Texto aleatorio

El asesinato, según se comprobó, tuvo lugar de la siguiente manera:

Schmar, el asesino, se apostó hacia las nueve de la noche —una noche de luna—, en el cruce de la calle donde se encuentra la oficina de Wese, la víctima, y la calle donde éste vivía.

A pesar del frío nocturno, Schmar sólo vestía un delgado traje azul, y llevaba la chaqueta desabrochada. No sentía frío; por otra parte, estaba todo el tiempo en movimiento. Su mano apretaba la empuñadura del arma del crimen, una mezcla de bayoneta y cuchillo de cocina, con la hoja desnuda. Miraba el cuchillo a la luz de la luna; la hoja resplandecía, pero no lo suficiente para Schmar; la golpeó contra el suelo hasta sacar chispas; se arrepintió de ese impulso y, para reparar el daño, la pasó como el arco de un violín contra la suela de su zapato, sosteniéndose sobre una sola pierna, inclinado hacia adelante, atento a la vez al sonido del cuchillo contra el zapato y al silencio de la fatídica callejuela.

¿Por qué no hizo nada el señor Pallas, que a poca distancia de allí lo vio todo desde su ventana del segundo piso?

Es un misterio. Con el cuello alzado, su corpachón enfundado en el batín, meneando la cabeza, miraba hacia abajo. Y a cinco manzanas de distancia, del otro lado de la calle, la señora Wese, con el abrigo de piel de zorro sobre el camisón, miraba también por la ventana, esperando a su marido, que tardaba más de lo habitual.

Finalmente sonó la campanilla de la puerta de la oficina de Wese, demasiado fuerte para tratarse de la campanilla de una puerta; resonó por toda la ciudad, y Wese, el esforzado trabajador nocturno, salió, todavía invisible, del edificio, anunciado sólo por la campanilla. Sus pasos tranquilos resuenan sobre la acera.

Pallas se asoma todavía más, no quiere perderse ningún detalle. La señora Wese, tranquilizada por el sonido de la campanilla, cierra ruidosamente la ventana. Schmar se arrodilla; como no tiene ninguna otra parte del cuerpo descubierta, sólo apoya la cara y las manos contra las piedras; en medio del intenso frío, Schmar está ardiendo.

Al llegar a la esquina de ambas calles, Wese se detiene, sólo el bastón en que se apoya asoma. El cielo nocturno lo atrae, el azul oscuro y las estrellas. Lo contempla distraídamente, se levanta el sombrero y se atusa el cabello; allá arriba ninguna conjunción astral le advierte su inmediato futuro; todo sigue en su insensato, inescrutable lugar. Parece de lo más razonable que Wese siga su camino, sin embargo va hacia el cuchillo de Schmar.

—¡Wese! —grita Schmar, con el brazo extendido y el cuchillo en alto—. ¡Wese! Julia te espera en vano.

En el lado derecho del cuello, en el izquierdo, y finalmente en el vientre, hasta la empuñadura, hunde Schmar su puñal. Las ratas de agua hacen, cuando las rajan, un ruido semejante al que hace Wese.

—Ya está —dice Schmar, y tira al suelo el cuchillo, esa superflua carga ensangrentada—. ¡Éxtasis del crimen! Alivio, sensación de alas que el fluir de la sangre ajena nos provoca. Wese, vieja sombra nocturna, amigo, compañero de cervecerías, te desangras en el oscuro pavimento de la calle. ¡Por qué no serás una simple vejiga llena de sangre, para que yo me suba sobre ti y te haga desaparecer totalmente! No todos los deseos se cumplen; no todos los sueños que florecen dan fruto; tus restos yacen aquí, indiferentes ya a cualquier golpe. ¿De qué sirve esa muda pregunta que a través de ellos nos formulas?

Pallas, intentando controlar el terror que lo sacude, aparece en la puerta de su casa, abierta de par en par.

—¡Schmar! ¡Schmar! Lo he visto todo.

Pallas y Schmar se observan mutuamente, lo cual tranquiliza a Pallas; Schmar no llega a ninguna conclusión.

La señora Wese, en medio de una muchedumbre, se acerca corriendo, con el rostro desencajado por el terror. El abrigo de piel se abre; la mujer se arroja sobre Wese, a quien ese cuerpo envuelto en un camisón pertenecía; el abrigo de pieles que cubre al matrimonio, como el césped de una tumba, pertenece a la multitud.

Schmar, conteniendo con dificultad las náuseas, apoya la boca sobre el hombro del policía que silenciosamente se lo lleva.


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