Texto aleatorio

¿Qué sale si te pones a vueltas con la generación perdida, la catástrofe climática y esto nuevo de que a los españoles ya casi les mantengan sus jubilados? ¿Y si lo desconectas de la problemática local, te lo llevas a la Groenlandia vikinga, enciendes el impulso onírico y, llegando al final, derrapas?

Tal cual. Esta herejía acabó publicándose en la antología TERRA NOVA VOL. 3 (Fantascy, 2014). Es una de las gansadas más gordas que he hecho en materia de narrativa breve. Me encanta.

I

TODO EMPEZÓ EN EL DÍA EN QUE VINO A VISITARNOS una partida de la cofradía de cazadores de Nuuk.

Raras veces venían a visitarnos nuestros hijos. Algunos lo hacían porque nos echaban en falta, otros por protocolo, todos con mala conciencia. Lo habitual en un retiro de ancianos.

Nunca antes había venido a visitarnos un oso de las nieves.

Pero lo hizo.

Vino solo, ni que fuera un heraldo.

No era invierno, pero corren tiempos de cambio climático y dicen que los osos polares se han desnortado. Que hacen cosas increíbles, como nadar en mar abierto, salir en los anuncios de Coca-Cola, llamar a la puerta de un albergue de jubilados.

La bestia la emprendió a empellones con la verja de nuestro asilo y los cuidadores llamaron a la cofradía de cazadores de Nuuk. Cuando llegaron las escopetas a nuestro complejo residencial ya hacía horas que el oso se había apoderado de los jardines, las arboledas y los parques que envolvían nuestra finca. Astilló un cedro. Se cagó en el porche. La emprendió a empellones y a zarpazos con nuestra puerta principal, sin conseguir echarla abajo. Dio mil vueltas a nuestro alrededor. Bramó.

Nosotros nos mantuvimos encerrados en el comedor durante todo el episodio, mirando el programa de Anders Breinholt en la tele del comedor. No llegamos a ver cómo capturaban al animal, pero los cuidadores nos dijeron que dispararon sobre el oso con dardos de morfina y que luego se lo llevaron.

El animal parecía perdido, nervioso. Como si buscara algo.

Tal vez refugio, lo mismo que nosotros.

La vida se ha vuelto inclemente ahí afuera. Groenlandia es ahora un sitio extraño del que ya no entendemos nada y por eso nos pasamos nuestros últimos días encerrados en este sitio. Nos guarecemos de las inclemencias del exterior.

Este recinto es nuestra cueva. En ella hibernamos, a la espera de que un día salga el sol y nosotros no.

La tarde del martes en la que se llevaron al oso fue la misma en la que Georg nos dejó. Primero tuvo lo que parecía un calambre, luego lo que vino a ser un ictus. Después murió, de repente. Lo hizo turnio, asmático, espasmódico. Durante aquel anochecer, el cielo se hizo cruel y opaco. Lo mismo que se aneblaron los ojos grises de Georg, justo antes de que lo mandara al otro mundo el derrame cerebral, arrollándolo como una riada.

A nosotros se nos hizo de noche de pronto y un alud de pedriscos de hielo y agujas de escarcha cayó sin avisar sobre nuestra pequeña residencia. Otro oso de las nieves que nos visitaba fuera de temporada.

Lo mismo la fiera había acabado dando con la verja de nuestro sitio tratando de escapar de la tormenta.

El caso es que el pronóstico del tiempo era bueno, y la estación no acompañaba, pero en un momento y sin que apenas pudiéramos prepararnos, nos vimos envueltos en una tempestad que derribó la mitad de los árboles de nuestro bosquecillo, sepultó en nieve la puerta principal y arrancó de cuajo la antena que nos conectaba con el mundo de las telecomunicaciones vía satélite.

Nada de eso pareció preocuparnos mucho. No es que la tele sea mucha compañía. Ni que las visitas que a veces recibimos sean mucho más cálidas que las tormentas de granizo.

Nosotros somos docena y media de jubilados; daneses, algún inuit y mayoría de groenlandeses. El nuestro es un asilo caro y tranquilo. Se llama «Atii niriliqta», y eso en lengua inuktitut quiere decir «Buen provecho». De manera que es a Atti niriliqta donde venimos los viejos, para zampar hasta espicharla. Nos sentimos vacíos, como conductos digestivos desatendidos, y aquí es donde nos llenan. Y vaya por delante que tampoco es que la comida de este sitio sea excesivamente buena, pero eso no parece preocuparnos mucho.

Recuerdo que mi mujer, Agnete, se desveló cuando yo me levanté a mear. Ella suele despertarse cada dos o tres horas, casi siempre que voy al baño. Anteanoche lo hice cuando la tormenta se puso imposible y tuve que cerrar las contraventanas de nuestra habitación antes de orinar. Afuera arreciaba raro y de muy mala manera. Aullaban las alturas, se derramaban mil carámbanos de hielo azul. Sobre el tejado, sobre las losas del porche, sobre las copas de los tilos. El cielo se espesó y luego se llenó de agujeros negros. Las luces de la luna y las de los relámpagos armaron todo un berenjenal sobre nuestras cabezas. Fue algo desproporcionado.

Kaj lleva dos décadas arrugándose en este sitio y dice que no recuerda un temporal peor, pero yo hace varios años que pienso que Kaj no recuerda un carajo, porque Kaj ya hace tiempo que dejó atrás los noventa y apenas recibe cartas. Se ha ido quedando sin amigos ni conversación. Oírle decir que no eran maneras para una tempestad de otoño me dejó bastante preocupado, no obstante… Porque lo cierto es que yo tampoco diría haber visto nunca semejante calamidad.

En la ciudad, en Nuuk, a veinte kilómetros de aquí, el clima es litoral. Y litoral siempre significa tranquilo para un hombre como yo, que llevaré tres años jubilado pero creo que sigo habituado a las inclemencias del interior, a la tundra. Recuerdo bien las tormentas que asolaban la granja de renos en la que me crie, esas cosas no las olvidaré ni cuando esté más senil que el viejo Kaj. Sé muy bien que un temporal tan potente siempre sopla con viento racheado, con embates que van y vienen, que a ratos parecen mejorar para luego arreciar. Que las tempestades se cansan de tanto en tanto de soplar, que necesitan tomar aire para volver al ataque durante un asedio de varias horas.

Pero la tormenta que nos azotó anteanoche se escuchaba muy distinta.

Era constante. Lineal.

Uniforme.

No era como estar a merced de una borrasca cualquiera. Sonaba a que habían puesto a nuestra residencia frente a un gigantesco soplete de nitrógeno líquido, de los que se emplean para quemar las verrugas por crioterapia. El mismo chorro helado inclemente, constante, de un extintor; de un ventilador industrial. El temporal no abofeteó ni zarandeó Atii niriliqta. Lo que hizo fue como escarchar el edificio con el empuje de una máquina a motor.

Eso nos pareció la tormenta: un mecanismo eléctrico, un juguete de cuerda pasado de vueltas. De los que tiran durante horas en una misma dirección, sin amainar ni por un instante. Sin rachear la fuerza.

El interminable empellón del mundo hecho nevera duró hasta el alba. Luego amaneció y un sol sin fuerzas nos mostró el día en que despertamos todos, menos nuestros cuidadores.

II

Ni Inga ni Kona. Ni el enfermero ni la doctora Palikka. Ninguno de los efectivos del personal de Atti niriliqta se levantaron a las siete de la mañana. Los internos somos como relojes del siglo pasado. Tocamos diana puntualmente, sí, pero solo para que nos cambien las pilas y los pañales. Sin algo de ayuda, la mitad de nosotros no podemos asearnos, vestirnos, o incluso desayunar.

Conque anteayer hubo gritos y sonaron los timbres. Los que llevamos menos tiempo por aquí pudimos bajar a las dependencias de los cuidadores del centro para ver qué pasaba con ellos y los encontramos durmiendo a pierna suelta.

Hibernando.

Como osos.

Igual que esos murciélagos que al aletargarse detienen su pulso hasta las pocas pulsaciones por minuto. Completamente noqueados, todos.

No hubo forma humana de despertarlos. Ni a bofetones, ni a gritos. Ni volcándoles encima palanganas llenas del agua del circuito que no tiene calefacción. Nada. Tuve que ayudar a Aleq a bajar a la planta de servicio para que les echara un vistazo a cada uno de los miembros del personal de la residencia y Aleq, tras toda una vida trabajando como veterinario, no supo decirme qué clase de somnífero o enfermedad podía hacer aquello.

Les abrió los ojos y hurgó en ellos con una linterna. Dijo que las pupilas no estaban reactivas y que no había reflejos oculocefálicos. Que no conocía droga capaz de aquello. Que parecían lesiones del sistema nervioso central. Que llamáramos a la ambulancia.

Pero no había teléfono que funcionara sin la antena que nos había arrancado la tormenta. Ni forma alguna de abrirse paso con los coches del personal, casi todos enterrados en nieve. Estábamos atrapados en Atti niriliqta con la caldera medio vacía y todo contacto con el exterior cortado de cuajo.

Así las cosas, no hubo otra que organizarse para reunir a los residentes en el vestíbulo del geriátrico. Tuvimos que asearnos y asistirnos los unos a los otros, y creo que la prueba resultó dura, reveladora. Nos hizo tomar plena conciencia del mérito que tenía el trabajo que hacían para nosotros en Atti niriliqta. Apuesto a que ninguno de mis compañeros de asilo podrá volver a mirar a los cuidadores igual que antes de la tormenta.

Me pregunto si podremos volver a hacerlo algún día.

Porque ya llevan dos días dormidos y ni siquiera se han cagado encima.

La televisión no ofrece más que doscientos canales en los que aparece un cartel que dice que la antena no funciona. Suluk mira fijamente la emisión sin señal al babear. Insiste en repetir una y otra vez que muy de tanto en tanto sale en pantalla su hija para gritarle que tenemos que salir de aquí.

Afuera anochece. Y se ha vuelto a desplegar la tormenta.

Kaj mira por las rendijas de una de las contraventanas. Al otro lado del acristalamiento no se ve nada más que un vector de aguanieve que se mueve en el tiempo a una velocidad constante y siempre en la misma dirección. Una brújula parece marcarle el paso. Kaj dice que hay gente bailando con los osos, al otro lado de la tormenta. Y se toma otra pastilla.

Después dice que hay una multitud que ha rodeado el lugar para danzarle a gritos. Que en el rugido de la nevasca bailan sombras, frente a nuestra residencia, en un ritual que es tan antiguo como el hombre de estas latitudes. Que vamos a apagarnos, que seremos las velas de una tarta de cumpleaños, en este sitio. Que soplarán sobre nosotros lo mismo que en el cuento y que los tres cerditos somos él, mi esposa, y yo.

Necesita a la doctora. Pronto.

Sin la doctora para controlarnos la medicación Aleq y yo tememos que la mayor parte de los internos puedan descontrolarse muy deprisa. Si no acude nadie en nuestra ayuda enfermaremos, visto que algunos de nuestros compañeros más viejos ya han empezado a deteriorarse. Mi Agnete no recuerda cuántas gotas para la tensión se ha tomado ni acierta a decirme cuántas debe tomar.

Nos hemos puesto a rezar para que pare el temporal, pero hay algo mecánico y fabril en la forma en que nos castigan los cielos.

La tormenta sopla militarmente, ni que fuera el viento al paso de un tren a toda máquina.

Y el tren somos nosotros. Pero no vamos a ninguna parte.

III

Debemos abandonar este sitio, pedir ayuda. Kaj dice que la próxima vez que se desate la tormenta de lo infinito sobre nosotros nos arrancará del suelo y nos llevará consigo, en una cabalgata, escoltados por las valkirias.

Dice que si la atmósfera sigue tirando de nuestra residencia es porque no la quiere aquí. Que este sitio se levantó sobre un poblado vikingo que corrió la misma suerte y la misma muerte que el resto de los asentamientos escandinavos de Groenlandia. Que aquí llegaron los antiguos remando en un drakar y que en un drakar volvieron a Europa los supervivientes, tras enfrentarse al soplido inclemente que nos asola ahora mismo. Que si no salimos pronto de aquí ya no lo haremos en esta vida.

Que hagamos el petate y partamos.

Que al norte hay una casa muy nueva.

Con una chimenea humeante. Y tres ventanas.

La tormenta amaina, posándose sobre el suelo como un reactor; desciende y se detiene igual que una cinta transportadora y con ello le da la razón.

La realidad de mis compañeros hace otro tanto. Están empezando a ponerse muy mal. Los cuidadores no van a despertar. La gente de la ciudad no va a venir.

Pienso en hacer un petate y salir con Aleq afuera. En que caminemos juntos en dirección opuesta a la ciudad, en busca de alguien o algo que nos ayude. En que si nos quedamos aquí seguiremos siendo lijados sin clemencia, nos convertiremos en uno de esos trineos que se precipitan por las pendientes.

Así que Aleq y yo abrimos una ventana en cuanto amaina el viento.

Afuera se desarrolla nuestra maldición particular.

Es de un blanco escrupuloso.

Integral.

IV

La nieve ha cubierto el exterior de Atti niriliqta, ha alfombrado los jardines que solían rodearnos. El frío que campa fuera de nuestra residencia perfora todos los tejidos textiles y vitales que encuentra. Nos traspasa los plumas como un cortaplumas. Hay mil pisadas de oso frescas por todo el porche principal.

Agnete me prohíbe salir y me ordena que vuelva con ella, llamándome por el nombre que le pusimos a nuestra hija. Luego se pone en pie y coge su andador para salir trastabillando hacia el comedor, a tomar una taza de té con pastitas. Kaj dice que tengamos cuidado con los osos y sobre todo con los vikingos muertos que los cabalgan. Insiste en que ha visto a Georg subido a la grupa de una de las bestias esta noche. Que sus ojos siguen nublados, bizcos y escarchados ahora que cabalga a las fieras del invierno. Que en realidad no está en su habitación, tieso como un pedazo de cecina, sino rondando las inmediaciones de la residencia. Que ahora emplea las convulsiones post-mortem para bailar en los embates de la tormenta moviéndose como un espantapájaros. Que piensa llevarnos a todos consigo y que no permitirá que nos alejemos de Atti niriliqta.

Suluk dice algo en inuit y añade en danés que derramar nuestra sangre sobre la nieve en círculos no bastará para que nos dejen en paz. Que es mejor morir en la cueva del asilo. Que nada nos aguarda fuera, en el mundo de nuestros hijos. Que toda Groenlandia es ahora un territorio hostil.

Pero Aleq y yo lo único que vemos en todo eso es que si no volvemos a Atti niriliqta con un médico los internos acabarán siendo víctimas de algo mucho peor que el abrazo de un oso polar.

Están enloqueciendo. Enferman.

De manera que nos calzamos las botas y las raquetas de nieve y salimos. Echamos a andar. Nuestros huesos crujen y gimen como las cuadernas de una embarcación a remos. Nos arrebujamos en nuestros anoraks, remamos con los bastones de esquí. La tarde nos escupe en la cara y su salivazo es un escalpelo de hielo.

Hace años que no salimos con tanto frío. Algo nos hace sentir más jóvenes y, a la vez, más viejos que nunca.

Aleq echa a andar hacia el norte, su boca expele más humo que una chimenea. La ciudad está al este, lo mismo que unos nubarrones negros y relampagueantes que parecen descargar allí.

Confiamos en que no nos alcancen. En que haya algo al norte de este sitio, aunque sabemos que viajar hacia el norte es mala idea, en general, en Groenlandia.

Pasa una hora y siento que ya casi estoy fuera de combate. Me cuesta seguir el ritmo de Aleq. Aprieto el paso sin rechistar lo mismo que aprieto los dientes hasta hacer rechinar el puente protésico sobre mis encías. Me duelen la ciática y la fascitis plantar. Tengo ganas de mear todo el tiempo y eso que paro para hacerlo cada dos por tres, estoy marcando mi territorio, dejando rastro como una babosa. Me tiembla tanto el pulso como me tiritan los hombros. Temo que esto haya sido un terrible error, pero las pisadas de mil osos y las huellas de lo que parecen unas gruesas polainas de piel por todas partes me hacen sabedor de que cuando se ponga el sol este sitio se va a convertir en el hervidero de una pesadilla.

De alguna forma, la tormenta también va avanzando. Parece que para esta noche se prepara otro asalto en el asedio de nuestro asilo.

Y la apuesta es que consigamos escapar del cerco sobre Atti niriliqta antes de que la locura vuelva a escampar con la oscuridad.

Aleq detiene la marcha un momento para sacar el termo de café y que demos buena cuenta de él. Con eso me espera y me da pie a que recupere el aliento y descanse lo justo. Maldito finés. Qué buena forma física que tiene. Le envidio hasta la pensión que percibe. Siempre ha sido demasiado todo para nosotros. Hasta sus botas parecen mejor que las mías, y eso que él no es de aquí.

Me dice que los árboles están cada vez menos derribados y menos marcados por los osos. Que no entiende qué hacen juntos tantos osos polares. Que no comprende qué es lo que está pasando aquí, pero que tenemos que aguantar y que escapar. Que qué tal estoy. Que si necesito que paremos más rato podemos seguir quietos un poco más, pero solo un poquito más.

Yo hago un gesto de rechazo con la mano y reemprendo la marcha.

Me ha parecido ver algo acechando entre los tilos.

Una figura que lleva una armadura hecha con huesos de animales. Parece ser un viejo como nosotros. Su barba tiene granizo y carámbanos de hielo, las cuencas de sus ojos son de color azul, sus labios están atrapados en una u. Cabalga una montura ancha, robusta y blanca, que exhala grandes vaharadas de aliento por la boca, pero no hay vapor alguno que salga de la u que hay en los morros violáceos del jinete.

Tengo miedo. No quiero morir. Pero temer la muerte a los setenta y muchos cuando eres un piano lleno de teclas es una cosa tan normal como no tener sueño.

Algo que te ataca ligero y a tirones, a lo largo de cada noche.

Y la noche viene en camino. El sol pronto se habrá puesto.

V

Ahora es noche cerrada. El viento sopla firme y constante, a nuestras espaldas. Es como una rampa abajo bien pavimentada. Nos empuja a seguir. Aleq y yo portamos sendas antorchas que ha improvisado él con ramas de arce y un sirope que ha sacado de su mochila. Montamos cuesta arriba, hacia el cerro en el que a ratos creo adivinar una luz.

Apuesto a que lo que aquí es una ventisca será un temporal sobre Atti niriliqta. Que esta es la única oportunidad que tenemos nosotros y que tienen los internos del asilo. Pero ya no puedo más. A veces caigo sobre la nieve, sin que Aleq se dé cuenta.

Me cuesta horrores volver a ponerme en pie y reanudar la marcha, por culpa de las raquetas. Me las quitaría, pero temo que eso pueda hundirme del todo en la nieve, que es cada vez más esponjosa y parece ir más suelta a medida que nos vamos encaramando hacia lo alto del montículo.

Y sí. Hay luz, ahí arriba. Lo mismo que entre la foresta que flanquea el sendero por el que avanzamos. Hay árboles a un lado y a otro del camino por el que serpenteamos. Boscaje que espesa a diestro y siniestro. En él creo divisar de tanto en tanto los ojos de unas fieras que parecen aguardar a que se apaguen nuestras antorchas para abalanzarse sobre nosotros. No creo que sean osos. Pero no veo qué otra clase de bestias podrían ser.

Vamos viendo la casa en la cúspide del cerro. Es un palacete muy nuevo. Tiene humo en la chimenea. Y luces en las tres ventanas.

Ventanas enormes. Acristalamientos interminables, separados por unas columnas muy finas. El exterior está ajardinado, es un parque vallado que contiene varios senderos arbolados y amplios bancos de piedra. El porche está lleno de mecedoras y tumbonas a medio arrumbar por la tormenta. La nieve escampa por toda la escena, pero no se adueña de ella, quizás la estén retirando a diario.

—¡Esto es un asilo! ¡Una residencia! —⁠me dice Aleq. Yo intento recuperar el resuello y mirar al frente.

—Lo importante —consigo decirle⁠— es que aquí la tormenta parece haber pegado mucho menos duro. Conservan las antenas de radio. Tendrán hasta teléfono.

Me pasa el termo. Miramos al frente una y otra vez. Al final consigo recomponerme a duras penas y reemprendo la marcha. Necesito superar como sea los próximos quinientos metros. En el interior de esa casa me espera una chimenea.

Tiene que ser, por fuerza, un lugar acogedor.

Porque la verja está entreabierta.

Caminamos por el sendero principal del parque de la finca como dos escaladores domeñando una cima. Plantamos sobre la nieve los palos de los esquíes, a modo de bandera. Luego atravesamos el parque.

Parecen haber despejado su eje central con una máquina quitanieves, dejando al descubierto un pasillo pavimentado con piedra escarlata, que se presenta como una alfombra roja para nosotros.

La puerta exterior no tiene timbre ni picaporte, pero sí el pomo de un comercio. Aleq se deja los nudillos tres veces sobre ella.

—Aleq, me parece que este es uno de esos sitios en los que la gente entra sin llamar.

Conque Aleq abre la puerta.

En realidad no lo hace. Porque tampoco estaba cerrada.

De hecho, no cierra. Es de esas puertas que se juntan con el marco para mantener la calefacción pero que no tienen cerradura ni pasador. De las que no hay más que empujar un poco para abrir. No pesa como para aplacar un vendaval moderado.

—¿Lo ves? —le digo a Aleq—. Este lugar es un establecimiento público.

Pero nada más entrar hay una recepción, con su check-in vacío. No es como la admisión de un hotel, porque no hay un casillero para habitaciones, sino un cartel en el que se indica la relación de internos junto a un número que debe ser, vaya, el de sus habitaciones.

Suena de fondo una suave música de ascensor.

—¡Esto es otro asilo!

—Para ti la perra gorda, Aleq.

Damos voces.

Pero no tantas como salen de las puertas dobles que hay junto a la recepción de este sitio.

Aleq se encoge de hombros, mira hacia las puertas y luego me mira a mí.

—Y eso es el comedor —me dice.

De manera que irrumpimos en él, empujando sus portones con dificultad. Cuando lo hacemos una corriente de aire se abre por todo el recibidor de la residencia y la puerta principal, que se aparta de un bandazo para dejar entrar, con furia, a una ventolera cargada de la escarcha que barre el mundo exterior.

Con todo, entramos los dos en el comedor, envueltos en una nube de volutas de frío glacial. Estamos granizados como uno de los abetos del parque. Tenemos las barbas cubiertas de nieve y estalactitas de moco colgando de las narices. Somos como una expedición ártica que se mete en una cueva dominada por una gigantesca hoguera.

Nosotros venimos helados. Y el comedor aguarda caliente y lleno.

Medio centenar de comensales, conversando frente a un rancho rancio. Se vuelven a mirarnos y enmudecen.

Tienen una edad promedio de veinticinco años.

—Esto parece la cantina de una universidad —⁠me dice ahora Aleq, en un susurro.

—¿No era un asilo?

Se nos aproxima el que puede ser un camarero o un cocinero. Delantal. Pelo largo, pero recogido en una red. Empuja un carro cargado de bandejas llenas de restos de comida.

—¿Venís de visita? —nos dice, con una sonrisa protocolaria.

—¿Qué es esto?

—Nuestra humilde residencia. ¿Cómo se llaman vuestros hijos?

Aleq se queda conversando con el camarero.

Yo me dirijo a los comensales caminando como un borracho y los estudio. Llevan baberos muy parecidos a los que nuestro asilo les pone a los más mayores. Comen con calma, van reanudando unas conversaciones anodinas. Algunos se ponen a darles lo suyo a los teléfonos móviles que llevan en la mano. Los más, se limitan a sorber la sopa mientras miran la tele.

Y en la tele echan el programa de Anders Breinholt.

En las bandejas hay sopa, panecillos reglamentarios, una pieza de fruta, un dado de mantequilla, un botellín de agua mineral.

Estoy pasmado. Nunca he visto un montón de gente así en un sitio como este. Esto no es normal en Groenlandia.

Tiene razón Aleq. Parece una cárcel modelo. O la cafetería de una facultad de idiotas.

—¿Qué es este sitio? ¿Qué hacéis aquí? —⁠le pregunto a una muchacha con el labio perforado por cuatro aros y una lágrima tatuada en la mejilla.

Ella me mira con cansancio y me responde:

—Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades.


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