Texto aleatorio

La Galería Paula Alonso me pidió que hiciera un relato para hilar y vestir la exposición «Images of an Endless Journey (A Human Document)» de Manolo Bautista. Yo les pedí que me mandaran un lote de capturas de las imágenes implicadas y descubrí a un formidable fotógrafo, con un don especial para retratar exteriores nevados. Un par de sesiones de Skype con él bastaron para ponerme en marcha.

Ganamos el premio Festival Off de PHotoEspaña. El relato acabó medio inédito, porque solo había circulado en el tríptico promocional de la exposición, así que decidí apartarlo y esperar una ocasión como esta.

EN FALTA LAS PALABRAS es, junto con las dos próximas piezas de este libro, uno de mis trabajos sobre el cambio climático. En concreto, el último que hice.

VUELVE A NEVARNOS ENCIMA y es como si nos pusieran una mortaja de rayón.

Yo miro al cielo. Podría reprocharle muchas cosas.

Luego miro a mi mujer y me entra más frío.

Ella estudia el horizonte achinando los ojos y me hace un ademán para que entremos en la gruta.

Dentro nos aguardan carámbanos.

Ya se forman apenas en el tiempo que nos cuesta recorrer las trampas que ponemos a las ratas. Comienzo a pensar que el invierno es quien nos ha tendido una trampa a nosotros, con nuestra cueva.

Dentro tenemos cosas, basura alfombrando la roca. Los restos de la fogata de ayer, las botas que no sirven para la nieve, mis tres libros, una foto de nuestro viaje de novios, en velero por las Hébridas; los sacos de dormir, el teléfono móvil que creo que nunca más podremos encender, dos lámparas de aceite sin aceite, una pierna de perro que ya empieza a oler, y mi permiso de conducir, apuesto a que sin caducar.

Frío.

Y chuches.

A veces, si la nieve se asienta mucho, bajamos a la ciudad a coger cosas de los estantes que todavía no están vacíos, a traernos golosinas de las que solemos deshacernos pronto. Las de ahora son un pijama muy suave y un juego de ajedrez al que apenas sabemos jugar.

Ahora hacemos cosas tontas, antes hablábamos.

Cada día tenemos menos que decirnos.

Nada que contar, nada que esté pasando, nadie a quien hayamos visto en años. De un tiempo a esta parte que ni pisadas en la nieve nos dejan, los animales.

Graniza a cualquier hora del día, las ventiscas afilan sus cuchillos y nos perforan hasta el último rincón de la caverna, nos apagan la fogata incluso si la ponemos contra el muro del fondo.

Vinimos aquí buscando un refugio hacia donde la caza era mejor, pero ya no recordamos bien cómo era aquella época. Ni ninguna otra.

Un día el lago se heló, y así sigue. Como nosotros.

Por cómo viaja el sol, yo diría que llevamos congelados más de cuatro años, y el invierno no nos da un respiro.

Es demasiado tiempo que pasar atrapados en este sitio, ya nos sabemos náufragos aquí, empezamos a entender que esta latitud también se ha polarizado.

Y hemos viajado mucho, ya no podemos ir más hacia el sur. Recuerdo que hicimos un intento de avanzar, pero el invierno parecía arreciar más todavía. Y, cuando la nieve empezó a abusar de todo, yo miraba un mapa que decía que al sur de esto se abría un desierto.

Supongo que ahora es otro tipo de desierto.

En este solo estamos nosotros, y no nos hacemos compañía. Incluso dormir abrazados para mantenernos calientes parece haberse vuelto inútil.

Me sacudo la escarcha de la barba y me pongo a pelar la liebre. La de hoy apenas es una cría.

Cenamos y mi mujer se duerme. Yo la miro. Recuerdo cómo era cuando vinimos aquí. Había verde en los árboles, bandadas de pájaros en el cielo, peces en el lago, peces en el estanque.

Estrellas en el cielo.

Ahora ni la luna.

Todo cambió cuando nos comimos un gato montés medio congelado. Desde entonces que ya no le hacemos ascos a nada, ni hablamos de cómo era antes.

Me acurruco a su lado y le acaricio un poco el pelo. Ella refunfuña.

Y es como si acabáramos de tomar una decisión.

Yo le susurro al oído que mañana nos vamos de aquí.

Ella asiente con los ojos cerrados.

El lago es ahora una inmensa pista de patinaje. Contábamos con ello. Y con el azote implacable de la nevasca.

Sabemos que al otro extremo del lago se abre una arboleda, y que tras ella hay una aldea. Haremos noche en alguna de las casas, con suerte igual hay alguna habitada, o con una chimenea que podamos hacer funcionar.

Pero eso será si sobrevivimos al temporal.

Nos está machacando.

No es que no se vea nada, eso ya nos parece lo habitual, llevamos mucho tiempo orientándonos con la brújula, acostumbrados a dar muchos pasos en falso. Tampoco es que haga un frío especialmente atroz, el frío es como un tercer compañero que ya lleva demasiados meses instalado entre nosotros.

Es que hoy el viento nos azota como si fuéramos esteras.

Algunas de sus vaharadas se bastan solas para escarcharnos. Otras nos hacen perder el rumbo. Las hay que son como si nos golpearan con una toalla recién sacada de un congelador.

Cuando amaina podemos ver los árboles que rodean el lago. A lo lejos aparecen unos troncos que se agitan en un ataque de epilepsia masivo: la próxima bocanada de la tormenta, que viene hacia aquí, a toda velocidad.

Aun así, reconforta ver algo que no es blanco.

Caemos otra vez, los dos, el vendaval nos envía al hielo. Nos levantamos y sigue el boxeo, sin nadie que cuente los asaltos ni que haga sus apuestas. Ni cuadrilátero ni árbitro.

Solo una marcha que reanudar. Una expedición al polo norte.

Ai cabo de un rato escuchamos algo. Y no es la tormenta.

Son ladridos. Perros.

A varios cientos de metros de nuestras espaldas aparece un trineo, que nos adelanta, nos deja atrás rápidamente. De pronto aparece en la nevada avanzando en dirección paralela a nosotros y, en apenas unos segundos, el carruaje es engullido por la tempestad.

Dos perros blancos, un látigo, un hombre. Todo pasa de un trallazo, en un visto y no visto.

Creo que el trineo ni repara en nuestra presencia, porque alzamos los brazos y damos voces. Es la primera vez que vemos a alguien en muchos meses.

Pena que no nos haya visto él a nosotros.

Pero su mera presencia ya resulta esperanzadora, nos hace apretar el paso.

La tormenta, por su parte, arrecia.

Pasan las horas. El lago no. Caemos varias veces. Ella niega todo el rato con la cabeza. Ya no me atrevo a volverme para verla, temo que esté mucho peor que yo. Y a mí ya me duele todo.

Al cabo de un rato, noto que ella tira de la cuerda que nos une, esta vez dando dos tirones secos. Antes de que me consiga volver en redondo, me atiza dos dedazos en el omóplato.

Yo me doy la vuelta y miro su parka. Apenas puedo ver su cara.

Es todo blanco, y azul.

Veo cómo estira su mano y me acaricia la barba, haciendo saltar ante mis ojos mil virutas, de carambanitos.

Luego se desamarra la cuerda, la deja caer, se suelta y reanuda la marcha, girando hacia un lado, a la derecha. Va al centro del lago.

Pero… ahí no hay nada. Solo una estatua muy bonita. Y distancia en balde.

Agarro uno de sus brazos y ella se zafa, niega con la cabeza. No podemos hablar con tanto ruido, aquí solo se escucha la tormenta, que aúlla como si la estuvieran matando, pero nosotros tampoco echamos en falta las palabras. Hace mucho que nos apañamos con los gestos.

Ella corta la horizontal con la mano en una bofetada, agacha la mirada, encorva la espalda, vuelve a negar con la cabeza. Se quita la mochila, luego el parka.

Se lo saca y es como si dejara caer todo el peso del mundo.

Dice adiós con la mano y cuando desaparece en la nevada no me siento abandonado.

Solo siento el mismo frío. Miro al frente, miro la brújula, pienso en el trineo.

Y reemprendo la marcha.

Cuesta avanzar más que nunca, y eso que ahora no tiro de la cuerda.

Tal vez eso es lo que quería ella, que ya no tuviera que arrastrarla más.

Todo en balde. Pienso en ella porque creo que yo tampoco lo voy a conseguir.

Me caigo y me levanto. Apuro una cantimplora. Miro la brújula. Sigo dando pasos, pasándome los guantes por las gafas de tanto en tanto. La ventolera deja de moverse peor que un animal perseguido, y va amainando. Pasa la mañana y el sol me marca ya las primeras horas de la tarde. Me como un pedazo de cecina sin dejar de caminar, paso junto a un pedazo de valla que aguanta inclemente todo esto, bien recta, en medio de la nada, solo nieve a uno de sus lados y más nieve al otro.

Pienso en lo solo que me he quedado yo y hasta se me hace tonto.

Porque espero que de un momento a otro se me lleve un ventarrón. O que empiece a llover pedrisco.

Y nada de eso: de pronto la tormenta cede. Del todo.

El cielo se burla de mí. Deja hasta de nevar. Aparece a lo lejos uno de los arcoíris lánguidos que esboza este sitio, a modo de sonrisa burlona. Yo maldigo y aprieto el paso.

Debo avanzar ahora, tal vez luego ya no pueda. Ya veo la orilla del lago.

La arboleda da paso a un claro de tocones que parecen recientes. Tras ellos, hay algo que no he visto en años.

Una carretera, con surcos de trineos. A ratos aparecen los restos de una valla a uno de sus flancos. Al otro corre el agua de un riachuelo.

Echo a andar de nuevo, pero siento que por primera vez en mucho tiempo estoy yendo hacia algo.


Deja un comentario

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar