—Dígame, por favor, ¿qué es propiamente: bushido? —preguntó la pantera, y jugó un as de bastos.
— ¿Bushido?, hum —gruñó el león, distraído—, ¿Bushido?
—Sí, pues, bushido —el zorro puso impacientemente un triunfo—. ¿Qué es bushido?
El cuervo barajó los naipes.
—¿Bushido? Es la última moda, el último producto de la histeria colectiva, un modo especial de comportarse, importado del Japón. Es como una especie de «Carreño» japonés. Uno sonríe amistosamente cuando le pasa algo desagradable. Por ejemplo, cuando tiene que sentarse a la misma mesa junto a un oficial austríaco. Se sonríe cuando le duele a uno la tripa o cuando le toca morir. Se sonríe hasta cuando le ofenden a uno. En este caso, incluso, con especial afabilidad. Por lo demás, se sonríe continuamente.
—Hum, estética, Oscar Wilde, entendido, sí, sí, ya, ya —dijo el león, se sentó tímidamente sobre la cola y se persignó—; bueno, sigamos.
—Esto es, y el bushido nipón se ha puesto de moda desde que la marea eslava desaguó en la acequia1. Aquí tienen, por ejemplo, a Chitrakarna…
—¿Quién es Chitrakarna?
—¿Qué, todavía no han oído ustedes hablar de él? ¡Extraordinario! Chitrakarna, el camello distinguido, que no alterna con nadie, ¡una figura conocidísima! Verán; Chitrakarna leyó un día a Oscar Wilde y perdió el gusto por las relaciones con su familia, hasta tal punto, que desde entonces sigue sus propios y solitarios caminos. Durante algún tiempo se decía que pensaba irse al Occidente, a Austria, pero allá existen ya tantos que…
—Chist, quietos, ¿no oyen ustedes nada? —aseguró la pantera—; se oye un crujido de pisadas.
Todos se agacharon y quedaron inmóviles como piedras.
El crujido se iba acercando cada vez más, acompañado del estrépito de ramas rotas, y súbitamente la sombra de la roca, en la que se acuclillaban los cuatro, comenzó a moverse, a torcerse y a henchirse hasta lo infinito.
Le salió una joroba y, finalmente, terminó con un largo cuello rematado con algo grande, deforme y ganchudo.
El león, la pantera y el zorro han estado esperando este momento para encaramarse a la roca de un salto. El cuervo aleteó como un pedazo de papel negro levantado por una ráfaga de viento.
La sombra jorobada procedía de un camello que había escalado la colina desde el lado opuesto y que ahora, sobrecogido de mortal pánico a la vista de las fieras, dejó caer su pañuelo de seda.
Pero sólo durante un segundo hizo un gesto como de echar a correr; pronto se acordó: ¡¡bushido!!; se irguió inmediatamente de nuevo y sonrió con la cara descompuesta, blanca como un queso.
—Mi nombre es Chitrakarna —dijo con voz temblorosa e hizo una breve venia a la inglesa—, Harry S. Chitrakarna. Ustedes perdonen si acaso les molesto —al decir esto iba abriendo y cerrando un libro con mucho ruido, para ahogar las angustiosas palpitaciones de su corazón.
«¡Ah: bushido», pensaron las fieras.
—¿Molestarnos a nosotros? En absoluto. Acérquese, por favor —dijo el león cumplidamente (bushido), y quédese con nosotros todo el tiempo que le plazca. Por lo demás, ninguno de nosotros le va a hacer, nada, palabra de honor, le doy mi palabra.
«Ya le dio a éste también por el bushido, claro…, ahora, de pronto», pensó el zorro con fastidio, sonriendo, no obstante, afablemente.
Todo el grupo se retiró luego tras la roca y todos trataron de eclipsarse mutuamente en la amena y alegre charla.
La distinción del camello fue realmente impresionante.
Llevaba el bigote con las puntas hacia abajo, según la última moda mongólica, y en su ojo izquierdo brillaba un monóculo, naturalmente sin cinta.
Las miradas de los cuatro se dirigían con asombro a las impecables rayas de sus canillas y a la melena de pelo de camello artísticamente anudada debajo de la laringe.
«¡Caracoles, caracoles!», pensó la pantera, y escondió, avergonzada, sus garras, con los bordes sucios y negros de jugar a los naipes.
La gente bien educada y de finos modales se entiende muy pronto.
Al poco tiempo reinó la comprensión más íntima que cabe imaginar y todos acordaron permanecer juntos para siempre.
El camello distinguido, que ya ni se acordaba de lo que era miedo, siguió estudiando todas las mañanas «The Gentleman’s Magazine», con la misma reposada tranquilidad de antes, en sus días de retiro.
Una que otra vez, de noche, despertaba sobresaltado con un grito de angustia, pero siempre se disculpaba sonriendo y achacándolo a las consecuencias nerviosas de su agitada vida anterior.
Son siempre unos pocos elegidos los que estampan el sello en su ambiente y su época. Es como si sus impulsos y sentimientos se vertiesen, cual torrentes de una misteriosa y persuasiva elocuencia, de corazón a corazón: surgen de pronto pensamientos e ideas que sólo ayer hubieran llenado de horror a los ánimos tímidos y virtuosos y que tal vez mañana mismo se conquisten el derecho de ser considerados verdades de Perogrullo.
Así fue cómo, al cabo de pocos meses, se ha ido reflejando en todos los ámbitos, el exquisito gusto del camello distinguido.
En ninguna parte ha vuelto a verse el apresuramiento plebeyo.
El león se paseaba a paso mesurado, con el discreto contoneo de un dandy, sin mirar a la derecha ni a la izquierda. Y, como antaño las damas de la nobleza romana, así tomaba el zorro a diario su ración de trementina, velando celosamente por que toda su familia siguiera el ejemplo.
La pantera pasaba horas enteras puliéndose las garras con «Onglissa», hasta que brillaban al sol con un suave color de rosa, y resultaba sumamente original oír afirmar a las serpientes cascabel, que eso de que fuesen creación de Dios era pura pamplina, y que, en realidad, fueron diseñadas en el «Taller de Arte Moderno».
En una palabra: por todos lados brotaba la cultura, y el estilo y el gusto modernos penetraron hasta en los círculos más conservadores.
Hasta llegó a correr el rumor de que incluso el hipopótamo había despertado de su flema, que se había hecho la permanente y que se imaginaba ser Rodolfo Valentino.
En esto llegó el invierno tropical.
Chis, pías, chis, pías, chis, pías.
Así, más o menos, llueve en los trópicos en esa estación del año. Sólo que mucho más tiempo.
Propiamente sin interrupción, de un modo incesante, desde la mañana hasta la noche, y desde la noche hasta la mañana.
El sol se levanta en el cielo, feo y opaco como una torta de miel.
En una palabra, es como para volverse loco.
En estas condiciones uno se pone de un humor endiablado. Sobre todo cuando se es una fiera.
En lugar de esforzarse, precisamente ahora, en ser más amable y educado que nunca, aunque sólo fuese por precaución, el camello adoptó, al contrario, un tono de irónica superioridad, particularmente en cuestiones de moda, elegancia y otras por el estilo, lo cual tuvo que provocar, naturalmente, disgustos y producir mala sangre.
Así llegó el cuervo una noche vestido de frac y con corbata negra y el camello aprovechó la oportunidad para una observación petulante.
—La corbata negra con el frac puede llevarse entre gentes de raza sajona sólo en una ocasión —dejó caer Chitrakama, sonriendo con suficiencia.
Se produjo una prolongada pausa; la pantera, desconcertada, comenzó a tararear una canción, y nadie quiso ser el primero en romper el silencio, hasta que el cuervo no pudo aguantar más y preguntó con voz ahogada de qué ocasión se trataba.
—Sólo cuando uno se hace enterrar —fue la irónica respuesta, que provocó una risa general, pero tanto más ofensiva para el cuervo.
Sus apresuradas explicaciones, a saber; luto familiar, círculo estrecho de amistades, sepelio en privado, etc., sólo han empeorado la cosa.
Pero, por si fuera poco, otra vez —el asunto anterior fue olvidado tiempo ha—, cuando el cuervo volvió a aparecer con corbata blanca, pero de smoking, el camello acechó literalmente la ocasión para dirigirle la capciosa pregunta:
—¿De smoking? ¿Con corbata blanca? Hum, esto se lleva sólo en una cierta ocupación.
—¿Qué es…? —espetó el cuervo, sin contenerse.
Chítrakarna carraspeó impertinentemente:
—Cuando se afeita a alguien.
Esto le llegó al cuervo a lo vivo.
En aquel instante le juró venganza al camello distinguido. Un desquite mortal.
* * *
Ya a las pocas semanas de iniciarse la estación lluviosa, el botín de los cuatro carnívoros comenzó a escasear más y más, y llegó a ser tan parco, que apenas sabía uno de dónde sacar lo más indispensable.
A Chitrakarna no le molestaba aquello en absoluto; siempre de buen humor, bien alimentado con soberbios abrojos y hierbas, se paseaba silbando aires alegres, en su crujiente impermeable, mientras los demás, hambrientos y ateridos de frío, se guarnecían, bajo los paraguas abiertos, al amparo de la roca.
Es fácil imaginarse el creciente fastidio de los cuatro.
¡Y así seguían las cosas día tras día!
¡¡¡Tener que mirar a otro nadando en la abundancia y padecer hambre uno mismo!!!
—¡Qué diablos! —comenzó a agitar a los demás el cuervo una noche (el camello distinguido se había ido, X precisamente, a ver un estreno)—; ¡a la olla con este tío cursi! ¡Chitrakarna! ¿Qué provecho sacamos de este tragarrastrojós? ¡Bushido! ¡Nada menos que bushido! ¡Precisamente ahora, en el invierno! ¡Qué estupidez! Y fíjense en nuestro león, fíjense en el aspecto que tiene, parece un fantasma. ¿Debemos acaso dejarlo morir de hambre, eh? ¿Esto también sería bushido, no?
La pantera y el zorro le dieron al cuervo toda la razón. Se la dieron sin reparos.
El león escuchaba con atención a los tres, y la boca se le hacía agua, mientras le presentaban sus alegatos.
—¿Matar a Chitrakarna? —dijo después—. Imposible, no hay nada qué hacer; con perdón de ustedes, le he dado mi palabra de honor —y empezó a recorrer nerviosamente el sitio, a grandes zancadas.
Pero el cuervo no se daba por vencido:
—¿Tampoco en el caso de que se ofreciera él mismo?
—Entonces sería otra cosa —convino el león—. ¡Pero, a qué levantar castillos en el aire!
El cuervo cambió con la pantera una pérfida mirada de entendimiento.
En aquel momento llegó el camello distinguido de vuelta a casa. Colgó los gemelos y el bastón en una rama y, precisamente, iba a decir algunas palabras afables, cuando el cuervo se le acercó con aleteo, y habló:
—¿Por qué sufrir privaciones todos? Más vale que haya tres hartos antes que cuatro hambrientos. Hace ya tiempo que lo voy…
—Usted perdone, pero he de reclamar seriamente, ya por la sola circunstancia de ser la mayor de todas, el derecho de prioridad. —Con estas palabras, y previo cambio de impresiones con el zorro, apartó la pantera al cuervo, cortés, pero firmemente, y prosiguió—: El ofrecerme a mí misma para calmar el hambre general, es para mí, no sólo cuestión de bushido, sino también mi más cordial deseo; yo…, yo…, eh, eh…
—Pero, querida amiga, ¿a dónde piensa llegar? —la interrumpieron todos al unísono, sin excluir al» propio león (las panteras son, como se sabe, extraordinariamente duras de sacrificar)—. ¿No pensará usted en serio que nosotros podríamos? Ja, ja, ja.
«Maldito lío —pensó el camello distinguido, y le asaltó un mal presentimiento—. Una situación asquerosa; pero: bushido. Y, además, para qué pensarlo, la primera vez también tuve suerte, de modo que: ¡bushido!»
Dejó caer el monóculo, con un gesto de condescendencia, y pasó al frente.
—Señores, ejem, hay un antiguo adagio que dice: dulce et decorum est pro patria mori. De manera que si me permiten…
No pudo terminar.
Un torbellino de exclamaciones se hizo oír:
—Claro que le permitimos, claro que sí —se burlaba la pantera.
—Pro patria mori, «yujú», pedazo de mamarracho, ya te daré yo un smoking con corbata blanca —graznaba el cuervo. Después sonó un golpe espantoso, el crujido de huesos rotos, y Harry S. Chitrakarna ya no era más.
* * *
Es que el bushido no es para los camellos.
G. M.
—Makintosh está otra vez aquí, el sinvergüenza ése.
Un reguero de pólvora recorrió la ciudad.
George Makintosh, el germano-americano, que sólo hacía cinco años había dicho adiós a todos: todo el mundo le recordaba muy bien. Sus golpes eran difíciles de olvidar, al igual que su cara oscura, de rasgos marcados, que hoy volvió a aparecer en el paseo de las doce.
—¿Qué es lo que ha vuelto a buscar por aquí?
Aquella vez, despacio pero firmemente, se le había hecho la vida imposible: todos habían colaborado en ello, unos fingiendo amistad, otros con perfidia y mediante falsos rumores, pero todos, sin excepción, con su poquito de prudente calumnia. Todas esas pequeñas infamias se sumaron finalmente en una perrada tan grande, que a cualquier otro hombre le hubiera aplastado probablemente, pero que al americano sólo le indujo a abandonar la ciudad.
Makintosh tenía el rostro agudo como una plegadera y las piernas muy largas, dos detalles muy mal vistos por las gentes que desdeñan la teoría de las razas.
Era terriblemente odiado y, en lugar de disminuir ese odio al asimilarse a las costumbres del país, se colocaba siempre aparte de la multitud, y a cada momento venía con algo nuevo: hipnotismo, espiritismo, quiromancia, e, incluso, un día, con una interpretación simbolista del Hamlet. Todo esto tenía, naturalmente, que soliviantar a los buenos ciudadanos, sobre todo a los genios en cierne, como, por ejemplo, el señor Twinger, del Diario, que, precisamente, pensaba publicar un libro titulado «Lo que yo pienso sobre Shakespeare».
* * *
Y esta «espina en el ojo» estaba otra vez aquí, y paraba en el «Sol Rojo», junto con su servidumbre india.
—¿Está sólo de paso? —le preguntó un viejo conocido.
—Naturalmente: de paso, porque no puedo mudarme a mi casa hasta el 15 de agosto. Debo decirle que me he comprado una casa en la calle Fernando.
La faz de la ciudad se alargó en algunas pulgadas:
—¡Una casa en la calle Fernando! ¿De dónde habrá sacado el dinero el aventurero ése? Y, para el colmo, toda servidumbre india. Bueno, ya veremos lo que va a durar…
* * *
Makintosh traía, por supuesto, otra novedad: una máquina eléctrica, con la cual podía olfatearse, por decirlo así, las vetas de oro debajo de la tierra, una especie de varita mágica moderna y científica.
Los más no lo creyeron, naturalmente:
—¡Si fuera buena, otros la habrían inventado hace tiempo!
Pero no se podía negar que el americano tenía que haberse hecho inmensamente rico en los últimos cinco años. Así lo afirmaba, al menos, la agencia de informes de Husmeas y Cía.
Y, en efecto, no dejaba de transcurrir una sola semana sin que el hombre adquiriera una casa nueva.
Por acá y acullá, sin plan alguno: una en el Mercado de Frutas, otra en el Callejón de Caballeros, pero todas ellas en el centro de la ciudad.
—¿Qué es lo que se propone? ¿Piensa, a lo mejor, llegar a alcalde?
Nadie podía sacar nada en limpio.
* * *
—¿Ha visto usted ya su tarjeta de visita? Aquí, mire, ¡qué desfachatez! Sólo un monograma, ¡ningún nombre! Dice que ya no necesita llamarse, ¡que le sobra dinero!
* * *
Makintosh se había ido a la capital y, según los rumores, alternaba allí con una serie de diputados que le rodeaban continuamente.
Nadie ha logrado enterarse de qué trataba con ellos, pero, al parecer, estaba en juego un nuevo proyecto de ley acería de la modificación de los derechos de cateo.
Cada día traían los periódicos alguna novedad: debates parlamentarios en pro y en contra, y todo parecía indicar que pronto quedarían autorizados, por supuesto que sólo en casos especiales, los cateos libres en medio de las ciudades.
Todo eso parecía muy raro, y la opinión general era que seguramente había una gran compañía carbonera detrás de ello.
El propio Makintosh no podría tener tanto interés en la cosa; probablemente no era sino el testaferro de algún grupo.
* * *
Así las cosas, el hombre regresó prontamente a su casa y parecía estar de excelente humor. Nunca antes se le había visto tan sociable.
—Debe de irle muy bien; sólo ayer se ha comprado un nuevo inmueble, el decimotercero —contaba en la tertulia del casino el inspector general de catastros—. Ustedes la conocen: la casa de la esquina, la de la «virgen desesperada», frente a los «tres tontos de hierro», allá donde funciona la Oficina Municipal de Partes de la Comisión Provincial de Control de Aguas Crecidas.
—Si sigue especulando así, terminará arruinado —observó el consejero de obras—. ¿Saben ustedes lo que acaba de solicitar? Quiere derribar tres de sus casas, la de la calle de la Perla, después la cuarta a la derecha del polvorín, y la número de conscripción 47184/II. ¡Los nuevos planos de construcción están ya aprobados!
*
Todos se quedaron con la boca abierta.
El viento otoñal barre las calles, la naturaleza respira hondamente antes de irse a dormir.
El cielo es tan azul y frío, y las nubes tan mofletudas y pintorescas, como si el buen Dios las hiciera pintar especialmente por el maestro Guillermo Schulz.
¡Ay, qué bonita y qué limpia sería ahora la ciudad si el asqueroso americano, en su furia destructora, no emponzoñara el aire claro con el polvillo de los derribos! ¡Y que esto se permita!
Tres casas, bueno, pasen; pero derribar las trece a la vez, ¡esto pasa ya de castaño oscuro!
Todo el mundo está tosiendo, y ¡lo que duele este maldito polvo de los ladrillos cuando se le mete a uno en los ojos!
* * *
—Será algún disparate de órdago lo que nos va a construir en cambio: «Futurismo», naturalmente: lo apostaría —se decían en todas partes.
* * *
—Habrá oído mal, señor Schebor. ¿Qué? ¿Que no va a edificar nada? ¿Es que se ha vuelto loco? ¿Para qué entonces ha presentado los planos?
—¡Sólo para conseguir por ahora la autorización para los derribos!
—? ? ? ? ? ?
* * *
—Señores, ¿saben ya la última novedad? —el aspirante a constructor Vyskochil estaba sin resuello—: ¡hay oro en la ciudad; sí, señores! ¡Oro! Tal vez aquí mismo, debajo de nuestros pies.
Todo el mundo dirigió la mirada a los pies del señor Vyskochil, planos como bizcochos en sus botas de charol.
Concurrió todo el «paseo de las doce».
—¿Quién ha dicho algo de oro? —exclamó el consejero de comercio, Pernil.
—Mr. Makintosh dice haber encontrado mineral aurífero en el solar de su casa derribada, en la calle de la Perla —confirmó un empleado de la Dirección de Minas—; se convocó telegráficamente a una comisión de la capital.
* * *
Algunos días más tarde, George Makintosh era el hombre más celebrado de la ciudad. En todas las tiendas se exhibían sus fotografías, con el perfil anguloso y el irónico rasgo en los labios estrechos.
Los diarios publicaban su biografía, los redactores deportivos sabían de pronto exactamente su peso, la envergadura de su tórax y de sus bíceps, e incluso la cantidad de aire que contenían sus pulmones.
Tampoco era difícil entrevistarle.
Paraba de nuevo en el «Sol Rojo», recibía a todo el mundo, ofrecía los cigarros más exquisitos y explicaba con encantadora amabilidad cómo fue que se decidiera a derribar sus casas y a buscar el oro en los solares despejados: dueño del nuevo aparato de su invención, que mediante alzas y bajas de la tensión eléctrica indica exactamente la presencia del oro en el subsuelo, se puso a explorar de noche, no sólo las bodegas de sus propios inmuebles, sino también las de las casas vecinas, donde se las había arreglado para penetrar en secreto.
—Vean ustedes, aquí tienen los informes oficiales de la Dirección de Minas y el dictamen pericial del eminente experto profesor Verticali, de la capital, que, dicho sea de paso, es buen amigo mío.
Y, efectivamente, aquí decía, por escrito, avalado por el sello oficial, que «en cada uno de los trece solares adquiridos mediante compra por el americano George Makintosh, se había encontrado oro, en forma de habitual mezcla con arena, y cuyo cociente permitía asegurar la existencia de una cantidad inconmensurable de dicho elemento, sobre todo en las capas más profundas. Esta forma de presencia del metal ha quedado comprobada hasta la fecha únicamente en América y en Asia, no obstante lo cual la opinión de Mr. Makintosh en el sentido de que en este caso se trata, evidentemente, de un antiguo cauce de río prehistórico, merece nuestra aprobación sin reparos. La rentabilidad exacta no puede, naturalmente, expresarse en números, pero no subsiste duda alguna de que la riqueza del metal es de primera magnitud y de que se trate, tal vez, de un yacimiento sin paralelo».
Particularmente interesante era el plano de la supuesta extensión de la mina, esbozado por el americano, y que mereció el pleno asentimiento de la comisión de expertos.
En él podía verse claramente que el cauce prehistórico partía de una de las casas del americano, siguiendo un complicado meandro a través de las demás, para desaparecer nuevamente en el subsuelo, debajo de otra propiedad de Makintosh, en la esquina de la calle de los Tolderos.
La demostración de que tenía que ser así y no de otro modo era tan sencilla y tan clara, que cualquiera, aun cuando desconfiara de la precisión de la máquina catametales eléctrica, tenía que quedar convencido.
Fue una suerte que la nueva ley de cateo hubiese ya entrado en vigor.
¡Con qué circunspección y cuánta reserva lo había previsto todo el americano!
Los dueños de las casas en cuyo suelo se descubrieron de pronto tales riquezas se sentaban en los cafés, henchidos de orgullo y haciéndose lenguas de su ingenioso vecino, al que hacía poco se le denigraba tan gratuitamente.
—¡Vergüenza debía darles a los calumniadores!
Cada día celebraban los señores largas asambleas y consultaban con el abogado del comité reducido qué era lo que procedía hacer.
—¡Muy sencillo! Imitar exactamente y en todo a Mr. Makintosh —dijo el jurista—; presentar nuevos planos de construcción, tal como la ley lo exige, y después derribar, derribar y derribar, para llegar al subsuelo cuanto antes. No hay otro procedimiento, porque hacer cateos de inmediato, en los sótanos, sería inútil, aparte de estar prohibidos, según el art. 47 a, inciso Y, partido por XXIII romano.
Y así se hizo.
La advertencia de un ingeniero extranjero, que quería pasarse de listo, en el sentido de convencerse primero si acaso Makintosh no introdujo clandestinamente arena aurífera en los presuntos yacimientos, con el objeto de engañar a la comisión, fue recibida con risas.
* * *
En las calles reinaba un estrépito infernal: golpeteo de los martillos, crujido de las maderas, caídas de las vigas, gritos de los obreros, chirridos de los carros conduciendo escombros, y a todo esto, ¡el maldito viento que soplaba el polvo en nubes espesas! Era como para perder la razón.
Toda la ciudad andaba con los ojos inflamados, los vestíbulos de la clínica oftalmológica estaban repletos de pacientes, y el nuevo folleto del profesor Grafomani sobre «la extraña influencia de la actividad constructora moderna en la córnea humana» se agotó a los pocos días.
Las cosas iban de mal en peor.
El tránsito se había paralizado. Un gentío enorme sitiaba al «Sol Rojo», y todo el mundo quería hablar con el americano, a ver si Mr. Makintosh no creía que también en otros edificios, no señalados en el plano, tenía que haber oro.
Patrullas militares recorrían la ciudad, y en todas las esquinas se leían avisos de las autoridades prohibiendo severamente todo nuevo derribo antes de la publicación de los decretos del Gobierno.
La policía iba equipada con armas blancas: de nada servían.
Se dieron casos horripilantes de enajenación: una viuda trepó de noche y en camisón al tejado de su propia casa, en el suburbio, y arrancó, entre chillidos estridentes, las tejas de la techumbre.
Madres jóvenes vagaban como ebrias por las calles, mientras que los niños de pecho, abandonados, perecían lentamente en las alcobas solitarias.
Sobre la ciudad tendíase una neblina oscura, como si el demonio del oro extendiera sobre ella sus alas de murciélago.
* * *
Por fin, por fin llegó el gran día. Los magníficos edificios de antes habían desaparecido como borrados del suelo, y un ejército de mineros relevó a los albañiles.
Palas y zapapicos resonaban por doquier.
* * *
Del oro…, ¡ni rastro! La veta yacía, sin duda, a mayor profundidad de lo que se había supuesto.
¡De pronto!: un enorme y extraño anuncio en los diarios:
GEORGE MAKINTOSH SE DIRIGE A SUS QUERIDOS AMIGOS Y A LA CIUDAD QUE TANTO HA LLEGADO A QUERER
Circunstancias imprevistas me obligan a decirles a todos adiós para siempre.
Con la presente me complazco en obsequiar a la ciudad con el gran globo cautivo, que todos podréis ver ascender esta tarde en la Plaza de San José y el que todos podéis usar gratuitamente en recuerdo de mi estancia en ésta. Me resulta imposible rendir visitas de despedida a cada uno de ustedes, por lo cual me permito dejar en la ciudad una… gran tarjeta de visita.
—¡Conque loco, a pesar de todo!
—¡Dejar una tarjeta de visita en la ciudad! ¡Puro disparate!
—Además, ¿qué significa todo esto? ¿Lo entiende usted acaso? —fue la exclamación general.
—Lo más raro de todo es que el americano vendió en secreto todos sus solares, hace ocho días…
Fue el fotógrafo Maloch el que, finalmente, arrojó luz sobre el enigma: participó como primero en la anunciada ascensión del globo, y sacó fotografías de los destrozos en la ciudad a vista de pájaro.
Ahora estaba la fotografía en todos los escaparates y las calles estaban llenas de gente que la quería contemplar.
¿Qué era lo que se veía?
En medio de un oscuro mar de casas, lucían los solares vacíos, formando un dentellado garrapato:
«G. M.»
¡Las iniciales del americano!
A la mayor parte de los propietarios de inmuebles les dio un ataque de apoplejía: sólo el viejo consejero de comercio, señor Clavícul, le daba igual. Su casa estaba declarada ruinosa de todas maneras.
De modo que sólo se frotó con fastidio los ojos inflamados, y gruñó:
—Siempre lo decía: éste Makintosh nunca ha tenido cabeza para nada bueno.
F I N
GUSTAV MEYRINK (Viena, Austria, 1868 – Starnberg, Alemania, 1932). Tuvo una infancia y una adolescencia conflictivas por ser hijo natural de un ministro wurtemburgués. Se sabe que trabajó primero en un banco y que estuvo a punto de suicidarse a los 24 años. Mientras frecuenta los círculos esotéricos de Praga, Munich y Viena, publica sus escritos sobre estos temas en la revista Simplizissimus.
Se interesó siempre por los fenómenos paranormales y, en el Dominico Blanco (1921), escribió: «Se aproxima la hora en que el espiritismo va a cubrir la humanidad como una marea pestilente».
Corresponsal de Kafka y Thomas Mann, terminó sus días al correr el año 1932, acusado de herejía: su nombre figuraba en las primeras listas negras de los nazis.
Toda la obra de Gustav Meyrink es una constante búsqueda de lucidez, de la elucidación de los oscuros vericuetos de la actividad ocultas y negada del hombre. Sus novelas más importantes son, además de las citadas, El rostro verde (1916) y El túnel en la ventana de Occidente. Su obra maestra es El Golem (1915).
- Alusión a la guerra de 1905, que terminó con la victoria japonesa sobre el imperio ruso de los zares. (N. del T.) ↩︎

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