Texto aleatorio

Los de la industria juguetera andaban preparando la nueva edición de «La Llamada de Cthulhu» y, como se cumplían treinta años del lanzamiento del original de Chaosium, pues decidieron editar un libro de relatos para conmemorar la ocasión.

Yo tenía por los cajones este cuento lovecraftiano tan rápido, que casi se lee como un módulo del juego de rol, y no pude más que incorporarlo a filas y mandarlo al frente.

La antología en la que apareció tuvo por título LOS NUEVOS MITOS DE CTHULHU (Edge Entertainment, 2011). Fue mi primera aproximación frontal a la cosmogonía del maestro de Providence. Me dio el impulso que necesitaba para hacer EXTRAÑOS EONES.

LA GARGANTA DE LA COSA QUE CROABA en las marismas sonaba ronca y cavernosa. Ensordecía el rumor de las olas. Se apoderaba de todo.

Ashdown escuchaba el canto difónico de aquello y no podía evitar el preguntarse si el gaznate del que salía aquella serenata a la luz de la luna llegaría a medir cuatro palmos de ancho. O cinco.

Un enorme sapo, bramando a las estrellas. Sus regüeldos retumbaban hasta hacer vibrar la capota del coche de Withaker. Ni en Tuvá se escucharía una voz así.

Fuera lo que fuera lo que tuviera semejante colección de nudos en las cuerdas vocales, debía andar escondido por entre las brozas bajas de las marismas que se abrían a un lado de la carretera. Al otro, se desplegaba verde y borracha una mar que dormía la mona.

Se habían levantado fuertes vientos durante el atardecer y después habían escampado para dar paso a una calma chicha. Desde que el coche se había detenido en medio de aquella amplia nada que todos, los cuatro, miraban al cielo de tanto en tanto y eso que todavía no habían visto pasar bajo las estrellas ni un ave costera ni una nube. Lo único que parecía estorbar la quietud del lugar era el ronquido grosero y machacón de aquella puta rana de doce metros cuadrados que parecía haberse adueñado de los pantanos de agua salada que envolvían al pueblo.

—¿Qué clase de abominación canta así? —⁠preguntó Whitaker, soltando el volante tras bajar la mirada para barrer de nuevo el horizonte con ella.

—No lo sé, hijo —le respondió el cura, con un suspiro de resignación⁠—. No lo sé. Pero me está poniendo enfermo.

En el asiento de atrás alguien tosió y alguien encendió un cigarrillo.

De nuevo en el banco delantero del coche, cruzaron piloto y copiloto las miradas durante un segundo y Whitaker asintió de forma casi imperceptible. Luego salieron del vehículo dando un portazo, los dos, al unísono. Afuera la luna y la humedad habían tomado la forma de una bruma tenue y sutil, pero que les aguardaba para envolverlos igual que un gabán.

—Lo primero que tenemos que hacer si vamos a masacrarlos es cortarles las comunicaciones —⁠repitió Ashdown, empleando la voz potente con la que solía imponerse a las bóvedas de su iglesia, en cada homilía⁠—. Estos desgraciados no van a pedirles ayuda a los hombres, pero nosotros tampoco. Y la legalidad vigente puede que no comprenda qué clase de demonios son o qué han venido a hacer a este poblacho, pero mucho menos comprenderá que nosotros acudamos a él dispuestos a borrarlo de los mapas de Nueva Inglaterra.

Whitaker no dijo nada. Habían discutido aquel punto largo y tendido sin llegar a clarificar la importancia que pudiera tener dentro del plan, así que ahora se limitaban a llevarlo a cabo como un mero trámite. Todo con tal de hacer callar un poco al sacerdote, que parecía empeñado en aislar todavía más al pueblo aquel.

—Si les dejamos hacer, los vecinos podrían perfectamente llamar a la policía. O hacer un par de llamadas para averiguar algo sobre nosotros. No quiero problemas de ese tipo, y menos con el historial que tenemos. Además, nos cuesta bien poco incomunicar a toda la población, llegados a este punto de la carretera.

—Andaremos cerca, entonces.

—En efecto —respondió el Reverendo⁠—. Tras esa pendiente puede verse ya el extrarradio del pueblo.

Siguieron caminando hasta rebasar el arcén y alcanzar el poste de teléfonos, si es que se podía llamar así. Apenas era una estaca a medio tronchar por el moho de las marismas que sostenía lánguido un cable negro. Descendieron un poco más, esta vez cuneta abajo; sus pisadas sobre el suelo pantanoso de las enormes ciénagas de salitre y algas que aislaban el poblado sonaban más a chapoteo fangoso que al pisar de los zapatos de dos hombres hechos y derechos. Whitaker traía de la guantera del coche unas tenazas. El Reverendo Ashdown hacía otro tanto con sus libros. Llevaba un misal y un pequeño grimorio, sendos volúmenes encuadernados en piel negra y rodeados por un escapulario de oro.

La enorme garganta reanudó el canto por cuarta vez, esta en do menor. Aderezó su aullido gutural con sorbidos, gorjeos y chasquidos varios. Labios no parecía tener. Definitivamente debía ser un monstruoso batracio.

Pero los anuros no pueden sobrevivir en una albufera. No hay ranas ni sapos de agua salada. Whitaker lo sabía de sobra, se había criado a caballo entre una aldea costera y un pueblo de interior; pero aquello en aquel momento no era un punto a su favor, sino un canguelo y un tembleque que se apoderaba de sus rodillas y que amenazaba con mandarle de vuelta al Boston donde vivía desde hacía unos años. Le sudaba medio cuerpo, se le erizaban los pelos de la espalda.

Se detuvo un momento el canto de la cosa y antes de que pudiera desplegarse el silencio o enseñorearse de aquel lugar el rumor sordo del oleaje, se escuchó un segundo croar ronco; lejos, muy lejos.

Aquello, fuera lo que fuera, era un reclamo o una forma de comunicación entre especímenes que podía cubrir fácilmente varias millas de distancia.

De modo que no se trataba de una cosa. Ni de dos.

El problema era la albufera. Millas y millas de marismas de apenas medio metro de profundidad. Aquel páramo de lodo bien parecía capaz de croar con mil gargantas cazalleras, monstruosas, a coro. Dios sabría cuántas aberraciones como aquella podrían estar rodeando la carretera, reptando por el fondo de aquella interminable charca podrida en cuyo corazón se habían detenido.

Las gargantas callaron un momento y Whitaker aprovechó el instante de serenidad reconquistada para cortar el cable de teléfonos y después bajar de la espalda del Reverendo. Dentro del coche Elisa encendió otro cigarrillo y Marcus protestó.

Entonces se escuchó una tercera garganta. Esta parecía todavía más grande y lejana que las dos anteriores. Y no venía de la albufera. Sonaba mar adentro.

El Reverendo Ashdown tragó saliva. La suya también parecía ser una garganta hinchada. Parecía estar tragándose los cojones.

—Convendría que nos marcháramos de aquí cuanto antes, hijo.

—Muy cierto. Seguro que estaremos más seguros en el pueblo —⁠contestó Whitaker, con sorna.

El Reverendo entró en el coche. Whitaker aprovechó que Elisa discutía acalorada con Marcus para alejarse un par de pasos y echar una meada discreta a un lado del camino. El murmullo de su orina sonó como un suave chapoteo sobre las aguas cenagosas, someras, de la albufera.

Cuando volvió hacia el coche, un segundo chapoteo sonó a escasos metros de la espalda de Whitaker.

Pero no sonó como algo chorreando sobre el barro.

Sonó como si un sapo de ochocientas libras de peso hubiera saltado en las marismas.

Tras la explosión fangosa vino una enorme salpicadura que puso el traje de Whitaker perdido de cieno y salitre, que embarró las lunas del coche, que levantó olas espesas de lodo verde por todo el pantano.

Doce efe.

Agua.

Whitaker volvió al volante corriendo, arrancó a toda velocidad y salió en segunda. Nadie dentro del coche preguntó qué demonios había sido aquello.

Las luces del viejo coche de Whitaker no podían con las primeras casas del sureste del pueblo.

Habría sido mejor no alumbrarlas con aquel amarillo mortecino. Dolía verlas levantarse contra el mar. Parecían… Eran una barricada de infraviviendas improvisadas ante el avance del litoral.

Cabañas de pescadores. De madera podrida por la humedad y a medio devorar por el légamo y los líquenes, de techos cariados, de bordillos anegados, de bajos devorados por el ataque imparable de la albufera, de una cimentación que no habría que levantar sobre un fondo cenagoso y salitrero. Chozas verdecidas a medio derruir, con cubiertas a dos, a cero y a mil aguas. Aquí una caseta desvencijada y ya casi sin techar cuya puerta y ventanas estaban chapadas con tablones de madera y clavos oxidados. Allá un chamizo de piedra que parecía haber sido levantado por un marinero borracho y luego derribado en tres mareas y una marejada. Eso fue un bohío del que ya solo quedaban cuatro postes, aquello quizás una cabaña en la que… Un momento. ¿Acababan de cerrar la ventana al paso de las luces del coche?

Elisa también reparó en el movimiento. Lo dijo en el acto y Whitaker le dio la razón: los primeros pobladores de Innsmouth habían dado con ellos.

—Nos han visto.

—Cierto.

—Habrá que empezar aquí y ahora.

—Que Dios perdone a estas gentes —⁠apostilló Ashdown, metiendo sus libros en su maletín de cura. Tenía sobre el regazo una vetusta valija plegable, de dos asas. Marcus le miraba desde el asiento de atrás preguntándose si dentro guardaría cosas para hacer exorcismos.

—Padre, que esto ya no son gentes —⁠respondió enseguida Elisa.

Whitaker habría dicho algo pero en vez de proseguir con la conversación optó por estacionar su vehículo justo enfrente de la cabaña en la que habían localizado al primer habitante de aquello.

De nuevo se quedaron los cuatro en sus asientos sin decir ni hacer nada. Se tomaron un momento de paz.

Un momento fatal.

No de pereza, no. Eran los últimos instantes de calma antes de la tormenta. Esas cosas uno las saborea.

El Reverendo volvió a abrir su maletín y revisó sus herramientas. Whitaker se encendió un cigarro y se recolocó las pelotas con disimulo. Estaba acojonado en todos los sentidos de la palabra. Elisa sacó un revólver de señorita de su bolso y contó las balas para luego amartillar el arma. Marcus puso sobre sus rodillas el estuche del violín que le separaba de Elisa. El violín de Marcus Norton era una Chicago Typewriter, un subfusil Thompson M1921. Mil cien disparos del cuarenta y cinco por minuto.

Marcus abrió el estuche con sus dedos rechonchos y montó rápidamente la metralleta. La montó en dos patadas, se habría dicho enseguida que un hombre tan gordo como él era cualquier cosa menos ágil, o hábil, pero el caso es que en dos patadas culata, cañón y cargador fueron ensamblados y comprobados. Acto seguido, Marcus Norton se limpió con la manga de la gabardina el sudor de la papada y dijo algo que sonó como «vamos», tras lo cual salieron del coche, los cuatro.

Afuera les aguardaba de nuevo una humedad densa. La atmósfera de un pueblo que no solía recibir visitas y que no tenía perros que ladraran bajo la luna si venían unos extranjeros armados hasta los dientes a las tantas de la madrugada. Una calle sin asfalto ni coches, con el lodo lleno de pisadas de pies palmeados del tamaño de un pie humano; huellas humanas ni una. Un pueblo costero lleno de pescadores y vacío de gaviotas. Un skyline de techos destrozados, fachadas torcidas y tres campanarios en los que las campanas no habían sonado desde el siglo pasado. Una urbe compuesta por tres mil vecinos y apenas tres almas, un poblado de pobladores en peligro de extinción.

Porque la humanidad en aquel sitio reculaba y menguaba, como el resto de la fauna amenazada por la sombra sobre Innsmouth.

Whitaker rodeó el vehículo directo al maletero. De él obtuvo una mochila que se colgó a la espalda. Después, sacó una garrafa de acero y cerró el portaequipajes.

—Entonces… ¿vamos a empezar con esa cabaña? —⁠le preguntó Elisa señalando a la casa.

—Supongo que no tenemos otra opción —⁠respondió Whitaker, apretando el paso hacia la choza. Los cinco galones de gasolina le pesaban tanto como para ladearle y hacer trastabillar cuatro pasos, hasta alcanzar la fachada de la cabaña.

Elisa sacó de su bolso un plano del poblado y se puso a examinarlo mientras Marcus apuntaba cautelarmente con su arma a la puerta de la cabaña, el Reverendo elevaba una plegaria al cielo sin mucho afán, por los que iban a morir y tal. Whitaker se puso a derramar gasolina sobre los tablones de madera a medio pudrir que la casucha tenía a modo de cuatro costados.

—Cuando esta casa se ponga a arder como una tea vendrán todos hacia aquí. Vendrán de todas partes del pueblo y lo harán bien cabreados. Hum… Si queremos aprovechar eso para avanzar en dirección opuesta, tal y como habíamos planeado, vamos a tener que bajar por esa calleja de ahí hasta alcanzar la playa. Luego correremos por la arena en dirección norte hasta alcanzar la desembocadura del río y para cuando lo consigamos tal vez todo el pueblo entero se haya congregado alrededor de esta cabaña para sofocar el incendio.

—Entonces saldremos de la playa en dirección al centro del pueblo para ver si podemos llegar al templo —⁠remató Marcus.

—Suena bien —apostilló el Reverendo Ashdown mirando en dirección al callejón que les llevaría hacia la playa.

El plan original era pegarle fuego a alguna de las casas que había mucho más adelante. Visto lo visto, iban a tener que correr por la arena durante diez minutos más de lo que habían calculado si no querían que nada saliera mal. Un contratiempo asumible.

Whitaker terminó de empapar en combustible los bajos de la choza, sus cuatro fachadas limosas habían quedado anegadas de gasolina. El grupo al completo dio unos pasos atrás mientras Whitaker lanzaba a un lado la garrafa y sacaba un encendedor metálico.

El zippo sonó y se encendió. Luego fue arrojado a los pies de la cabaña y la cabaña fue arrojada a los pies del infierno.

Las llamas la envolvieron. Se la follaron.

La madera cenagosa chisporroteó y ardió mal pero con determinación. La vivienda pugnó contra el incendio, en balde. Dentro de sus paredes sonaron golpes, chasquidos, gorjeos, eructos. Ni un grito.

Una familia entera ardía viva en el interior de la choza. Tres bocas casi sin labios. Seis ojos que apenas podían parpadear. Seis pulmones con sus tres pares de branquias. Ni una garganta que pudiera bramar o protestar ante aquello.

—Vamos —dijo Marcus, dejando caer cinto abajo la ametralladora.

Y fueron.

Doblaron por el callejón que llevaba a los muelles y bajaron rumbo a la playa.

El olor del fuego chamuscando madera húmeda se escampó por todo el pueblo dando la voz de alarma. Un grito silencioso en un pueblo habituado a callar, degenerar y mutar.

Los vecinos de Innsmouth salieron de sus casas y caminaron hacia la luz sin encender ninguna otra para alumbrar sus pasos. Sus ojos redondos y saltones reflejaron con indiferencia y por igual el resplandor de las estrellas y el del incendio.

El plan se había puesto en marcha. Todo salía según lo previsto.

Todo salvo una cosa: en la torre principal del templo, una suave luz apuntó al Arrecife del Diablo.

El campanario ahora era un faro. Un faro que se encendía no para ahuyentar a las embarcaciones, sino para convocar a los nadadores.

El sumo sacerdote de la Iglesia de Dagon sabía que ninguna casa en Innsmouth podía arder así. Comprendió enseguida que estaban siendo atacados. No dudó en pedir refuerzos.

La playa era un asco estrecho y sucio que apestaba a pescado podrido lo mismo que el resto del pueblo. Estaba salpicada de botes de madera tumbados boca abajo y embarcaciones varadas, destrozadas; también arreos de pesca y enormes redes de arrastre plegadas sin mucho oficio. Cada cien o doscientas yardas partía de la tierra firme rumbo hacia la mar salada un pequeño muelle de madera o una escollera de piedra alfombrada con toda suerte de algas. Nada parecía moverse sobre la arena. Nada más que algún cangrejo, y los cuatro infiltrados.

Whitaker corría fresco al frente de la comitiva. Marcus sudaba la gota gorda y pugnaba por mover sus lorzas lo más rápidamente que podía. El Reverendo se detenía a esperarle de tanto en tanto. Elisa se había quitado los zapatos de tacón bajo y hacía más o menos lo mismo que los demás, sin dejar de mirar al suelo para no pisar guijarros cortantes o conchas de moluscos que le pudieran lastimar las plantas de los pies.

A menudo volvían la mirada hacia el pueblo para ver cómo iban reaccionando los monstruos que lo habitaban. Muchos de ellos habrían visto ya el coche de Whitaker y no tardarían en volver sus ojos sin párpados hacia la playa, donde las huellas de tres pares de zapatos y dos pies de joven descalza amenazaban con descubrir la vía de escape de los forasteros hostiles. Tenían que apresurarse, y la enorme panza de Marcus no estaba preparada para una carrera como aquella.

Con suerte, las gentes del pueblo tendrían que invertir un tiempo precioso en sofocar el incendio. Eso le brindaba al grupo la oportunidad de irse acercando playa arriba al centro de la ciudad donde estaba el templo que se habían propuesto destruir. El silencio era anormal y enfermante. Cualquier población digna del sustantivo habría estallado en gritos de alarma, pero entre las casas de Innsmouth apenas se podía escuchar un sorbido o un eructo esporádico con el que aquellos engendros se bastaban para coordinarse y así quizás improvisar una partida de bomberos1. O lo que fuera que pensaran hacer para atacar al fuego.

Si es que pensaban hacer tal cosa. Que no estaba claro.

Igual que no estaba claro el diálogo de rayos de luz que el campanario intercambiaba con un punto mar adentro en el que no se veía embarcación alguna pero que, aun así, devolvía los fogonazos.

—Mierda —gruñó Whitaker—. Están llamando al arrecife.

—¡Esto va mal! —dijo Elisa—. ¡Esto va muy mal!

—¿Te tengo que recordar que no tenemos ningún plan de fuga, preciosidad? —⁠le respondió Whitaker, visiblemente contrariado⁠—. ¡Esto tenía que ponerse feo tarde o temprano!

—Debemos apresurarnos —dijo el Reverendo. Acto seguido, volvió su mirada hacia un Marcus derrengado por su propio peso⁠—. Hijo, ¿puedo ayudarte?, ¿llevar tu arma?

—Padre… usted mejor… ponga la otra jodida… mejilla —⁠soltó Marcus, sin mostrar resuello ni respeto ni aflojar la marcha de su carrera de paquidermo.

Y se aferró más todavía a la Thompson.

Siguieron a la carrera durante unos minutos interminables, tras los cuales comenzaron a atisbar la desembocadura del río.

—Estamos llegando al Manuxet —⁠dijo Elisa.

—Ellos también —respondió Whitaker dejando de correr para señalar con un cabezazo hacia el mar.

Sobre la línea del horizonte, a una considerable distancia, se adivinaban mil figuras de cuerpos que nadaban hacia la orilla. Un ejército de cosas que brotaban del fondo del Atlántico, para bracear hacia la playa del poblacho.

—Vienen hacia aquí —dijo el Reverendo levantando la mirada hacia las estrellas⁠—. Padre, no nos abandones.

—Usted… usted no sabe quién… fue su padre, padre —⁠repuso Marcus, insolente hasta cuando no tenía aire ni para seguir corriendo.

—¡Rápido, meteos bajo los botes! —⁠dijo Whitaker quitándose la gabardina y comenzando a barrer la arena con ella⁠—. Yo borro vuestras pisadas, vosotros dos escondeos en la panza de esa cáscara de nuez. Elisa y yo cabemos bajo esa otra.

—Quien parte… y reparte… se lleva… la mejor parte —⁠respondió Marcus echando a correr hacia la embarcación más grande.

El Reverendo hizo otro tanto y no tardaron en ladear un bote de remos de cuatro metros de eslora. Se tumbaron en la arena y dejaron caer el casco de nuevo, esta vez sobre sus cabezas.

Whitaker se afanó en disimular las pisadas a patadas y capotazos de gabardina. Al poco, él y Elisa alcanzaron un batel sin palos e hicieron otro tanto. En pocos minutos estaban los cuatro sepultados bajo un par de barcazas de madera estropeada que apestaba a salitre y a mala mar.

Apostados en sendos escondites, aguardaron a que la horda de nadadores emergiera y echara a andar por la playa. Transcurrieron unos minutos de espanto en los que el Reverendo no pudo más que rezar por que la aparatosa respiración de Marcus se aquietara. Marcus se aferró a su ametralladora, Ashdown al tacto de su biblia encuadernada en cuero bajo el cuero del maletín. Whitaker y Elisa se abrazaron y temblaron, hechos un ovillo.

La arena estaba mojada y helada. La suerte, lo mismo que los cuatro intrusos, echada.

Echada a llorar.

Al poco, comenzaron a escucharse las pisadas del ejército que tomaba la playa como si aquello fuera un desembarco.

Solo que allí no había vehículo anfibio alguno del que pudieran desembarcar las tropas en pleno despliegue. Tomaban la playa por sus propios medios. Por sus propios pies.

Los anfibios eran ellos.

Whitaker puso su mejilla sobre la arena y miró bajo el bordo del bote. Desde su escondite podía ver el suelo irregular de la playa, ya dominada por toda suerte de murmullos que sorbían, chapoteaban, croaban, gorjeaban y hollaban tierra firme.

Un pie. Palmeado. Gris azulado.

Whitaker vio un pie.

Que pisaba la arena torpemente y echaba a andar. Que caminaba pasando de largo entre las dos embarcaciones, con dificultad. Otros dos pies de dedos pegados por una membrana interdigital, estos todavía más verdes y torpes fuera del agua, dependientes de un enorme tridente del que se valían a modo de muleta. Y dos pies más, estos muy juntos, casi unidos entre sí formando una horrible cola; eran, a carta cabal, incapaces de caminar, se veían obligados a avanzar dando saltos.

Otros cuatro, estos de batracio, dos cuartos traseros que dependían de los delanteros para mantener su apoyo sobre el suelo, que saltaban tanto como para cubrir de un brinco una distancia de muchas yardas y así desaparecer enseguida del campo visual de Whitaker.

Apareció otro de ellos, este prácticamente reptando por la arena. Tenía unas extremidades muy acortadas, un cuerpo casi de pez, dos pies por poco convertidos en aletas ventrales. Un profundo alargado hasta lo fusiforme. Y otro. Más pies palmeados, esta vez musculosos y casi capaces de correr sobre la arena. Muchos más pies de espanto. Tridentes, lanzas y tridentes.

Un momento de calma.

Y otro pie. Este cuatro veces más grande que los anteriores. Un pie tan grande como la espalda de Whitaker. Más pies. Cuatro pies reptando, estos de poco eran los de un cocodrilo, seguidos por lo que pareció la cola de un tiburón. Voces que sorbieron y emitieron toda suerte de sonidos guturales y chasquidos. Y otro momento de silencio. Tras él, una respiración jadeante y repleta de gárgaras. Algo gigantesco estaba boqueando aparatosamente. Sus resuellos podían escucharse, a lo lejos.

Sonaban peor que una cañería industrial. Y se acercaban a una velocidad que no era normal.

¿Enormes zancadas?

Elisa cerraba los ojos con fuerza y apretaba los hombros de Whitaker. Sus temblores casi podían mover el casco del bote. Marcus miraba bajo la baranda con los ojos abiertos como platos sin apenas atreverse a maldecir en voz baja o respirar en voz alta.

El silencio se lo comió todo y, entonces sí, comenzaron a escucharse unos pasos anegados que volvieron loco al oleaje e hicieron retumbar la madera de las embarcaciones. Después, la cosa alcanzó la playa con una pisada que hizo que el suelo de la ribera vibrara y se hundiera un poco.

El litoral apenas podía aguantarlo si aquello apisonaba tierra firme. Grietas como caballones surcaron la arena húmeda bajo el peso de la atrocidad que se les aproximaba.

Y entonces un pie se posó entre los botes en los que se habían agazapado los intrusos. Era del tamaño de una camioneta. Tenía moluscos que parasitaban sus dedos y sus membranas, algas que parecían brotar de entre sus escamas, lapas y caracolillos plagando casi toda su superficie. Tenía también una enorme pústula en la que habitaba un cangrejo con tenazas, además de anémonas por todo el empeine.

Todo aquello en un PIE.

Era una garra coralina cuyos espolones y uñas bien podrían haber hecho pedazos el casco de una de las embarcaciones. Era un pedazo del océano. Y nada está tan vivo como el océano.

Tras él, otras cuatro zancadas monstruosas. Luego volvió el silencio. El ronquido de la mar.

Whitaker resolvió esperar dos minutos más hasta salir de su escondrijo.

—Son… demasiados —dijo Elisa, en un susurro.

—Y han traído a un Grande —⁠añadió Whitaker⁠—. Vamos a tener que abortar la escaramuza.

Se armó de valor y al final dijo, al tiempo que levantaba el casco de su bote:

—¡Marcus, cúbreme!

Y Marcus salió de su escondrijo moviéndose contra todo pronóstico como un muñeco de caja sorpresa, empuñando su arma lo mismo que Elisa. Ambos barrieron la playa con la mirada y los puntos de mira.

La playa estaba vacía. Por fin.

A lo lejos desfilaba la comitiva monstruosa. Se podía vislumbrar la cresta vertebral espinada que armaba la espalda del último de los profundos. Era una bestia titánica cuya figura con escamas plateadas se alzaba por encima de las cabañas de los pescadores, silueteada por el incendio y la luz de la luna. El resplandor de las llamas la nimbaba con una espantosa aureola ígnea. Su cabeza de pez, tocada con una inmensa tiara de oro, apenas podía mirar al suelo; sus branquias resollaban como los fuelles de una chimenea y palpitaban al ritmo de sus pisadas, que todavía podían escucharse tronar desde la playa. El Reverendo se quedó absorto por la visión de la gigantesca criatura y no pudo reaccionar hasta que Elisa se decidió a abofetearle.

—Esto no va a funcionar —sentenció Whitaker, mirando a Marcus⁠—. Tenemos que marcharnos de aquí.

—¿No decías que no había plan de fuga, estirado?

—Tampoco hay necesidad de morir por nada —⁠repuso Whitaker, mirando a un lado y a otro de la playa.

—Robemos una chalana. Las corrientes nos arrastrarán hasta Kingsport —⁠dijo el Reverendo, tratando de pensar y de encontrar una embarcación que pudiera fletar. Apenas sabía navegar.

Se divisaban los palos de un velero pequeño, al final de una escollera. Y al final de la escollera corrieron.

Pronto les encontrarían. Izar las velas de una chalana y salir galopando sobre el oleaje tal vez fuera lo mejor que podían hacer ahora que el mar parecía haberse vaciado de monstruos en favor del poblacho al que habían osado castigar.

El tacto del muelle de madera medio comida por el salitre era resbaladizo y traicionero. Se bamboleaba con las batientes de la bocana del puerto y de la desembocadura del Manuxet.

Estaban en un desembarcadero flanqueado por naves desarrapadas. Dos botes de remos, una lancha de pesca, dos chalupas, un esquife, y eso.

Fueron avanzando con dificultad y superando las embarcaciones hasta rebasar los palos torcidos de un yate de recreo cuyo casco metálico hacía aguas a babor y a estribor manteniéndose a flote gracias al encapillado de la gaza en la que lo habían amarrado. Costaba entender por qué iba alguien a ensogar un barco tan arruinado y escorado como aquel. Parecía más probable que se lo tragaran las aguas a que la corriente se lo llevara a otro varadero.

Tal vez su otro varadero estaba en el fondo del muelle.

Tal vez lo usaban a modo de montacargas. Eso explicaría la presencia del cabrestante junto al que lo habían atracado. Lo hundían y lo izaban tras estribar su bodega.

En cualquier caso, los arreos y el adrizamiento del yate les ocultaban tres formas antropoides. Pescadores nocturnos que les ignoraban.

Estaban sentados sobre el muelle, miraban al mar. La mayor de sus figuras vestía una chaqueta de lana y sostenía una caña de pescar. Las otras dos eran las de un par de niños.

Habían contemplado el desfile, ahora contemplaban el océano. Tal vez con los mismos ojos grises.

Whitaker hizo una señal con la mano a los demás para darles el alto. Marcus alzó el punto de mira de su arma. Elisa amartilló la suya.

Pero los pescadores no se movieron, siguieron con lo suyo: la nada. Whitaker dio un paso hacia ellos y… El mayor de todos soltó la caña y saltó al mar en un movimiento abrupto.

Se zambulló de repente lo mismo que una rana a la que hubieran sorprendido al caminar por la ribera de una acequia. Una vez en el agua, dio dos brazadas vigorosas y se hundió a toda velocidad, desapareciendo en las aguas negras del puerto.

Dejó tras de sí la caña, flotando a merced del oleaje. Un cubo sobre la madera del muelle que contenía un par de lisas que se revolvían y boqueaban muy juntas. Dejó una cesta de pesca, un farol casi apagado y a los dos niños, junto al cubo.

El más grande de los chavales rodeaba los hombros del otro. No se habían movido lo más mínimo. Miraban el oleaje con unos ojos enormes, sin párpados. Encantados por la marea baja.

Elisa se aproximó a uno de ellos, musitando algo.

A modo de respuesta, el más pequeño hinchó su papada hasta hacerla tan grande como su cabeza.

Después, croó.

El Reverendo hizo un gesto para continuar avanzando hacia el velero y caminaron hasta dejar atrás a los niños híbridos.

Alcanzaron el barco. Soltaron las amarras. Se aferraron a los remos. Bogaron.

Zarparon.

La corriente tiró de ellos a toda velocidad, les convirtió en un tren sin vagones que salía raudo de una estación. Marcus en pie sobre la cubierta de proa, apuntando al agua con su metralleta. Elisa en popa mirando a los niños de color gris claro. El mayor se despidió de ella con una mano palmeada. No podía decirse si les sonreía o si su boca era así de alargada.

Alcanzaron la primera milla costera y las luces del incendio en Innsmouth se fueron amorteciendo. Elisa puso la mano sobre el hombro de Whitaker.

—A la tercera va la vencida, cariño —⁠le dijo⁠—. Ya volveremos.

Pero Whitaker no sabía si querría intentarlo otra vez. Solo miraba las aguas y temblaba.

Dejó caer su mochila sobre la cubierta del velero. En ella estaban los cartuchos de dinamita con los que habían pensado volar por los aires el templo impío de la ciudad y luego defenderse a balazos.

—¿Hay muchos más ahí abajo, padre? —⁠preguntó Whitaker.

—Cientos de miles. Una ciudad entera. Y’ha-nthlei.

—¿Intentarán hundirnos? —preguntó Marcus.

—No lo sé, hijo —respondió el Reverendo Ashdown.

—…

—No lo sé —le volvió a decir, desplegando la vela mayor.

La mar y los vientos se embravecieron y les llevaron consigo.

Bajo el casco del velero, algo cantó para ellos una canción de despedida que no tenía palabras.

  1. En Estados Unidos el cuerpo de bomberos de una población menuda se suele componer de voluntarios vecinales. ↩︎

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