Andaba yo con la idea de hacer un fantástico que fuera castizo y grotesco, algo así como una versión infernal de HISTORIAS DE LA PUTA MILI, así que cuando mi padre me contó por enésima vez sus días de recluta en Ceuta se me puso cara de relato y empecé a reunir detalles y documentación. La radio me premió con el Sympathy for the Devil y salió este cuento, apenas unos días después de que se publicara mi primera novela.
DIAL fue publicado originalmente en el número siete de la revista SABLE (Tusitala, 2009).
I
PERMÍTEME QUE NO ME PRESENTE, pero es que nadie me ha invitado. Y yo apenas tengo amigos.
Dicen que donde hay comercio hay paz, pero a mí lo que me gusta de los mercadillos son las mentiras, las estafas y el robo. Y de aquello se despachaba a raudales por los mercados de aquella época. Solía emplearse el vocablo árabe jahidi para hacer referencia a las peleas del zoco, grescas que casi siempre eran fruto del regateo y sus vicisitudes. Hoy tenemos las transacciones cifradas, las tarjetas de crédito y la domiciliación bancaria. Las cosas no han cambiado, solo se han ido volviendo cada vez más descaradas. No es el progreso, es mi trabajo, que va dando sus frutos. Así que si me encuentras, muéstrame algo de cortesía, algo de simpatía, y un poco de buen gusto. No digas que no me conoces, solo di que no me he presentado. Yo es que no suelo presentarme, porque tú y yo ya nos conocemos.
Uno de los productos estrella del zoco de Ceuta de los años setenta eran los radiorreceptores de transistores más pequeños. Las radios de mano. Resultaban endiabladamente baratas, apenas trescientas pesetas, si se compraban a alguien que las hubiera obtenido en el puerto franco de Tánger. De modo que casi todos los reclutas tenían prohibido volver a la Península sin una o dos de aquellas máquinas a pilas.
Era toda una revolución lo de poder llevarse la radio a todas partes. Y un símbolo de estatus. La gente, acostumbrada a que la radio fuera un aparatoso electrodoméstico instalado en el salón, iba perdiendo el culo por hacerse con un chisme de aquellos. Al fin y al cabo, constituían el elemento en torno al cual se vertebraba la familia: la misma función que hoy realizan los teléfonos móviles, articular a la sociedad, la desempeñaba en aquella época la radio. Era el pegamento que mantenía conectadas a las personas. Y los hombres son seres sociales.
Así que se vendían radios baratas a patadas, en aquel rastro. Los soldados iban mirando y remirando los distintos modelos alemanes y holandeses que se vendían, preguntando a los tenderos y contrastando características, de arriba abajo de la avenida, que tampoco era tan grande, pero que daba de sí como para que las tropas se hartaran de mirar radios. Radios de entonces, la revolución para el recluta. Si se apagaba la luz en el barracón y no tenías a tu lado la voz de una de aquellas pequeñas maravillas, no eras nadie. El mejor momento del día era aquel, el rato en que conciliabas el sueño haciendo surf sobre las ondas. Porque, pese a que Radio Ceuta era una castaña, poder escucharla mientras te dormías en la litera sonaba a gloria.
En fin. Aquella pastilla de jabón de alta tecnología había cambiado las vidas de las personas, lo mismo que el iPod de hoy, que os tiene a todos maravillados con eso de que os podáis llevar toda la discografía de vuestra juventud detrás. Estúpidos humanos. Cambian los tiempos, cambian las cosas, pero el hombre no cambiará jamás. Me encanta.
—¿Cuánto por esta Philips? —preguntó Blas, excitado por el diseño coqueto de un modelo holandés.
—Doscientas cincuenta.
—Demasiado caro —interrumpió Abdelhamid, saliendo en defensa del soldado raso—. Te damos doscientas y seis duros.
El tendero espetó un discurso largo y atropellado en ceutí a Abdelhamid. Una soflama que podría haberse resumido en una simple pregunta: ¿la radio es para ti o para tu compañero, idiota?
Armando cogió del brazo a Abdelhamid, llevándoselo zoco abajo, que para algo era el militar de mayor graduación. Se avecinaba otra interminable bronca de mercadillo, otra jahidi. Lo mejor que hizo aquel grupo de amigos fue marcharse a otro tenderete, por su propio bien. Los soldados no están hechos para negociar, no es lo suyo, de ahí que siempre aparezcan en cuanto los civiles terminan con las negociaciones.
Después de aquello, el grupo de amigos se detuvo en el puesto de un catalán que tenía una Invicta de oferta.
Una Invicta era un modelo grande, pero no grande como las grandes de ahora, no, qué va. Aquella radio era como un ladrillo normal, de los de tejar, más o menos. Era más grande que un libro. Una Invicta salía por la mitad que una Ondherz ligera, de las que solo pesaban un kilogramo. Trescientos euros por un iPod, trescientas pesetas por una Philips… Nah, no sé por qué os explico tantas cosas.
El precio de una Radiola superaba las trescientas pesetas, que es la mitad de lo que el padre de Blas metía todos los meses en el sobre que le enviaba a Ceuta para que no tuviera que comerse el asqueroso rancho que servían en el acuartelamiento de artillería. Y Blas había ahorrado dinero gracias a aquello, sacrificando el estómago con paciencia durante varias semanas, así que ahora había venido a cobrarse todo aquello haciéndose con un radiorreceptor italiano con el que impresionar a su novia. Menudo pringado.
—¿No tiene un modelo con antena telescópica?
—No por menos de sesenta duros, fill meu… —repuso el tendero—. A no ser que compres una Telefunken como esta de aquí.
Blas tenía que tocarle las narices a todo el zoco antes de decidirse por una de aquellas radios de mano. Se pensaba que aquel chisme le iba a durar hasta la jubilación. Si le hubieran dicho que en solo un par de años aquellas máquinas iban a costar la mitad, no lo habría creído. La gente de la calle tendría que saber algo acerca de la obsolescencia planificada, y ni siquiera hoy se suele saber lo que eso significa, pese a que los ordenadores modernos apenas duran tres años.
—¡Pero es que necesito que tenga una funda de cuero, y una luz para sintonizar emisoras por la noche!
—Entonces prueba con una Invicta, noi.
—Demasiado grande —Blas estaba cada vez más difícil.
—Déjalo ya, anda —dijo Armando, cansado por completo.
Blas movía su cabeza a un lado y a otro, pasando la mirada sobre el género. Gafas de sol, bisutería, artesanía berebere, tejidos. Radios de mano.
Dos alemanas. Una japonesa. Alguna italiana, y, entre todos aquellos modelos, algunos ya mucho más que familiares, la encontró.
Y era ROJA.
Un minúsculo receptor de color rojo sangre, coqueto y de excelente acabado. El aparato estaba finamente estuchado dentro de una funda de cuero negro, junto a un librillo impreso en francés en donde se podían leer, clasificados por países, los diales de todas las emisoras del Mediterráneo. Una antena telescópica minúscula, fabricada en acero, coronaba graciosamente el artefacto. Todo el reverso era un amplificador. La rueda del sintonizador ocupaba todo el anverso. Una máquina diabólicamente diferente al resto de las que podían encontrarse en el zoco, llamativa como ninguna otra. Especial. Si el zoco era el Jardín del Edén, aquella cosita roja demoníaca era la manzana del árbol del conocimiento del bien y del mal. La guinda de aquel pastel. El clavel en la solapa de un traje oscuro.
Vale, solo era una puñetera radio, pero hacía que el resto del escenario pareciera rodado en blanco y negro. Era como el abrigo rojo de la niña del abrigo rojo esa que sale en La Lista de Schindler. Como los labios de la rubia de American Beauty. Como una camiseta del Manchester United en el césped. Demonios. ¡Era más roja que la bandera de la URSS sobre el Reichstag!
—¿Qué vale esa roja de ahí?
—Esta roja no es como las demás —respondió el mercader, con el semblante apesadumbrado.
—Cierto —repuso Diego, con un brillo de codicia en los ojos, se veía muy distinguida, destacaba sobre las otras—. ¿Quién la ha fabricado?
—No ho sé, senyor. No hay logotipo ni marca. Creo que es un modelo artesanal, único… Lo cual es bastante raro en un radiorreceptor de transistores moderno —respondió el comerciante arqueando sus cejas blancas y pobladas, justo antes de descartar la radio roja de un plumazo—. En cualquier caso, esa no os conviene, porque es de segunda mano y la vendo sin garantía.
—¡Eso no puede ser un aparato artesanal! —exclamó Abdelhamid.
—Lo mismo digo —añadió Tomás, tendiendo la mano al tendero—, eso es un producto industrial. ¿Podemos examinarla de cerca?
Blas asintió y estiró los brazos también.
El mercader suspiró y tomó la radio con las manos como si el peso del mundo habitara en el interior de aquel chisme colorado. Luego lo depositó en la excitada zarpa de Blas, que era como una erección terminada en cinco dedos palpitantes. Y todo sin dejar de decir:
—Mirad, yo prefiero no vender esta máquina. La pongo junto a las demás porque así le prometí que haría al que me la hizo llegar a mí, pero os recomiendo cualquier otro modelo antes que este.
Los soldados se abalanzaron sobre el receptor como una manada de lobos sobre un conejo, e ignoraron al tendero. Juntaron sus cabezas para poder mirar al aparato que descansaba en la mano de Blas con sus ocho ojos a la vez, y sus piojos se entremezclaron, mestizándose primero y asomándose después, también maravillados ante aquel fantástico ingenio, tan rojo, tan carmesí. Hasta los pájaros en el cielo querían ver aquel trasto, maldita sea.
Se armó una de todos los diablos.
—¡Qué bonita! ¡Mira qué ligera es! ¡Parece que no tenga nada dentro!
—Demonios, si es ideal para tu novia, Blas.
—¡Mektub! ¡Allah akhbar!
—Nunca he visto una igual.
—¡Es fantástica! ¡Es la mejor radio que he visto!
—Me encanta. Mirad qué bien que aprovecha el espacio.
—Hace que tu alemana parezca vieja, Diego.
—Hum… Debe de valer una fortuna, tíos.
Blas apretó la radio en su puño, cerró su zarpa sobre aquel codiciado artefacto.
—La quiero. ¿Qué pides por ella, amigo?
El tendero se encogió de hombros, con resignación.
—¿Eso? ¡Eso no tiene precio! —repuso.
—¡Pues yo te doy seiscientas pesetas por ella! —contestó el soldado, pobre diablo.
Un bisbiseo de asombro se desplegó a las espaldas de Blas.
—Me temo que estás dispuesto a cualquier cosa con tal de salirte con la tuya, soldado —dijo el tendero con un suspiro apesadumbrado. Luego le tendió la mano. Y se hizo el trato.
Se hizo, mientras yo me frotaba las manos, esperando. Mi cena estaba servida.
II
Lo más aburrido de la mili, sin duda, era estar de guardia, y Blas era el soldado raso que más guardias se chupaba. Para algo era el memo de la compañía.
Era tan memo que ningún mando se molestaba en controlarlo cuando estaba de retén. O, al menos, a su sargento y a su teniente les traía sin cuidado lo que pudiera hacer un imbécil como Blas. Y Blas lo sabía.
Por eso pensaba pasarse todas las guardias de aquel tórrido verano escuchando su radio de mano.
Su radio de mano roja.
Roja como una hostia en toda la nariz.
Así que Blas se introdujo en la garita, con el receptor en uno de los bolsillos laterales del pantalón de campaña. Sintonizó la COPE, aquella emisora nueva tan rara, y se dispuso a comprobar si el Levante había empatado con el Osasuna o no. Cuando eres Blas Ocaña, lo único de interés que puede suceder en toda tu vida es que aciertes una quiniela de trece.
Y así pasaron más de ocho horas. Del fútbol a los toros, de los toros a una misa y de la misa al fútbol, poco más. Era la España de los sesenta, ya adepta convencida del panem et circenses; la España mediática que todavía no conocía los realities. No era capaz de tratarte como a un idiota, pero a su manera, lo iba intentando.
En algún momento de aquel despropósito, la emisión terminó dando con el programa noticiero de las tres. Y ahí fue cuando Blas decidió cambiar de cadena, no fuera que le hicieran pensar. Puso su dedo índice sobre el sintonizador del radiorreceptor y dejó que se sucedieran las emisoras, una detrás de otra.
Pasó una que retransmitía oraciones en árabe. Luego pasó Radio Nacional de España, con más noticias. A continuación la SER, con un debate embozado y, después de otros dos canales marroquíes y una emisión en francés, apareció Unión Radio. Mala cosa. Habría que volver a empezar a barrer el espectro radioeléctrico desde el principio del dial para ver si esta vez aparecía algo interesante.
Cuando el diablo no tiene nada que hacer, mata moscas con el rabo.
Estaba Blas peinando las emisoras sin saber que su generación acababa de inventar el satánico fenómeno del zapping cuando el dial pasó por algún punto indeterminado de las ondas, deteniéndose en seco. El sintonizador de aquella máquina frenó, echó el ancla, detuvo el dedo de Blas cuando la ruedecilla que servía para seleccionar sintonía se atascó de repente. El indicador luminoso que valía para marcar la presencia de una señal de radio se puso a parpadear al tiempo que cambiaba su color natural verde por un rojo todavía más sangriento que el de la carcasa de la máquina. Y así fue como el artilugio escarlata sintonizó, contra todo pronóstico, un canal de silencio.
Un canal de silencio. Una emisión de señal vacía. Parecía obra de una mano escapada de otro mundo. Era algo impensable para la radiodifusión de aquella época, que solo tenía dos modos de representarse: o con la recepción de una señal de audio o con la recepción de una escandalosamente sucia y ruidosa estática de onda portadora (con sus consabidos pitos, zumbidos y carraspeos), omnipresente allá donde no estuviera operando alto y claro una emisora. De modo que era más fácil obtener una sintonía donde se oyera poco más que ruido, con la emisión de fondo, que dar con una sintonía donde se oyera una emisión sin ruido de fondo alguno. No había ni un minuto de silencio limpio en todo el espectro radioeléctrico con el que trabajaban los primeros radiorreceptores de transistores, de modo que era imposible por completo que aquella miniatura roja hubiera ido a dar con un canal silencioso.
Lo primero que pensó Blas cuando enmudeció de repente su preciada radio de mano fue que el aparato había dejado de funcionar. Luego sacó la máquina de su bolsillo, y se la quedó mirando, perplejo ante el indicador luminoso de presencia de señal, que había cambiado de color. Y entonces yo, que todavía no me he presentado, en parte porque no es mi estilo y en parte porque tengo muchos nombres, decidí que había llegado la hora de ponerme a hacer mi trabajo y aproveché que acababa de sintonizarse mi canal para hablar.
Y hablé. Dejé que mi portentosa voz surgiera del amplificador de aquella pequeña y preciosa maravilla de radio del demonio, destrozando aquel paranormal silencio.
—Hola, Blas.
Soy Epi.
Blas abrió los ojos como platos y puso una cara de sorpresa muy graciosa. Luego rio unos segundos, tras lo cual, comprobando que aquel silencio tan incómodo seguía vaciando el momento, recuperó la cara de asombro.
Toc, toc. Dio dos golpes al receptor.
Hombres, incrédulos.
—Dime, Blas. ¿Tú qué estarías dispuesto a hacer para mí si yo hago que empate el Levante?
Blas balbució, negó tres veces con la cabeza y se pellizcó en una pierna. Luego volvió a darle dos molestos golpes a la radio y se frotó los ojos con los nudillos, como tratando de sacudirse las legañas.
—Blaaaa-aaaasss. Puedo hacer que la suerte se ponga de tu lado esta misma tarde. Y que el Athletic gane en Riazor. Eso y que el derbi sevillano quede a favor del Beds —aquí aproveché para hacer una pausa enfática, me gusta darle tensión dramática a estas cosas—. Yo puedo hacerte un hombre muy rico, Blas. Espera y verás.
Llegados a aquel punto de mi discurso, hice que la radio volviera a la normalidad. Era la hora de darle a aquel memo un anticipo.
Y el domingo siguió, terminó la mañana y pasó la hora de comer. Empezaron los partidos de aquella jornada de la liga de fútbol profesional y los pronósticos que mi voz le había ofrecido a aquel pobre desgraciado se fueron materializando. Y eso que la quiniela que había echado Blas era endiabladamente improbable.
Blas sostenía su boleto ante sus atónitos ojos, tenso, como las cuerdas de un piano. En algún momento del último partido de la jornada, cuando se decidía si la quiniela de Blas iba a acertar de pleno o no, decidí interrumpir la retransmisión, aprovechando que el Levante estaba a punto de lanzar un penalti.
—Blaaaa-aaaasss. Ya casi lo tienes.
—¿Quién eres? ¿Qué quieres?
—Permite que no me presente. Ya has visto una demostración de lo que puedo hacer por ti, Blas. Yo puedo hacerte un hombre muy rico, Blas. Muy rico. Solo tengo que ocuparme de que el balón entre en la red, y tu vida cambiará para siempre. ¿Quieres esa quiniela, Blas? ¿Quieres ese millón y medio de pesetas?
—¡Sí! ¡Sí, por favor!
—Solo te pido una cosa a cambio, Blas.
—¡Te escucho! ¡Me interesa!
—Quiero unos segundos de tu tiempo, Blas. Quiero que hagas lo que yo te diga durante unos breves instantes. Quiero poseerte durante un momento fugaz, justo cuando se ponga el sol.
—¿Solo unos segundos? ¡Ja, eso está hecho!
Cuando el diablo su rabo vende, él se entiende.
—No quiero que te llames a equívocos, Blas. No habrá margen para el arrepentimiento. Harás lo que yo te diga, tu voluntad me pertenecerá, sin dilación, sin dudas. Sin marcha atrás, Blas. Si aceptas, seré tu amo durante unos pocos segundos, durante esta misma guardia, antes de que se ponga el sol. Harás lo que yo te diga, y nada más.
—Acepto. ¡Trato hecho! —respondió el soldado, exultante. Estaba dispuesto a hacer cualquier cosa durante unos instantes para poder disfrutar de riqueza después. ¿Patético, eh?
Y se hizo el trato. Volvió el tumulto del carrusel deportivo al radiorreceptor. Yo me aparté elegantemente, durante hora y media. Me froté las manos y esperé. Esperé a la hora de cenar.
Esperé hasta que Blas acertó catorce resultados en su quiniela. Bailó, bramó, saltó de alegría y lloró de júbilo. Y cuando el sol se puso le llegó la hora de pagar. Blas iba a ser mío.
El silencio.
El silencio volvió a la radio. Para cuando se estaba volviendo realmente incómodo, mi voz salió de nuevo por el amplificador de aquella cosita roja, arrollando a Blas como una apisonadora. Anulando su voluntad. Poseyéndolo.
Diciendo:
—Blas, ahora vas a pintar con tus sesos el interior de la garita.
Blas le quitó el seguro a su fusil, lo amartilló y disparó al cielo las dos balas de fogueo del cargador. Las armas las carga el diablo. Acto seguido, se quitó una bota y el calcetín que sudaba debajo de ella, se sentó en el suelo de la garita y metió el pulgar de su pie descalzo dentro del gatillo. El punto de mira se lo puso en el paladar y se voló la cabeza de una patada, salpicando la pared interior del recinto de guardia con trozos de su cara, astillas de su cráneo y grumos de su materia gris, ensangrentada.
Y yo hice que la máquina volviera a funcionar con normalidad, visto que, habiéndome cobrado ya el alma de aquel pobre idiota, mi trabajo allí había terminado.
Lo que tenía que decirle a Blas a partir de aquello ya se lo diría cuando le viera por el infierno.
III
Diego estaba de guardia en otro de los accesos al recinto que custodiaba Blas, a apenas quinientos metros de distancia, y acudió de inmediato al escuchar las detonaciones del arma de su compañero, apuntando con el fusil colocado de través y dando voces, con el escroto bien tenso y sin dejar de preguntarse si no se habría producido un accidente, o algo peor.
En aquella época las garitas no tenían interfono, de modo que la única manera de coordinar con eficacia a las tropas consistía en poner patrullas a interconectar los puntos de vigilancia, lo cual, si bien se supone que se hacía para mantener comunicado al cuerpo de guardia, reforzaba también la seguridad.
No obstante, que Diego abandonara su posición constituía todo un incidente, podía tener sus consecuencias. Lo cierto era que Diego no era más que otro soldado inútil, incapaz de acometer su función como centinela, que era tan sencilla como mantener la posición ante cualquier adversidad… Yo es que suelo trabajar mejor con gente simple. O será que encuentro cada vez más simple a la gente, desde hace unos cuantos siglos a esta parte.
En cuanto aquel patán alcanzó la garita y vio lo que había pasado allí, bosó la cena, la comida y el almuerzo. Echó hasta la primera papilla y buena parte de lo que le había estado nutriendo cuando se alimentaba a través del cordón umbilical. Se puso amarillo, luego verde y luego azul. Bah, soldados de pacotilla. Ya no los hacen como los de antes. Ni en los sesenta podías encontrarte con un buen artillero, buscando entre los reclutas.
Diego salió disparado, con flojera en las rodillas y mareo en la cabeza, a informar en Comandancia. Recorrió casi dos kilómetros hasta divisar al fondo el edificio de los mandos… pero antes de alcanzarlo pasó junto al barracón de su unidad, dándose de narices con el cabo de la guardia, Armando, que salía de ronda hacia la entrada del acuartelamiento. Y, claro está, la cadena de mando y las amistades pudieron más que el protocolo de incidencias.
—¡Armando, que el Blas se nos ha matado!
—¿Qué dices, hombre de bien? ¡Imposible!
—Que sí, que yo tampoco lo entiendo, pero se ha volado la cabeza, maldita sea. Se ha disparado el fusil en toda la boca.
—¡Dios mío! —exclamó Armando, pasándose la mano por la cara, perlada de sudor, sin salir de su asombro.
Se suponía que los relevos debían de hacerse en su presencia. Armando es que era muy dejado en sus funciones. ¡Toda su compañía lo era, qué rayos!
—Voy a Comandancia, a informar. Luego hablamos.
—Ni de coña, soldado —zanjó Armando, en un severo tono de orden, apostillando el rango con cuidado, para que quedara bien claro quién era el cabo primero y quién era el soldado raso—. En dos minutos vienen a darme el relevo a mí, así que vas a ocupar tú mi posición mientras yo guardo la que acabas de abandonar, patán. ¡Que te has dejado tirado a un compañero muerto y a su chopo1, justo a la entrada de un polvorín de artillería! ¡Que las guardias de polvorín son la paliza esa que dura veinticuatro horas y que garantiza que las bombas estén a buen recaudo, idiota! ¡Que por tu puta culpa ahora tengo dos posiciones clave desguarnecidas!
Y Armando salió disparado hacia la garita donde Blas se había abierto la cabeza. Vale, eran un grupo de amigos, más o menos, y eran vagos como la noche, pero también eran soldados haciendo su trabajo. Y, en teoría, la labor de un cabo durante la custodia de un polvorín es la de coordinar las tareas de vigilancia encomendadas por norma a soldados rasos, así que era un gesto de obligatoria diligencia aquella iniciativa de personarse en el terreno de inmediato.
Dicho y hecho, Armando llegó enseguida al lugar de los autos y se plantó frente al desaguisado que había montado Blas al matarse. No era la primera vez que Armando veía algo como aquello… Lo cierto es que los suicidios como aquel tampoco eran tan raros entre las filas de los reclutas. Había pasado algo así hacía solo un año y medio. Hum, creo que ya he dicho antes que Ceuta era difícil en aquella época.
El cabo primero se encendió un Ideales rubio con una cerilla de madera y bufó el humo con saña. Se había levantado un fuerte soplo de siroco.
Fuerte como para llevarse al vuelo una quiniela y hacerla desaparecer.
En arca de avariento, el diablo yace dentro.
Era roja.
Roja. Era tan roja que dolía.
La sangre de Blas estaba por todas partes, también. Pero su rojo no era como el que parecía brotar de aquella radio. No. El rojo de aquella máquina no lo podían pintar los hombres, no.
Era roja y crujía más que una patada en los dientes. Chisporroteaba lo mismo que un huevo en la sartén. Carraspeaba en un dial muerto, y zumbaba a coro con las moscas que intentaban tapar con sus lenguas el agujero de dos palmos que había en el parietal de Blas.
De cuando en cuando, la radio dejaba escapar algún pedazo ininteligible de voz humana, mal sintonizada. Fragmentos partidos de canales adyacentes en los que locutores sin nombre parecían pugnar por asomarse a aquella escena, quizás para decir algo espantoso en alguna lengua desconocida.
Armando se preguntó qué demonios hacía aquella radio sintonizando una emisión sin señal. Se lo preguntó mientras limpiaba con su pañuelo los calientes sesos de Blas del receptor, antes de guardárselo en el bolsillo del uniforme.
A eso había venido, qué demonios. La guardia era importante, pero lo cierto es que Armando, con mucho gusto se habría dejado arrestar por aquella cosita roja con antena. Además, nadie lo iba a saber. Nadie se iba a enterar. Estaban solos de repente, Armando, el radiorreceptor perfecto y el cuerpo sin vida de Blas. Y, a puerta cerrada, el diablo se vuelve.
Oh, pobre Blas. No echará de menos esta radio cuando llegue al otro mundo, se dijo Armando.
Armando, tú también vas a venirte conmigo, desgraciado, me dije yo.
Yo es que no me he presentado, porque tampoco necesito presentación.
Y porque soy un impresentable, dicen.
IV
Verano en Ceuta. Luna de justicia sobre el barracón, llena hasta la bandera, la luna. Suda, la bandera. Sudan hasta los gatos que registran la basura a la luz de la luna. Barracón de artilleros, con arquitectura de nave industrial. Literas pegajosas. Ronquidos tronando en sincronía, y relinchos, unas veces al trote, otras al galope. Gruñidos de cerdo entablando diálogos multidireccionales de un extremo a otro del edificio. Concierto para insomnes en do menor. O tienes una radio de mano pegada a la oreja o va a dormir tu abuela.
Porque tú no. Ni de coña.
Y Armando menos.
Armando trataba de conciliar el sueño, infelizmente; había escondido su precioso radiorreceptor rojo bajo la almohada, no fuera que se lo robaran o que alguien descubriera que ahora aquella joya obraba en su poder. El muy idiota creía que nunca se sabría que se había apropiado de aquel artefacto, pero por hondo que el diablo cague, todo se sabe. Y más en la mili.
La sensual voz de la locutora surgía suave y dulce de la nuca del cabo primero, que reposaba incapaz de imaginar un cojín mejor que aquel. Levitar sobre la radio, era aquello. Era sumergirse en las ondas, mecerse en el espectro radioeléctrico, como si la radio fuera una sábana y el oyente se hundiera en los brazos de Morfeo de la mano de la mágica e hipnótica voz de la locutora de aquel consultorio sentimental de horas intempestivas.
Pero Armando no podía dormir. Y solo quería dormir, en aquel momento. Pero no dormir para despertarse a los cinco minutos por culpa de un movimiento brusco de su compañero de litera, o por culpa de un sonoro pedo del recluta de al lado, no. Armando es que tenía el sueño muy ligero, y estaba muy cansado, después de haber sido cabo de guardia durante veinticuatro horas y acabar viendo cómo se suicidaba un compañero… En aquel momento, Armando habría dado su brazo derecho por poder dormir toda la noche de un tirón, el muy desgraciado.
Mientras tanto, en la radio leían la carta de un idiota ñoño de Plasencia que escribía al programa para explicar que no lograba superar lo de su novia. Le dedicaban una canción. Luego tocaba la historia de Juani, que quería recibir correspondencia de jóvenes almerienses, apuestos y simpáticos, a ser posible. Ponían más música. Leían otra carta tonta, esta un poco más graciosa. Y así te podían dar las cinco de la mañana.
Armando soñó que se hundía en la litera, que las sábanas de su cama se arrugaban y plegaban convergiendo hacia el centro, para moverse como el agua en la pila de un fregadero, formando una vorágine. Al lecho sobre el que yacía Armando le salía un sumidero a modo de ombligo, un sumidero que le tragaba cuando su cuerpo se volvía… ¿arenoso? De repente su litera era como la copa de un reloj de arena, y él se había convertido en un cabo primero pulverizado que, sin perder la consciencia, se filtraba hacia abajo, se colaba por aquel agujero con los ojos cerrados y una sonrisa de retrasado en los morros, poniendo rumbo a las Tierras del Sueño.
Armando caía hacia un momento de negrura, tras lo cual era arrastrado por el viento, que lo transportaba de un colosal soplido hasta la explanada donde solía desplegarse el zoco. Apenas una polvareda de arena del desierto cabalgando en la brisa del barrio antiguo de Ceuta, lugar en el que se iba a amontonar, a formar una montañita de polvo en la que sedimentarse hasta reconstruir, reintegrar, el cuerpo uniformado del soldado.
Bonita manera de desertar, recluta. Pensó Armando al condensarse frente al zoco. El zoco, congregado en plena medianoche.
¿?
En aquella época el alumbrado público no cubría descampados como aquel, de modo que los solares y las explanadas donde se solía desplegar el zoco de los viernes permanecían vacíos y a oscuras por completo durante las horas más tenebrosas. Tampoco transitaba nadie por allí a altas horas de la noche, salvo tal vez algún maleante y puede que las ratas del puerto. De modo que aquel rincón se suponía que dejaba de existir en momentos como aquel. Momentos en que solo un fantasma o un durmiente emplearían para recorrer el lugar.
Armando se sorprendió, se maravilló ante aquel descubrimiento. Bajo la luz de la luna se había desplegado, azulado, irreal, un mercadillo fantasma, en secreto. Un zoco de medianoche. No había gente transitando la avenida principal, tan solo Armando cruzaba aquel imposible ecosistema de tenderetes. Tenderetes que registraban una actividad que no podía ser real.
No se olisqueaba la comida de los moros ni se veían encantadores de serpientes o trileros apostados en cada rincón. No había bullicio ni trasiego de gente arriba y abajo, no había ambiente de jahidis y trifulcas de malos negociantes, sino un letal silencio, apenas roto por el ulular de aquella suave brisa y el rumor del mar, muy de fondo. En el cielo había un millón de estrellas fulgurantes, blasfemando, tan lejos. Algún rincón remoto de aquel ecosistema alojaba a un perro enfermo, que ladraba de vez en cuando. En conjunto el ambiente era insano e imposible, propio del escenario de una gigantesca trampa para incautos.
Armando caminó, mirando tenderetes a un lado y a otro. A su derecha había un puesto tras el que un gusano de colores más grande que una persona se agitaba a un lado y a otro, en postura vertical. Sobre el aparador se mostraba el género de aquel monstruoso mercader insecto: platos que contenían ensaladas de pétalos de flores marchitas, coronadas en el centro por cabezas decapitadas de animales y bebés que balbuceaban y boqueaban en silencio, como resistiéndose a formar parte de la cena de alguien, hasta desgañitarse. Sus ojos parecían estar a punto de abandonar sus órbitas, pidiendo ayuda.
En el tenderete de la izquierda un esqueleto ataviado con la ropa propia de un marinero del siglo diecisiete exponía todo tipo de conchas de moluscos y pedazos de coral. De las conchas de moluscos salían manos humanas y dedos, y pies, y más manos humanas, que reptaban erráticas sobre el expositor, frente a un atónito Armando, que no pudo evitar acercarse para tocar uno de los corales que también se vendían allí… que se mecían y cimbreaban como si estuvieran bajo el agua, lo mismo que anémonas vivas y de colores. Estaba el soldado a punto de alcanzar el tenderete cuando de una enorme caracola salió torcido el brazo de una mujer, anormalmente largo y delgado, terminado en una plétora de larguísimas uñas negras que estuvieron a punto de clavarse en su pecho.
Disuasorio, cabo primero.
El viejo marino esquelético rio, moviendo su mandíbula inferior desdentada arriba y abajo, sus ojos llenos de líquenes, sus pómulos cubiertos de limo y algas. Verdín sobre toda su ropa, podrida. Viejo lobo de mar que bien debería estar sepultado en el fondo del océano, pero que no estaba de sobra, en el zoco de medianoche. Cualquier abominación podía ser el mercader de uno de aquellos tenderetes.
En el puesto que había a continuación se agitaba un mueble vivo, un aparador estirado que crujía perezosamente su madera igual que un barco mecido por un mar en calma. Frente a él se exponía el género; en concreto, personas. Niños inmóviles con etiquetas de papel pegadas sobre sus cabezas. El expositor vendía a la gente. Mercader y mercadillo habían intercambiado sus roles. Uno de los niños irrumpió en la escena profiriendo exclamaciones y alzando la voz en grito en medio de aquel aparatoso silencio.
—¡Señor! ¡Soldado! ¡Sí, usted! ¡Cómpreme, por favor! ¡Lléveme con usted! ¡Lléveme a su casa, lléveme al cuartel, o lléveme a la guerra, pero no me deje aquí con él, por favor!
El vetusto y siniestro mueble se agitó y combó sus listones, viéndose aludido. Emitió un rumor sordo y distante, muy propio de una enorme mansión victoriana construida en madera antigua; un chasquido de leña que sonó como un signo de interrogación.
—¡Solo valgo cien pesetas, señor! ¡Por favor, sáqueme de aquí, no se imagina usted las cosas que me hace este aparador de acacia negra cuando nadie nos ve! ¡Tiene usted que sacarme de aquí…!
El mostrador de madera informe levantó una viga maciza en alto y le asestó un porrazo en la cabeza al niño aquel. El chaval se partió y dobló, astillándose con ruido de madera seca, y de su interior brotaron termitas y carcoma.
Armando movió la cabeza a un lado y a otro, tratando de sacudirse aquella pesadilla de encima. El cabeceo le hizo poner los ojos sobre el escote de una hermosa mujer sin cabeza y sin brazos que exponía en su tenderete esas esferas de cristal transparente que parecen albergar en su interior un paisaje nevado. Armando siempre quiso tener un juguete así cuando era pequeño, de modo que no pudo evitar dirigirse en línea recta a aquel puesto y ponerse a mirar las esferas, botellas y semiesferas de vidrio. Algunas contenían humildes cabañas de madera, otras albergaban iglúes o mansiones de piedra. Bastaba con agitarlas un poco para que se levantaran mágicos copos de nieve sobre los paisajes y que las respectivas escenas atrapadas en su interior cobraran vida artificial.
Había una esfera que era diferente a las demás, porque no era una estampa invernal, sino una especie de paisaje desértico. Llamaba mucho la atención. Destacaba sobre el resto del género lo mismo que la radio roja-roja había despuntado sobre las otras. Así que Armando, consumido por la magia tramposa del zoco, no pudo evitar ponerle la mano encima a aquella esfera y sacudirla levemente. La sorpresa entonces file aún mayor.
Al agitarla no se alzaba nevada alguna, sino que parecía levantarse una tormenta de arena.
Armando dedujo que en el líquido espeso y transparente que contenían aquellas esferas podía flotar perfectamente un sucedáneo de nieve, o un puñado de arena de cuarzo. De modo que aquella esfera era diferente en aspecto, pero igual que las demás en esencia.
El cabo primero la tomó en sus manos. Pesaba bastante y tenía el tamaño de un balón de fútbol. En su interior se adivinaba, envuelta en un tenue enjambre de arena, la construcción de una nave industrial.
Una edificación que le resultaba familiar a Armando.
Demonios, si era el barracón de artillería. Su barracón.
Armando se acercó al vidrio todo cuanto pudo, casi hasta pegar sus ojos a la esfera, y admiró el detalle con el que se había representado el edificio en el que se supone que dormía él.
Se supone, porque de repente se abrieron las puertas del barracón que contenía en la esfera de cristal y salió de la nave industrial la figura en miniatura de Armando, caminando sonámbula.
El soldado se contempló a sí mismo obedeciendo en sueños a la voz que había salido de la almohada y le había dado las instrucciones, ordenándole cruzar la tormenta de polvo en dirección a la garita perimetral del acuartelamiento. La garita en la que soportaba Abdelhamid la guardia de aquella noche tan tórrida, junto a otro soldado raso.
Es lo que tiene, eso de sostener conversaciones en sueños, que se entra en estado hipnopómpico y la voluntad del durmiente se anula. Termina confesando cosas, u obedeciendo órdenes a cambio de algo tan banal como unos felices y plácidos sueños. Armando me iba a vender su alma por un plato de lentejas, porque lo único que me había pedido a cambio de un momento de obediencia fugaz era un espléndido sueño, «uno que durara mucho tiempo, que lo sacara de aquel asqueroso barracón de reclutas y lo llevara bien lejos, preferiblemente para no volver jamás». Ah, me encantan los humanos.
Abdelhamid apenas podía ver en medio de aquel vendaval de arena que se había levantado de repente. La tormenta arreció y trajo consigo una fina lluvia de barro. Aquello que había empezado como un cálido solano se estaba convirtiendo en la típica calima que transporta ráfagas de polvo del desierto del Sahara.
Le pareció adivinar una figura moviéndose en su dirección, así que procedió a ejecutar el protocolo.
—¡Alto! ¿Quién va?
Armando siguió avanzando peligrosamente en dirección a los dos retenes, obedeciendo en sueños las órdenes de la radio roja que llevaba en la mano.
—¡Santo y seña!
El ulular del viento, la oscuridad, la severidad de las guardias de custodia de los artilleros… Y Abdelhamid, que estaba tan harto de que le ningunearan por ser musulmán como dispuesto a hacer cuanto hiciera falta para demostrar a toda su compañía que era capaz de efectuar su trabajo con mayor diligencia y determinación que nadie. La España de hace medio siglo tampoco trataba bien a la gente como Abdelhamid.
La calima arreció todavía más. En medio de aquel enjambre de motas de polvo que mordían a los ojos y hacían escupir a la garganta, apenas podía distinguirse a un hombre caminando en dirección al puesto avanzado. Un hombre que ni se identificaba ni se detenía.
El protocolo tenía claro cuál era el procedimiento para estos casos.
—¡Santo y seña o disparo!
Abdelhamid también.
Bum.
Bum.
Bum.
¡Je, je, je!
Me encanta mi trabajo.
Mientras tanto, en las Tierras del Sueño, Armando asistía impotente a aquella escena, boquiabierto ante la esfera de cristal en la que se agitaba la escena de su muerte.
Supo al instante que se iba a quedar atrapado para siempre en el zoco de medianoche, que la pesadilla no iba a tener un final. Que no habría un despertar después de aquello. Lo supo y luego tuvo años sin término para horrorizarse ante la idea, en el zoco de medianoche.
Pero lo más espantoso para Armando fue ver cómo Abdelhamid arrancaba la radio roja de sus dedos moribundos justo después de enviar a su compañero de guardia en busca de asistencia médica.
Todavía me quedaba trabajo por hacer, con aquella compañía de artilleros.
V
El padre de Abdelhamid se acababa de jubilar. Había servido en las Fuerzas Regulares Indígenas del Ejército de Tierra durante la guerra y luego en el acuartelamiento de los regulares de la ciudad de Ceuta, tras rechazar la oferta de integrarse a la Guardia Mora de Franco para ocupar, después, un cargo de teniente con menor sueldo y menores riesgos, pero mucho más cerca de su familia, oriunda de Tetuán.
Al parecer había sido mucho más fiero y eficaz en combate de lo que su sonrisa bonachona aparentaba, porque tenía varias condecoraciones y medallas que así lo acreditaban. Y no le temblaba la voz al admitir que había sido el mejor soldado de todo su tabor. Tampoco parecía haberle costado mucho enchufar a su primogénito, Abdelhamid, como voluntario en la unidad de artilleros de Ceuta, al poco de conseguir la nacionalidad española, tras la declaración de independencia de Marruecos. Con todo, la familia de Abdelhamid era una de las familias españolizadas de la época, españolas solo en el papel, porque vivían en el barrio más marroquí de toda la ciudad. Y eran más moros que una tajine de verduras.
Abdelhamid tenía todos los privilegios que podía tener un hijo del Magreb en aquel escenario: estudios primarios, nacionalidad española, un empleo como militar profesional en su misma ciudad de residencia (por lo normal, el ejército de la época prefería destinar a la Península a los ceutíes y a Ceuta a los peninsulares), y lo más importante de todo: el pase de pernocta. Un documento que te permitía irte a tu casa a dormir en lugar de hacerlo en el barracón de tu compañía. De modo que Abdelhamid era algo así como la prueba viviente de que en las tropas de la época ya no había sitio para el racismo, pese a que la pensión de su padre no era, ni por asomo, la propia de un héroe de guerra. Ah, la España de los sesenta, tan contradictoria. Entonces ya se trataba de terminar con la discriminación racial, sin conseguirse del todo. Los tiempos cambian, el demonio no.
Eran ocho hermanos, en su casa; y Abdelhamid traía más dinero que nadie, de modo que se había convertido, desde hacía cuatro días, en el que tiraba del carro. Eso le había granjeado una habitación que no tenía que compartir con sus hermanos, lo cual le brindaba cierta intimidad y autonomía… No en vano le había supuesto un gran esfuerzo. Todavía le costaba creer que tuviera su propio cuarto.
La joya de aquella corona iba a ser tener su propia radio. Una que escuchar en solitario, una cuyo dial no tuviera que compartir con nadie, una con la que escuchar las emisiones locales de Ceuta y de Melilla, que resultaban demasiado árabes para los artilleros peninsulares con los que trabajaba Abdelhamid y demasiado españolas para la familia del joven soldado. Pobre Abdelhamid, tan desubicado, atrapado entre dos mundos. Mestizo.
Solitario.
Era lo único que faltaba en la vida de Abdelhamid, la compañía, las mujeres. No estaba teniendo suerte. Hacía dos años que buscaba novia y no quería conformarse con cualquier cosa. Se había vuelto diferente a los muchachos de su barrio. Solo se le ofrecían las jóvenes que no le interesaban. Siempre veía a otros llevarse las que más le gustaban. Ya contaba diecinueve años y todavía no veía cuándo iba a poder casarse.
Así que salí yo de la radio. Limpié la emisión que escuchaba Abdelhamid, imponiendo aquel silencio tan digno que me gustaba emplear para apuntalar mis intervenciones, y hablé, largo y tendido, con mi discurso habitual, esta vez en árabe.
Le hablé de las mujeres que le gustaban y le revelé sus intimidades, demostrándole que aquello iba en serio, que sus secretos no existían para mí. Le ofrecí a Sayyida, a Malika y a Khenza. A las tres. Todo a cambio de que me obedeciera durante unos instantes, solo unos minutos.
Abdelhamid me escuchaba con los ojos muy abiertos, sin moverse ni decir absolutamente nada, convirtiendo todo cuanto yo le decía en un asqueroso monólogo. Es que Abdelhamid era un hombre sencillo. Sencillo e inteligente.
Así que, tras escuchar mis promesas durante media hora, me respondió:
—La, Shukran2.
Y apagó la radio.
Se quedó mirando aquella máquina roja mientras yo maldecía, impotente, desde el infierno. Tal vez había visto demasiado, se había fijado en lo que les había pasado a sus amigos, tal vez se olía lo que el radiorreceptor podía hacerles a los hombres. Tal vez las leyendas islámicas que hablan de los djinn perversos que conceden deseos tramposos y envenenados a los incautos le habían prevenido… O tal vez fuera lo que dijo entonces Abdelhamid, hablando en voz alta y en perfecto castellano, al guardar la radio en su estuche de cuero. Dijo algo que había aprendido de los españoles del barracón de mozos de reemplazo en el que hizo sus tres meses de instrucción como artillero.
—Harina del diablo, toda se vuelve salvado.
VI
—Me temo que esto es suyo —dijo Abdelhamid tendiendo el radiorreceptor rojo al tendero.
El tendero esbozó una sonrisa muy triste.
—Yo hice mi trato con esa máquina, lo mismo que con tus amigos. Luego, déjame que lo adivine, tus amigos hicieron sus tratos con ella, y todo se fue al diablo.
—Mis amigos están muertos.
—Porque pidieron para ellos. Yo le pedí al demonio que me permitiera comerciar con género único, con mercaderías que hicieran siempre felices a mis clientes, que hicieran muy especial a mi puesto en el zoco. Pedí vender siempre barato el paraíso, aquello que más desearan los hombres, lo que fuera. Y el premio fue vender ruina, muerte y desolación.
—Yo no pedí nada. Yo no hago tratos con serpientes.
—Sabias palabras, fill meu. Dicen que el diablo nunca hace tartas de las que no quiera comer la mejor parte… ahora la radio es tuya, supongo. Cuídate de ella, porque no es ningún regalo.
—Yo no la quiero. Solo he venido a pedirle que la devuelva al agujero del que salió, porque no consigo destruirla ni abandonarla. Siempre vuelve a mí. No me sirve de nada tirarla por un precipicio, quemarla, destrozarla o lanzarla al mar… luego siempre termina apareciendo en mi petate, en mi habitación, en mi bolsillo, bajo mi almohada. A veces se enciende sola por las noches y me susurra cosas terribles al oído. Tengo miedo de que termine apoderándose de mí en cualquier anochecer. Me paso las noches rezando y tratando de no dormirme, porque temo que algo horrible me suceda pronto. Por favor, es usted mi última esperanza, dígame cómo puedo deshacerme de ella.
—¿Yo? ¡Yo llevo un año tratando de hacerla desaparecer de mi aparador, mi joven amigo, y luego siempre termino vendiéndola! ¡Tengo que venderla, porque si no lo hago acabo siendo víctima de robos y atracos por parte de clientes que no están dispuestos a aceptar un no por respuesta! ¡Tengo que venderla o enzarzarme en otra jahidi de zoco con gente que ya no puede escapar del influjo de ese radiorreceptor! ¡Me guste o no, estoy condenando a vender esa infamia, y eso es exactamente lo que haré muy pronto, cuando vuelva esa cosa a mis manos, después de haber terminado contigo lo mismo que con todos los amos que ha tenido!

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