Texto aleatorio

Me tocó cancelar buena parte de la agenda promocional de ESTA NOCHE ARDERÁ EL CIELO para pasar por un quirófano casi sin deshacer las maletas y esta pesadilla fue el resultado. Culpa del propofol y el miedo, que suelen ir juntos pese a que no combinan bien.

El relato parece estar maldito: me lo han contratado ya en cuatro ocasiones pero, por motivos de lo más variopinto, ha llegado inédito hasta aquí.

ENTRO EN LA ESTACIÓN MEDIO COJEANDO. Llevo el paquete™ en una mano, con la otra me aprieto el balazo. Traigo un tiro encima como el que llega a una terminal con demasiado equipaje que facturar.

Pierdo poca sangre porque el plomo que me han metido junto al hombro hace las veces de tapón. Cuando me lo saquen voy a soltar más caldo que la mesa de un quirófano. Estoy muy dolorido y bastante mareado, pero apuesto a que las fuerzas no me fallarán hasta que me haya subido al tren. Soy un amasijo de músculos tensos y sudor frío, me rechinan los dientes, me flaquean las rodillas. Tengo que salir de este sitio antes de que empiece el desfile.

Miro sobre mi hombro y al moverme veo las estrellas, aunque todavía no han salido. En la calle el atardecer es una multitud de fieles y vallas guarnecidas por hombres armados. En diez minutos sale el tren, en quince habrá llegado el pontífice y en veinte habrá estallado la bomba que acabo de poner en el reloj de la torre. Darán las campanadas y con la primera volarán cien calles, llevándose por delante a toda la horda de fieles, a media megalopolis y al cabeza de la Iglesia, que se cocerá como un pollo al microondas. Vendrá en su carro blindado y acristalado, y si la urna de plastiacero transparente de la cabina de su vehículo resiste la onda expansiva, solo quedará, dentro del envase en el que lo han metido, una bonita escultura carbonizada y adornada con una tiara de oro.

Con suerte, el amasijo de escombros y fuego no barrerá su cuerpo, se preservará sin pulverizarse. A su santidad le estallarán los globos oculares y se le quemarán los ropajes y los tejidos carnosos en cuanto el aire que respire se ponga a 1200 °C. Para regocijo de los míos, la foto de la urna con el Gran Sacerdote Sapo se convertirá en un bonito trending topic. La audiencia subirá como la espuma nada más los bomberos apunten con los móviles a lo que quede de su estampa. Aunque yo, si quiero vivir para ver el cadáver pontificio, primero tendré que salir vivo de la megalopolis.

Y ya me ha costado un impacto de bala llegar hasta aquí.

En la estación no me encuentro con el bullicio que cabría esperar visto lo que se está fraguando en la calle. Solo somos cuatro personas las que nos hemos reunido aquí para salir del sitio en el que todos los fieles del planeta ansían entrar. El mundo entero ha venido hasta este lugar para ver un espectáculo histórico, y apenas cuatro herejes osan hacer el viaje opuesto y darles la espalda. Hay algo en nosotros que recuerda a esos coches que transitan por la izquierda durante una operación salida, solo que nosotros somos los únicos inmersos en una operación salida esta tarde.

Tomo asiento en el banquito que hay junto al andén. La megafonía dice que el tren con destino a la salvación llegará en pocos minutos, pero nosotros no nos inmutamos ni nos despedimos de nadie, ni arrastramos maletas. Solo miramos hacia un lado, al punto en el que los raíles se unen. Me pregunto si las tres personas que me acompañan vitorearán lo mismo que yo cuando el desfile papal haya volado por los aires.

Ella parece una estudiante. Lleva libros, el pelo de un color chillón, ropa juvenil y barata, pero de diseño; con esos zapatos caros y una especie de bata. Él, en cambio, está hecho de unos tatuajes pensados para evitar la tela: lleva pantalones militares y un chaleco rojo de tirantes que deja ver sus brazos fibrosos y delgados, que dicen que lleva una vida torcida, que le gusta tomar las curvas a toda velocidad. Luego está la anciana de ojos saltones. Luce un bigote que ni los gatos. Parece salida de un geriátrico barato. Tiene sobre las rodillas una bolsa de plástico en la que parece haber una olla. Cualquiera diría que le lleva un cocido a su nieta.

Esperamos el tren sin que nadie pregunte si esta es la vía que se dirige al agujero al que se supone que voy. Mi plan consistía en abandonar el lugar del atentado con la motocicleta que me dieron en la embajada, pero mi plan se ha ido al carajo y ahora no soy más que un fugitivo entre estos otros tres, que apuesto a que también improvisan una evasión. Espero que no me venza el impacto de bala que acabo de encajar, que no me fallen las fuerzas. A ratos siento mareos y me ahogo.

Ojalá no haya más agentes como el que ha tratado de detenerme. Temo que entren en tropel en la estación para prenderme y muramos todos mientras me meten en un furgón policial de los que van directos a los centros de detención.

Porque me acusarán de herejía antes que de terrorismo.

Si las fuerzas del orden no aparecen pronto, será que el golpe me ha salido bien, y que su santidad no verá la puesta de sol desde el púlpito en el que pretende dar su parlamento y sus homilías incendiarias para hoy. Y si encuentran la bomba antes de que el carro blindado del pontífice haga su aparición por la calle principal supongo que abortarán la visita papal en medio de un terrible alboroto, y yo, al menos, podré consolarme con haber orquestado un buen intento de deicidio.

Ahora todo depende de que el tren que tiene que sacarme de aquí lo haga con diligencia y sin retrasos. Estoy a merced del transporte de cercanías más inmediato. No puedo evitar preguntarme si realmente fletarán la locomotora para infieles como nosotros, para los que pudiendo asistir al sacrosanto acontecimiento prefieren alejarse de él. ¿No nos enviarán a la policía religiosa o a una ambulancia, en vez de a un tren de cercanías? ¿De veras habrá un maquinista dispuesto a sacar a la gente de aquí en un momento como este? Y eso ¿no le valdrá diez penitencias?

La megafonía insiste en recitar las salidas inminentes. Hay dos. La nuestra y otra programada para dentro de una hora y media, momento en el que empezarán a abandonar el distrito los más descreídos de entre todos los creyentes. Me sorprende ver que nuestro tren se anuncia sin ningún signo de desprecio. Va a ser que sí habrá camino de vuelta, una vez alcanzado el despropósito. La señora del cocido, el hombre de los tatuajes y la joven universitaria saldrán de aquí acompañándome al rincón al que pienso ir para no calcinarme con el resto de los congregados. Esto marcha.

Pasan. Los. Minutos. La pantalla de diodos de la estación alterna las tablas de salidas y llegadas de los trenes con la retransmisión en directo del desfile. Nos premia con planos de las calles que tenemos cerca, abarrotadas de fieles. Pancartas. Gentío exultante. Multitudes cantando y rezando. Fanáticos que se desgañitan y flagelan con cilicios. Arrepticios que braman y babean ante el recorrido de las carrozas que les tienen que sanar al paso. Un plano general de la avenida principal de la megalopolis, al fondo de la cual aparecen los primeros vehículos de la comitiva papal. Luego anuncian los capítulos de la nueva temporada de House en la tele de pago y, acto seguido, tratan de vendernos un seguro dental.

De nuevo ponen las tablas con las salidas. Parpadea la del cercanías que trato de coger. Esto se va resolviendo y parece que pinta mi color. Dos minutos para mi tren, siete para su bomba. Otra vez en la pantalla un plano de la comitiva del pontífice. La cámara más lejana de todas las que cubren el acontecimiento es rebasada por el Santo Batracio. Ahora vemos el carruaje blindado de su santidad desde atrás. La figura del enorme sapo peludo tocado con la tiara de oro está cubierta por una cúpula transparente pero cubierta de guirnaldas y confeti. Las masas gritan enfervorizadas, pero nosotros desde aquí solo podemos oír la voz del operador de la estación anunciando la llegada de nuestro tren.

El pontífice saluda a los fieles agitando el báculo, dando saltitos e inflando y desinflando el saco de su sotabarba. Hace aspavientos y lanza bendiciones con su mano palmeada y rematada por dedos de yemas coronadas por ventosas. Me pregunto cómo habrán hecho para ponerle los anillos al Sagrado Sapo. La voz de la megafonía insiste en que nos preparemos para subir al tren antes de despedirse con un mensaje de condenación para los infieles. Algo entre lo primero y lo segundo me suena demasiado bien conectado.

Entonces el horizonte nos dispara una locomotora que llega secundada por un convoy de un solo vagón. Es pequeño, un tren con dos coches, pero suficiente para mí. Ya casi lo he conseguido.

Creo que esto va a salir bien, hasta que reparo en la clase de ferrocarril que han reservado para nosotros.

Parece una máquina de vapor. ¿Cómo puede ser que sigan dando servicio las locomotoras tan viejas? ¿Será uno de esos trenes de época que fletan para recorridos turísticos?

La propulsora es de acero negro. Rueda sobre ocho ejes articulados con una traviesa longitudinal, lo mismo que los trenes del siglo dieciocho. Es una máquina vetusta que no presenta vidrieras ni bastidor acristalado en la cabina. Tiene una chimenea calafateada con brea que escupe aparatosas vaharadas de humo carbónico y hollín. El maquinista es un enano contrahecho al que parecen haber confeccionado a medida el peto de la Cruz Roja que lleva puesto.

Un revisor ciego sale del único vagón. No es que lleve un bastón o un perro guía, es que le han vendado los ojos. Masca chicle con prisa, tiene la cara dominada por media docena de tics y lleva el uniforme manchado de sangre como si acabara de salir de una charcutería. Salta al arcén junto a las vías del modo en que haría si pudiera ver algo tras las gasas que le recubren la mirada y exclama.

—¡Pasajeros, al tren!

La abuela del bigote de gato se levanta renqueando como si la olla que transporta pesara cuarenta kilos. Camina con pasos cortos hacia la portezuela del vagón, sin que las fuerzas ni la determinación le flaqueen.

La muchacha de los libros se aparta las greñas de la cara ahora que la nube de aire caliente que envuelve al tren acaba de escampar. Suspira y sale tras la anciana. Ella también va a coger el tren de la bruja que sale del país de los santos.

El hombre de los brazos nervudos me observa con inquietud. Parece preguntarme si yo también pienso subirme a la abominación de vehículo que nos acaba de escupir la estación. Yo le miro y no me atrevo a pronunciar palabra. ¿Qué le puedo decir? ¿Que yo tampoco tengo mejor opción que meterme en un convoy demencial? ¿Que ni me atrevo a subirme a ese espanto de tren ni a quedarme en la estación?

Nos ponemos en marcha los dos a la vez, como si nos hubiéramos leído el pensamiento, y entramos en el vagón de ventanas sin acristalar, tras tratarnos de ceder el paso el uno al otro. Yo trastabillo y él me mira con preocupación. No sabe si preguntarme si voy muy puesto o qué.

El interior de la batea para el pasaje tiene una bancada central sin respaldos, enfrentada a ambos lados con dos asientos, que se estiran longitudinalmente por las paredes del vagón, circundándolo. La disposición deja sendos pasillos paralelos al eje central. Todo el recinto y el mobiliario están hechos con una madera de ébano envejecido en la que se pueden leer mil inscripciones hechas con llaves y uñas: «Héctor quiere a Ana», «Aquí estuvo el Coronel Pestuzo». «Anarquía y cerveza fría». «Hagas lo que hagas ponte bragas». Muescas que parecen salidas de la culata de un revólver o de la celda de una cárcel. Pollas, cráneos, corazones ensartados por saetas, curvas femeninas, nombres de grupos de música rock. Todo el vagón recuerda a la barra de un bar de los que huelen a orina y solo aspiran a vender cerveza barata.

Tomamos asiento y el revisor nos recorre como a los pasajes convencionales.

—Su billete, por favor —le dice a la anciana.

La anciana le extiende la bolsa de plástico en un movimiento espasmódico. El revisor la abre ligeramente. Hay una olla a presión dentro de la bolsa, como era de esperar. El hombre ciego entreabre la tapa de la cacerola y examina su contenido, como si lo pudiera ver.

—Muy bien, señora… ¿Usted? —⁠dice volviéndose hacia la estudiante.

La estudiante le extiende sus libros, asidos por una goma elástica. El revisor la retira con cuidado, parece que sí es capaz de distinguir algo a través de sus ojos vendados. Esto es demencial.

Inspecciona el lote de títulos, lee sus cubiertas. Son cuatro libros que examina complacido como el que recorre los cromos de una colección o los naipes de una baraja. Termina de pasar revista a la bibliografía y la vuelve a atar con la liga.

—Correcto, jovencita. El siguiente.

Me toca. No tengo nada que ofrecerle, ni billete ni nada en las manos más que el paquete™ que he traído con la mano que tengo libre. Con la otra sigo presionando sobre el impacto de bala que llevo. Me pregunto si no será ese mi ticket de viaje.

Dudo. No veo que darle. El dolor decide.

Le miro a los ojos. Los tiene forrados por una gasa. Un apósito bajo el que se revuelve algo. Parece que le hayan vendado dos lenguas en vez de los ojos.

Abro la cremallera del paquete™. En él hay cuatro pasaportes, varios salvoconductos que me tendrían que servir para cruzar la frontera, un espray de pimienta, una tarjeta de crédito falsa, dos móviles de los que no se pueden rastrear y un buen puñado de fajos de billetes de cien, metidos dentro de un sobre sin cerrar. Soy un estratega a la fuga. El paquete™ es mi baza para escapar.

El revisor toma el sobre y lo abre, sin dejar de mascar chicle a doscientas dentelladas por minuto. Su cuerpo es un amasijo de espasmos que hacen que salten sus hombros y se zarandee su cuello. El bulto bajo la venda que le recubre los ojos se agita cuando descubre mi tesoro y decide zanjar la evaluación de mi billete asintiendo con la cabeza. Parece complacido, igual que tras examinar los billetes del pasaje al que ya ha dado el visto bueno.

—Muy bien. ¿Y usted, señor del servicio de emergencias?

El hombre de los tatuajes le sostiene la mirada como si eso tuviera algún sentido y le responde sin preámbulos.

—Yo no tengo billete —dice, remachando la última palabra.

—¡Excelente! Lamento profundamente no poderle proporcionar un acomodo preferente, señor… pero en nuestro tren no hay más vagón que este. Usted perdone.

Y se gira para hacerle una estrepitosa señal al maquinista: se lleva los índices a los carrillos y expele un silbido atronador que me pone los pelos de punta.

El tren hace otro tanto y se pone en marcha como si fuera el carrusel de una feria moderna. Arranca de golpe y porrazo hasta adquirir enseguida una velocidad demencial que nos saca de la estación y nos pone de repente en un intrincado mapa de vías que culebrean por la salida del complejo ferroviario.

La locomotora busca su camino entre las rutas que escapan de la estación, titubea y hace quiebros hasta tomar la vía más desvencijada y obsoleta de todas, un pasaje de raíles enclavados entre malezas y matorrales que escapa de la ciudad por la puerta de atrás. El trazado nos lleva sorteando primero barrios bajos y luego solares abandonados para dejarnos fuera del casco urbano, entre acequias y campos de cultivo baldíos. Parece que hemos tomado el peor destino de todos los que barajaba la ciudad para nosotros.

Pronto se terminan los grafitis y la porquería, y el tren nos hace surcar un páramo de árboles calcinados donde una especie de reses enormes pastan sobre una maleza carbonizada. Son como vacas de ochocientos kilos que alguien ha vestido con batas blancas. Al fondo de la escena el sol se pone, en el horizonte, donde los edificios espigados de la megalopolis se desvanecen a toda prisa… Justo antes de que la enorme seta de una detonación se los coma. De repente la ciudad se ve envuelta en un espanto de luz y humo, pero ni la explosión de mi bomba ni el tren parecen hacer ruido alguno. Todo lo dejamos atrás en riguroso silencio, como si fuéramos en un velero. Y ni el temblor de las vías bajo el vagón ni la fricción del viento al recibirnos parecen levantar física alguna. El tren nos lleva lo mismo que el zoom digital de una videocámara, y así es como nos saca de todo y nos mete en la nada. El revisor salta en marcha del convoy de dos piezas y nosotros lo dejamos atrás como se dejan atrás las pesadillas. Para nuestros ojos no hay más visión que el hongo de la muerte, extraños pasajeros, y un escenario evanescente en el que el sol se pone y nosotros nos quitamos. Nos deslizamos.

Yo me relajo y dejo escapar un suspiro de alivio. A mi derecha la anciana hace otro tanto y deja su olla a presión sobre el banco, entre nosotros. Puedo notar que está caliente pese a estar a solo un palmo de ella. Algo hierve en su interior y me pregunto cómo es que la abuela no se ha quemado cuando la llevaba. Al frente, la chavala de los libros pelea por ponerse los cascos de su iPod en medio del lío que se le ha montado con los cables del fonendoscopio que lleva enroscado al cuello. A mi izquierda, el hombre de los tatuajes carcelarios saca del bolsillo una mascarilla de oxígeno y se la pone en la boca. Luego me la tiende como si me ofreciera un cigarrillo, pero yo no me atrevo a soltar el paquete™ ni a dejar de presionar la herida. Miro el tubo de plástico que sale de la mascarilla y desaparece en sus pantalones. Después me fijo en los motivos que lleva en azul sobre la piel: inscripciones en una lengua muerta y demonios, mujeres desnudas, una rosa, motivos aztecas. Tiene una lágrima tatuada justo bajo el ojo y una sonrisa en tinta roja que remata la comisura izquierda de sus labios en una curva que le mantiene siempre instalado en una sonrisa amarga. Es un payaso maquillado en tinta permanente. Las uñas las lleva pintadas de negro. Reparo en que va vestido con el chaleco reflectante de un paramédico de ambulancias.

El tren se enclava en una pendiente espantosa y el terreno se derrumba hacia una oscura depresión. Es como si cayéramos rumbo a una sima insondable. De súbito entramos en un horizonte negro y la oscuridad nos come. Miro hacia la locomotora para ver adónde nos dirigimos y veo cómo el tren se mete dentro de un enorme pozo que se abre poco a poco bajo los raíles para tragarse locomotora y vagón.

No recuerdo que la megalopolis estuviera levantada sobre ningún sistema montañoso. Es como si nos adentráramos en un gigantesco túnel. La rampa en la que estamos inclina el vagón hasta hacer que nos tengamos que sujetar al banco. Temo que la olla a presión de la vieja esté cargada de amonal. Que salga volando o que nos haga volar a todos por los aires.

El tren se zarandea y yo me agarro al asiento. Mi cuerpo salta y se agita con violencia hasta que la herida se me abre y con ella explota un agujero de dolor que me nubla la vista y me agota las fuerzas. Siento que una lanzada me atraviesa y con ella me convulsiono y desvanezco.

Despierto tumbado sobre el banco. Todo me da vueltas, pero el tren se ha parado.

Se ha detenido en una recta. No hay estación. Solo el tren de dos piezas, inmóvil, en medio de una avenida que parece hecha únicamente para los raíles.

Están las vías, un solo carril, flanqueado por andenes de hormigón. Estos a su vez quedan cerrados por sendas columnas de farolas. Es como un bulevar interminable muy bien iluminado, pero no hay gente ni coches ni árboles, únicamente la vía de un tren que surca la avenida sin que medie ningún paso a nivel. No hay bancos ni edificios a los lados de los andenes. Solo hay silencio, y más allá de las farolas, la oscuridad.

Una farola cada tres metros, dos columnas paralelas de puntos de luz en medio de la nada. Todo es una recta infinita. Y yo estoy en medio de ella, a solas. No hay rastro del pasaje ni del maquinista ni del revisor. Ni del paquete™. Me han esposado una de las muñecas a la nada. Llevo una pulsera puesta y al otro lado de la cadena de hierro un grillete que cuelga bien cerrado sobre sí mismo.

Me incorporo y doy voces, pero el sonido de mis palabras en medio de tanta quietud resulta enervante. Me confirma lo solo que me he quedado: ya ni mi voz me hace compañía. Miro a un lado y a otro. Lo único que parece habitar este sitio es la luz pulsátil de un cartel de neón de colores chillones que parpadea a lo lejos.

Así que abandono el tren y tomo la avenida de la derecha para caminar hacia el lugar señalizado. Antes, miro más allá de las farolas, pero apenas alcanzo a distinguir piedra y matorral, el horizonte parece haber desaparecido al igual que la luz de las estrellas. Es noche cerrada.

Echo a andar hacia el establecimiento del rótulo de neón, que parece más un prostíbulo que una estación. Camino vacilando y zigzagueando como un borracho. Me duele el hombro y buena parte del brazo, lo siento hinchado y palpitante. Mi pecho está ardiendo, y yo tiemblo y sudo sin parar. No parece haber hemorragia, solo una herida de bala que me contamina el cuerpo y no tengo ni la menor idea de dónde estamos mi plomo y yo. Qué es todo esto. ¿Por qué hay un anuncio de cartón cogido a una de las farolas en el que aparece un autómata entubado que cabalga una enorme camilla de hospital sin que medien rótulos ni palabras impresas? ¿Cómo es que acabo de descubrir al otro lado del camino una colosal valla de anuncios de carretera que dice que mis riñones salvarán dos vidas si me hago donante de órganos?

Habré caminado doscientos metros cuando el tren, vacío, me adelanta sin hacer ruido. Circula despacio, si es que lo hace, porque sus ruedas no engranan ni giran. Parece que locomotora y vagoneta se estén escurriendo sobre los raíles.

Veo desaparecer el ferrocarril bajo la luz de las farolas y reparo en que hay unas luces de ambulancia apagadas sobre el vagón, que lleva también un par de catadióptricos traseros que tardan una eternidad en desaparecer en la negrura. Veo oscurecerse y languidecer su estampa hasta que las dos columnas de farolas se unen para devorarla y cuando vuelvo la mirada al frente descubro que ya estoy cerca del establecimiento señalado con un neón fosforescente e intermitente. En él, solo hay dos palabras.

Parada cardiorrespiratoria.

Titila como un corazón. Dos fogonazos cortos, un periodo largo de oscuridad y otros dos fogonazos cortos. Parece palpitar vida en medio de la recta del monitor de soporte vital de un moribundo.

El establecimiento es una caseta de madera prefabricada frente a la cual se despliega un aparcamiento en el que cabría esperar la presencia de motocicletas pesadas, pero no hay más que grava. Parece un antro de carretera, pero solo es una parada cardiorrespiratoria. Presenta una puerta abierta de par en par. No tiene ventanas.

Entro en el garito. Está dominado por una barra en la que se pueden leer mil inscripciones hechas con llaves y uñas. «Héctor quiere a Ana». «Aquí estuvo el Coronel Pestuzo». «Anarquía y cerveza fría». «Hagas lo que hagas ponte bragas». Muescas que parecen salidas de la culata de un revólver o de la celda de una cárcel. Pollas, cráneos, corazones ensartados por saetas, curvas femeninas, nombres de grupos de música rock. En el sitio, al fondo, también hay una máquina de dardos, una rocola tragamonedas, mil taburetes, cuatro mesas, y una es de billar. Logotipos de marcas de cerveza y suministros médicos en neón. Una enorme televisión, muda, que muestra planos de las ruinas humeantes del corazón de la ciudad que acabo de volar por los aires. A los pies de la emisión corre la banda de un news ticker rojo que alterna cotizaciones bursátiles y titulares de prensa sobre las cifras estimadas de la masacre. No hay nadie en el sitio, solo mi ex esposa, que está tras la barra. Lleva puesto el delantal que le regalé y nada más.

Así es como me gusta recordarla.

Tomo un taburete y me siento frente a la barra. Ella me toma de la mano que no llevo engrilletada. Caigo en la cuenta de que tengo la vía de un gotero cogida a la muñeca de esa mano, pero al otro lado del tubo de plástico no hay gotero alguno. La intravenosa entra y sale a una cánula que desaparece en mis pantalones. Para mí ya todo es un océano de detalles a la deriva, que no consigo hilar ni atar en corto. Todo me sucede muy turbio y muy despacio a la vez, sin que nada cobre más forma que la del vértigo de un hospital. Solo estamos ella y yo en la barra de un bar que se parece mucho al bar al que íbamos a menudo.

Del baño sale la vieja de la olla a presión. Hoy hemos compartido baño, habitación y los cuidados de la médico residente que nos acompañaba en la ambulancia hasta este sitio. Ahora también compartimos espacio en la barra libre de la parada cardiorrespiratoria.

—Vengo de hacer algo horrible —⁠le digo a mi ex esposa.

—Lo sé.

Callamos un momento.

—Todo el mundo lo sabe —añade ella.

La miro fijamente. Todo me da vueltas. Creo que voy a desmayarme otra vez.

—¿Y qué te parece el resultado? —⁠me pregunta.

—Salió bien. Y salió mal —le digo yo.

Ella sonríe con amargura, me acaricia los dedos como solía hacer y luego me sirve un vial de morfina en una jarra de cerveza. En la tele sale la foto de mi carné de conducir y luego un anuncio de champú.


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