Texto aleatorio

Los médicos militares tuvieron no poca tarea con vendar a todos esos legionarios heridos. Los anamitas tenían malos fusiles y las balas quedaban casi siempre incrustadas en los cuerpos de los pobres soldados.

La ciencia médica había hecho grandes progresos en los últimos años; esto era sabido incluso de aquellos que no sabían leer ni escribir; de modo que, como no les quedaba otra alternativa, se sometían dócilmente a todas las operaciones.

Es cierto que la mayor parte moría, pero sólo después de la operación, y aun así sólo porque las balas de los anamitas eran manejadas evidentemente sin asepsia antes de disparar o bien porque en su trayectoria por el aire habían arrastrado bacterias nocivas para la salud.

Los informes del profesor Cabezudo, que, por razones científicas y con la confirmación del gobierno, se había enrolado en la Legión Extranjera, no dejaban lugar a dudas.

También fue gracias a sus enérgicas disposiciones el que tanto los soldados como los indígenas sólo se atrevían a hablar en voz baja de las curas milagrosas del piadoso penitente hindú Mukhopadaya.

* * *

Como último herido y mucho tiempo después de la escaramuza, ingresó en el hospital de campaña, llevado por dos mujeres anamitas, el soldado Wenceslao Zavadil, natural de Bohemia. Al ser interrogadas las mujeres por qué y de dónde venían tan tarde, contaron que habían hallado a Zavadil medio muerto delante de la choza de Mukhopadaya y que trataron inmediatamente de volverlo a la vida mediante la instilación de un líquido opalescente, lo único que podía encontrarse en la choza abandonada del faquir.

El médico no pudo encontrar ninguna herida, y por toda respuesta a sus preguntas recibió solamente un salvaje gruñido del paciente, que tomó por sonido de un dialecto eslavo.

En todo caso ordenó una lavativa y se fue a la carpa de los oficiales.

Entre los médicos y los oficiales reinaba gran animación; la breve pero sangrienta escaramuza trajo vida a la antigua monotonía.

El doctor Cabezudo acababa precisamente de pronunciar algunas palabras de reconocimiento hacia el profesor Charcot —era para no hacer sentir demasiado duramente a los colegas franceses su superioridad alemana—, cuando en la entrada de la tienda apareció la enfermera hindú de la Cruz Roja y comunicó en francés chapurrado:

—Sargento Henry Serpollet, muerto; corneta Wenceslao Zavadil, 41,2 de fiebre.

—¡Qué gente más intrigante, esos eslavos! —gruñó el médico de guardia—; el tipo tiene fiebre y, sin embargo, no está herido.

La enfermera recibió la indicación de meterle al soldado, al vivo, claro está, tres gramos de quinina en el gaznate, y se alejó.

El profesor Cabezudo pescó las últimas palabras y las aprovechó como punto de partida para un docto y prolongado discurso en que hizo ver los triunfos de la ciencia, que supo descubrir la buena quinina en manos de legos, que, al igual que una gallina ciega, toparon con este medicamento en la naturaleza.

De este tema pasó a la parálisis de la espina dorsal, y ya los ojos de sus oyentes habían comenzado a ponerse vidriosos, cuando apareció de nuevo la enfermera con el boletín:

—Corneta Wenceslao Zavadil, 49 de fiebre, favor darme termómetro más largo.

—Así pues que hace rato que murió —dijo sonriendo el profesor.

El médico mayor se levantó parsimoniosamente y con gesto amenazador se fue hacia la enfermera, que inmediatamente retrocedió un paso.

—Vean ustedes —explicó a los demás médicos— cómo esta mujer está igualmente histérica como el soldado Zavadil. ¡Duplicidad de los casos!

Después de lo cual se fueron todos a dormir.

* * *

—El médico mayor manda decirle que vaya sin demora —le espetó el enlace al aún muy somnoliento sabio, cuando apenas los primeros rayos del sol teñían el borde de las colinas próximas.

Todo el mundo miró con expectación al profesor, que acudió instantáneamente al lecho de Zavadil.

—54 grados Réaumur de temperatura, increíble —gimió el médico mayor.

Cabezudo sonrió incrédulo, pero retiró espantado la mano de la frente del enfermo, pues se había quemado realmente.

—Tome usted los antecedentes de la enfermedad —dijo con vacilación y tras un desagradable silencio al médico mayor.

—¡Tome ya de una vez los antecedentes de la enfermedad y déjese de pasear tan indeciso por aquí! —le gritó el médico mayor al médico más joven entre los presentes.

—Bhagavan Sri Mukhopadaya sabría acaso… —se atrevió a insinuar la enfermera hindú.

—Hable usted cuando le pregunten —la interrumpió el médico mayor—. Siempre las mismas malditas supersticiones —continuó, dirigiéndose a Cabezudo.

—El profano no piensa sino en cosas secundarias —lo apaciguó el profesor—. Mándeme, por favor, el informe, que tengo mucho que hacer ahora.

* * *

—Y, amigo, ¿qué es lo que sacó en limpio? —preguntó el sabio al médico subalterno, tras el cual se apretujaba una multitud de oficiales y médicos ávidos de saber.

—La temperatura subió mientras tanto a ochenta grados…

—¿Y?

El profesor hizo un gesto de impaciencia y rechazó:

—El paciente tuvo tifus hace diez años y una difteria ligera hace doce; el padre murió de una rotura de la base del cráneo; la madre de conmoción cerebral; ¡el abuelo de rotura de la base del cráneo, la abuela de conmoción cerebral! Es que el paciente es natural de Bohemia —añadió el médico subalterno a modo de aclaración—. Estado, excepto la temperatura, normal; funciones abdominales, atónicas. Heridas, excepto ligeras contusiones en el occipucio, no se encuentran. Al parecer le fue suministrado al paciente un líquido opalescente en la choza del faquir Mukho…

—¡Al grano, joven, nada de cosas insubstanciales! —le amonestó bondadosamente el profesor y, señalando con un amplio gesto los dispersos cofres de bambú como asientos para sus visitas, continuó—: Se trata aquí, señores, como ya lo reconocí esta mañana al primer golpe de vista (a ustedes sólo se lo insinué, con el objeto de que aprovecharan la oportunidad de hallar por sí mismos el diagnóstico), de un caso poco frecuente de elevación espontánea de temperatura a consecuencia de una lesión en el centro térmico —con un gesto ligeramente desdeñoso hacia los médicos y legos—, de aquel centro cerebral que concilia las fluctuaciones de la temperatura del cuerpo, sobre la base de una tara hereditaria y adquirida. Si, además, sometemos la formación craneana del sujeto a un…

La señal de alarma del cuerpo local de bomberos, compuesto de algunos soldados inválidos y culíes chinos, llegó, anunciando un desastre, desde el edificio de la misión e hizo callarse al orador.

Todo el mundo corrió afuera con el coronel al frente.

Desde el cerro del hospital y hacia el lago de la diosa Parvati, corría enloquecido, cual una antorcha viviente, seguido de una multitud agitada y vociferante, el corneta Wenceslao Zavadil envuelto en trapos ardientes.

A corto trecho del edificio de la misión los bomberos chinos recibieron al pobre con un grueso chorro de agua, que, aunque lo arrojó al suelo, se convirtió casi simultáneamente en una nube de vapor. La fiebre del corneta hospitalizado subió últimamente hasta tal punto que los objetos de su vecindad comenzaron a carbonizarse, y los mozos del servicio se vieron finalmente obligados a espantar a Zavadil del edificio con ayuda de barras de hierro; los pisos y las escaleras mostraban las huellas quemadas de sus pisadas, como si el diablo hubiese paseado por allí.

Ahora yacía Zavadil desnudo —los últimos harapos se los arrebató el chorro de agua—, en el vestíbulo del edificio de la misión, humeante como una plancha y avergonzado de su desnudez.

Un ingenioso padre jesuita le arrojó desde el balcón un traje de amianto, que una vez había pertenecido a un trabajador de lava, y Zavadil envolvióse en él con palabras de gratitud.

* * *

—Pero, ¿cómo diablos puede uno explicarse que el sujeto no se convierta en ceniza él mismo? —preguntó el coronel al profesor Cabezudo.

—Admiro sus aptitudes de estratego, mi coronel —contestó el sabio con indignación—; pero en lo que respecta a la ciencia médica, tendrá que dejarla a nosotros, los médicos. Tenemos que sujetarnos a los hechos, y para perderlos de vista no disponemos de ninguna indicación.

Los médicos celebraban el claro diagnóstico y por la noche todos volvían a encontrarse en la tienda del capitán, donde siempre había mucha animación.

De Wenceslao Zavadil no hablaban ya sino los anamitas. A veces se le veía en la otra orilla del lago, sentado junto al templo de piedra de la diosa Parvati, y los botones de su traje de amianto brillaban al rojo.

Se decía que los sacerdotes del templo asaban sus aves en él; pero había quien afirmaba que el hombre se estaba enfriando de nuevo y que se proponía regresar a su patria apenas volviese a los 50 grados.


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