Texto aleatorio

Fernando Marías me pidió que me uniera a sus Hijos de Mary Shelley con este relato tan Shyamalan y yo acepté encantado.

Lo leí entre las tumbas del Cementerio de La Carriona, durante una de las veladas poéticas del Celsius 232. Fue una experiencia alucinante, tanto para mí como para los asistentes. Todo el mundo debería juntarse alguna vez con cien zumbados en un camposanto para soltarle al micrófono algo como esto.

ABUELA apareció publicado originalmente en el volumen cuarto de la serie Hijos de Mary Shelley (Imagine, 2014). Es uno de mis pocos trabajos a la americana.

Lunes

Se ve que a la abuela le dio un telele, anoche. Esta mañana ha amanecido en el salón, pero no en la mesa y con su taza de té, como suele hacer, sino en el centro del sofá, mirando la carta de ajuste.

Y sentada al revés.

Al revés, cabeza abajo, los pies en alto. Su espalda sobre los cojines. Sus rodillas doblándose en el reposacabezas, su cabeza a un centímetro de la alfombra. Con la ley de la gravedad poniéndole la cara de color, y subiéndole la bata hasta arriba. Sus bragas marrones armando un escándalo. Un cuervo gigantesco posado sobre el antebrazo derecho del sofá.

Al cuervo lo hemos espantado. A la abuela no ha habido forma de tumbarla, apenas hemos conseguido cambiarla de postura.

Tras pelear un rato, hemos tenido que conformarnos con darle la vuelta y sentarla bien.

Está helada.

Tiene todo el cuerpo rígido, está hecha una silla de madera. No toca el suelo con los pies, le quedan a un centímetro de la alfombra.

Y ronca.

Pero no deja de mirar la tele.

Martes

El médico dice que no sabe qué le pasa a la abuela. La hemos llevado a su cuarto y se ha tirado todo el día en la cama. Se ha arrancado cabellos a puñados, pero sigue sin decir palabra, aunque a veces grazna como una corneja. Tiene la mirada perdida y errática, un ojo muy cerrado y el otro abierto como un plato, se mueve a espasmos.

Papá dice que se ha vuelto loca, mamá reza, yo no sé.

Porque nos hemos ido a dormir y ahora, a las tantas, puedo escucharla dando golpes y cabezazos en la cama.

Sigue en la cama. Yo miro desde la mía a la puerta de mi cuarto. Está abierta. Da al pasillo. Tengo miedo de la abuela. De que venga.

De que se levante de la cama en medio de la noche.

Y cuando lo hace es sin avisar.

No da las luces, no dice nada. No hace apenas ruido. Solo pasa frente a la entrada de mi habitación, medio cojeando.

Se mueve por la casa. Anda suelta.

La oigo bajar las escaleras al salón y salir de la granja.

Corro a la ventana que hay al final del pasillo de la primera planta, miro afuera, abajo. La veo adentrarse en el maizal, a la luz de la luna. También hay luces raras en el maizal.

Veo que la abuela tiene un codo doblado en un ángulo imposible.

Avanza casi a saltitos.

Miércoles

El bus del colegio me ha dejado en mi parada y he caminado la milla y pico que hay hasta nuestra granja. He dejado atrás la ranchería de los Stirling, la finca que se incendió el año pasado, el almacén de heno, una huerta que lleva arrasada por el fuego desde que recuerdo y la enorme parcela de los Garrett.

En mi casa nadie sabía nada de la abuela, mamá rezaba, papá había salido a buscarla; como el sheriff.

Y de pronto ha llegado la abuela, caminando igual que un muñeco roto. Ha salido del maizal vestida con la ropa del espantapájaros que pusimos en medio del sembrado: pantalones raídos, una vieja camisa negra y un aparatoso sombrero rojo. Se ha sentado en la mecedora del porche, a mirar el atardecer con los ojos en blanco.

Luego se ha puesto a mecerse a grandes patadas, a golpes que daba muy de cuando en cuando. Entre ataque y ataque de balanceo podía pasarse minutos enteros sin moverse ni graznar.

Su barriga se agitaba bajo los harapos del espantapájaros como un saco lleno de gatos.

Mamá la miraba y lloriqueaba. Después se ha ido a rezar.

A la abuela la ha subido a su cuarto papá, poco más tarde. Ha atrancado la ventana y la ha atado a la cabecera de la cama con una correa.

Pero la abuela ha arrancado la cabecera de su cama, de un graznido.

Papá no ha podido más que dejarla encerrada en su habitación. La abuela ha hecho trizas un mueble. Luego ha empezado a caminar en círculos, arriba y abajo de la habitación. Ha estado así toda la noche.

Hay luces azules a lo lejos, en el maizal. Una de ellas se mueve como un faro, barriendo nuestra casa, rondando la ventana de la abuela. Amaina al clarear.

Ahora que ya amanece la abuela se ha puesto a graznar.

No para.

Jueves

Mamá ha entrado en el cuarto de la abuela a recoger y limpiar y la abuela se le ha escapado. No lo ha hecho ni corriendo ni por la fuerza, simplemente, mamá se ha descuidado un momento y la abuela ya no estaba allí.

Ni en ningún otro sitio de la casa.

Que ha amanecido rodeada por esos símbolos extraños que aparecen a veces dibujados en el maizal.

Papá ha vuelto a llamar al sheriff. Han pasado las últimas horas de la tarde y las primeras de la noche.

Nos hemos sentado frente a la tele. No hablábamos. Mamá se mordía los puños y decía de llamar al reverendo. Papá fumaba sin parar.

Luego ha aparecido la abuela, otra vez por el maizal. Ha vuelto a salir de la oscuridad, sin más.

A los mandos de la cosechadora de maíz de los Garrett.

Arrasando sobre un tractor monstruoso, con el que ha abierto uno de esos surcos enormes en nuestra parcela, y en parte de la de los Garrett.

Ha avanzado con la cosechadora hasta arrancar la valla del jardín y llevarse la camioneta de papá por delante. Por poco mete la máquina de los Garrett dentro de nuestro refugio de huracanes.

Papá dice que tiene que volver el médico, mamá habla de llamar al reverendo y dice que no podemos pagar ni otro médico ni los daños, los nuestros y los de los vecinos. Yo no digo nada. La abuela ronca y escudriña todo con el ojo que mantiene muy abierto.

La pupila se le ha vuelto de un azul oscuro. El iris azul claro. Papá dice que no la mire mucho rato.

Está tumbada en el suelo del salón, boca abajo. Y aun así conserva el aparatoso sombrero rojo sobre la cabeza y se chupa el negro de los dedos del pie, se lame toda la planta, luego se mea encima y ni parece notarlo. Tiene chinches del maíz corriéndole por todo el cuerpo, y garrapatas que le abren llagas y bultos sin que le afecte de ningún modo. Los brazos los lleva llenos de arañazos y pelados por el sol.

Winston Garrett dice que la ha visto al atardecer haciendo de espantapájaros, plantada en el maizal con los brazos en cruz.

Pero los cuervos se posaban sobre ella.

Viernes

Hoy me he levantado y cuando he salido al pasillo he encontrado la piel de la abuela en el suelo.

Los harapos del espantapájaros con los que se vistió, y su piel.

La de todo su cuerpo, en una pieza.

Una camisa completa de abuela, con párpados, arrugas, pelo, uñas, nariz, callosidades. Todo el exterior de su figura, hecho prenda. La capa superficial de mi yaya, muerta tras expulsar al resto de su cuerpo. La ha dejado tras de sí, se ha deshecho de ella, como si fuera un lagarto, o uno de esos insectos que abandonan una muda.

Anoche disolvió de alguna manera la puerta de su cuarto, la dejó hecha un charco de cieno gris y lo hizo en el más preciso silencio. Luego escapó de la casa, dejándonos a nosotros un extraño olor a moho, babas por toda la escalera, dos escalones a medio aplastar, plumas de cuervo en el salón, y la ropa del espantapájaros, pero no su solemne sombrero rojo; eso se lo llevó consigo.

Sí nos dejó un agujero por toda puerta principal. Y su piel, entera, en el suelo.

La cojo y es como sostener un pijama humano.

Está abierto por la espalda, rajado por toda la columna vertebral.

Por ahí salió mi abuela.

Le sobraba el forro.

No sabemos dónde está. No hemos ido a buscarla.

Ni vamos a llamar al sheriff.

Sábado

Estábamos poniendo la mesa para cenar cuando ha venido Will Garren a vernos. Le han robado su cosechadora.

Ha preguntado por la abuela. No hemos sabido qué decirle.

Nos ha dicho algo sobre toda la de granjas que han ardido en nuestro condado en los últimos años y mamá se ha ido a rezar. Luego Garrett se ha puesto a hacerle preguntas raras a papá sobre las luces del maíz, y sobre la abuela.

Traía una escopeta. Con ella se ha ido a buscar a la abuela.

Papá también.

Y también con la escopeta.

Domingo

Son las dos de la madrugada. Se escuchan gritos en el maizal.

Los chorros de luz que salen de él perforan nuestra casa lo mismo que si hubiera una tormenta.

Mamá y yo corremos a la ventana principal. Los campos son una discoteca de focos antiaéreos que danzan y escupen fogonazos en silencio. Justo frente a nuestra casa, la cosechadora gira enloquecida arrancando espigas gigantescas y embistiendo a los hombres de Garrett y a otros vecinos.

Son casi medio centenar, buena parte de los granjeros de este condado. Disparan a la cabina, pero a los mandos del tractor hay una cosa que no parece reaccionar ni a tiros.

Mi abuela ahora es una sombra deforme de extremidades alargadas que conduce envuelta en una bandada de cuervos. Lleva por corona el sombrero rojo sangre del espantapájaros. Grazna y brama. Tiene un ojo que centellea con una luz azul. Pasa por encima de Will Garrett y lo cosecha como a una caña de mazorcas. La máquina traga, masca, cruje, trilla y luego caga ordenadamente a Garrett. Lo rojo lo escupe bien cribado por el extractor principal y lo blanco lo reparte entre la tolva de la panoja y el colector de piedras.

Adiós, Garrett.

El resto de los hombres huyen.

Se reúnen fuera del maizal.

Se marchan hacia la ranchera de Jack Stirling y uno de los Garrett le pega un tiro por la espalda a papá.

Luego vuelven, trayendo garrafas.

Van a incendiar el maizal. Nuestros campos. Esta propiedad. Otra finca más.

A la nuestra le pegan fuego empezando por mi casa.


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