Estoy seguro de que ahora mismo hay pocos escenarios tan siniestros como la Corea del Norte rural, para el lector promedio.
Documentar un lugar tan inaccesible me tuvo varias horas despachando con un refugiado que parecía una ametralladora de horrores cada vez que se arrancaba a darme datos y detalles. La experiencia fue tan intensa que la he repetido dos veces después, y con otros dos escenarios igualmente duros. No creo que hubiera podido escribir EXTRAÑOS EONES sin valerme del método.
BARRER, QUIZÁS SOÑAR fue publicado originalmente en la antología TABERNA ESPECTRAL (23 Escalones, 2010).
ESPERO NO VOLVER A CRUZARME CON SOO POR AQUÍ.
Sé que Soo puede ser peligroso ahora que tiene un agujero en la nuca por el que se cuela la oscuridad de este sitio.
Su boca es un boquete que también parece escrito con doble o. Dos agujeros descolmillados, tal vez conectados, se abren en la cabeza de Soo. Soo se ha convertido en uno de esos chinos de la suerte que cuelgan de las pulseras y los relojes. Sí, esos amuletos que son una especie de pequeña calabaza seca, pintarrajeada y ensartada en un cordel de colores. El cordel de Soo es de un carmesí espeso.
Soo debe ser un chinito de la mala suerte, desde que lo fusilaron.
Recorro el arcén con cuidado, tratando de no caer a los arrozales que se abren en la cuneta. Cuneta. Caminar sin apenas verme los pies no me resulta nada fácil, pese a que ya hace horas que han salido las estrellas.
Hace diez veranos que encerraron a Soo en el campo de reeducación que hay tras todas estas granjas. Cuando nos dijeron que habían detenido a Soo, Hwang y yo supimos enseguida que le aplicarían la ley de responsabilidad colectiva durante tres generaciones. A él lo ingresaron en el kyohwaso de esta provincia, a su familia la dispersaron por otros centros para condenas largas. Jamás volvimos a ver volar aquellas cometas que sólo podían hacer los Soo.
Nada más se oye el rumor sordo de mis pisadas sobre el asfalto de la carretera, amortiguadas a partes iguales por el canto de los grillos y la suela de mis sandalias de paja. De tanto en tanto los campos de arroz que hay a ambos lados del camino me regalan el reclamo de un pájaro cuco, o de un mochuelo. A lo lejos bisbisean las aguas mansas del Turnen.
Me viene bien que una carretera tan magnífica esté así de vacía. Vacía. Las carreteras asfaltadas son para el Ejército Popular, y lo último que me gustaría a estas horas sería encontrarme con un pelotón de soldados. Es mala hora para ir merodeando por sitios como este. Se me ha hecho muy tarde y como alguien me pregunte qué hago por aquí bien pasada la medianoche voy a tener que pasarme varios días deslumbrada por un flexo, probando a dar distintas respuestas a las mismas preguntas.
Recuerdo los tiempos buenos de la Unión, cuando Moscú nos suministraba combustibles para todo. Entonces las luces del extrarradio de Hoeryong podían verse resplandeciendo bajo el horizonte, desde estos campos tan llanos. Las granjas colectivas que voy dejando atrás junto a los arrozales se señalizaban con unos faroles de luz muy suave y las cosechas se atacaban con tractores en vez de bueyes y bicicletas trilladoras.
Ahora ya no hay electricidad para nada y no nos dejan hacer fogatas ni cuando el invierno nos trae vientos desde Siberia y nosotros tenemos cosas para quemar. Somos un pueblo desahuciado.
Añoro los setenta1. Entonces a las viviendas y a las granjas no les cortaban el suministro hasta bien entrada la noche. Noche. Hwang y yo nos acostábamos tarde tras mucha televisión. Veíamos una y otra vez las reposiciones de los desfiles militares especiales a los que asistía El Líder, y aquellos programas musicales en los que cantaba el Coro de Artilleros de Pyongyang y bailaban los grupos de danza de la Milicia. Éramos un matrimonio joven amándose a la luz del televisor. La noche se desplomaba sobre nosotros lo mismo que sobre los japoneses. Tratábamos en balde de hacer un par de hijos y sobre el estanque de nuestra casa una pareja de farolas japonesas trataban de imponer en balde su resplandor al de las estrellas que se reflejaban en el agua.
Ahora ya no queda ni una farola japonesa a flote en todo el país, visto lo oscuro que se ha quedado este arrozal. Hay un millón de estrellas sobre mi cabeza; malditas sean, diría que jamás he visto tantas. Tantas. El cielo es enorme y yo soy pequeña. Las estrellas me están achicando lo mismo que a una vía de agua que trata de abrirse paso hacia el naufragio. Las estrellas es que salen si recula luz eléctrica, al contrario que las personas.
Muy de tanto en tanto y bastante lejos de aquí, los reflectores antiaéreos de las torres del campo de reeducación se despiertan para barrer el suelo. Apenas permanecen apuntando las inmediaciones de la muralla del gulag durante unos segundos, pero eso basta para que el cielo parezca apagarse. Me pregunto cómo lo soportan los funcionarios. Tal vez ellos también estén siendo reeducados, en cierto modo.
Hay miles de desgraciados durmiendo cerca de esos focos. En cambio en este sitio no hay nadie. La única desgraciada por aquí debo ser yo.
Diría que no he visto a ninguna persona en horas. Sí me he cruzado con Soo.
Y a Soo le han atravesado la garganta y la cabeza con una única forma de soledad. Ahora la oscuridad le come toda la boca por las noches. Y le sale por el cogote, le gotea de las orejas.
Llevo desde el anochecer caminando. Caminando. Vengo del cementerio que hay junto a los muros coronados por alambradas de espino, como uno de esos dioses de los cristianos. Hoy es noche de Chuseok. Estamos en el día decimoquinto del octavo mes, pleno verano. Yo, al igual que todo el país, lo he celebrado visitando las sepulturas de mi familia. He ofrendado el Olbyeosinmi sobre la tumba de Hwang. He dejado junto a su piedra un cuenco de madera con los primeros granos de arroz del año y una varita de incienso. He llorado más rato del que debía y se me han escapado así los minutos y los latidos. Alguien me ha advertido de que se me hacía tarde y he terminado corriendo hacia la parada del autobús, pero no he llegado a tiempo de subirme a la guagua desvencijada de fabricación húngara que recorre estos caminos con el crepúsculo. Crepúsculo. Conque ahora no me queda más que caminar hacia mi casa de acogida.
Si me esfuerzo llegaré antes de que amanezca. Mañana es Acción de Gracias, por lo que no hay que ir a la granja. Estoy demasiado cansada como para siquiera pensar en ir a la granja. Y eso que mi casa de acogida está junto a una hacienda rodeada de campos de arroz como la que acabo de dejar a mis espaldas hace nada.
Vivo en una igual que esa. Dicen que hay más de medio millar en esta provincia. Supongo que debieron de construirlas todas a la vez, empleando los mismos planos y la misma partida de trabajadores. Tienen el mismo gris ceniza y la misma forma de minúscula nave industrial cuadrada, con el tejado a dos aguas. Aguas. En una vivienda así están mis doce libros, mi futón, las fotos de Hwang y la palangana que uso para asearme y refrescarme al final del día. Dicen que tu casa está donde están tus libros.
No suelen decir que El Líder es quien dice dónde paran lo uno y lo otro. Si alguien lo hace termina durmiendo en un barracón sin libros que tiene cuatro reflectores antiaéreos y una silla eléctrica por toda iluminación. Yo hablé más de la cuenta, y aunque luego me arrepentí, he acabado trabajando en una granja mucho más gris que estas.
Diría que la mía es una que alcanzaré si sigo por este camino, aunque la red de carreteras se ha complicado un poco con los años y ahora me asalta el temor de haberme equivocado de desvío. La sola idea de haber extraviado el ramal de vuelta a casa me hace mirar en todas direcciones para cerciorarme de que el escenario me resulta familiar, para buscar algún punto de referencia que me tranquilice.
Pero hay poca luz, me cuesta distinguir las cosas.
Creo que pronto me saldrá al paso uno de los pocos focos que siempre están encendidos por aquí. Apunta a una enorme valla publicitaria que hay junto al camino. En ella aparecen los Kim, vestidos con sus guerreras y con sus sonrisas. El Querido Líder y El Gran Líder. Sus estampas no pueden quedarse a oscuras, sólo nosotros hacemos eso.
Ahí la fachada de un establo para los animales de tiro, ahí apartados los aperos de cosechar, junto al arrozal; ahí un poste de telégrafos sobre el que se han posado para dormir cuatro turpiales que ahora esconden sus cabezas bajo el ala, como si no quisieran verme.
Verme pasar sola y caminando al raso de una de las noches más celebradas de la estación. Esta noche íbamos a cenar sopas de taro y a tomar de postre pasteles de arroz rellenos de castañas y frijoles songpyeon. Y en vez de todo eso, he tenido que conformarme con caminar junto a las luces de mil granjas colectivas llenas de bullicio donde los trabajadores tomaban una espléndida cena mientras yo me iba destrozando los pies sobre el asfalto de la cuneta. He caminado hasta que El Líder ha cortado la luz y toda Corea del Norte se ha ido a dormir mientras yo apretaba el paso, para cansarme y poco más.
Recuerdo la voz del hombre del autobús. Nos dijo la hora de vuelta e insistió en que no iba a esperar a nadie. Sus palabras se han quedado resonando en mi cabeza. Cabeza.
Parece que eso fue hace un millón de años. Desde entonces imagino que el camión de algún repartidor del Servicio de Transportes Estatal me recoge. Que una furgoneta o un coche me alumbra con dos faros hambrientos y me hace subir para llevarme a casa. Que alguien me saca de esto.
Pero, como casi todas, esta carretera se hizo para el Ejército y poco más. Así que nadie la va a usar, hasta que amanezca.
Me pregunto qué hora será. Espero no volverme a cruzar con Soo por aquí.
Sus espasmos me dan miedo. La o de su boca me hace bajar la mirada al suelo. Pero apenas puedo ver el suelo, con tanta oscuridad.
Me cuesta distinguirlo, pero el camino tuerce bruscamente a un lado. Lado. No recuerdo una curva tan cerrada por aquí. He venido en autobús. Me acordaría de un sitio como este, porque la carretera dobla casi en un ángulo de noventa grados.
Las carreteras que surcan todo este complejo agrario son así. Se pasan los días flanqueadas por columnas de trabajadores del campo y del ganado. Solemos caminar por las cunetas como esta en grupos numerosos, a pleno sol. Charlamos de nuestras cosas mientras vamos adonde quiera que nos hayan mandado trabajar. De tanto en tanto nos adelanta una bicicleta o un carro tirado por bueyes, y cada media hora el horizonte nos manda un camión, o un autobús. A veces pasamos junto a camaradas que trabajan los campos, ya sea labrando directamente la tierra con azadones, ya sea sobre la grupa de inmensos tractores rusos.
Es el día, trabajo y actividad. Pocas tensiones, poca calma.
De noche todo es calma y tensión. Tensión.
El silencio más que darme paz me da miedo. El canto de los insectos que adoran a la luna más que cantarme una nana me está haciendo pensar en todo lo que se puede esconder en los arrozales.
Ae cha se pasó un mes agazapada en uno de ellos. Los trabajadores pasábamos junto a ella y a su bebé putrefacto haciendo como que no la veíamos, para que no la descubrieran los funcionarios. No podíamos llevarle comida porque apenas teníamos para nosotros, y aunque algunos lo intentábamos al final el hambre siempre nos hacía desistir.
Cuando Ae cha se murió siguió quieta en el mismo sitio y sonriéndonos al pasar. Nosotros seguimos desde entonces haciendo como que ella no está ahí.
Porque no está. Como no está Soo apareciendo en este camino cada vez que recorro media milla. Ya le he visto cuatro veces en cuatro puntos distintos del camino. Siempre está barriendo. Barre la carretera, como suelen hacer los de su centro. No importa si tienen cuatro carriles de ancho y doscientas millas de largo, las autopistas las barren los detenidos. Los vehículos militares los abandonan en medio de ninguna parte con una escoba por toda compañía. Nueve horas más tarde pasan a recogerlos pero sólo paran para llevárselos si ven que se ha barrido lo suficiente. De lo contrario, uno tiene que barrer toda la noche con la esperanza de volver al centro de detención antes de la próxima.
Soo barre en medio de toda esta oscuridad. No creo que pueda verse los pies, pero barre. Vaya si barre. Quiere que pasen a recogerle.
No me atrevo a explicarle que eso ya no sucederá. Sé que él no está realmente ahí. Que estoy sola desde hace horas.
Dejando a un lado a la simpática señora empalada en un poste de telégrafos que se está encarroñando a uno de los lados del camino, sólo me he cruzado con Soo y con un viejo que también se me aparece en este sitio. Pedalea sin hacer apenas ruido. Me adelanta con su bicicleta y luego se desvanece en la negrura sin que lleguemos nunca a vernos las caras. Él sólo me aparece por detrás y luego desaparecen sus canas frente a mí. A veces toca el timbre antes de que lo pierda de vista, a veces silbotea unas notas de «Larga vida y buena salud al Líder»; siempre pedalea como un ladrón, sin que suene el firme del asfalto bajo la cubierta de sus neumáticos. Se limita a sorprenderme, a rebasarme y superarme.
Lo mismo que yo a Soo, le adelanto cada dos por tres.
Soo debe de llevar barriendo varios años. Años.
Lo sé porque vengo de ver su tumba.
Soo follaba bien.
Fue buen compañero durante los años de secundaria. A Hwang nunca le gustó que Soo viviera cerca de nuestra granja. Recuerdo que se ponía celoso si Soo venía a visitarme.
Soo venía con su bicicleta, el cesto cargado de nabos y patatas. La gorra de campaña sobre las entradas de su cabeza. La guerrera mao bien puesta. Y me decía,
Sun, sigues siendo la chica más guapa de este distrito agrario.
Y sacaba del cesto de su bicicleta una enorme sonrisa que regalarme, parecía haberla cosechado sólo para mí. Eso me iluminaba el día y la mirada, y me apagaba la relación que tenía con Hwang.
Entonces alguien denunció a Soo y toda mi partida de trabajadores se quedó consternada.
Hwang
no.
Hwang parecía alegrase de que se hubieran llevado a Soo.
Menuda sorpresa se llevaría al verme confesar un delito contra el Estado para que se nos llevaran también a nosotros. Nosotros.
A él lo enviaron a algún centro lejano. A mí me mandaron con Soo.
Ahora Soo y yo nos vemos en las noches como esta.
A veces también veo a Hwang. Se mece si hace viento.
Lo han colgado boca abajo de la traviesa de un poste de telégrafos para que no pueda digerir los purgantes ni le deje de gotear el tajo que le han hecho en la coronilla. Hwang no confesó, por eso ahora pasa las noches balanceándose en este sitio. Sitio.
Me resulta doloroso seguir recorriendo este camino. Quiero llegar a casa.
Me abrazo los hombros. Parece que va a amanecer pronto. Apenas podré descansar, hoy.
Me habría gustado ver la televisión. Hacer el amor. Dormir, quizás soñar. En vez de eso he barrido la carretera toda la noche como el pobre Soo. He dado tumbos como el pobre Hwang.
El recuerdo de los buenos tiempos con Hwang y con Soo es lo único a lo que consigo agarrarme, es una idea recurrente que me persigue hasta que sale el sol. Un pensamiento del que no puedo desprenderme.
Resuena como el eco de una bala, dentro de mi cabeza. Cabeza.
- En el calendario Juche, el año setenta equivale a 1983. ↩︎

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