Texto aleatorio

Se probó tres vestidos, pero ninguno de ellos le quedaba bien. En aquel momento… le pertenecían a otra persona. La emoción le hizo cambiar de color, de forma que ahora, al menos, uno de los vestidos conjuntaba con su piel. El resplandor expandía su esbelta figura de manera que todo parecía encorsetado. Entonces los polvos cayeron al suelo como si fueran nieve y la mujer se pintó los labios bocabajo y parpadeó frente al espejo como si acabara de ver un fantasma.

—Mi tierra, Lydia —Helen estaba en la puerta—. Solo es un hombre.

—No, es John Larsen.

—Peor me lo pones. Ese pelo que tiene no le va con la cabeza, tiene los brazos demasiado largos, los labios finos, los ojos pequeños como los de una ardilla y es así de bajito.

Lydia estaba llorando. Se quedó observando sus propias lágrimas en el espejo.

—Lo siento —dijo Helen—, pero es que es idiota.

—¡Helen!

—Eres mi hermana pequeña.

—Es un dios.

—Deja de llorar. La gente solo es un dios si tú la consideras como tal. Desde que murieron papá y mamá… yo soy la madre… y quiero que todo te vaya bien. He tenido suficientes experiencias con hombres como para saber que son unos puñeteros mentirosos. Todos ellos. Recién salidos del circo: monos, payasos y borrachines que se creen poetas.

Lydia era incapaz de verlo:

—Yo creo que es amable, atractivo y bueno. Se toca el sombrero cuando nos cruzamos con él por la calle. Nunca ha venido a casa, ¿verdad? Nunca ha dicho una palabra más alta que otra… y, de repente, me llama hoy por teléfono y me suelta que le gustaría pasarse a verme. Me he tirado la tarde llorando… ¡estaba tan feliz! Llevaba años deseando que me llamara. Llevo fijándome en él, ahí, delante del estanco de United Cigar, desde que cumplí los dieciséis… ¡hace veinte años!, y siempre he querido pararme con él y decirle: «John, te amo. Rescátame de esta vida corriente. Sé mío…», pero siempre paso de largo. De vez en cuando, en los últimos años, cuando pasamos juntas por delante de él, tú y yo, me da la impresión de que hay algo en su mirada… como si él también se fijara en mí. Y siempre sonríe y se toca el sombrero.

—Los hombres se enseñan trucos así unos a otros. La fachada es un palacio, pero por dentro están recubiertos de estuco. Venga, anima esa cara y ponte algo verde para que conjunte con tu complexión roja.

—No quería llorar y ponerme roja.

Se fijó en la boca vieja que había en el pañuelo que tenía arrugado en la mano.

—Ay, Helen, Helen… ¿fue así para ti hace diez años, cuando amabas a Jamie Josephs?

—Mis sábanas eran cenizas cada mañana.

—¡Ay, Helen!

—Pero entonces me di cuenta de que estaba jugando a eso de los trileros; lo de la bolita. Me pidió que lo apostara todo a una corazonada y yo, que era joven… lo hice. Aposté a que, si me entregaba por completo, siempre sabría dónde encontrarlo. La cuestión es que llegó la hora y levanté una de las tres cáscaras de nuez… y Jamie no estaba allí. Y no se había llevado el instalache unas calles más arriba, no, sino fuera de la ciudad, a Skokie. Me pregunto si alguna mujer llegó a dar con él alguna vez.

—No sigas por ahí… ¡estemos alegres esta noche!

—Sé tú feliz siendo feliz. Yo soy feliz siendo cínica. A la larga, ya veremos quién lo es más.

Lydia se pintó una boca nueva y lo obligó a sonreír.

Era una agradable noche de septiembre y el primer y humoso fuego empezaba alrededor de los arces que rodeaban la vieja y tenue casa. Lydia flotaba en la cavernosa sala de estar, con la luz apagada, con el rostro como única lámpara, una lámpara de luz rosada, de manera que lo vio llegar, calle abajo, como una figura en un melodrama, antes de que girara para seguir el camino de entrada, pisando las hojas, haciéndolas crujir. Oyó cómo silbaba una canción otoñal. La mujer se apresuró a través de sus discursos y, de pronto, las palabras se convirtieron en un barullo de cartas comenzadas y nunca terminadas a su propio espíritu, a su propia carne, apiladas y revoloteando después por su mente. Empezó a llorar de nuevo, lo que hizo que las preciosas palabras corrieran y se emborronaran, y las educadas instrucciones que contenían para sus manos y sus pies a punto estuvieron de perderse para siempre. Detuvo aquel proceso pegándose una bofetada, una sola, en la mejilla. El hombre subió las escaleras de la casa silenciosa, tocó el timbre plateado, se quitó el sombrero de paja, quizás poco adecuado ya para el momento de la estación en el que estaban, y se aclaró la garganta en tres ocasiones, como un cliente que quiere llamar la atención de un dependiente despistado. Algo musitó para el cuello de la camisa, como si, aunque terriblemente, él también estuviera repasando las frases de su papel.

—¡Buenas noches!

Como si acabaran de dispararlo en la cara a quemarropa, John Larsen se apartó de la puerta. Sorprendida por el sonido de su propia voz, que pareció una explosión que hubiera tenido lugar en su boca, Lydia se quedó balanceándose en la puerta, sin saber qué más hacer, hasta que el hombre encontró su sonrisa y decidió utilizarla. Entonces, de alguna forma, ella consiguió abrir la puerta y salir al porche.

—Qué buena noche ha quedado —exclamó ella—. Venga, sentémonos en el banco colgante.

—De acuerdo —respondió John Larsen, y se sentaron en el balancín que había en el porche en sombras, emparrado y secreto, lejos de las miradas de los del pueblo.

Él la ayudó a sentarse en el banco colgante y allí donde la había tocado dejó una marca que humeaba y que dolía y que prometía dejar cicatriz de por vida. Lydia, como aturdida, se sentó bien y el mundo se movió hacia aquí y hacia allí. Pensó que estaba mareada y entonces se dio cuenta de que era el balancín, que la subía y la bajaba mientras el hombre, en silencio, daba vueltas al sombrero de manera infame, leía la etiqueta de la talla con aquellos ojos pequeños, leía la vieja etiqueta del precio. En su regazo, el sombrero sonaba como un mueble de mimbre. El hombre no dejaba de recurrir a él para encontrar su voz y, entonces, puso cara de confusión y dio la sensación de que fuera a ponerse de pie y echar a correr. El hombre había perdido sus notas en algún punto entre el camino de entrada y el balancín.

Salidas de una cara que era una tea rugiente, con la piel como quemada por el sol debido a su propia sangre, con los huesos doliéndole con calidez, Lydia sintió que su boca hinchada pronunciaba las siguientes palabras:

—Me alegro de verlo, señor Larsen.

—¡Oh, llámeme John!

El hombre propulsaba el banco colgante con los pies y sus zapatos chirriaban con cada movimiento, como si de voces demoníacas se tratase.

—Teníamos la esperanza de que se pasase por aquí algún día.

Nada más decir aquello, Lydia se dio cuenta de que acababa de hablar de más.

—¿En… en serio lo dice?

Él se volvió y la miró con el deleite de un niño y a ella le quedó claro que no importaba que acabara de hablar de más.

—Sí, a menudo hemos comentado que nos gustaría que se pasara.

—Me alegro —respondió él al borde del balancín—. Lo cierto es que he venido a hablar de algo importante.

—Me hago cargo.

—¡Ah!, ¿sí? ¿Lo ha supuesto?

—Yo diría que sí.

—Las conozco a usted y a su hermana desde hace muchos años, aunque solo sea de pasada. Las he visto caminando juntas en muchas ocasiones, pero nunca he tenido el valor para…

—Para preguntarnos si podía venir.

—… Eso es. Hasta hoy. Hoy he reunido valor… y ¿sabe por qué? Hoy cumplo treinta y cuatro años… y me he dicho: «John Larsen, te haces viejo. Llevas mucho tiempo siendo batería. Has viajado mucho. La vida de fiestas se ha acabado para ti. Es hora de que sientes la cabeza. Y ¿qué mejor sitio para sentar la cabeza que Green Town, tu pueblo natal? Además, allí hay una mujer… una mujer muy guapa… aunque puede que no se haya fijado en ti…».

—Se ha fijado, se ha fijado.

Él se quedó pasmado, pero feliz.

—¡Jamás lo habría dicho! —dijo recostándose en el balancín, sonriente—. La cuestión es que me he dicho que tenía que venir. «Ve y que lo sepa. ¡Suéltaselo!». No me he atrevido hasta ahora. Es que… las mujeres pueden ser tan preciosas… y tan inalcanzables, tan intocables. Ya sabe, me refiero al tipo adecuado de mujeres. Y yo soy un cobarde. Sí, soy un cobarde con las mujeres. Con las adecuadas. Así que, dígame, ¿qué me sugiere? He venido a verla a usted primero, para hablar, para planearlo todo, para ver si podría ayudarme.

—¿Primero? ¿Ayudarlo? ¿Planearlo todo?

—Oh… es que su hermana es encantadora. Alta… pálida… Cuando la veo, pienso en un lirio blanco; ya sabe, de esos que tienen el tallo tan largo. Tan majestuosa, solemne y bella. Llevo años observándola, enamorado de ella… ¡Hala, ya lo he dicho! Diez años viéndola pasar, pero con miedo a hablar con ella.

—¿Qué?

La tea del rostro de Lydia titiló y se apagó.

—Y ¿dice usted que yo también le gusto? ¡Y pensar que hemos perdido tantos años! ¡Tendría que haber venido antes! ¿Me ayudará usted? ¿Se lo dirá usted? ¿Romperá el hielo? ¿Preparará, por favor, una cita, para que venga a verla lo antes posible?

—Está usted enamorado de mi hermana.

Era la constatación de un hecho.

—¡Con todo mi corazón!

Lydia se sentía como una estufa en una mañana de invierno, cuando las cenizas están muertas, las maderas heladas y el frío lo ha congelado todo.

—¿Qué sucede? —preguntó él.

La mujer notó que, esta vez, era el mundo el que se movía y que sí, en efecto, era ella la que se encontraba mal. El mundo cayó en picado.

—¡Diga algo! —le imploró él.

—Ama usted a mi hermana.

—Lo dice usted de una manera…

—Es que yo lo amo a usted.

—¿Qué?

—Que lo amo.

—Espere un momento…

—¿Es que no me ha oído?

—No lo entiendo.

—Yo tampoco —dijo ella mientras se sentaba recta. Había dejado de temblar y el frío estaba empezando a marchársele de los ojos.

—Está usted llorando…

—Es que no me diga… Piensa usted de mí lo mismo que piensa ella de usted.

—¡Oh, no! —protestó él.

—¡Claro que sí! —exclamó mientras las lágrimas le corrían por el rostro.

—¡No puede ser! —dijo casi dando un grito.

—Pues lo es.

—Pero si yo la amo a ella.

—Y yo lo amo a usted.

—¿No cree usted que haya ni siquiera una chispita de amor por mí en ella?

El hombre estaba ansioso por saberlo.

—Y ¿no cree usted que haya una chispita de amor por mí en usted?

—Algo tiene que haber que yo pueda hacer…

—Ninguno de los dos podemos hacer nada. Todo el mundo ama a la persona equivocada y todo el mundo odia a la persona equivocada —dijo echándose a reír.

—No se ría.

—No me estoy riendo —sentenció tirando la cabeza hacia atrás.

—¡Pare!

—¡Claro que sí! —respondió ella a gritos entre risotada y risotada. Tenía los ojos llenos de lágrimas y él la zarandeaba.

—¡Que pare! —dijo gritándole en la cara antes de ponerse de pie—. ¡Entre y dígale a su hermana que salga! ¡Dígale que quiero hablar con ella!

—¡Dígaselo usted! ¡Usted!

Lydia siguió riéndose.

Él se puso el sombrero y se quedó allí, desconcertado, observando cómo la mujer se balanceaba histérica, como un pedazo de hierro frío, mirando la casa.

—¡Pare! —insistió.

Acababa de empezar a sacudir a Lydia cuando una voz le ordenó:

—¡Pare usted!

El hombre se dio la vuelta y allí estaba Helen, por detrás de la mosquitera, una sombra fresca, apenas una palidez, una tenue silueta de tiza.

—Apártese de ella, señor Larsen. Déjela en paz. Quítele las manos de encima.

—¡Pero Helen…! —protestó él mientras corría hacia la mosquitera.

La puerta tenía el gancho puesto, pero ella sacó la mano y golpeó la mosquitera como para sacudir los últimos insectos del viejo verano.

—Baje del porche, por favor.

—¡Helen, déjeme entrar!

«¡John, vuelva!», pensó Lydia.

—Voy a contar hasta diez. Espero que se haya marchado con viento fresco antes de que acabe.

El hombre permaneció entre las dos frías damas, en aquel porche oscuro. Tanto el verano como el otoño se habían marchado ya. Una nieve invisible cayó sobre los hombros del hombre y del interior de la casa le llegó una ráfaga de viento.

—¿Cómo ha sucedido esto? —preguntó él en alto antes de volverle la espalda al mundo poco a poco.

Por alguna razón, a Helen aquel hombre le parecía una persona en una orilla mientras ella iba en una barca, la casa, claro, que la arrastraba a un mar otoñal sin que nadie se despidiera de ella con la mano por mucho que la separación fuera para siempre. Era incapaz de decidir si aquel hombre le parecía atractivo o ridículo. El gran cuerno del mar soplaba y la nave se alejaba aún más rápido, dejándolo a él varado en el césped, de nuevo con el sombrero en la mano, mirando en su interior, como si en él fuera a ver la vida que le quedaba por vivir, pero era un sombrero pequeño y la etiqueta con el precio asomaba. Le temblaban las manos. Estaba borracho de conmoción. Se tambaleaba. Se le bamboleaban los ojos en aquella cara tan pálida que se le había quedado.

—Buenas noches, señor Larsen —dijo Helen escondida en la oscuridad.

Lydia seguía balanceándose en el banco colgante, en silencio ahora, sin aliento. Ya ni reía ni lloraba; se limitaba a dejar que el oscuro mundo le enseñara las estrellas cuando subía y la blanca luna cuando bajaba. Un cuerpo en un torbellino, con las manos a los lados y las lágrimas secándosele en la cara, rodeada por el viento que su propia navegación estaba levantando.

—Adiós.

El señor Larsen tropezó y cayó al suelo en mitad del césped. Se quedó allí un momento, como si se estuviera ahogando, con las manos en alto. Luego se puso de pie y salió huyendo calle abajo.

Cuando ya no lo veían, Helen abrió la puerta, salió despacio y se sentó en el banco colgante.

Las hermanas se balancearon juntas durante cosa de diez minutos, en silencio. Entonces, Helen dijo:

—Supongo que es imposible que dejes de amarlo, ¿verdad?

Se balancearon en la noche.

—Verdad.

Un minuto después, Lydia preguntó:

—Supongo que no hay ninguna manera de que llegues a amarlo tú, ¿no?

Helen negó con la cabeza.

La siguiente idea que se les ocurrió era compartida. Una la comenzó y la otra le puso punto final:

—Supongo que no hay ninguna manera…

—… de que él deje de amarte, ¿verdad, Helen?

—¿… y te ame a ti, Lydia?

Impulsaron el banco colgante en aquel porche emparrado y, después de que fueran y vinieran cuatro veces, ambas respondieron:

—No.

—Nos veo… —empezó a decir Helen—. ¡Ay, Dios! Dentro de veinte, treinta años. Tú y yo dando un paseo vespertino por el centro del pueblo. Por la calle Mayor, las dos. Hablando. Solas. Entrando en el estanco. Y allí está él. Allí está John Larsen, solo, a la luz del estanco, desenvolviendo un puro. Y nosotras como que bajamos el paso y él se olvida del puro en cuanto nos ve. Y lo miro como lo he mirado hace un rato. Y tú lo miras como lo has mirado hace un rato. Y él te mira a ti de la única manera que puede mirarte. Y a mí de esa manera en la que me ha mirado esta noche el idiota ese. Y entonces nos quedamos allí, paradas, y las dos asentimos… y él se levanta el sombrero… y está calvo. Nosotras tenemos el pelo gris. Y seguimos caminando. Del brazo. Y hacemos la compra y pasamos la tarde por el pueblo. Y, cuando volvemos, dos horas después, de camino a casa, él sigue allí, solo, mirando a la nada.

Dejaron de impulsarse y se quedaron allí sentadas, sin moverse, pensando en los próximos treinta años.


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