Texto aleatorio

Este snapshot onírico cobró forma en mi cabeza cuando le pregunté a mi cartero favorito dónde mandaba las cartas que llegaban sin origen ni destino. Esperaba que me mirara con cara rara y lo cierto es que me dio un material de lo más interesante para trabajar.

En fin… El centro del universo más inédito es sin duda un lugar maravilloso excavado en la roca llamado Oficina de Correos.

ENTRÓ EN LA SALA DE LOS IRRESOLUBLES, un cubículo sin ventanas, de apenas cuatro metros cuadrados, y ya nunca salió. Cerró la puerta tras sus pasos y cuando la abrieron sus compañeros, poco después, ya no estaba.

Media oficina de correos vio cómo se llevaba cinco cartas al interior del cuartucho en el que se archivan y almacenan los envíos infranqueables, los que aguardan inspección postal, los retenidos por circunstancias inusuales, y los irresolubles.

El cuartucho toma su nombre por estos últimos, que son los envíos más mosqueantes para los de nuestro gremio: cartas y paquetes que ofrecen por todo destino una dirección incorrecta y otra igualmente equivocada en el remite. Se trata de unas entregas postales que parece que van de un sitio que no existe a otro que tampoco es de este mundo. Correspondencia sin correspondencia alguna, con la que nada se puede hacer, porque no puede entregarse ni devolverse a librador. Los irresolubles tampoco pueden abrirse, acabáramos. Y eso que tal vez la única manera de diligenciar nuestros irresolubles sea abrirlos y averiguar qué pasa con ellos, por qué motivo están jodidos por delante y por detrás.

Uno puede pensar que una carta con las dos direcciones mal es algo harto improbable, pero no es así. Vemos un buen puñado de esas todos los meses. Aunque a menudo sean misivas que se han mojado o manchado de forma que ya no se pueden leer bien las direcciones, a veces también se trata de sobres con sendos garabateados hechos por gente que posee el pulso de un enfermo de Parkinson y la letra de su médico. Otras veces se trata de envíos misteriosos e increíbles, con direcciones redactadas por un esquizofrénico que se inventa unos nombres fantásticos para las calles que solo existen en su cabeza. Luego está cuando nos topamos con un anciano que todavía llama a las calles por los nombres que les puso la revolución bolchevique o el dictador que vino después. Más de una vez nos han pedido que mandáramos una carta a la Avenida del Camarada Stalin, y casi siempre que sucede algo así nos entran ganas de leer la carta, para ver si el pobre señor que la ha redactado realmente cree que estamos en plena guerra.

Pero el caso es que ni siquiera los irresolubles pueden abrirse. El correo es siempre, siempre inviolable, salvo inspección postal. De modo que si vemos que no podemos hacer nada con él, si no sabemos dónde hay que mandarlo a cagar, pues lo destruimos. Sin abrirlo. Lo archivamos unos meses en el cuartucho de los irresolubles y luego lo convertimos en tallarines de papel. No son neuras de carteros ni el procedimiento administrativo, sino un imperativo legal.

Volviendo a entrar en el hilo de mi historia, sucedió que poco antes de aquella noche el cartero que trabajaba en nuestra oficina postal entró en el cuartucho de los irresolubles. Cuatro personas le vieron hacerlo. Ninguna le vio salir. Algo en el cuartucho de los irresolubles se lo tragó para siempre.

Su esposa denunció su desaparición. Pasaron los días. Sus compañeros buzonearon todas las casas del pueblo con fotocopias a color de su jeta de funcionario gris y su uniforme de cartero amarillo. Pasaron las semanas. La policía dejó de buscarle y el resto del pueblo hizo otro tanto, su caso fue a parar a alguna extraña especie de cuarto de irresolubles, de donde ya no salió. Pasaron los meses. Sus compañeros me contrataron a mí para reemplazarle. Pasarán los años. Apuesto a que su esposa será la próxima persona que le reemplace.

Porque este es un sitio pequeño. Un pueblo bonito. La gente chismorrea. Dicen que la mujer del hombre cuyo trabajo me dieron ahora anda tonteando con el veterinario. Hasta los forasteros nos enteramos de esas cosas.

Yo me acabo de instalar, por fin he conseguido un sitio tranquilo en el que jubilarme. No me importa si me han destinado a la oficina postal de Umbría, que llevo media vida repartiendo cartas en una ciudad enorme y me empezaba a apetecer mudarme a un sitio como este. Podían haberme mandado a Villabotijos del Rijoso y me habría parecido un destino igualmente estupendo.

Porque ahora tengo otro uniforme, de otro amarillo, y apenas un par de cientos de cartas que entregar cada dos o tres días. Me toco el pirindolo. Juego al buscaminas. Escruto con fascinación una vieja máquina de telégrafos. Miro por la ventana, a ver si los lugareños se acostumbran al nuevo cartero a base de verme despachando cuando pasan frente a la estafeta; algunos ya me saludan y todo.

Me pregunto si también recibirán en sus buzones fotocopias a color de mi careto de repartidor avejentado, en caso de que el cuartucho de los irresolubles me trague esta noche.

Porque hoy tenemos que poner al día un montón de correo atrasado y no nos queda otra que quedarnos hasta tarde clasificando y archivando una tonelada de cartas. En Umbría se ve que siempre nos colapsan las felicitaciones navideñas. Esta noche hay mucho que hacer y mucha postal que acabará en el cuarto de los irresolubles. Un zulo que apenas se ha abierto desde que desapareció aquel tío gris, en una noche como la de hoy.

Se fue con todo el correo irresoluble que se nos acumulaba en la estafeta tras la semana de fiestas locales, y la semana posterior, que es la de Pascua. Hay dos épocas del año en las que se colapsa nuestra oficina de correos, después de Pascua y antes de Navidad.

En la anterior no es que perdieran cartas, es que perdieron un cartero.

En esta noche, la víspera de Nochebuena, hacemos horas extra para poder entregar tres mil regalos y postales de Navidad justo cuando salga el sol.

Y lo normal es que el novato se ocupe de encajar las novatadas, traer los cafés, coger el teléfono principal cada vez que llaman las pacientes esposas, archivar las postales, clasificar los irresolubles… No importa si llevo más tiempo repartiendo correo que muchos de los carteros locales juntos, aquí soy todavía un forastero. Me encanta. Me hace sentir joven de nuevo.

Total, que me han soltado cuatro christmas escritos bajo el influjo del alcohol, la edad, y la nostalgia navideña. Los tres fantasmas. Seguro que son felicitaciones entrañables, pero por desgracia jamás llegarán a destino, porque también son de las que no podemos entregar. Tienen dos matasellos de «devuélvase». Uno en el anverso y otro en el reverso. Cuatro cartas que tienen eso y no tienen remedio, por lo tanto. Así que me las han endosado a mí y luego me han mandado a la planta baja.

Al cuarto de los envíos sin remedio.

La planta baja está ahora a oscuras por completo. Solo me acompaña la luz del led de la alarma, que está sin conectar pero parpadeando como solo puede parpadear cuando es noche cerrada.

Así que entro sin ver tres en un burro en el cuarto de los irresolubles. Abro su portezuela y bajo con dificultad los cinco escalones que caen tras su portezuela. Voy trastabillando hacia el interruptor colgante que hay tras el sexto peldaño y mientras lo hago me dejo envolver por la oscuridad. Entonces una corriente de aire frío me aventa un guantazo que me gira la cara y un portazo explota a mis espaldas. Me afano en alcanzar a tientas la cadena del pulsador de pera que pende justo frente a mis narices. Acciono el interruptor y se enciende justo al final de la escala la luz amarilla de una vieja farola.

De una farola que me ilumina un callejón sin asfaltar y medio encharcado.

Parece que estoy en la puerta de atrás de la oficina de correos.

Otra novatada. ¿Llevan meses tomándome el pelo con esto de los irresolubles?

Me vuelvo sobre mis pasos y encuentro cerrada a cal y canto la puerta por la que he venido a este pasadizo. La golpeo y doy voces, pero lo único que me contesta es la voz de una sirena.

Que suena, a lo lejos, con el timbre y el tono de una alarma antiaérea.

¿Quién demonios haría un estrépito como ese a estas horas de la noche?

Miro en la dirección en la que se escucha la sirena y veo recortándose contra unos extraños fogonazos la silueta de lo que parece un campanario. Una atalaya que despunta estratégicamente entre los tejados y las azoteas de las casas.

Un campanario que no me suena haber visto jamás en este pueblo.

Ni que fuera una torre de vigilancia.

Ya llevo unos meses viviendo en este sitio. No comprendo cómo se me puede haber pasado una construcción como esa. Es alta, tosca y espigada. Está rematada por largas troneras. Se estira hacia las estrellas con insolencia.

Me la quedo mirando y al seguirla con la vista caigo en la cuenta de que la cadena del interruptor de pera también es alta. Tan alta que sube hacia el techo del firmamento. No alcanzo a ver qué es lo que la sostiene, de manera que la agarro con fiereza y, sin soltarla, le asesto dos tirones.

Me responde al otro lado de la oscuridad la fuerza mansa de algo que arrastra hacia arriba el interruptor colgante, suave pero firmemente. Forcejeo con lo que quiera que pueda estar tirando de la cadenilla en las alturas y, en medio de la refriega con lo imposible, aprieto de nuevo el pulsador.

Y cuando lo hago, los focos antiaéreos de la ciudad se encienden.

Mil faros móviles se ponen a peinar las estrellas. Aparecen de una miríada de puntos perdidos entre las casas y arrancan una danza macabra con la que me muestran el contorno de los tejados del pueblo. Y una aparatosa detonación se escucha no muy lejos de mi callejón.

Suelto el interruptor y es como soltar la cuerda de un globo infinito. Algo inmenso y remoto parece llevárselo hacia la negrura de las estrellas, con la motricidad del helio. El pulsador de pera echa a volar suavemente y se larga, sin más. La luz de la farola que me alumbra el callejón parpadea, crepita y me abandona también. Me quedo a solas preguntándome qué coños está pasando. Parece que de repente me encuentro en un escenario en el que amenaza con desplegarse un bombardeo imposible. Aquí está arrancando una función siniestra, solo que yo no veo ni bambalinas ni público alguno.

Echo a andar y a dar voces, con una mano apretada en un puño y las cartas irresolubles en la otra. Corro hacia la salida del callejón y descubro que va a dar a los adoquines de la calle de un barrio residencial ajardinado. Villas señoriales y un chalé de diseño centroeuropeo, una excentricidad impensable para una aldea como Umbría. Hay varios de esos postes rematados por un buzón junto a las vallas de muchas de las viviendas… Apenas habré visto de esos, pero siempre me han gustado. Permiten a los carteros efectuar el reparto a las tantas. Y quedan muy cucos frente a las casitas como estas.

Por no hablar de los coches que hay aparcados frente a ellas.

También parecen salidos de un museo.

Miro la placa de la calle. Sea cual sea la situación, un cartero hace esas cosas como el que enciende cigarrillos. Es la Avenida del Camarada Stalin.

Pronto será historia.

Apuesto a que el barrio y los edificios que estoy viendo también habrán sido reducidos a cenizas, recuerdos, ruinas y cartas irresolubles, dentro de bien poco.

No puedo evitar pensar en todo el correo que se va a perder esta noche. Un cartero hace esas cosas, también.

Imagino que con la cara de pánico que pongo ahora no se buzonearán mil impresos. Seguro que a mí los de la oficina de correos no me buscarán mucho.

A lo lejos se oye el silbido de los bombarderos. Hay un resplandor que arde a las afueras del pueblo. Tengo poco tiempo. Esto se va a poner muy feo.

Así que miro las cartas que tengo en la mano. Son seis entregas. Un buen cartero siempre está pensando en sus cartas.

Y sé que ahora voy a hacer lo que hace un cartero de los buenos.

Cursarlas, mientras pueda.


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