Texto aleatorio

Los dos amigos estaban sentados en el rincón del Café Radetzky, al lado de la ventana, con las cabezas juntas.

—Se ha ido, se marchó esta tarde con su criado a Berlín. La casa está vacía; acabo de llegar y lo comprobé sin lugar a duda. Los dos persas eran los únicos habitantes.

—¿De modo que cayó en la trampa del telegrama?

—No dudé de ello ni por un momento; cuando oye hablar de Fabio Marini, no hay quién le detenga.

—Así y todo, me resulta extraño, pues han vivido juntos durante años, hasta su muerte; de manera que, ¿qué novedades de él pudo haber esperado encontrar en Berlín?

—¡Oh! Al parecer el profesor Marini se tuvo calladas muchas cosas; él mismo lo dejó caer una vez en medio de una conversación, hará de eso medio año, más o menos, cuando el bueno de Axel aún se hallaba entre nosotros.

—¿Hay realmente algo de verdad en ese misterioso método de preparación de Fabio Marini? ¿Lo crees de veras, Sinclair?

—No es cuestión de «creer». Con estos ojos he visto en Florencia el cadáver de un niño preparado por Marini. Te aseguro que cualquiera juraría que el niño sólo estaba dormido; nada de rigidez, nada de arrugas; incluso el cutis estaba sonrosado tal como el de un ser vivo.

—Hum. Piensas, entonces, que el persa pudo realmente haber asesinado a Axel, y…

—Esto no lo sé, Ottokar, pero creo que es un deber de conciencia para nosotros dos el asegurarnos de la suerte de Axel. ¡Y si sólo se tratase de un letargo, mediante alguna droga que le han suministrado! Dios mío, lo que hice por convencer a los médicos del Instituto de Anatomía, ¡cuánto les imploré que intentaran algo para volverle a la vida! «Pero, ¿qué quiere usted? —decían—, el hombre está muerto, esto está a la vista, y cualquiera intervención en el cadáver sin permiso del Dr. Daraschekoh nos está vedada.» Y me mostraron el contrato del que se desprendía textualmente que Axel cedía su cuerpo al dueño del mismo después de su muerte y que el día tal y tal había recibido por ello quinientos florines contrarecibo.

—Increíble, qué asco, ¡y que tal cosa tenga validez en nuestro siglo! Cuando me pongo a pensar en ello me da una rabia… ¡Pobre Axel! ¡Si hubiera sospechado que ese persa, su enemigo más furibundo, iba a ser el dueño del contrato! El creía siempre que sería el propio Instituto de Anatomía…

—Y el abogado, ¿no ha podido hacer nada?

—Todo fue en vano. No han querido considerar siquiera el testimonio de la vieja lechera de que Daraschekoh estuvo maldiciendo una vez, al amanecer, en su jardín, el nombre de Axel hasta darle un paroxismo y echar espuma por la boca. Claro que, ¡si Daraschekoh no fuese doctor en medicina europeo! Pero para qué seguir hablando. ¿Te vienes o no, Ottokar? Decídete.

—Claro que iré; pero piensa, si nos sorprenden ¡como ladrones! El persa disfruta de una impecable reputación como hombre de ciencia. El mero alegato de nuestras sospechas no es, sábelo Dios, prueba suficiente. No me lo tomes a mal, pero ¿estás realmente seguro de no haberte equivocado al percibir la voz de Axel? No te sulfures, Sinclair, te lo ruego; dímelo otra vez de cabo a rabo, cómo fue aquello. ¿No estarías agitado ya antes de ocurrir la cosa?

—¡Pero de ninguna manera! Media hora antes estuve en el Hrádchin, contemplando una vez más la capilla de Wenceslao y la catedral de Vito, esas antiguas y extrañas construcciones con sus esculturas como de sangre coagulada, que cada vez de nuevo causan una impresión tan profunda y extraordinaria en nuestras almas, y también la Torre del Hambre y el Callejón de los Alquimistas. Después descendí por la escalinata del castillo y me paré involuntariamente, porque la puertecilla que conduce a través de la muralla, a la casa de Daraschekoh, estaba abierta. En el mismo momento oigo con toda claridad —debía haber sonado a través de la ventana— una voz (y te juro por lo más sagrado; era la voz de Axel) que dice: una…, dos…, tres…, cuatro.

«¡Dios mío, si hubiera penetrado entonces en la casa sin perder el tiempo! Pero antes de que pudiera ordenar mis pensamientos, el criado turco de Daraschekoh cerró la puerta de golpe. ¡Te digo que tenemos que entrar en la casa! ¡Tenemos que hacerlo! ¿Qué dirías si Axel estuviera vivo todavía? Mira, no pueden pillarnos ¿Quién anda de noche por la vieja escalinata del castillo? Piénsalo, y ahora sé manejar el zapapico que te vas a quedar turulato.

* * *

Los dos amigos estuvieron vagando por las calles hasta caer la noche. Después escalaron el muro y se hallaron por fin en la antigua casa, propiedad del persa.

El edificio solitario, en la elevación del Parque de Fürstenberg, se apoya, como un vigía muerto, contra ti muro lateral de la escalinata del castillo, entreverada de jaramago.

—Este jardín, estos viejos olmos allá abajo, tienen algo de aterrador —murmuró Ottokar Dohnal—. ¡Mira qué amenazante se levanta el Hrádchin contra el cielo! ¡Y estas hornacinas iluminadas allá en el castillo! A fe mía que corre un aire extraño por aquí. Como si la vida se recogiese hondamente en la tierra, de miedo ante la muerte que acecha. ¿No tienes tú también la sensación de que este cuadro fantasmal pudiera desaparecer de pronto un día, como una visión, un espejismo, que esta vida agachada pudiera despertar, como una fiera espectral, para algo nuevo y horrible?

«Y, fíjate, estos senderos de grijo parecen venas.

—Bueno, vámonos ya —insistió Sinclair—, me tiemblan las rodillas de excitación. Toma, ten el plano mientras tanto.

Pronto estuvo abierta la puerta y los dos subieron a tientas por una vieja escalera, apenas iluminada por el resplandor del cielo estrellado, que entraba por las claraboyas.

—No enciendas, podrían ver la luz desde el patio: ¿oyes, Ottokar? Vente pegado detrás de mí.

¡Cuidado!, aquí falta un peldaño. La puerta del corredor está abierta…, aquí, aquí, a la izquierda.

Se encontraron súbitamente en una habitación.

—¡No armes tanto ruido!

—No lo pude evitar: la puerta se cerró por sí sola.

—Tenemos que encender la luz. A cada rato me temo tropezar con algo, hay tantas sillas por aquí.

En ese instante fulguró en la pared una chispa azul y se percibió un ruido como de un suspiro.

Un leve chisporroteo parecía salir del suelo y de las viejas rendijas.

Un segundo todavía de mortal silencio. Después una voz estertorosa contó lentamente: una…, dos…, tres…

Ottokar Dohnal lanzó una exclamación; raspó, como enajenado, un fósforo; sus manos temblaban de espanto. ¡Por fin, luz, la luz! Los dos amigos se miraron en las caras blancas como la pared:

—¡Axel! —…cuuuatro…, cinco…, ssseiss…, siiiete…

—La voz viene de aquel nicho.

—¡La vela! ¡Pronto, de prisa!

—… ocho…, nueve…, diiiez…, once…

* * *

En un nicho de la pared pendía de una barra de cobre una cabeza humana de cabello rubio. La barra penetraba en medio del cráneo. El cuello estaba envuelto debajo del mentón con una bufanda de seda, y debajo se veían las dos alas rojizas de los pulmones con los bronquios y las vías respiratorias. En medio se movía rítmicamente el corazón, envuelto en alambres de oro que llevaban a un pequeño aparato eléctrico en el suelo. Las venas, tirantes, conducían la sangre desde, dos frascos de cuello delgado.

Ottokar Dohnal puso la vela en una pequeña palmatoria y se agarró del brazo de su amigo para no caerse.

Era la cabeza de Axel, los labios rojos, el cutis de color saludable, como vivo; los ojos desmesuradamente abiertos miraban con una expresión horrible a un espejo ustorio en la pared opuesta, adornada con paños y armas turcomanas y kirguises. Por todas partes bizarras muestras de tejidos orientales.

La habitación estaba llena de animales disecados; serpientes y monos en raras posturas se entremezclaban con libros dispersos.

En una cubeta de vidrio, encima de una mesa lateral, flotaba un vientre humano en medio de un líquido azulenco.

Un busto de Fabio Marini, vaciado en yeso, miraba con seriedad desde un pedestal.

Los amigos no pudieron pronunciar palabra; miraban, hipnotizados, al corazón de aquel horrible reloj humano, que temblaba y palpitaba como si fuera vivo.

—Vámonos de aquí, por amor de Dios, que me desmayo. Maldito sea este monstruo persa.

Se dirigieron hacia la puerta.

¡Ya! Otra vez el lúgubre chasquido que parecía salir de la boca de la preparación.

Dos chispas azules fulguraron y fueron reflejadas por el espejo ustorio en la pupilas del muerto.

Su labios se abrieron, la lengua se movió con dificultad tras los dientes, y la voz dijo roncamente:

—…un cua… ar… to…

La boca se cerró y la cara quedó otra vez con la mirada fija.

—¡Horroroso! El cerebro funciona, vive. ¡Afuera, afuera, vámonos afuera, al aire libre! ¡La vela, toma la vela, Sinclair!

«¡Abre ya de una vez, por amor de Dios! ¿Por qué no abres?

—No puedo, mira, ¡mira aquí!

El picaporte interior era una mano humana, adornada de sortijas. La mano del muerto; los dedos blancos se agarraban al vacío.

—¡Aquí, aquí, toma el paño! ¿Qué es lo que temes? ¡Si es la mano de Axel!

* * *

Estaban de nuevo en el corredor y vieron cómo la puerta se cerraba lentamente.

Una muestra de vidrio negro rezaba sobre ella:

Dr. Mohammed Daraschekoh ANATOMISTA

La vela parpadeó en la corriente de aire que soplaba por la escalera de ladrillos.

Ottokar se tambaleó hacia la pared y las rodillas se le doblaron.

—¡Mira, mira esto! —gimió, señalando el tirador de la campanilla.

Sinclair acercó la luz.

Retrocedió de un salto, y, lanzando un grito, dejó caer la vela.

La palmatoria de hojalata sonó rodando por los peldaños

* * *

Como dementes, los pelos de punta, la respiración silbante, corrieron escaleras abajo, hacia las tinieblas.

—Demonio persa. Demonio persa.


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