Esta ghost story es de mi primera fase, de la época de NOCHE CERRADA. No sé qué pasa con la guerra civil en España, pero algunos te miran mal si la empleas como escenario de fondo para contar historias como las mías… Los norteamericanos en cambio no dudan en frivolizar con cada campo de batalla y son capaces de levantar relatos de terror sobre cada tumba que tienen. Nunca dejaré de alucinar con esas diferencias culturales.
Estuve a punto de ganar un premio Avalon con este relato, aunque a mí me parece muy primerizo. Es del 2007, pero vio la luz por primera vez, de la mano de Joe Álamo, en la antología INSOMNIA (Grupo AJEC, 2012).
¡Educad mejor a vuestros hijos,
o lo haré yo por vosotros!
MARILYN MANSON
I
TIENES A LOS MEDIOCRES, a los putos mediocres y a los cobradores de aparcamiento.
El chaval del turno vespertino es uno de esos que cumplieron los treinta y tantos estando en la universidad. Dejó los estudios en cuanto se dio cuenta de que los porros y los libros no van juntos. Un poco tarde para él, pero no para este empleo; para este trabajo nunca es tarde.
Así que ahora se fuma más de diez canutos al día. Y trabaja como cobrador de aparcamiento. Eso son dos estupideces, sí, pero dos estupideces compatibles.
La señora del turno matutino plantó al marido tras veinte años de ser ama de casa. Se dio de morros con el mercado laboral, cuarentona y sin estudios. Se infló a buscar trabajo hasta que consiguió este sucedáneo de empleo: la hicieron cobradora en mi parking.
Luego estoy yo, reinsertándome. El peor de todos. El cobrador del turno de noche.
Somos fauna sin pedigrí. El escarabajo pelotero del zoológico de asfalto, siempre dándole vueltas a nuestra enorme bola de mierda. Es lo único que sabemos hacer: darle vueltas a todo, pensar en no se sabe qué. Quedarnos quietos en nuestra silla, mirando aquí y allá. Cobrar los billetes de aparcamiento es lo mejor que te puede suceder en un empleo en el que no hay nada más interesante que hacer.
Por lo general, nosotros no solemos leer nada, no podemos salir del zulo de cristal en el que trabajamos, no hay nadie con quien hablar. Tampoco se nos permite ver la tele o escuchar la radio. No puedes traerte un MP3. Terminas odiando los crucigramas. Terminas inexorablemente dándole vueltas a tu bola de mierda, como el escarabajo pelotero que eres. A menudo te preguntas cómo es que te lo has montado tan mal en esta vida. Algunas veces piensas en escapar y buscarte otra cosa, pero al final no cambia nada y lo único que sucede es que ahí te espera tu inmensa bola de mierda. Lo mismo que al astronauta le espera la Tierra al final de su vuelo espacial, a ti te espera la bola de mierda cuando termina tu vida y empieza tu empleo. Es un trabajo mucho más que descorazonador, el mío. Algunas veces llego hasta a echar de menos mi docena y media de años en la cárcel. Años en los que no me sentí realmente solo ni por un instante.
Así las cosas, creo que lo único que me salva de volver a asaltar estancos, robar coches y atracar a punta de navaja son los novecientos euros al mes. Un dinero con las que me las he ingeniado para pagarme los garbanzos, la tele de pago, el alquiler de un antro subvencionado casi tan pequeño como el zulo de cristal en donde trabajo, y las putas. Quítame la tele de pago, las putas y las mañanas de pesca con caña en las escolleras que hay cerca del puerto deportivo de El Grao… Quítame todo eso y me veo volviendo al talego antes de los cincuenta.
Porque, la verdad, yo ya no estoy para vivir de la calle. Las cosas han cambiado mucho allí. Ahora todas las joyerías están fortificadas, hasta los estancos suelen cobrar con VISA, la ciudad está llena de videocámaras, los tatuajes ya no dan miedo a nadie, los coches llevan el estéreo integrado en el salpicadero y antirrobo de serie, ningún pequeño comerciante respeta al atracador si no habla con acento.
O sea, que estoy viejo. Y cada vez más gordo. «Bola de Mierda», me solían llamar en el patio de la prisión. Y ahora ando reinsertándome, sí, pero con resignación. Aunque aquí no todo el mundo tiene un nombre de guerra, yo sigo siendo Bola de Mierda, todo el mundo me llama así ahora. Además, la bola de mierda ya no solo está en mi nombre, también es eso que empujo yo, en silencio, rampa arriba y a solas, no sea que me aplaste y alguien tenga que lamentarlo. Me han asignado el aroma de los tubos de escape, la luz mortecina de los tubos de neón, la mediocre televisión por cable y las malas putas. Astuta forma de anular al maleante que tiene el sistema: si sobrevives a la cocaína, a la Guardia Civil, a la cárcel y a la condicional te espera una reinserción, en forma de bola de mierda, Bola de Mierda.
Entro a las once. Salgo a las siete. Entre lo uno y lo otro, la nada. La bola de mierda. Si es fin de semana veo entrar y salir a jóvenes, conduciendo los coches que les compran sus padres, transportando a muchachas vestidas peor que mis putas, drogándose en el asiento de atrás antes de abandonar el aparcamiento.
Entre semana es mucho peor. Ya no me queda ni el consuelo de ver a la gente joven derrochar su juventud mucho mejor de lo que yo supe hacer con la mía. De lunes a jueves te esperan ocho horas de soledad hueca. La ciudad duerme y los motores con ella. Te envuelve el silencio y el desodorante turbodiésel. Cobras un billete de aparcamiento cada media hora, cada hora. Cada dos horas. El tiempo se detiene. El reloj del muro de enfrente se echa a dormir. Dios pulsa el pause del mando a distancia del DVD de tu vida. El planeta deja de girar, todo el mundo se baja, y tú te quedas.
Te quedas solo.
Pensando.
Para eso parece que te hayan metido aquí.
Al fin y al cabo, esto es otra celda. Una de aislamiento.
Pero vino un viejo, aquella noche. Llevaba una boina en la cabeza, encasquetada hasta las cejas, grises, pobladas, gruesas. Chaqueta de lana fina de color marrón, camisa a cuadros. ¿Estos conducen?
Se plantó delante de mi cabina, sin darme las buenas noches. Sacó de su bolsillo una cartera de tela repleta de papeles viejos, y empezó, ceñudo, a rebuscar el billete.
Al final me tendió un arrugado pase de aparcamiento. Yo lo traté de alisar con parsimonia y se lo hice tragar a la máquina esa que me dice cuánto tengo que cobrarle a cada cliente. La máquina que me enviará al paro el día menos pensado, cuando la empresa que gestiona el aparcamiento se decida a automatizar mi trabajo todavía más y la ley no se lo impida.
La pantalla del ordenador mostró la fecha y hora de la entrada en garaje del billete: trece de junio de mil novecientos treinta y ocho. Toma ya.
Saqué el billete y lo volví a introducir. De todas las marcianadas que me había hecho aquel trasto aquella era la peor.
De nuevo la misma fecha, el sistema diciéndome que aquel abuelo venía a llevarse un coche que estaba aparcado en aquel sótano desde hacía setenta años. Importe del billete: 719.712,19 euros.
Me volví al anciano, pero ya no estaba allí. Miré a un lado y a otro, pero no había ni rastro de él.
Intrigado, me tomé la libertad de salir de la cabina y mirar hacia la salida peatonal, buscando al yayo. Nunca apareció. ¿Cómo hizo para desaparecer de mi vista tan rápido? ¡Si había cuarenta metros de distancia desde mi zulo hasta las escaleras!
Qué raro.
II
—Observa este billete, Mario —le dije al encargado con una sonrisa, en cuanto me saqué del bolsillo de la camisa el ticket de aparcamiento que me había dado el anciano la noche anterior.
El ordenador leyó con dificultad el arrugado papel. Trece de junio de mil novecientos treinta y ocho.
—¿Lo ves? —le pregunté al golpear la mesa, en tono triunfal—. ¡La máquina está loca!
—Vaya, qué gracioso —me respondió él con una carcajada—. Ese billete debe tener algún error de impresión en el código de barras. Hay un campo donde se registra la fecha y hora de entrada, se le debe de haber corrido la tinta, o algo así.
—¿Y qué hago si me llega otro cliente con un ticket como este?
—¡No sé, Bola de Mierda! —me respondió rascándose la nuca con un gesto perplejo—. De momento cóbrale solo una hora y guarda el billete. En cuanto me traigas dos o tres más como este, daré parte a los de informática, a ver qué dicen ellos. Yo es que nunca he visto nada igual en siete años, así que tampoco creo que sea como para rasgarse las vestiduras.
—Entonces… ¿no vas a hacer nada?
—Pues no, oye. Si alguien se molesta en ponerse con algo tan ingenioso como descifrar uno de nuestros billetes, para falsificarlo, y por solo uno con diecinueve la hora… ¡Mejor dejarlo estar! No se puede luchar contra el oxígeno. Y menos cuando estas cosas te pasan cada siete años.
—Pues vale, me olvido del tema —respondí con una mueca de resignación: aquello era lo más emocionante que me había sucedido desde que acepté aquel empleo, haría diez meses.
—En fin, nos vemos mañana —zanjó él, despidiéndose de mí con la mano.
Y me dejó solo, incorporándome de nuevo al turno de noche.
Listo para darle vueltas y vueltas a mi bola de mierda.
Me dieron la una, las dos y las tres. Luego vendrían las cuatro, las cinco y las seis. Me aburría tanto que empecé a contar las manchas del terrazo del suelo de la cabina acristalada, uno de mis pasatiempos habituales.
Estaba inmerso en el recuento y maldecía la hora en la que había olvidado aquella revista de pesca tan interesante que me había comprado aquella misma mañana, cuando levanté un momento la vista del pavimento y me di de bruces con los enormes ojos cejijuntos del mismo anciano de la noche anterior, observándome fijamente.
—¡Hola! —exclamé sobresaltado.
Él no respondió, tan solo dejó su cartera de tela de lona sobre el mostrador y me pasó otro billete arrugado por la bandeja de cobro, mirándome con una expresión ausente y la boca muy abierta, llena de dientes anaranjados y torcidos.
—Oiga, el billete que me dio usted anoche era incorrecto. ¿De dónde lo sacó?
—De mi cartera —me dijo, hablando muy despacio.
Tócate los cojones.
—Pero se lo expendió la máquina de la entrada, ¿no?
Se encogió de hombros.
—Pero… oiga. ¿Cómo hizo usted para salir del aparcamiento sin billete? —le pregunté al tomar el ticket de la bandeja de cobro y metiéndolo en el lector—. ¿Salió por la vía peatonal?
Volví la vista a la pantalla del ordenador. Trece de junio de mil novecientos treinta y ocho.
—¡Eh, oiga! —exclamé azorado al darme la vuelta sobre las ruedas de mi silla de oficina para sorprenderle caminando hacia las escaleras.
Andaba con pasos anormalmente cortos, pero se movía a toda velocidad, como una muñeca de cuerda. Y lo peor de todo es que caminaba demencialmente hacia atrás. De espaldas. Verle desaparecer del recinto en dirección a la vía de acceso peatonal te hacía sentir como si Dios hubiera cogido el mando a distancia del DVD de tu vida y le hubiera dado a la marcha atrás, rebobinando los fotogramas de la loca película del mundo a toda vela, ante tus ojos atónitos.
Mientras tú te quedabas quieto. En tu cabina acristalada. En tu bola de mierda.
Agité la cabeza a ambos lados, sacudiéndola como si así pudiera sacarme de la vista aquel espanto. ¿Es que me había vuelto loco del todo o qué?
Qué.
Porque se iba. Se largaba. No es que me estuviera jugando la vista una mala pasada, es que aquel fulano se me escurría lo mismo que un cangrejo de la escollera, dando marcha atrás hacia una grieta entre dos enormes rocas. Igual que la arena de la playa se te escapa entre los dedos, por fuerte que trates de apretarla.
Me quedé pasmado. Miré cómo ganaba rápidamente la distancia hasta la vía peatonal y alcanzaba las escaleras. Miré cómo luego encontraba la apertura de la puerta de salida, sin echar la vista atrás ni por un instante, y llegué a preguntarme si era que una cuerda tiraba de él desde el otro lado del umbral. Parecía moverse sobre raíles.
Verle caminar de aquel modo me hizo sentir como a uno de esos peces a los que los pescadores de cacea plantan un cebo delante para luego tirar del sedal. Algo me había puesto ante los ojos a aquella abominación de hombre y ahora me lo quitaba de la vista de un soberano tirón de carrete y caña. Solo que aquel señor caminaba con sus propios pies.
O era que sus pies caminaban debajo de él.
Una vez llegó a la entrada de la vía de servicio lo lógico era esperar que marchara tomando la salida hacia el exterior… solo que no subió las escaleras hacia la calle. No. En lugar de torcer hacia la derecha dobló al lado opuesto, giró en las escaleras hacia abajo, hacia la segunda planta del aparcamiento. Aquel espanto de anciano se adentraba hacia las profundidades del complejo, descendía a los niveles inferiores de aquel lugar. No pretendía marcharse de aquel sitio, sino adentrarse en él.
—¡Eh, deténgase! ¿Adónde va usted?
Salí de la cabina, abandoné mi puesto para perseguirle. Podría arrinconarlo en las plantas de abajo y averiguar lo que estaba sucediendo. Y él no iba a poder desalojar el recinto a través de la salida de vehículos sin un billete pagado.
Un pescador es un pescador. Y yo, Bola de Mierda, soy el hombre sin miedo. Soy el pavo al que solo pudieron detener entre diez, en aquel atraco a mano armada que marcó el fin de mis días como amenaza para la sociedad. Hicieron falta tres disparos, porque yo no suelo recular ante nada. Porque yo nunca tengo nada que perder, tan solo una bola de mierda.
Y no hay nada más impredecible en esta vida que un tío al que no se le puede quitar nada ya.
Me pregunté si sería que mi destrozado cerebro volvía a padecer otro brote sicótico, otra de aquellas horribles crisis nerviosas, tal vez secuelas del abuso de drogas, que me solían coger durante mis primeros años en la cárcel. A veces me sucedía, por aquel entonces. A veces se me iba la cabeza, me daban ataques de pánico y hasta crisis alucinatorias. Cierto es que, en aquel preciso instante, yo ya no recordaba cuándo fue la última vez que me ocurrió algo así, pero el caso es que aquella explicación se me antojó razonable en aquel momento. ¿Qué otra cosa cabía pensar?
Supongo que en ese justo instante también debí creer que Abuelo Cangrejo era otro de esos vagabundos que acuden a los aparcamientos de acceso público a hacer noche. Se me ocurrió que iría a encerrarse en el lavabo para dormir, como sucedió con un sin techo rumano el verano anterior. Sí. Aquella teoría sonaba mucho mejor que cualquier otra.
Llegué hasta las escaleras y miré por el hueco del pasamano, hacia abajo. Adiviné su mano deslizándose con suavidad por la barandilla de las escaleras de la segunda planta.
Descendí todo lo rápido que pude, haciendo rebotar mi enorme panza arriba y abajo, casi a la carrera sobre los peldaños y dando voces sin parar. Cuando llegué al rellano de la segunda planta volví a mirar por el hueco de las escaleras y divisé de nuevo su mano, acariciando la baranda. Estaba en la tercera planta del sótano, la última del aparcamiento.
Continué con el descenso hasta que terminé con el último escalón y salí, jadeante, de la vía peatonal al recinto del garaje.
Apenas había vehículos aparcados en la tercera planta. Aquello era poco más que una explanada en la que se habían dibujado cuadrículas con pintura blanca en el suelo, casi todas las plazas de garaje desnudas. Solos aquel anciano, y yo.
Pude verle al fondo de la estancia, y allí torcer a la derecha, siempre de espaldas y mirándome.
El aparcamiento estaba conformado por una avenida principal flanqueada a diestro y siniestro por pares de plazas de vehículos. La avenida se cerraba sobre sí misma, formaba un cuadrado perfecto que vertebraba aquel recinto de forma que los coches pudieran trazar una trayectoria circular en busca de un hueco disponible durante las horas punta. O sea, que aquel piso era, al igual que el resto del lugar, un circuito cerrado que solo se podía abandonar ascendiendo por la rampa o mediante la vía peatonal, las escaleras a mis espaldas.
Le perdí de vista cuando torció a la derecha. ¿Adónde iba? ¡Si por ahí no había salida alguna! ¿Y cómo podía moverse así? ¿Qué demonios estaba pasando?
Corrí cuanto pude y doblé el recodo, tras sus pasos. Entonces le vi llegar al fondo de la pared sur del aparcamiento, mirándome por última vez al adentrarse entre dos columnas entre las que no se colaba la luz de los tubos de neón de aquellas instalaciones. El viejo desapareció caminando de espaldas en la negrura de aquella última plaza de aparcamiento, la más profunda y arrinconada de todas. La oscuridad le envolvió y yo le perdí de vista.
Deceleré hasta andar, sabedor de que aquella plaza moría en un muro de piedra. Llegué a escasos metros del punto donde le había visto desaparecer y la cercanía me permitió ver el fondo de aquella parcela de suelo. Allí no había nada más que el muro que delimitaba el final del recinto, desnudo. Forrado en hormigón.
Miré a un lado y a otro. Me fijé en el suelo, lleno de manchas de aceite y anticongelante. Miré el techo, plagado de los tubos extractores de aire. Busqué al anciano por todo aquel lugar, tras las columnas que envolvían las vigas maestras de la edificación, bajo los cuatro coches que había en aquella última planta del aparcamiento, pero no había ni rastro de él.
Se lo había tragado la tierra. O aquel muro.
Cuando volví a la cabina, perplejo, descubrí que se había dejado la cartera de lona sobre el mostrador. Estupendo. Ya vendría a por ella.
La examiné de forma rápida y superficial, encontrándola llena de papeles viejos, mal doblados. No había dinero ni documentos de identificación. Me la guardé. Ya volveríamos a vernos.
Porque volveríamos a hacerlo. Claro que sí.
III
Domingo al mediodía, vituallas tras una sesión de pesca soleada. Paella de verduras en familia. Mi hermana, la lista. Su marido, el cuñado más guapo que una suegra pueda tener. Mi viuda madre, madre viuda. El destrozado y decrépito medio pulmón de mi abuelo, que ya solo podía quitarse la mascarilla de oxígeno durante el tiempo justo para comer. Mis cien minutos de conversación semanal, la mayoría míos.
Mi cuñado era profesor en un instituto de secundaria. Mi hermana era administrativa en un bufete de abogados. Los listos de la familia. Yo era solo un escarabajo pelotero, la vergüenza del ecosistema. Bola de Mierda, para los amigos.
—¿Alguno de vosotros dos sabría decirme qué sucedió en junio de mil novecientos treinta y ocho? —dije aprovechando un descanso entre la conversación sobre fútbol y las alabanzas de turno sobre las habilidades de mi madre en la cocina.
—Pregúntale al abuelo —dijo mamá mascando arroz con la boca abierta, asquerosamente—, él estaba en sus tiempos mozos por aquel entonces.
—¿Abuelo?
—¿Eh? —balbuceó, sordo como una tapia y ahogándose al tragar la comida.
—¿Vosté on estava en juny de mil noucents trenta vuit? —le dije, chapurreando en mi apolillado valenciano.
—¡Fent la guerra! —dijo alzando el brazo como un sargento nazi y tosiendo, con violencia, después.
Carcajada general.
—¿Por qué preguntas? —dijo mi cuñado, no sé si divertido conmigo o de mí.
—Nah, cosas mías.
—¿Sigues trabajando en la cochera, fillet? —me preguntó el abuelo, cada vez más asfixiado, contento de que se le incluyera en algún tipo de conversación, y a viva voz en su apolillado y acentuado castellano. Solía rendirse conmigo y emplear la lengua de mi padre para que nos entendiéramos mejor. Entre eso, su insuficiencia respiratoria y su sordera casi resultaba cómico oírle hablar gritar.
—Sí, abuelo. Trabajo de cobrador en el aparcamiento de Castalia —le respondí mientras subía el volumen del DVD de mi vida, mientras en mi cabeza se dibujaba una enorme bola de mierda, una tan grande como para aplastarme bajo su peso.
—Me hacen mucha gracia a mí, los aparcamientos de coches, fillet —rio el abuelo, quedándose sin aire mientras escarbaba en la ensalada—. En mi época, en el treinta y ocho, esas cosas no existían.
—¿Sabes si pasó algo especial el trece de junio de mil novecientos treinta y ocho, yayo?
—Me hacen mucha gracia a mí, los aparcamientos de coches…
—¡Abuelo, collons!
—¿Eh?
Alcé —más— la voz y repetí la pregunta.
El abuelo se puso la mascarilla de oxígeno de pensar. Dios puso el slow motion del DVD de mi vida. Lo puso tan lento que hasta se podían contar los frames, foto a foto. Al final, el abuelo habló, tal vez harto de aquel primer plano de su meditabundo rostro a cámara lenta.
—El tretze de juny… sí, el tretze, els nacionals van conquerir Castelló.
—¿Las tropas de Franco? ¿Tomaron Castellón ese día?
El abuelo asintió con la cabeza, pensativo. Se volvió a poner la mascarilla de oxígeno hasta que su respiración se normalizó de nuevo.
—Todavía lo recuerdo —dijo exhalando e inhalando a toda velocidad—. Murió Robustiano, el de la pescadería de Fadrell. Amigo mío de toda la vida. El hijo de Manolita la beata.
IV
Cartera de lona. Bola de mierda. Las dos de la noche. Han vuelto a ingresar al padre de mi madre en la habitación 622 del Hospital General, como todos los meses, cuando le coge una crisis pulmonar. Cualquier día de estos palmará, me digo mientras empujo mi bola de mierda cuesta arriba, ensimismado.
Dentro de una hora volveríamos a vernos, Abuelo Cangrejo y yo. Solo que esta vez no iba a escapar, no; porque había traído conmigo a mi niña. Miré mi arpón de aluminio, un Seatec Tornado de ciento cuarenta centímetros, el único fusil de pesca submarina capaz de arrancarle al mar un tiburón de dos metros. Íbamos de captura. Aquella noche mi niña y yo sacaríamos una pieza única, nos cobraríamos un abuelo cangrejo de más de ochenta kilos.
Llamadme psicópata, pero no hay nada mejor para sujetar a una presa a la carrera que una arponada de tres gomas con una punta de anzuelo Omer. Con un disparo como ese no puedes matar a un hombre, pero puedes estar seguro de que no irá muy lejos de ti, a no ser que lo haga con medio kilo menos de carne; porque si consigues engarfiar una pieza con un aparejo tan preciso como mi niña, ya no escapa sin desangrarse en el proceso.
Vale, la pesca submarina tampoco es que sea mi especialidad, pero mis buenas piezas que me habré cobrado, por mucho que lo mío sea curricanear con caña, ya sea desde una escollera o desde el bordo de un bote. Lanzar la caña, es lo único que sé hacer realmente bien. Sé desvalijar al mar y sé desvalijar a la ciudad. Aunque lo primero ya no sea un oficio, y lo segundo, qué demonios, tampoco.
Dieron las tres menos diez y abrí de par en par el acristalamiento de mi zulo. Puse el arpón junto a mi silla y me preparé para verle llegar. Me puse en pie frente a la bandeja de cobro y atento, como si fuera uno de esos gatos del puerto cuando están a punto de saltar sobre una gaviota distraída. No se me iba a escapar. No aquella vez.
Las tres en punto, estaba al caer. Yo esperaba verle aparecer por la vía peatonal, pero no salió de allí. No.
Salió lentamente de debajo del mostrador, y yo me quedé atónito cuando vi aparecer su boina, alzándose muy despacio, por el horizonte del aparador de la bandeja de cobro, como una luna al anochecer. Surgió, primero su boina, luego sus manos y luego su jeta al completo, emergiendo del suelo, con una enorme sonrisa en la boca y mirándome de lleno a los ojos.
¿Había estado agazapado en cuclillas frente a mi cabina? ¿Respirando a medio metro de mí mientras yo trataba de tenderle una trampa?
¿Desde cuándo?
Joder, ¿de dónde había salido?
Se estiró todo lo largo que era hasta plantarse frente a mi boquiabierto intento por capturarle. Se puso en pie, despacio, lo mismo que uno de esos insultos que se dicen con parsimonia y marcando cada sílaba; y nuestros ojos chocaron de frente, dos trenes de mercancías puestos a circular en sentidos opuestos y por el mismo carril.
—Dame mi cartera.
—No.
—Mi cartera.
—¿Quién eres? —le dije mientras una extraña sensación de irrealidad se apoderaba de mí cuando reparé en su nariz, casi pegada al vidrio del mostrador. Un cristal que por primera vez en toda su historia no se empañaba de mala manera si alguien le hablaba tan de cerca—. El hijo de puta no respiraba. ¿Qué eres?
Puso en la bandeja de cobro otro de sus billetes malditos, sin sacarme los ojos de dentro.
—Cóbrame este billete y dame mi cartera, o te arrancaré los pulmones, piojoso.
Piojoso es Bola de Mierda. Pero nadie le habla así a Bola de Mierda.
—Tú —le dije mostrándole los dientes— no harás nada, desecho de tienda…
Y entonces pasó. Volvió a suceder. Dios le dio al pause del mando a distancia y Abuelo Cangrejo se movió como solo lo puede hacer una criatura que pertenece a otra historia, a otro plano del rodaje. Me convertí en el decorado inmóvil de un plato en el que aquel engendro parecía poder moverse contra toda lógica y actuando contra la cordura más elemental.
Abuelo Cangrejo, con la velocidad de un pez vela, me arrancó de las manos la cartera de lona, estirando el brazo más rápido de lo que mis ojos alcanzaban a seguir. Acto seguido dejó su billete sobre el mostrador y salió caminando hacia atrás con aquella horrible sonrisa instalada en medio de la cara. Y yo impotente.
No es que me quedara paralizado, es que aquella criatura me hacía parecer una de esas lapas que necesitan de una tarde entera para cambiar de posición mientras sube y baja la marea. Asistí boquiabierto al espectáculo de ver cómo mi captura se desvanecía, tomando la misma salida que la noche anterior, sin apenas permitirme un instante de reacción para prestar resistencia alguna. Y en un santiamén, me vi reducido a la inoperancia y dejando escapar la pieza sin más.
Sentí cómo mi bola de mierda pesaba lo mismo que el ancla danforth del pesquero en el que solíamos faenar mi padre y yo antes de que la cocaína me empujara al pillaje. El peso del mundo parecía haberse depositado y concentrado en mi bola de mierda. Aquello me superaba.
Conseguí sobreponerme a la impresión y salí de la cabina, incapaz de aceptar aquello. ¿Me iba a quedar otra vez sin saber por dónde hacer frente a aquella delirante situación y con cara de gilipollas? ¿Cómo demonios iba yo a plantar resistencia a aquella cosa si no era capaz de moverme como Abuelo Cangrejo? ¿Cómo podía hacer Abuelo Cangrejo para moverse así?
Y entonces se me ocurrió. Y lo hice.
Me di la vuelta.
Le di la espalda a la vía de servicio, a la salida peatonal del aparcamiento por la que había desaparecido Abuelo Cangrejo.
Y di un paso. Hacia atrás.
Luego otro.
Y uno más. Y empecé a caminar de espaldas, sin mirar por encima del hombro. Mis pies empezaron a moverse lo mismo que se mueven los pies de Michael Jackson, encontrando su sitio por instinto. Dios puso el CD de la banda sonora de mi vida y la música se me llevó en volandas.
Me sorprendí a mí mismo al trazar una trayectoria muy bien dirigida y encontrar a la perfección el arco de la puerta de salida para luego torcer limpiamente hacia la izquierda hasta llegar a las escaleras que descendían a las plantas inferiores del complejo. Mis pasos empezaron a moverse sobre raíles, cada vez más rápido. Era como aprender a ir en bicicleta, tú solo repites un movimiento mecánico y simplón, y eso ya te lleva hacia algo. Te conduce. Eres conducido. De repente caes en la cuenta de que no pareces controlar bien tu trayectoria, de que el manillar no te transmite confianza alguna, y de que los pedales bajo tus pies parecen ir cobrando inercia y empiezan a empujar a las suelas de tus zapatos. De algún modo, te has puesto en marcha cuesta abajo, pilotando algo nuevo que se te apodera y te pone rumbo hacia un horizonte desconocido. Sentí cómo mi bola de mierda empezaba a rodar, descendía por una pronunciada rampa, y yo pasaba a perseguirla con preocupación. Zarpábamos, rumbo atrás.
Mis pies encontraron los escalones lo mismo que mis manos encuentran el salabre al tacto, sin errar tiento alguno, cuando pica un buen pez. Me maravillé de ver lo antinaturalmente fácil que me resultaba descender peldaño a peldaño sobre mis propios pies, bajando hacia atrás, cada vez más rápido. Y entonces llegué a la última planta. Aquella demencial persecución parecía avanzar hacia alguna parte.
Aquel movimiento estaba empezando a apoderarse de mí, se hacía con el control de mis pies. Estaba empezando a sentirme como si me hubieran puesto sobre unos patines que bailaran solos, pero con la popa por delante.
Y entonces oí algo. Una voz, que sonaba sobre mi hombro izquierdo. La voz de una anciana descompuesta y desdentada.
—¡Buen truco, Bola de Mierda!
Me volví de repente, sobresaltado. Me sorprendió el esfuerzo que tuve que hacer para detenerme. Me había arrancado a caminar, me había arrancado con ganas.
A mis espaldas, el aparcamiento vacío. Bola de Mierda, y Nadie alrededor. ¿Qué ha sido eso?
—¿Quién anda ahí? —dije, balbuceando. Aquello empezaba a oler muy, muy mal. Dios había puesto una peli de miedo en el DVD de mi vida. Pero yo soy el hombre sin miedo.
El silencio. El rumor del extractor de aire y el crepitar de los tubos de neón. El aparcamiento vacío. Yo, y mi bola de mierda.
Mi bola de mierda, y yo. Juez y parte.
Volví a darme la vuelta. Di otro paso hacia atrás. Izquierda, derecha. Empezó a sonar la música en mi cabeza, y, al igual que un imán guía tu mano haciendo uso de su fuerza invisible, mis pasos imposibles empezaron a tomar de nuevo el control.
—¿Esta es la clase de cosas que aprende uno en la cárcel, Bola de Mierda? —dijo en algún lugar a mis espaldas la voz de un niño pequeño, chillona y divertida.
—¡No hay nadie ahí! ¡Estoy a solas! ¡No hay nadie! —respondí sin poder detener mis pies y agitando los brazos como si aquella conversación estuviera de más—. ¡Estoy a solas!
—¿A solas con tu bola de mierda? —preguntó el timbre sensual de las cuerdas vocales de una joven mujer. Su voz salía también de atrás, pero de manera mucho más lateral y próxima.
—Dejadlo, dejad que venga con nosotros. Si atraviesa el muro y llega al otro lado nos vamos a divertir con él, idiotas —dijo la voz profunda y cavernosa del que debiera ser un hombre fornido, sonando más lejos que todos los anteriores.
Di, haciendo fuerza en extremo, una vuelta de ciento ochenta grados, interrumpiendo trabajosamente la magia en mis pies. Luego di varias vueltas sobre mí mismo. Ni rastro de persona alguna y, sin embargo, hasta que me volví, parecía haberme rodeado un coro de voces.
¿Qué me estaba pasando?
No era una alucinación. Las alucinaciones nunca parecen más reales que una patada en la boca. Aquello tenía más peligro que delirio.
—¿Quiénes sois? ¿Qué queréis? —pregunté volviéndome de nuevo sobre mí mismo y echando a andar hacia aquello. Ya no acertaba a decir si lo de caminar al revés era mi intención o algo que se estaba adueñando de mis pasos lo mismo que una llama se adueña de la trayectoria de las polillas.
Fue darme la vuelta para reiniciar la anormal caminata y las voces reaparecieron, dispuestas a responder a mis preguntas.
—Somos legión —dijo la voz de Abuelo Cangrejo, susurrándome tras el oído.
—Queremos venganza —añadió en valenciano la carcajada de una niña. Su risa parecía salir de algún punto a mi espalda, brotando a la altura de mi abdomen. Sin poder dejar de caminar, volví la cabeza hacia aquellas coordenadas, y en cuanto mis ojos las enfocaron de lleno mis oídos dejaron de escuchar a la niña.
Silencio, abrupto.
Podía oírlos, mientras no tratara de mirarlos. Mientras avanzara hacia ellos. Solo parecían existir a mis espaldas durante los instantes en que caminaba al revés y miraba al frente, dejándome llevar por la balada inaudible que se había instalado en algún lugar inexistente, entre mis orejas. Aquella forma de moverme me estaba empezando a recordar a la que tienen las marionetas, cuando alguien o algo tira de sus hilos.
Muy bien, pensé, veamos de qué estáis hechos.
Y reanudé la marcha de pasos en retroceso. Nos íbamos a ver las caras. Estaba dispuesto a llegar al final de aquello, y no necesitaba saber nada más que eso.
—¡Dejadme! ¡Marchaos! —exclamé sin detener mis pasos imposibles. El muro al final de la última planta estaba cerca. Yo no podía verlo, pero de algún modo sabía que estaba allí.
—¿Por qué te obstinas en caminar como nosotros, idiota? ¿Es que quieres venir al sitio desde donde maldecimos, Bola de Mierda? ¿Tanto necesitas la compañía, perdedor?
—Quiero… —contesté, en tono de enfado—. Quiero tirar del sedal. Quiero la captura que he venido a tomar. ¡Yo nunca retrocedo ante nada!
—Pu… pu… pues a-a-ahora estás caminando hacia atrás —respondió burlona la voz tartamuda de una mujer mayor.
Una carcajada colectiva se desplegó a mis espaldas, cubriendo la acústica tras de mí en un ángulo de ciento ochenta grados. Decenas de personas de todo tipo, género y edad, riéndose de mí al mismo tiempo, y en Dolby Surround.
—¡Basta! ¡Callad! ¡No os burléis de Bola de Mierda! ¡Bola de Mierda ha matado a personas mejores que vosotros, hijos de puta!
Se hizo de repente un silencio insano.
—A nosotros no puedes matarnos, estúpida Bola de Mierda —dijo en tono lapidario y hablando despacio y de forma amenazadora la voz del niño—. Nosotros ya estamos muertos. Haría falta mucho más que otra guerra para darnos muerte.
—¡Yo sí que estoy muerto, niño del demonio! —respondí con un sollozo—. ¡Llevo muerto toda una puta vida! ¡No me digas lo que puedo y lo que no puedo hacer, porque soy capaz de irme al infierno a por todos vosotros, hatajo de idiotas!
—Sea, pues, Bola de Mierda —zanjó Anciano Cangrejo—. Ven a por mí si tienes cojones, pero vas a tener que caminar mucho más deprisa si quieres poder cruzar el muro de piedra.
Se desplegó otro coro de risitas y cuchicheos divertidos en la asamblea a mis espaldas.
Y de repente, toe, me di de espaldas contra el muro del fondo sur del aparcamiento, haciendo que mi demencial caminata se detuviera de repente. La algarabía de los fantasmas se interrumpió de golpe y porrazo. Dios había pulsado el pause del CD de aquella banda sonora. La pesadilla me abandonó de inmediato.
¿Caminar mucho más deprisa? ¿Tanto como Abuelo Cangrejo? ¿Y de espaldas? ¿Con lo gordo que estoy desde que dejé las drogas?
Estoy gordo, sí. Pero gordo de comer, y llevo toda la vida comiendo mierda. Tragando mierda. Empujando mierda.
He aprendido cuatro cosas en esta vida. He aprendido a hacer durar seis días un cigarrillo, en la cárcel. He aprendido a hacer retroceder a dos policías con solo una mirada. Esas cosas no se olvidan.
Tampoco se olvida lo que hay que hacer para que salte el cierre centralizado de un Ford Orion del 91. Basta con una buena patada en el spoiler trasero y ya estás dentro. Esas cosas tampoco se olvidan.
Igual que tampoco se olvida nunca lo que hay que hacer con los cables que hay bajo el volante si quieres puentear el arranque de un Ford Orion del 91. Basta con que saques las tijeras de cortar el hilo de pescar del bolsillo de tu camisa y cruces el cable azul con el rojo.
Y así es como Bola de Mierda robaba sus coches. Eso es como ir en bici, o como caminar de espaldas hacia el infierno, es una de esas cosas que llevas, sin saber ni cómo, grabadas a fuego en la cabeza. Es como lo que tienes que hacer para follar, un espasmo mecánico del que depende la supervivencia de tu biología. Y esas cosas, te salen, naturales. Porque estás hecho a ellas.
Entré en un Ford Escort. Ford Orion, Ford Escort. Lo mismo da. La misma porquería, los mismos ingenieros, distinto nombre. El coche de los chorizos. El taxi del quinqui. Y, aquella noche, el billete de tren hacia el infierno que me esperaba tras el muro al fondo del aparcamiento.
El muro al fondo del aparcamiento. Tras él, se agitaba, horrible, un corazón parado. Setenta años parado.
Saqué del bolsillo de mi camisa las tijeras de cortar sedal. Me acostumbré a llevarlas siempre encima hace años —¡incluso conseguí tenerlas conmigo durante mis años en la cárcel!—, cuando solía usarlas para cortar la pajita de plástico en la que me vendía el speed, mi antiguo camello. Esas cosas tampoco se olvidan.
Me puse a buscar los cables, y me sorprendió la voz del niño. Casi pude sentir su aliento en mi nuca.
—¿Estás seguro de lo que haces, Bola de Mierda? —me preguntó con aquella voz tan tenue—. Si cruzas el muro ya no habrá vuelta atrás.
Pensé en la vida que podía perder con aquello. En mis años en la cárcel. En mis días de reinserción. Novecientos euros al mes. Televisión de pago. Tardes de pesca en solitario. Putas que no hablan una sola palabra en tu idioma. Ni un solo amigo. La cabina acristalada. Las horas lentas en el aparcamiento. La paella de los domingos. La bola de mierda.
Nunca jodas con el que nada tiene que perder.
—Me he pasado la vida entera cruzando todos los muros, niño. Bola de Mierda no se entrega cuando el megáfono de un cerco policial le dice que está rodeado —dije yo, terminando de cortar los cables, y en tono discursivo—. Yo no me arrugo ante una amenaza, soy de los que siempre plantan batalla. Un superviviente, o no; pero no tengo que pensar las cosas que hago porque solo hago las cosas que pienso.
—Tu abuelo ha muerto hace unos instantes, Bola de Mierda —me dijo la voz ronca de un hombre joven, sonando a más de veinte metros de mí—. Está aquí, con todos nosotros. ¿Quieres decirle algo?
—¡Mientes! ¡Estáis intentando apartarme de mi camino! —exclamé, no sé si dolido o hastiado de aquel juego—. ¡Voy a llegar al fondo de todo esto!
—Que venga su abuelo. Traedlo.
—Sí, eso, traed al canalla.
—Fillet —me llamó el inconfundible timbre de voz de mi abuelo, asfixiado.
—¿Abuelo? —pregunté yo.
—Fillet, no val la pena.
—¡Abuelo! ¿Dónde estás?
—Sal del coche —me respondió él, sonando cada vez más cerca de mi posición, casi desde el asiento de atrás del coche—. Vete a casa. Vuelve con tu madre, que te necesita, y no nos hagas más daño.
—¡Abuelo! ¿Qué te han hecho?
—Lo hemos arrastrado al abismo, Bola de Mierda —me respondieron las cuerdas vocales de Abuelo Cangrejo—. Y ahora haremos lo mismo contigo.
—¡No! ¡Vosotros no podéis hacerme nada! ¡Sois solo una voz que sale de ninguna parte!
—Me hacen mucha gracia a mí, los aparcamientos de coches —dijo pensativa la voz de mi abuelo—. En mi época, en el treinta y ocho, esas cosas no existían. Los sitios como este no tenían sentido entonces, fillet.
Crucé los cables del encendido. El puente estaba hecho.
—Me hacen mucha gracia a mí, los aparcamientos de coches…
Encendí las luces de posición. Mi pie izquierdo pisó el embrague, sin que yo pudiera evitárselo.
—Fillet, com han canviat els díes —siguió diciéndome el abuelo—. En estos tiempos tuyos la gente construye refugios para proteger a los coches de los hombres como tú. En el treinta y ocho, cuando la guerra, los refugios subterráneos los construía la gente para proteger a las personas de los hombres como yo.
—¿Porque mataste a dos docenas de personas, verdad, hijo de puta? —le respondió Abuelo Cangrejo—. ¡Nos enviaste a todos a la oscuridad de los infiernos en este mismo sitio, a tus propios vecinos, despojo humano!
—¿Qué estáis diciendo, malditos? —pregunté yo, consternado y soltando espumarajos por la boca—. ¿Qué es esto? ¿Un ajuste de cuentas?
—Fillet, venen a per tu.
—Abuelo, ¿qué está pasando? ¿Qué dicen que hiciste?
—Robustiano, creo que mi nieto ya ha picado. Por favor, no lo hagas. Por favor…
Puse la marcha atrás y, sin mirar a mis espaldas, torcí el volante a un lado y al otro hasta encarar en línea recta el muro al final del aparcamiento.
Solo que no era yo el que conducía. La música se había adueñado de todos mis movimientos y se me llevaba contra el muro. Había perdido el control sobre mi cuerpo.
—¡Noz vamoz a llevar con nozotroz a tu nieto, alimaña! ¡Y tú lo vaz a ver! —le dijo la voz chillona de una niña pequeña a mi abuelo, ceceándole con saña. El sonido de aquella terrible amenaza se movió desde algún punto a la derecha de mis espaldas hasta mi hombro izquierdo, como si el fantasma estuviera paseándose de un extremo a otro del home cinema de mi vida.
—Mira, míralo hijo de perra, mira cómo viene hacia el otro lado —añadió en valenciano la potente voz enloquecida de una mujer joven—. Pronto estará contigo.
—Fillet, no…
—Tu abuelo lanzó dos bombas de mano a un refugio lleno, durante los enfrentamientos del treinta y ocho, Bola de Mierda. Cuando llegó la guerra a la ciudad, los bastardos como él se ensañaron con civiles inocentes solo para hacer sangre entre las filas del enemigo. ¿Creías que tu bola de mierda era la más gorda de la familia? ¡Pues mira, resulta que lo tuyo viene de cuna, asesino! ¡Tu abuelo no fue ningún héroe de guerra, fue un carnicero sin escrúpulos!
Pisé a fondo el acelerador, saliendo disparado marcha atrás contra el paredón. Mis pies seguían bailando, moviéndose al ritmo de aquella inaudible banda sonora, persiguiendo a la bola de mierda ahora que me la habían lanzado cuesta abajo. Traté de pisar el freno, pero mis pies habían tomado el control por completo.
Supe que era yo quien había mordido un anzuelo cuando el Ford Escort alcanzó el muro a casi cien kilómetros por hora y pude ver en el último momento lo que había a mi espalda, reflejándose espantosamente en el espejo retrovisor.
Porque no proyectan sombra alguna, ellos. Pero sus ojos sí aparecen reflejándose en los espejos, cuando te hablan desde atrás, cuando caminas hacia sus voces mirando al frente. Ojos que, si no los miras directamente, brillan en la oscuridad del infierno, como tizones al rojo, fuegos fatuos que parpadean desde el otro mundo, escapados de la tumba.
Les vi, a todos ellos, antes hombres, ahora blasfemias, acechando a mis espaldas, riendo en las tinieblas, desplegados alrededor del fondo sur, algunos sentados en el asiento de atrás del Ford, otros flotando alrededor del reposacabezas. Estaban dentro del coche, estaban junto a él. Estaban ahí. Por todas partes. Detrás de mí.
Los ojos de Abuelo Cangrejo, justo detrás de los míos.
Y atravesé el muro de piedra. Entré en un espanto negro profundo. La oscuridad me envolvió y el coche se precipitó a un abismo hondo y oscuro como si hubiera caído por el muelle del puerto y ahora estuviera sumergiéndose en aguas negras, a plena noche cerrada. Las luces de posición se apagaron, los sonidos del motor fueron desvaneciéndose poco a poco, a medida que se imponía un paranormal y enorme silencio. La negrura se me cayó encima, un manto pesado de oscuridad espesa que no era como la que hay en una celda de castigo ni como la que se mastica cuando se pesca sobre un bote de remos en alta mar a las tantas de la madrugada, en una noche sin luna. La oscuridad de los infiernos se me tragó y el coche y yo caímos, clavándonos durante un largo rato, hasta que empecé a sentir cómo el asiento del vehículo se iba difuminando y disolviendo bajo mis posaderas y el coche dejaba de existir, dejándome a solas en aquel agujero sin salida. Yo. A solas. Sin mi bola de mierda. Libre, al fin.
Recorrí millas y millas de aquella inmensidad en mi caída, me hundí interminablemente en un espantoso vacío. Mi viaje hasta el fondo se hizo eterno. Moverme en aquel medio me resultaba más difícil que estando hundido en un yacimiento de petróleo. Además, ya nada tenía sentido alguno. Tan solo quería caer y caer. Las distancias se habían convertido en astronomía, el movimiento perdía su razón de ser. Solo el abismo… nada más.
En ocasiones podía escuchar cosas más grandes y pesadas que las que pueden construir los hombres, cayendo, chocando y golpeándose entre ellas en un estruendo espantoso que se propagaba a través de aquella negrura, como un choque que sucedía al otro extremo del mundo, a una distancia interminable, hacia el final de aquella horrible enormidad.
Y poco a poco me fui posando en el fondo, como un pez muerto que se precipita hasta alcanzar una infinita llanura abisal. Llegué al final de aquella tumba y hollé aquel suelo negro con mis pies, para ver cómo un círculo de pares de ojos encendidos se desplegaba alrededor de mí.
Mis nuevos compañeros de celda. Mi nueva condena. La reunión que yo había estado persiguiendo. Y entonces, un susurro.
—Bienvenido al infierno, Bola de Mierda.
Bola de Mierda derribó conduciendo marcha atrás el muro de la pared sur del aparcamiento que vigilaba, muriendo en el acto; en un aparente suicidio. En la misma noche en la que falleció su abuelo.
Tras el muro se encontraba una pequeña estancia irregular en la que se prolongaba el refugio antiaéreo de la Guerra Civil sobre el que se construyó el aparcamiento en el que trabajaba Bola de Mierda.
Nadie supo explicar por qué había una cartera de lona con una cartilla de racionamiento de alimentos de la Segunda República en el asiento de atrás del coche. Tampoco entendió nadie por qué Bola de Mierda había reservado espacio para pescar justo antes de irse a trabajar si es que pensaba suicidarse durante el desempeño de su jornada laboral.
Pese a todas estas consideraciones, la muerte de Bola de Mierda jamás se investigó.
Porque, en realidad, a nadie le importaba Bola de Mierda.
A nadie en este mundo.

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