Texto aleatorio

Este relato es de los que dieron lugar a mi novela más incomprendida, ESTA NOCHE ARDERÁ EL CIELO. La figura del hombre lobo siempre me ha parecido un formidable tótem simbólico que abordar… tangencialmente.

Es otro de mis oníricos demenciales. Fue publicado originalmente en el segundo número de la revista PRESENCIA HUMANA (Jot Down, 2013).

Off through the new days mist I run,

out from the new day’s mist I have come.

I hunt, therefore I am,

harvest the land,

taking of the fallen lamb.

«Of wolf and man»

I

EL CAPITÁN TOMÓ ESTE SITIO y luego lo soltó.

Dio parte por radio, informó al Estado Mayor de que habíamos alcanzado la posición. Le dijeron que debía mantenerla y seguir avanzando.

Mantenerla y seguir avanzando.

Una fortificación fronteriza en medio de la espesura. Al frente, el frente. Nada de resistir en la plaza, no. Nada de preparar una defensa ni de hacerse fuertes en el búnker. Nada de eso, nada de lo esperado para esta posición. Solo órdenes, en firme, de mantenerla y seguir avanzando.

Así que, tras dos días de espera de instrucciones, llegaron las comunicaciones y el Capitán dejó a mi compañía a cargo del bastión. El resto de la cuarenta y cinco levantó el campamento y partió hacia los destellos y las detonaciones del horizonte.

Mis hombres recibieron como una bendición la noticia. No solo es que sean unos cobardes, es que querían quedarse en la retaguardia, y que para eso me los habían confiado.

Estoy al mando de un pelotón de heridos, torpes, amonestados, borrachos, trastornados, enfermos. No es que nos hayan dejado a recaudo de una posición estratégica para cubrir la retirada de la cuarenta y cinco, no. Es que nos han abandonado aquí, en medio del bosque, con rancho para dos semanas; en medio de una guerra que ya dura dos años.

Somos los descartes de una partida a la que juegan con cuatro barajas. Media Europa busca efectivos que reclutar, aunque sea debajo de las piedras. A nosotros en cambio nos dejan abandonados en el camino.

Somos la mosca cojonera de esta gigantesca mierda. Hijo, tú quédate aquí y guárdame las gafas mientras yo majo a hostias a ese malo. Ni se te ocurra meterte en camisa de once varas, limítate a cuidarme las lupas, que valen una pasta gansa.

Todo muy bonito si eres un gilipollas o un achantado, pero es frustrante si te alistaste porque querías entrar en combate.

Yo jamás imaginé que me pudieran ascender a sargento para ponerme a cargo de los inútiles. Nunca esperé que luego decidieran dejarme en medio de ninguna parte para que me pudriera con los, mis, desgraciados. Sospecho que mi falta de conexión con algún que otro oficial tuvo mucho que ver. Tenían que dejar pasar algunas bazas, soltar lastre, descartar efectivos. Así que nosotros tuvimos que aparecer. Fueron apartando hombres y luego hubo que arrinconar a un mando. Yo.

Pero eso fue hace diez días. Desde entonces que mantenemos la posición. Vaya si la mantenemos.

Algo nos ha sitiado.

Aunque no alcanzamos a decir qué es.

En la oscuridad que campa afuera del fuerte hay una jauría de cosas que ladran y muestran puntos rojos desde la espesura, en pares muy juntos. Ojos de bestias que nos rodean en un asedio que cada vez se hace más evidente. Aúllan al unísono en coros aparatosos y mueven violentamente el ramaje cuando saltan y corren a una velocidad demencial dentro de la negrura.

Uno de ellos se sube a la copa de un cedro y agarra un violín con ambas manos.

Toca algo para nosotros desde la distancia.

Veo su silueta despuntar obscena contra la luz de la luna. Miro a los tizones de sus ojos. Maldigo porque no tenemos ni un francotirador que pueda hacerle blanco al violinista desde esta distancia.

Las notas que toca tienen el mismo timbre que los aullidos que lo jalean.

Parecen salir de cien gargantas de hipopótamo.

II

Ardió la ciudad y quedaron los rescoldos y los armazones ennegrecidos de lo que hubieron sido edificios, avenidas, catedral. Bombardearon hasta nuestro cementerio y nuestras cuatro fábricas de papel. Un día, al poco de que cesara la barbarie, nos encontramos despidiendo a un éxodo de supervivientes: nadie iba a querer vivir en nuestra ciudad tras ver destruidas las cuatro fábricas de papel que la sostenían, de modo que familias enteras nos abandonaron tras la tragedia. De pronto la gente se había ido, con ella se apagaron las luces y el bullicio. Nosotros nos quedamos a barrer las ruinas y luego vino él.

Envuelto un abrigo de pieles y en la tonada de un violín.

Se instaló en la catedral. Se hizo ver en el tejado, de la catedral. Y se puso a tocar, cada noche.

Desde que vino nos preguntamos qué quiere.

Qué puede traer hasta un sitio devastado a un hombre que no parece formar parte de él.

Ahí está, sentado en la grupa de una gárgola. Tocando serenatas a la luz del cuarto creciente. Ya no hay ni un gallo que nos cante cuando sale el sol, pero es salir la luna y él se pone a tocar.

Termina en cuanto empieza a clarear. Mi padre dice que se irá en cuanto vuelva la gente o lo hagan los soldados, que no es más que un fugitivo, o un desertor. En cambio mi abuela dice que el violinista no es de este mundo.

No lo son sus partituras.

Porque lo cierto es que no toca como lo haría ningún otro. No toca de oído, ni de buen gusto. Toca como tocaría la gárgola. Mi abuela se pregunta si la gárgola es quien le habrá enseñado.

Yo suelo salir a la ventana y le veo blandir el instrumento. Se retuerce con las notas agudas, se estira con los sostenidos. El violín aúlla y maldice a la luz de la luna. Lo que suena no es una romanza ni una ronda, es un reclamo para los lobos. Es nuestra nueva sirena antiaérea.

Pero ya no hay más aviones interesados en machacar lo que queda de nosotros. No es que nos quede nada que ofrecer como blanco. El río ha anegado los lavaderos, los puentes que lo atravesaban fueron destruidos el año pasado. Somos poco más que el fantasma de una ciudad pequeña que abandonar a su suerte, que dejar a merced de los lobos.

La carretera que nos conectaba con el continente está horadada cráter a cráter. La gente tuvo que abandonar el casco urbano a pie, apenas pudieron hacerlo ayudadas de bicicletas y animales. Ni un vehículo saldría o entraría en nuestra ciudad ahora. Solo un violinista podría visitarnos.

Lleva un traje de levita. Barba y pelo enmarañado. La piel de una bestia a los hombros le ofrece las fauces a modo de capuz. Se mueve como un hurón por las bóvedas y las agujas de la catedral a medio bombardear. Creo que a veces se mete por dentro de las balconadas y entra en el templo para tocar el órgano de tubos, porque diría que al órgano de tubos también lo he oído aullar cuando hay luna llena.

—¡Mi padre dice que usted es un desertor! —⁠le grito desde la plazoleta que hay frente a la catedral.

Ya no lo aguanto más. Esta noche he salido para increparle. Estoy harto, solo y cansado de él.

—Hay formas de traición mucho peores que la deserción —⁠me responde. Y reanuda su sinfonía. No parece sorprendido de verme plantado frente al pantocrátor.

Estoy en pie ante las puertas de la catedral. Veo el tímpano de la portada y sobre sus arcos, la fachada. La remata un canalón alado, en el que se ha sentado a horcajadas el violinista en traje de levita y capa de lobo.

La quimera cornuda que le hace de montura ofrece unas fauces que se abren en una vía de desagüe de las que vierten sobre la plaza: toda una gárgola tallada en la piedra de la catedral. Sus vómitos me anegarían si se desatara una tormenta ahora mismo, pero la única tempestad que se desata sobre mí es la de los acordes del violín, vociferando a la luna igual que un reclamo para las alimañas del bosque.

—¡Toca usted como el culo! —⁠le bramo.

—Esto no es una pieza para niños, es una canción para las jaurías —⁠me contesta. Y reanuda sus notas estridentes.

Pero en la espesura que envuelve nuestra ciudad no ha habido lobos desde los tiempos de mi tatarabuelo.

Me tapo los oídos y vuelvo a mi casa. Ya he visto a hombres más templados que este perder la chaveta desde que empezó la guerra. Uno más no me va a afectar. Lo que me tiene muerto de sueño desde hace días es su violín.

El invierno sigue su curso y nosotros nos afanamos en avituallarnos como buenamente podemos. Salimos al bosque varias familias juntas y los mayores buscan caza, recorren cepos y cotos. Los ancianos y los niños recogemos lumbre para las chimeneas. No hay ni rastro del violinista recién llegado.

Tampoco hay caza. Parece que los animales hayan abandonado el bosque lo mismo que las personas han abandonado la ciudad. No encontramos rastros de corzos ni cagadas de conejo. Hasta se diría que las aves se han marchado de aquí.

Eso sí, hay manadas y manadas de perros rondando la ciudad.

Son perros, no lobos. Los lobos no pueden ladrar.

Perros asilvestrados, de todo tamaño y condición. Mascotas enrudecidas por el abandono. La radio habla mucho de masacres en los campos de trabajo y de crímenes de guerra, están muriendo millones de personas en el viejo continente. Todo el mundo piensa en sus familias, en todos esos niños que han perdido a sus padres. Nadie se pregunta qué se habrá hecho de los perros de los muertos en medio de toda esta calamidad.

Nosotros hace días que vemos cómo muchos de ellos van a parar aquí. El río los lleva monte arriba hacia la foresta que rodea nuestra ciudad. Se han adueñado del extrarradio, del suelo en el que desplegaban las fábricas de papel y las viviendas que hizo levantar en torno al pueblo que éramos. Nuestro es el casco viejo y a los pocos que quedamos por aquí nada nos importa si las alimañas se han hecho con el control de las calles que ya no habita nadie.

Cosa bien distinta es si los perros asilvestrados se apoderan ahora del bosque. El bosque es ahora nuestra fábrica de papel. Sus árboles no sirvieron en su día para darnos de comer, no son buenos para laminar pasta de madera. Solo sirven para darnos de comer ahora que hemos vuelto a ser un pueblo de montaña.

Si una jauría de perros asilvestrados se cruza con un número reducido de los nuestros dará buena cuenta de ellos. Los perros que se vuelven salvajes no huyen de los humanos del mismo modo que hacen los lobos. No son puro instinto de bosque y caza, son una especie mucho más astuta, dolida, tocada por la mano del hombre a la que ahora bien puede morder. El alcalde ya nos ha dicho que los perros que quedan abandonados son mucho más peligrosos de lo que parece, que son el peor enemigo del hombre, que no tienen reparos en comer personas. Que habremos de organizar batidas para hacerles retroceder.

Mi abuela dice que todos esos perros han venido aquí desde que el violinista ronda a la luna en los tejados de la catedral. Que ese hombre los está llamando.

III

Antes ha sido una diletamida y algo de metanfetamina, ahora son blue stars, mitsubishis y bad boys. Mi cabeza es una olla a presión en la que las pastillas de colores se estofan lo mismo que los garbanzos.

Y hemos venido aquí a por un buen cocido.

Ibiza, viernes por la noche; esto es un after de carpas al aire libre lleno de idiotas en el que me descabezo con dos tíos a los que he conocido en el vuelo Low-cost. Ahora un palique y unas risas, ahora unas copas y salimos de la carpa dance para fumar, ahora un bailoteo si ponen algo lo bastante enloquecido, después vendrán unas rayas en el baño.

Hoy hay luna llena, no sé si en el cielo o en mi cabeza. Mañana es nunca y ojalá que nunca se haga por la mañana. En este sitio sin techar, cuando la noche deja de ser nini, el cielo comienza a clarear y las estrellas se nos apagan. Miro el reloj. Tengo dos horas para desfasar y luego vendrá el sol. Tras él, despertaré hecho una piltrafa quién sabe dónde y no recordaré nada de lo que haga a partir de ahora.

Así que ahora soy una bestia, todo me está permitido. Voy a cuatro patas hacia donde diga mi rabo. Babeo si veo otra vez a la andaluza esa que ha venido a pedirnos XTC como si fuéramos el LIDL. Creo que si vuelvo a tropezarme con ella por la barra como quien no quiere la cosa voy a acabar oliéndole el sexo y orinando el territorio que haya a su alrededor.

—¿Sabes que soy un hombre lobo? —⁠le digo. Le acabo de entrar. Ya veremos cómo saldré de ella.

Ella me sonríe y tira de mí en dirección a las mesas lejos de la zona de baile en las que se suelen arracimar las parejitas y la gente que quiere jugar al gato y al ratón con tías como esta.

Pero yo no quiero jugar al gato y al ratón, que aquí podría haber perro encerrado. Tengo dos horas de vida tras las cuales me convertiré en calabaza. Me lanzo sobre ella y le asesto un beso. Ella responde un poco y vuelve a tirar de mí hacia las mesas minúsculas rodeadas de taburetes. Pilla rollo pero no te apalanques mucho, me dicen las mesas. Aquí hay tema, me dicen los labios de ella, no sé cuáles, pero me lo dicen. Mi rabo se mueve con disimulo y la sigo hacia las mesas.

Ella toma asiento y yo hago traer dos copas tras agitar mi chistera. Se enciende un cigarro y yo saco un palmo de lengua al verla chupar del filtro. Se impone una estúpida e innecesaria conversación en la que intentaré mostrarme agradable y agradador, no cagarla demasiado, que no se me pase de vueltas el pelotazo, un par de frases ingeniosas y cuando ya no recuerde nada abriré de repente los ojos para ver su pelo revuelto en mi hotel o en el suyo. Esto está funcionando.

Entonces ella se arranca por donde toca.

—¿Así que eres un hombre lobo?

—Y tú eres caperucita roja.

—¿Y por qué tienes esas pupilas tan grandes?

—Para verte sin ropa.

Y si conseguimos alternar las chorradas con las risas durante los próximos diez minutos lo mismo se deja pronto de pamplinas y nos vamos a follar a lo perro.

—¿Y qué haces cuando no eres un hombre lobo?

—Estudio tercero de violín. Siempre he soñado con tocar en los tejados de las catedrales del techno. Si la luna es buena las lobas podrían acudir a mí.

—¡Ja!

—También he sido un soldado de reemplazo. Ahora trabajo en una fábrica de papel de Móstoles, a cargo de un montón de torpes y de inútiles. Antes estuve matando animales asilvestrados para la perrera municipal. Pero para ti soy solo el hombre lobo de las cuatro de la mañana.

Ella me vuelve a sonreír y me da otro beso tras meterse una retalina en las encías. Me la pasa y es como si fuéramos dos dogos olisqueándose los bajos en el centro de una ciudad asolada por los bombardeos. Todo pierde sentido alrededor de nosotros. Nada importa. Pronto se apagará la luna y con ella vendrá el malestar del olvido.

Hoy en este sitio hay una fiesta hawaiana, el nirvana de los turistas europeos que quieren que esta isla sea como las que no verán jamás. Una camarera adornada con guirnaldas aloha nos suelta un coco lleno de malibú con piña sobre la mesa circular que se interpone entre nuestros taburetes. Me cuelga a mí del cuello un collar de flores, está claro que la camarera es ecuatoriana y yo de Móstoles, pero es el tópic de la noche y a la noche hay que seguirle el rollo. La andaluza y yo nos reímos y disfrutamos de la tontería. Mi guirnalda de flores, su corona a juego. Nos falta estar medio en pelotas y en una playa de Honolulu. Probamos el sabor del coco. El mío se funde en mil sabores de los que dejan la materia gris como el hielo de los granizados tras el viaje de la pajita. Pienso en decirle otra chorrada a mi andaluza. En que el semáforo de su falda se ponga verde y yo sea el peatón. La gente de nuestra ciudad se marcha en un éxodo de refugiados. Pienso en que se acaba el tiempo y que pronto se apagará mi luna.

Entonces ella me da otro beso y todo funde a negro.

Amanezco dentro de mí, ya no estoy fuera de mis cabales. Todo me da vueltas, no sé qué demonios ha pasado, sobrevolando el infierno. Tal vez he soñado con que se desataba en mi polla la Segunda Guerra Mundial.

Y con un loco tocando sobre las gárgolas de una catedral medio bombardeada, y con un sargento a cargo de un pelotón de soldados que tienen que defender un fuerte en ruinas de los lobos, y con una andaluza a la que abrir en canal empleando los pedazos de la luna.

De la luna de una ventana.

Despierto desnudo y envuelto en sangre seca, en una cama extraña. Solo llevo puesto el collar de flores. En mi cabeza resuenan las notas desquiciadas de un violín sin afinar.

La cama está llena de coágulos, cubierta de cristales rotos.

Las moscas zumban. Y ponen huevos. En los intestinos reventados de la andaluza.

Mi cabeza está llena de aullidos y fogonazos.

Anoche triunfé. Buena caza.

Guau.


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