Durante la promo de CENITAL recuerdo haber recorrido media España, pasando la duermevela por todo tipo de trenes, terminales, sofás y hoteles de franquicia. A menudo me tocaba aprovisionarme en unos centros comerciales que no sabría decir dónde estaban, cuándo cerraban o si alguna vez habían estado habitados. Creo que fue en el complejo de tiendas del María Zambrano donde me las vi a las tantas, maleta en mano, buscando paracetamol a oscuras.
La experiencia daba para hacer otra de fantasmas, pero creo que entre Jack Ketchum y David Jasso me habían despertado las ganas de meterme en el terror no sobrenatural y los cuentos de psicópatas.
CONTROLLER es uno de los pocos inéditos que conservo del 2012.
I
PROSPECTORA TACITURNA LLEGA A LA SALIDA del centro comercial, pero las dobles puertas automáticas no reaccionan a su paso. No se abren ante ella. Así que se detiene, trata de enfocar a través del vidrio y su mirada se da de bruces con la reja, con la verja tras las puertas de cristal. Esta salida también está sellada. Amurallada.
Frente a ella, bandas de acero entrecruzadas bloquean diagonalmente el acceso a la calle.
La calle, desierta. Es una de esas calles de extrarradio. Un barrio en las afueras. El sitio perfecto para una gran superficie comercial, aquí se puede desplegar un aparcamiento interminable que luego llenar de rectángulos en el suelo para todos esos coches que ya hace rato que se han ido.
Se han ido y se han dejado aquí a Prospectora Taciturna.
Es la primera vez en toda la noche en que Prospectora Taciturna se siente como un animal en una jaula. La noche acaba de empezar.
La muchacha recula unos metros hasta asomarse a la baranda que hay a sus espaldas. Y,
—¡Por aquí tampoco se puede salir! —grita a la gente que la observa desde la planta baja del complejo.
—¡Entonces estamos encerrados! —le contesta Tosco Agricultor, a voz en grito, cincuenta metros más abajo. Luego le hace señales para que vuelva con el grupo.
Con el grupo, abajo.
—Maldita sea —gruñe Pava Postiza, al tiempo que se guarda el teléfono móvil en el bolso—, y yo tampoco tengo cobertura.
La mujer mayor que hay junto a Pava Postiza y Tosco Agricultor no deja de mover la cabeza de lado a lado. Está en plena fase de negación. Vamos a llamarla Naranja Solarium por aquello de que se ha pasado tres pueblos con los rayos uva.
Naranja Solarium dice:
—¿Cómo han podido cerrar este monstruo con nosotros dentro? ¡Es que no lo entiendo! ¡No lo entiendo!
A poca distancia de ellos, Prospectora Taciturna retrocede sobre sus pasos para reunirse con el grupo. El grupo de consumidores que la espera, congregado en el piso inferior del complejo comercial. Naranja Solarium se muerde las uñas. Chaval Autista observa impasible a los demás, sin sacarse las manos de los bolsillos.
El único que parece intentar algo es Tosco Agricultor. Al fin y al cabo, es él quien ha reunido a todo el mundo en la planta de abajo y quien ha enviado a Prospectora Taciturna a echar un vistazo a la salida de la planta superior.
Mientras los demás se preguntan qué demonios hacer. Tosco Agricultor observa el panorama, estudia la situación. Es el dueño de dos ojos negros que se comportan como un par de dobermanes entrenados para aprehender estupefacientes: se mueven nerviosamente en pleno registro perimetral cuando tratan de detectar dónde, en qué sitio, en qué detalle están tratando de jugarles una mala pasada. Sus pupilas rastrean, olfatean, jadean, gruñen.
Husmean.
Mueven la cola.
—A ver —interrumpe Peludo Espabilado, que es el amigo de Chaval Autista, y está tratando de aportar alguna idea—, es evidente que todo el mundo está mirando el partido de fútbol de hoy y que el centro comercial estaba casi vacío cuando nos ha dado la hora de cerrar. Todos sabíamos que antes de las diez había que achantar y nos hemos encantado, pero me parece que es imposible que hayan cerrado este sitio con nosotros dentro, somos más de media docena de clientes. No pueden olvidarse de tanta gente al cerrar un complejo como este. Imposible.
—Chico, pues parece que lo han hecho —le contesta Pava Postiza, sin dejar de mirarse los zapatos—. ¿Vosotros qué estabais haciendo cuando han apagado las luces?
—Nos fumábamos un porro en los lavabos —responde Peludo Espabilado señalándose con el pulgar a sí mismo y a su colega, Chaval Autista. Y Chaval Autista asiente con la cabeza al tiempo que mira a algún punto perdido en la oscuridad, donde no llegan las luces anaranjadas de emergencia.
—Yo estaba en las taquillas —le dice Pava Postiza, con una mueca de rechazo que no se molesta en amagar lo que piensa de los porreros—, hoy he comprado de todo y no quería pasarme la tarde cargando con las bolsas arriba y abajo. Estuve en Mango hasta quedarme a solas con las cajeras y luego salí para las taquillas a recoger todas mis compras —añade, haciendo ver toda la miríada de bolsas que lleva en las manos: Zara, Toys ’R’ Us, Bershka, Stradivarius…
Naranja Solarium se muerde las uñas. Prospectora Taciturna llega, bajando por las escaleras mecánicas paradas, cuyos peldaños se iluminan con la tenue luz verde, de emergencia, que alumbra a duras penas el pasamano.
—Total —sigue diciendo Pava Postiza—, que llego a las taquillas y no recuerdo cuál era la mía. Tampoco lo pone en la llave, al fin y al cabo. Me pongo a probar con las portezuelas y así me tiro unos minutos. Justo cuando consigo dar con mi taquilla sucede que me apagan las luces. Y esa es mi historia.
—Yo tomé asiento en los sofás de relax esos que hay junto al Pizza Hut y metí una moneda de dos euros —dice Naranja Solarium, al sacarse las uñas de entre los dientes para poner cara de añoranza—. Un masaje inolvidable. Un gustazo. Todo un placer. Vino un guarda de seguridad a decirme que el centro cerraba sus puertas y le contesté que en cuanto terminara mi masaje me iría. Pero antes de que terminara mi sesión de relax algún idiota decidió cerrar el complejo.
Dicho lo cual, vuelve a meterse las uñas en la boca.
Parece que para hablar le baste con sacarse el tapón de la boca. Se ve que es como una manguera de mierda a la que se suele pisotear, no sea que se ponga a disparar a discreción y lo deje todo perdido.
—Yo me entretuve mirando a través de los escaparates —dice Tosco Agricultor, aunque lo cierto es que parece más interesado en examinar el escenario que en participar en la conversación, porque mira a todas partes menos al grupo.
Sus ojos peinan el recinto mientras habla y luego, cuando calla, siguen haciéndolo. Circulen, aquí no ha pasado nada.
Prospectora Taciturna no dice ni mu. Peludo Espabilado le pregunta por lo suyo, a lo que ella responde, hostil, con otra pregunta:
—¿Tú no estabas fumado, chaval?
—Yo un poco, mi amigo más —dice Peludo Espabilado, apuntando con el pulgar a Chaval Autista al tiempo que pone una sonrisa bobalicona.
—¿Eh? —dice Chaval Autista. Luego se ríe.
—Que digo yo —insiste Peludo Espabilado, lanzando una mirada descarada al pecho de Prospectora Taciturna— que cómo es que tú te has quedado encerrada en este sitio también, rubia.
—Olvidé la cartera en el Burger King. Volví a por ella, pese a que los de seguridad me dijeron que estaban a punto de cerrar el centro. Dieron las luces de emergencia antes de que pudiera salir de aquí.
—Hay siete puertas —les dice Grande Apaisado, saliendo de entre las sombras tras ellos—. El protocolo de seguridad dice que para clausurar un complejo de estas características antes hay que hacer una ronda entera, recorriendo todas las instalaciones. Lo sé porque soy policía. Yo contaba con ello y por eso me he quedado encerrado: entré en este sitio cuando la puerta norte ya estaba vallada, accediendo por la puerta de atrás a sabiendas de que estaban a punto de terminar la jornada. Tenía que sacar efectivo y el próximo cajero está a kilómetro y medio de aquí, de modo que no tuve otro remedio que forzar las cosas y adentrarme en el complejo. Antes de que llegara a la terminal bancaria se encendieron las luces de seguridad y se apagaron las de servicio. No lo entiendo. No puede producirse un fallo así.
Se impone un incómodo silencio. Tosco Agricultor se aparta un momento del grupo y se pone a rebuscar en su mochila. Saca algo de ella y se pone a manipularlo. Está escribiendo algo, pero nadie se da cuenta.
—Volvamos a dar voces, a ver si nos oyen —propone Pava Postiza, cada vez más nerviosa. Naranja Solarium se muerde las uñas.
—¿Eh? ¿Otra vez? —pregunta Chaval Autista.
Pero Grande Apaisado sabe que eso de seguir gritando puede hacer que cunda el pánico. Y que no servirá de mucho.
—No creo que valga la pena —le dice, antes de que pueda tomar aire y reemprender la sesión de berreo—, los de seguridad deberían rondar la zona cada cuarenta minutos. Solo tenemos que esperar y…
Y Tosco Agricultor le tiende una nota de papel, por lo bajo.
Una nota de papel en la que ha garabateado algo, aprovechando que nadie le miraba.
Grande Apaisado se vuelve a Tosco Agricultor, sorprendido. Los demás inician una conversación estúpida:
—¿Seguro que Movistar no tiene cobertura aquí? —pregunta Peludo Espabilado a Pava Postiza—. ¡Diría que siempre la ha tenido!
—Y yo, pero el caso es que ahora no…
—Orange tampoco funciona —interviene Naranja Solarium, con su cara de color naranja radioactivo iluminada por la pantalla de su teléfono móvil.
Los otros se acercan o se ponen a insistir con sus teléfonos.
Mientras tanto, Grande Apaisado saca un mechero y se enciende un cigarro. Hace tiempo que siente ganas de fumar en un centro comercial, como solía hacer en los tiempos previos a la prohibición. Y ahora aprovecha la llama y el gesto de darle cobijo para, tras prender su rubio americano, leer con extremo disimulo la nota de papel que le ha pasado Tosco Agricultor.
La videocámara que hay junto a la escalera nos está grabando. Se ha movido cuando he enviado al piso de arriba a la rubia de las tetas.
Nos vigilan.
Grande Apaisado se guarda la nota y busca, entre la penumbra, el pilotito rojo de la cámara de vídeo que hay junto a la escalera. Lo encuentra. Echa a andar hacia la papelera para tirar el paquete de tabaco vacío y con él, la nota de papel que le ha pasado Tosco Agricultor.
Luego vuelve con el grupo, y la cámara vuelve con él.
El vídeorrobot de seguridad le ha mantenido en el encuadre en todo momento. Le apunta.
Y Grande Apaisado sabe que ese vídeorrobot está accionado por el personal de seguridad del complejo comercial.
Sabe eso y que si no hay cobertura donde antes siempre la ha habido es porque se está empleando un disruptor de frecuencias GSM.
Mira las vallas que les cierran el paso y se pregunta en qué demonios está, de repente, metido.
Prospectora Taciturna, la rubia de las tetas, también está metida, está mirando las vallas.
Se siente como un animal en una jaula. Y ya no es la única.
Nosotros les estamos mirando desde la sala de control. Hemos puesto el zoom sobre la nota de papel y ahora sabemos que ellos saben lo que estamos haciendo. Aníbal dice que la hemos cagado, que con un policía dentro del grupo no podemos seguir con esto.
Pero a Aníbal le cuesta mucho hablar con el disparo que le he metido en la boca.
Desde que dejó de respirar que se está convirtiendo en un compañero de trabajo interesante.
II
Tosco Agricultor pone mala cara cuando Peludo Espabilado se planta en medio del grupo con un enorme extintor en la mano. Grande Apaisado bufa y dice:
—Ah, no, no, no, nononono. No vas a emplear ese pedazo de trasto para abrirte paso a ninguna parte —le dice el policía al muchacho, acercándose despacio y con las manos extendidas al frente, como si estuviera a punto de pedirle que soltara el arma.
—Las únicas vías de escape de este complejo son las puertas de acceso a la calle y al aparcamiento, y están todas valladas, chaval —añade Tosco Agricultor, uniéndose al comité de disuasión que ha encabezado el policía—. No hay ventanas. Esto son locales comerciales, no viviendas ni oficinas.
—Hay una tienda de deportes en la planta baja —responde Peludo Espabilado, sin soltar el extintor—. Con esto puedo romper el escaparate y hacerme con un stick de jockey o un bate de béisbol. No creo que ninguna verja se me resista si consigo algo de eso.
—Hijo, no pienso dejar que causes daños y desperfectos contra la propiedad solo porque te han encerrado en este sitio por error. No vamos a hacer tonterías, nos vamos a limitar a aguardar a que abran, eso bastará y…
—El problema con eso, agente, es que mañana es festivo y pasado es domingo. Por lo que, si no hacemos alguna cosa, igual nos toca esperar durante cuarenta y ocho horas —le interrumpe Prospectora Taciturna, hablándole en un tono de autoridad impropio del que entabla conversación con un policía. Se ve que Prospectora Taciturna es una mujer con carácter. Hum, esto promete.
Pava Postiza aparece por el rellano de las escaleras. Viene del piso de arriba.
—Escuchadme, escuchadme un momento —dice. Pero la algarabía que se ha montado entre Peludo Espabilado y Grande Apaisado hace que su voz no sea escuchada.
De modo que Pava Postiza decide proferir un grito desgarrado que se basta por sí solo para silenciar todo el complejo.
Las miradas y las cámaras de vídeo se vuelven hacia ella. Y ella está visiblemente nerviosa.
—¡Escuchadme! ¡Escuchadme, por favor! —les dice—. Yo estuve trabajando en un sitio como este durante varios años. Fui dependienta en una franquicia de moda… Recuerdo que cuando había que hacer caja solíamos cerrar mucho después de que los accesos al complejo se sellaran, y que nos íbamos a casa abandonando el centro por las puertas de emergencia, por las salidas de incendios.
—Pues nada, busquemos una de esas y listos —dice Naranja Solarium, hablando en un suspiro de alivio.
—He probado con un par, hay una salida de incendios cada cuatro o cinco locales comerciales. Las dos que he tratado de abrir en el piso de arriba están cerradas —sigue diciendo Pava Postiza—. Y lo cierto es que no deberían estarlo, bajo ningún concepto.
—No sé, chica —responde Tosco Agricultor—. Igual los de seguridad las han cerrado al dar por clausurado el complejo. Dejarlas abiertas no es seguro.
—Solo se abren desde dentro, esas puertas —dice Grande Apaisado, sonando preocupado—. Y siempre deberían de abrirse desde dentro. Creo que Industria prohíbe las cerraduras en esa clase de accesos, por motivos de seguridad. De modo que no tendrían que poder cerrarse con llave alguna.
—Es que no están cerradas con llave —le contesta Pava Postiza—. Las han engrilletado a conciencia. Hay cadenas y candados de dos palmos en cada salida de emergencias. Alguien se ha molestado en encerrarnos aquí.
III
Tendrías que andarte con ojo con el tío que te mira mientras compras.
No hablo del vigilante de seguridad. A ese le acabo de descerrajar un tiro en el paladar. Ha sido fácil, ya ves. Yo me refiero al tío que está mirando cuando haces tus compras, te estoy hablando de mí. Del hombre que maneja las mil cámaras ocultas.
No hablo de las videocámaras de seguridad, las de vigilancia son pocas y evidentes. Yo hablo del otro juego de teleobjetivos, del otro circuito cerrado de televisión, de las cámaras de estudio y control. Las que enfocan a los expositores, a los pasillos y a las cajas. Las que circulan por los raíles motorizados que hay en el techo. Las que sirven para saber si la gente encuentra rápidamente las cosas que busca, si todo está bien distribuido, si este o aquel artículo se compra por impulso o mediante decisiones bien meditadas y contrastadas.
Tal vez hayas oído hablar de los mil ojos rojos que tengo. De un conjunto de tomas de vídeo que sirven para la mercadotecnia, para los estudios de consumo, para saber si estáis pasando por el redil como esperábamos o si os estáis resistiendo a que os esquilemos con la eficiencia propia de una nave industrial como la que os hemos preparado y que ahora calibramos y configuramos, siempre según vosotros vais dando los tumbos.
Hola. Me llamo Juan. Tengo cuarenta años.
Soy supervisor de ventas, desde hace quince.
En el corazón de los complejos como este, pertenecientes a una cadena transnacional con sede en Francia, os aguarda el gran monstruo. Mi monstruo. Un hipermercado levantado en el centro de una superficie comercial de casi un millón de metros cuadrados. Un gran almacén de dos plantas más dos sótanos de aparcamiento y todas las plazas del parking exterior. Esos son mis dominios. Vigilo el hipermercado y también controlo los pequeños comercios que lo envuelven. Franquicias. Tiendas sin alma pero con marca propia, grandes firmas del comercio al detalle. Restaurantes de comida rápida. Un cine. Dos peluquerías. De todo. Mil tiendas. Unos recreativos. Quince cajeros. Quince pares de lavabos, cien agujeros en los que mear. El sitio donde se venden las mascotas. Un montón de animales y cosas que comprar. Dos ojos para supervisarlo todo. Los míos.
Tengo la mirada omnipresente del supervisor de ventas, del mall manager. Me siento poderoso, en mi observatorio comercial. Os miro rodeado por siete monitores con los que enfocaros como si fuerais las hormigas de un insectario. Tengo en mis manos la lupa del zoom y el microscopio de las estadísticas. Soy el vigía de un buque titánico varado en el extrarradio de una ciudad sin mar. Os veo a todos desde lo alto como el jodido ojo de Sauron, busco el anillo único. Sé que lo tienes tú.
Busco a la Choni cabrona que me roba cosas pequeñas. Al idiota pseudouniversitario que ha venido a comprar videojuegos de segunda mano y luego tal vez fumarse unos porros en el lavabo. A la infeliz adicta a los zapatos caros que viene por aquí creyéndose que podrá pagarnos siempre con la misma tarjeta de crédito clonada. Busco trabajo para los de seguridad, sí, pero también miro que las amas de casa encuentren deprisa lo último en ambientadores para el baño, cuando visiten la sección de menaje del hogar. Ellas no andaban buscando eso, pero a mí me respetan más si lo encuentran y luego se lo compran por una pasta gansa.
Soy la vaselina que hace que aquí os den fuerte y firme por el culo, sin que os parezca un atropello. Os desangro lo mismo que el banco. Os extorsiono como la compañía del suministro eléctrico. Os casco un expositor destacado en medio del pasillo central con un producto bien marquetizado y promocionado pero que no consigo colocar ni a la de tres… y vosotros os lo lleváis a casa, aunque se vea a la legua que es una auténtica estafa.
Tengo un trabajo feo, lo sé. Me hago cargo, porque soy un encargado. Soy el voyeur del consumismo. Miro cómo quemáis el fruto de vuestro trabajo, cómo invertís el tiempo libre que os deja vuestro empleo. En eso consiste el mío, en optimizar lo que se hace con los restos del vuestro.
Con el paso de los años he ido perdiéndole el respeto a las personas y al dinero.
Recuerdo que vine a esto con una familia y ganas de ganar dinero para ella, con el sueño de que me pagaran una pasta gansa que luego pudiera fundirme en sitios como este. Entonces me puse a estudiar las tripas del templo del consumismo, hasta que dejó de interesarme eso que hacéis aquí.
Ganar dinero como un loco durante la semana. Pasar en este sitio el sábado, con los críos y la parienta; y un hijoputa como yo mirándolo todo desde lo alto, no sea que intentes salir de aquí sin dejarte la panoja en el proceso. Ahora te pongo las gominolas junto a la caja para que tus hijos no permitan que zanjes la lista de la compra sin que antes les compres una porquería bien cargada de azúcar. Ahora mando al fondo de la nave los artículos de mayor demanda para que no puedas alcanzarlos sin antes haber tenido que patearte todas las secciones en las que vendemos cosas que en realidad no quieres comprar pero que sabemos que siempre te acabas llevando al carro. Ahora escondo en la balda superior del expositor los cereales más baratos y pongo los que tienen un precio insultante justo a la altura de tus ojos. Ahora organizo el tráfico de los carritos para montar un buen atasco en los puntos clave de manera que te tengas que parar frente a cada stand tramposo, seguro que picas con alguno de ellos.
Y la cosa sigue y sigue. Ahora enredo los precios y los tamaños de los artículos para que no seas capaz de compararlos ni con una calculadora científica. Ahora les pido a los reponedores que coloquen este y aquel producto hechos un revoltijo en una cesta desvencijada que parezca abandonada en medio de un pasillo, para que te creas que nosotros somos un rastro o que estamos de rebajas cuando resulta que el precio del artículo lo acabamos de subir. Y así otras mil. Conocemos mil formas de joderte el dinero. ¿Dónde está la pelotita?
De un tiempo a esta parte que nos ha dado por venderte gasolina, telefonía móvil, inmuebles, viajes y hasta preservativos, todo a través de nuestros siete logotipos distintos. La crisis está haciendo realidad nuestro sueño dorado: estamos reemplazando a las marcas. Ya hemos empezado a pensar en ocupar los locales de las franquicias que se despliegan en los pasillos que rodean nuestro recinto. Todo llegará. Vivimos en los años del apogeo de las marcas blancas. Música para mis oídos. Dinero para mis cajas. Y si algún día consigo reemplazar a las cajeras por lectores de códigos de barras que podáis pasar vosotros mismos sobre los artículos de vuestro carro de la compra, entonces seré el único trabajador de este sitio, más allá de los reponedores y de los hombres del garrote, que ya muevo como soldaditos sobre el mapa de este sitio.
Recuerdo los tiempos en los que yo traía aquí a mi esposa y a mi hija, antes de que esto empezara a mostrarse ante mis ojos como lo que realmente es: una inmensa fábrica de chorizo al peso. Entonces yo me tomaba libres algunos sábados para que Carla me reemplazara y mi familia pudiera ponerse al otro lado del objetivo.
Me encantaba estudiarles así. Yo llevaba el carro, ellos compraban. Yo miraba el techo de la nave y veía a Carla mover la hidra de las mil cabezas de modo que todos sus ojos se pusieran sobre nosotros.
Al principio empleaba todo lo que sabía de este sitio a favor nuestro. Le decía a mi señora cuáles eran los artículos que era mejor comprar en las tiendas del pasillo de acceso y cuáles eran las cosas que realmente convenía adquirir en marca blanca. Ella apenas me hacía caso. Aun así, yo me las ingeniaba para maximizar la calidad de la cesta de la compra y luego disfrutar de los productos en la intimidad de mi casa. En mi tocador una loción de afeitado descastada y sin pedigrí pero con mucha más calidad que la que saca un producto líder de mercado. En mi mueble-bar un licor destilado en un país que no puedo localizar en un mapamundi pero cuyo sabor puede competir con los mejores brebajes europeos. Qué listo que es, el supervisor de ventas. Se sabe todos los trucos del complejo. Tiene toda la información privilegiada del recinto comercial. Lástima que haya terminado viendo códigos de barras en vez de logotipos y mirando en su señora los impulsos de compra en vez de los pechos. De repente un día te levantas, echas un vistazo a tu alrededor y ya no quieres enfocar a tu familia. Te has cansado de la mierda de cartuchos para Nintendo DS que le compras a tu hija en cada visita al centro, videojuegos que sabes que no pueden competir con los que vende Game por mucho menos dinero. Te has hartado del cogote de tu esposa, que se ve abombado y hasta dubitativo desde las cámaras que has instalado en tu salón y tu cocina. Te has hastiado de ver cómo tu parentela pasa olímpicamente de administrar los puntos de fidelización que les dan las tarjetas de cliente preferente que les has conseguido tras mucho esfuerzo, y que ellos no dejan de olvidarse en casa; cada vez que les llevas a tu lugar de trabajo para que te avergüencen frente a las cámaras que maneja Carla, alguien cuya ambición se reduce a robarte el puesto de trabajo.
Un sábado por la noche le regalas a tu mujer una tarjeta regalo por doscientos euros para que se compre un teléfono móvil por su cumpleaños. Al lunes siguiente la ves aparecer por la puerta principal y caminar por todo el complejo. No es que estés estudiando su interacción con el medio, es que temes que termine haciendo lo que le has enseñado mil veces que no tiene que hacer jamás. Desolado, acabas contemplando en blanco y negro cómo se gasta el crédito de tu tarjeta regalo en la Phone House en vez de en la sección de telefonía del hipermercado. Comprendes que todo se ha perdido para vosotros cuando te enseña lo que se ha comprado pretendiendo que pienses que un trasto como ese lo venden en las secciones que controlas tú.
Con el tiempo llega el divorcio. Con él, los abogados que te quitan el sueldo, la custodia, el piso.
Pero todo eso ya te da igual.
Tú solo piensas en tus peores consumidores. Ellos sí que son estúpidos, ellos sí que dejan que les jodan el dinero. Estás empezando a odiarles. Ovejas bobas, donde va una, van todas.
Hoy sin ir más lejos has encerrado a siete en el matadero. Pava Postiza, Peludo Espabilado, Prospectera Taciturna, Tosco Agricultor, Naranja Solarium, Chaval Autista y… La mosca en el pastel. El policía que se cree que se ha colado en la fiesta. Piensa que puede jugar contigo y que saldrá de esta pero le estabas esperando a él para sellar el recinto.
Grande Apaisado, a ti te mataré el último.
Tú me caes bien.
Tienes buen gusto. Te estás follando a mi ex mujer.

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