Texto aleatorio

De este cuento no quiero hablar. Nunca creí que saliera del cajón donde mando los textos que no son para publicar.

Alguien me convenció para que lo soltara aquí, y accedí, quizás porque lo considero uno de mis mejores relatos.

AMANECIERON JUNTOS OTRA VEZ y, antes de que él saliera para hacerse a la mar, ella le dijo que había estado toda la noche en vela, escuchando el olor de sus ronquidos.

Él respondió que no entendía y ella se maravilló con el tacto de su voz, azul.

Sinestesia, dijeron los neurólogos.

Pero la sinestesia no es una enfermedad, sino un síntoma, añadieron.

Le hicieron una tomografía, le insinuaron algo. Le dieron fármacos y le pidieron que permaneciera ingresada un tiempo. Pasaron los días y le hicieron otra tomografía, la compararon con la anterior, confirmaron el diagnóstico. Luego la hicieron llamar.

Él estaba faenando. Tuvo que enterarse por ella.

Hay una luna creciendo dentro de mi cabeza, le contó su mujer, tras hablar con los médicos.

Y siguió enloqueciendo al poco de salir del hospital. Aparecieron los dolores y, con ellos, la morfina.

Un día amaneció y ella no estaba en su lado de la cama. Él salió en su busca, bajó las escaleras de la casa, cruzó la verja, se adentró en la playa.

Afuera soplaba un vendaval, bramaba la mar, apestaba el salitre, chillaban las gaviotas. El litoral estaba fuera de sí, le arrancó la ropa, le revolvió el pelo. Todo eran colores crueles, el gris del cielo, el blanco sucio de la espuma, la mar de un índigo furioso, el negro intenso de la arena volcánica.

Ella llevaba días y días repitiendo que tenía que volver al océano, azul.

Así que él salió dispuesto a dar voces y a recorrer la playa en su busca. Temía que su mujer se hubiera metido en el agua de invierno. Temía también que se hubiera hecho a la mar, empleando el bote de pesca. Mil pensamientos como aquellos le abofetearon lo mismo que el viento.

Temía mucho, pero la encontró enseguida, a veinte metros de la casa, a cuatro patas sobre la arena. Se la estaba comiendo a grandes mordiscos.

Movía solo la cabeza. Pastaba la playa como un rumiante. Mascaba y engullía la arena despacio, con una miraba bovina.

Él tiró de ella como un perro pastor. Apenas pudo llevarla consigo al interior de la casa.

Apenas pudieron reducirla entre cuatro y meterla en la ambulancia.

Tras aquello, las pastillas cambiaron de color y de tamaño. Enrojecieron, se dilataron. Ella podía escucharlas respirar y conspirar.

La sinestesia es una confluencia sensorial, explicaron los médicos. Una activación simultánea de las distintas regiones cerebrales que se ocupan del procesamiento sensitivo. El paciente consigue ver los olores, tocar la música, escuchar los sabores. Cualquier interconexión cruzada de varios sentidos a la vez es posible, siguieron explicando los médicos.

No es que tu mujer se crea que puede degustar el color de tu piel, es que lo paladea de verdad. Si el tono de tu piel pudiera saborearse su gusto sería exactamente como lo describe ella, le dijo una joven neurooncóloga.

La compresión que ejerce el astrocitoma en su cerebro está acoplando las notas altas con el frío y el frío con el blanco azulado. El calor lo ve muy rojo y lo escucha picante. Puede sentir el sabor de tus palabras. Dile cosas dulces y la verás relamerse y salivar.

Pero él acababa de perder la capacidad de decirle cosas dulces.

Aquello ya no era su mujer.

Era una sinfonía de pedradas. Un delirio hecho carne y nervio.

Destrozó media casa durante un ataque de histeria, aquella vez que el rumor del océano hizo que le escociera la piel. La fiebre le subió de tanto que le quemaba el aullido del sol sobre la playa, y de tanto que le asfixiaba la oscuridad bajo la marea sucedió que sus pupilas se dilataron… hasta hacer casi desaparecer el iris, azul.

Todo aquello, le hicieron el insistente batir de oleaje y el inclemente machacar del mediodía junto a la casa en la que vivían. Un ambiente tranquilo le suponía a ella toda una pesadilla sensorial.

Tengo que volver al mar, le dijo. Pobrecilla.

La luna dentro de su cabeza era de cuarto creciente. Se la iba comiendo por dentro tanto que ya le había robado casi por completo la razón. Cualquier estímulo perceptible era exacerbado por la tormenta que gobernaba sus sentidos, había mil matices insoportables en cada apreciación. Un verdugo en cada ojo, uno en cada oído, otro en la punta de la lengua, un cuarto metido dentro de la nariz, y el peor de todos: el que le recorría, entera, la piel.

Así que él lloró, cerró las ventanas, apagó las luces, guardó silencio, le dio más pastillas y la hizo dormir atada a la cama.

Pero la cama en la que se habían dicho las cosas más cálidas se convirtió en un sitio donde el olor de las sábanas cantaba como las sirenas y el tacto de la almohada sabía en la garganta como a peces podridos.

Debes dejarme ir al mar, le dijo ella. Sabes que es inevitable. Al final dejarás que vuelva al mar. Tendrás que despedirte de mí, dejarme zarpar. No puedes prolongar mi agonía.

Y las pastillas se terminaron de repente.

Con ellas las correas y la radioterapia directa a la cabeza.

Él la dejó a merced de su propio oleaje, para que ya no tardara mucho más en ahogarse.

Temía que si la luna seguía creciéndole dentro tan despacio el dolor se hiciera más largo y más rojo, más amargo y más áspero, más apestoso y más estridente. No quería que el sabor de la morfina siguiera sonando como un orfeón de ancianas roncas en su cabeza. Temía que ella pudiera escuchar su mirada, cuando se miraban. Lo hacían y él sentía cómo se le rompía el alma en mil pedazos. Ella ya podía oír cómo los ojos de él se arrancaban a cantar una canción muy triste, al verla a ella, cada vez más bizca y espasmódica.

Al poco de suspenderse el tratamiento, su mujer comenzó a deambular por la casa, trotando igual que un perro empeñado en conseguir que le sacaran a cagar bajo la tormenta. Prendió fuego a las cortinas para hacerlas callar. Palpó el filo de todos los cuchillos hasta destrozarse los dedos porque ya no soportaba la perfidia de los metales bruñidos, tan envidiosos. Arrancó el papel de las paredes cuando su color se puso demasiado salado para ella. Pero al otro lado del empapelado no estaba la playa.

Al otro lado del empapelado, azul, solo había un muro de ladrillos que apestaban igual que la jaula de un león. El mundo estaba construido de una cacofonía sensorial que lo desquiciaba todo y hacía que el silencio cegara y que el dolor inventara nuevos colores y sonidos.

Un atardecer ella le suplicó que abriera la puerta para que pudiera acariciar a la luna. Salieron a la playa y se sentaron junto a la orilla. El agua negra, la arena negra, el cielo negro, la mar en calma. Todo parecía haberse apagado y parado en paz. Solo un cuarto creciente parecía vivo, en el firmamento. La playa era una inmensa relojería en la que solo una máquina seguía en marcha, inclemente.

El oleaje.

Contemplaron juntos el infinito sin estrellas, la negrura de un imposible vacío.

Ella acarició a la luna, con los ojos.

Él permaneció sentado sobre la arena, tan maravillado y horrorizado como desde el primer día de enfermedad, preguntándose por milésima vez cómo sería el mundo para ella, si es que ella todavía habitaba el mismo mundo que él.

La miró desnudarse y correr al agua.

Lloró al verla marchar. Dio un par de voces, pero no se atrevió a levantarse. Ella se sintió envuelta en un océano de espinas cuando tocó los gritos de él. Saboreó litros y litros de aquella amargura helada y se quiso morir, así que nadó hacia el fondo, mar adentro.

Jamás encontraron su cuerpo, azul.

Él volvió a pescar. A punto estuvo de hacerse a la mar en un atunero de los que solían faenar en los grandes bancos del norte. Hizo un par de temporadas en el Cantábrico y cambió de puertos. De algún modo el fletán le llevó a la sardina y la sardina le devolvió a las islas, las islas le devolvieron a su casa. La casa.

La casa envuelta por la arena negra, las cagadas de las gaviotas, los bostezos del sol.

La mar a oscuras.

La cama seguía sin hacer. Las correas seguían abrazando al colchón. Cabellos de ella naufragaban en la almohada. Su olor en las sábanas comenzaba a bramarle.

Llevaban dos años separados por la marea de medianoche y era ahora cuando él comenzaba a comprenderla. Comenzó a llorar, no paró.

Depresión, dijeron los médicos. Y le dieron pastillas.

Pero las pastillas no habían podido salvarla a ella. Y nada podía salvarlo a él de la resaca de ella.

El tacto de su camisón, azul. Susurrando en el armario.

La luna mirando por la ventana junto al sitio de ella en el sofá.

El bote de remos de él, sobre la arena, junto a la verja de la casa. Negro el enrejado de la verja, negra la arena, negro el cielo, de luto él, embreado el bote.

La luna se enseñoreaba de todo.

Se hizo a la mar en plena tempestad, bogó dos millas y dejó caer los remos, arrojó las redes al reflejo de la luna sobre la cólera del oleaje.

Y las redes barrieron el fondo revuelto para devolverle el vacío, y un gran caracol de mar.

Una enorme concha vacía, azul.

En su interior no crece un cangrejo horrible ni se desarrolla la luna. La mar no se desborda. Las olas no saben de tormentas.

Pero cuando escucha dentro de la caracola puede verla nadar a ella.


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