. Tengo que hacer noche, quiero pimplarme cómodamente el otro cartón de vino que me ha deparado la limosna de hoy. No creo que encuentre jardines por aquí ni que las cuatro calles de este villorrio tengan sitio para mí. Miro al cielo como el que eleva una plegaria y ahí está el toldo de la escultura.

Algo en él me dice que ahí arriba uno debe sentirse el amo de este sitio. Me imagino por un momento tumbado sobre el velamen, contemplando la cabeza luminosa desde las alturas mientras me emborracho profundamente y comprendo que, en un lugar y una noche tan especial como estos, ese es el sitio que el cielo ha preparado para mí.

Así que me cuelgo el hatillo a la espalda y procedo a examinar los postes que levantan el toldo sobre la escultura. Hay uno de ellos que es completamente liso, no me sirve. Luego está otro que resulta demasiado curvado, cosa harto peligrosa. El tercero es enhiesto y tiene la estructura de una viga de puente de dos láminas plano-paralelas y una perpendicular, también presenta traviesas de refuerzo y remaches que pueden servirme a modo de escalones. Es una vía de acceso perfecta. Puedo trepar por ella sin matarme. Parece segura hasta para un tío dos veces más tajado que yo. Me está llamando. Me quiere.

Así que me pongo con ella y consigo coronarla en un dicho y hecho. Alcanzo enseguida la lona y cuando lo hago vuelvo a sentirme como el electricista que fui antes de dejar de ser. En la cima me aguarda el toldo de lona, tenso, apaisado, firme. Una hamaca digna de un rey. Esta noche ni los ángeles van a dormir tan bien como yo.

Me arrellano sobre la cubierta de tela y pienso que he conquistado una atalaya privilegiada. Veo las montañas, los gatos que cazan en los tejados de las casas, la vetusta farola de la plaza y sus adoquines a mis pies. Estiro piernas y brazos sobre el toldo y de pronto me siento como un funámbulo que acaba de llegar a la red tras caer durante meses. Saco de mi hatillo la cabeza luminosa y el cartón de vino, todo con el mismo floreo y con la misma magia. Doy cuenta del tinto, de las estrellas, de la consciencia. Hoy duermo en casa, lo mismo que el borracho del pueblo, que ahora debe andar agusanado en su madriguera, a siete metros bajo mi gloria. Me gusta esta pedanía perdida. Puedo dormir en su corona sin que ella lo sepa. Es prodigioso.

Bostezo cuatro veces y me pongo en pie. Vaya. Ahora que voy borracho del todo me creo un chaval capaz de pilotar una cama elástica. Doy cuatro pasos hacia el límite de la lona, me saco el churro y suelto una meada sobre los adoquines de la plaza, desde las alturas. Luego coloco la cabeza luminosa sobre la viga redondeada y, ahora sí, acabo de darle a mi precioso escondite el toque kitsch definitivo. En este momento tiene un duende único. Es un espectáculo para mis sentidos.

Vuelvo al centro de la lona, me tiendo y me duermo mirando lo insólito de la escena.

Me despiertan los gritos.

Estoy volando alto con las alas del vino cuando Morfeo me deja caer sobre la lona de un sobresalto. Despierto con uno de esos espasmos que te descabalgan del sueño de un soberano costalazo. Pese a todo, refunfuño y vuelvo a cerrar los ojos enseguida, lo cual puede sonar difícil de creer, pero cuando uno lleva meses durmiendo cada noche en un lugar distinto ya ni el escenario ni los ruidos de ambiente consiguen descolocarle. Es lo que tiene esto de recogerse yendo colocado, el ponerse ciego cada noche en un nuevo rincón, a menudo improvisado. He dormido en cajeros, estaciones de metro, portales, cementerios. Una vez me quedé roque en un bajo abandonado de un barrio malo y desperté con un tiroteo de maleantes que se producía a escasos metros de mi escondrijo. Una noche me colé en un piso y subí al terrado a dormir en uno de los trasteros de la comunidad de vecinos, para despertarme al poco y descubrir que un señor mayor se tiraba a la del quinto en el trastero de al lado. Y la de veces que habré despertado en un centro de detención.

Con todo, ando bastante acostumbrado a que el mundo la líe cosa mala en mis narices, cada dos por tres, a horas intempestivas. Hay una algarabía de bramidos y gente dando voces bajo el toldo en el que ya no puedo dormir, pero yo todavía tardo unos minutos preciosos en reaccionar.

De manera que cuando el alboroto se hace insoportable opto por rodar sobre el dosel y ponerme boca abajo para taparme la cabeza con el hatillo, en un intento por silenciar la escena. Pero no sirve de mucho hundir la cabeza en la almohada cuando el colchón es una tela de lona fina y el jaleo viene de abajo.

Así que me rindo y abro los ojos.

Veo lona gris. Cosas moviéndose tras ella. Es como mirar a través de una cortina.

De una cortina de punto grueso.

Mis ojos se adaptan a la luz ambiente y mis pupilas se calibran. Por instinto van a enfocar tras la malla de lona para mostrarme la escena que arde abajo, en la plaza, a la luz de una única farola. Mi mirada es la de un actor suplente que observa la platea a través del telón. Hay una película de brumas ante mí que no me impide atender a lo que sucede sobre el pavimento de la plaza. Lo veo todo como si no fuera conmigo.

Pero va.

Los fieles han salido de la misa para encontrar decapitada a una de las preciosas estatuas de su templo. Era de esperar.

Lo que yo no me esperaba era que la cabeza luminosa que acabo de robar y poner sobre uno de los postes de la escultura se hubiera caído, para hacerse añicos sobre el adoquinado de la plaza.

Hay cristales azules esparcidos en el centro del corro que forman los devotos. Sobre ellos revolotea un enjambre de fuegos fatuos. Un puñado de polillas incandescentes que danzan en libertad pero sin dispersarse. La gente maldice, se tira de los pelos, blasfema.

E increpa al borracho del pueblo, que se ha puesto de rodillas en medio de otro corro, este mucho más peligroso.

El turiferario de la procesión interroga una y otra vez al pobre desgraciado con una voz terrible. Le repite las mismas preguntas. El hombrecillo se desgañita y suplica haciendo gestos de ignorancia y de desolación. A él también le han despertado con un marrón muy desafortunado.

Me mantengo inmóvil, acojonado. La cosa parece ser muy seria para toda esta gente. No es que estén enfadados, es que se les ve entre desamparados y furiosos. Algunos van de un corro a otro, malmetiendo o sollozando. Otros se chillan, quizás trasladando culpas entre sí o puede que discutiendo sobre cómo hay que obrar ante el desaguisado. La cosa dura un rato largo y hay momentos en los que temo que pueda acabar en linchamiento. Al final el turiferario profiere un grito estruendoso y la asamblea de fieles parece recobrar el oremus.

Alzan entre tres al borracho del pueblo, que intensifica sus súplicas en balde, lo conducen a tirones y empellones hacia el templo. Parece que sí, que aquí la vamos a tener.

La congregación se reúne para salir tras el desgraciado. La cosa ya huele a justicia divina. Algo muy gordo está fallando cuando al mártir no se lo llevan a comisaría sino a la iglesia.

Se meten todos de nuevo en el templo y yo no puedo evitar sentirme culpable por cuanto le pueda pasar al pringado. No me planteo la posibilidad de confesar, pero tampoco pienso quedarme aquí arriba como si nada, máxime cuando los vecinos están comenzando a salir de sus casas para acudir a toda prisa hacia el templo. Algunos hasta lo hacen en pijama.

No pienso ser menos. Si la noche termina con un espectáculo final, no me lo pienso perder.

Así que me echo el hatillo a la espalda y hago el esfuerzo de bajar por el poste de la escultura. Estoy adormecido, ebrio y torpe, pero la maniobra tampoco es que tenga mucha dificultad para mí: yo carezco de vértigo. Y aunque la altura es letal, lo cierto también es que la viga está escalonada y jalonada por asideros que me ponen fácil el descenso, conque no necesito ni tiempo ni llamar la atención para alcanzar el adoquinado de la plaza y salir pitando hacia el interior del templo.

Y allí compruebo que, definitivamente, lo que tiene este pueblo en su plaza principal no es ninguna iglesia cristiana.

La construcción tiene el porte de una catedral pagana, pero es de obra nueva. Su interior es todo impluvio pero no tiene estanque, es un patio sin techar. Nada de bóvedas, solo una capota de estrellas se cierra sobre las cuatro paredes del templo. El recinto está plagado de bancos para la oración, los muros flanqueados por columnas que terminan en estatuas como las de las puertas: hombres y mujeres tallados en piedra nívea, dotados de unas cabezas de vidrio en las que chisporrotean luceros. El interior del lugar es un hervidero de estrellas pulsátiles y figuras blancas. Al frente de la asamblea, el turiferario y tres fieles increpan al infortunado beodo, al que han arrodillado ante una pila que hay a un lado del altar. Al fondo de todo, cuatro vecinos en bata, dos viejas en camisón y yo. Nosotros mirando atónitos el ajusticiamiento.

Porque los gritos de los fieles no presagian nada bueno.

La bronca junto al sagrario se intensifica. A un gesto del turiferario, dos de los devotos se encapuchan y proceden a sujetar al borracho del pueblo. Lo asen de los brazos y se los vuelven atrás para forzarle a inclinarse sobre la pila de piedra blanca. Entonces el turiferario vierte el contenido de una redoma sobre la pila al tiempo que lanza una homilía terrible a la asamblea.

El pobre desgraciado rompe a llorar y a negar con la cabeza. El líder de la secta termina de llenar la pila y le sujeta de los cabellos para sumergirle la cabeza en un aparatoso bautismo forzoso.

Pero no pretende ungirle. Sino ahogarle.

El desgraciado patalea y se revuelve en vano. Cada diez o quince segundos de bronca bajo el agua, el turiferario le saca la cabeza de la pila, para que respire. La cosa no parece ningún interrogatorio, muy pocas palabras se cruzan cada vez que la víctima recupera la respiración, dando grandes bocanadas de pez. No es que traten de sacarle la borrachera, sino que lo están asfixiando muy despacio.

Cada vez que el sacerdote mete la cabeza del desgraciado en la pila para insultarle y gritarle, los fieles vitorean y jalean. Al poco sale del agua el rostro desencajado y enrojecido del borracho para abrir la boca desesperadamente en un intento de meterse en los pulmones todo el aire del mundo. La cosa se mantiene así cuatro largos asaltos. El quinto se hace eterno, pero al final también termina con el inculpado tomando oxígeno.

Y de tanto ahínco con que el pobre hombre trata de recobrar la respiración tras una inmersión particularmente larga, sucede algo asombroso.

Sucede que el reo infla sus pulmones hasta lo imposible.

Las estrellas bajan del cielo hasta el altar hechas un enjambre, revoloteando lo mismo que un tropel de luciérnagas. Descienden hasta alcanzar al borracho del pueblo y se le meten en la boca, como si las hubiera absorbido al inspirar con todas sus fuerzas.

El rostro del borracho pasa de estar enrojecido a amoratado y de ahí a azularse. Se vuelve translúcido y las estrellas que le bailan dentro comienzan a verse a través de los pómulos y la boca.

El turiferario saca una daga de su túnica y decapita allí en medio al pobre desgraciado, sin soltarle los cabellos, que están empezando a cristalizar también. El filo de acero suena al degüello como si el gollete del borracho fuera ahora de plástico fino. No parecen salir vértebras al paso del corte ni salpica la sangre. Es más bien como si le hubieran cortado la testa a un maniquí de cristal.

El verdugo alza la cabeza luminosa para que toda la asamblea pueda admirarla y el rictus asfixiado del ajusticiado sorprende a todos por su gesto de desesperación. Su boca ha quedado abierta de par en par, en un grito silencioso. Los ojos como platos. Los cabellos cubriéndole la cara y un mechón enhiesto tomando la forma del asidero por el que el turiferario lo ha estado sujetando.

Las estrellas cautivas arrancan en el interior de la cabeza del borracho del pueblo una danza enloquecida que parece una celebración o una protesta. Se revuelven lo mismo que un enjambre de moscas al encontrarse de repente encerradas en un tarro de miel. El cuerpo del borracho se desploma acéfalo sobre el suelo del altar y allí ni sufre varios espasmos ni se retuerce hasta quedar inmóvil.

Sino que cae y se hace añicos.

La asamblea aplaude, baila y lanza cantos sin palabras al cielo estrellado. Ahora tienen una nueva cabeza lámpara.

Yo dejo caer mi hatillo y mi mandíbula inferior.

Y decido dejar de mirar, dejar este pueblo, y dejar de beber.


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