Voy a contarte una historia y no te la vas a creer, pero voy a contártela de todos modos. Es una especie de asesinato misterioso. Aunque, por otro lado, puede que se trate de una historia sobre un viaje en el tiempo… y, ahora que lo pienso, puede que sea también una historia sobre la venganza aderezada con un par de fantasmas y… hala, ¡listo!
Soy agente de la Policía motorizada de Oklahoma y patrullo entre Kansas y Oklahoma capital, lo que antes se llamaba Ruta 66. La cuestión es que, durante el último mes, se han producido una serie de descubrimientos muy extraños a lo largo de la ruta.
A principios de octubre descubrí los cadáveres de un hombre, de una mujer, de un joven y de dos niños en diferentes campos que hay a lo largo de la ruta. Los cadáveres estaban desperdigados por una zona de más de ciento cincuenta kilómetros, pero, a pesar de ello, y por la forma en la que estaban vestidos, daba la sensación, al menos a mí me la dio, de que tenían alguna relación. Daba la sensación de que cada una de las personas había muerto víctima de algún tipo de estrangulamiento, pero eso no ha quedado confirmado. No hay marcas en los cadáveres, pero todo indica que los asesinaron y que los abandonaron a propósito cerca de la carretera.
La ropa que llevaban las víctimas no era de esta época. De hecho, sería imposible encontrar esa ropa en ninguna tienda hoy en día. Daba la impresión de que el hombre fuera un granjero, dado que iba vestido con ropa de trabajo: vaqueros, una camisa harapienta y un sombrero maltrecho. La mujer parecía un espantapájaros raído y muerto de hambre. El joven también estaba vestido como un granjero, pero con la diferencia de que parecía que hubiera viajado ocho mil kilómetros envuelto en una tormenta de polvo. Los dos niños, un chico y una chica de unos doce años, también tenían aspecto de haber estado vagando por carreteras, tanto bajo lluvias severas como bajo soles de justicia, y de que hubieran muerto por el camino.
Cuando pienso en el Dust Bowl, que hace referencia a una tierra desértica por el efecto de la erosión del viento, me vienen a la cabeza unos recuerdos que no me pertenecen. Mi madre y mi padre nacieron a principios de los años veinte del siglo XX y vivieron la Gran Depresión, de la que llevo oyendo hablar toda la vida. Los que vivíamos aquí, en el centro de los Estados Unidos, sufrimos aquella pesadilla que todos hemos visto en las películas: el polvo soplando en enormes torbellinos por la tierra, destruyendo graneros y arrasando los cultivos.
He oído la historia y la he visto tan a menudo que me siento como si la hubiera vivido. Esta es una de las razones por las que el hecho de que encontrara esos cadáveres me resulta tan extraño.
Hace unas noches me desperté sobre las tres de la mañana y me di cuenta de que había estado llorando, pero no sabía por qué. Me senté en la cama y recordé que había estado soñando con los cadáveres que había encontrado a lo largo de la carretera, de Kansas capital a la frontera de Oklahoma.
Decidí levantarme y mirar en algunos libros antiguos que me dejaron mis padres y encontré fotografías de los okis, gente que había decidido mudarse al oeste y que quedó inmortalizada en Las uvas de la ira de Steinbeck. Cuanto más miraba las fotografías, mayor era la necesidad que sentía de llorar. Tuve que dejar los libros y volver a la cama. Empecé a llorar y no me pude dormir hasta que salió el sol.
He decidido contarte la versión larga de la historia porque, para mí, todo esto ha sido muy doloroso.
Encontré el cadáver del hombre en un campo de maíz vacío, tirado en una acequia, con la ropa quemada por el sol y reseca como una cosecha agostada. Llamé al forense del condado y seguí investigando. Tenía la incómoda sensación de que iba a encontrar más cadáveres. Sigue suponiéndome un completo misterio por qué me invadió esa sensación.
Encontré a la mujer a unos cuarenta y cinco kilómetros de allí, bajo una alcantarilla. Ella, en cambio, no mostraba signos de violencia, sino que parecía que la hubiera matado un rayo en mitad de la noche, sin dejar rastro.
Unos sesenta y cinco kilómetros más allá di con los cadáveres de los niños y del joven.
Cuando estuvieron todos reunidos, como las piezas de un rompecabezas, en la oficina del forense, los estudiamos embargados por una tremenda sensación de pérdida a pesar de que no los conocíamos de nada. Teníamos la sensación de que los habíamos visto en algún lado, de que los conocíamos bien… y lloramos su muerte.
Este caso podría haber seguido siendo un increíble misterio para siempre. Muchas semanas después, sin embargo, una tarde, mientras esperaba en el barbero a que me cortaran el pelo, me entretuve hojeando una pila de revistas. En un momento dado abrí una antigua y llegué a una página de fotografías que me llevó a pegar un salto y a tirar la revista contra la pared, pero la volví a tomar de inmediato a la voz de: «¡Ay, por Dios! ¡Ay, por Dios!». La así con fuerza y salí de allí a todo correr. Porque, por Dios… los okis que salían en aquellas fotografías… ¡eran los okis que había encontrado desperdigados por la carretera! No obstante, cuando la miré con más atención, leí que aquellas fotos las habían hecho hacía unas semanas en Nueva York y que no se trataba sino de personas vestidas como okis.
La ropa que vestían era nueva, pero envejecida, y, si querías comprarla, bastaba con que fueras a unos grandes almacenes, donde te la venderían por el precio de lo que te habría costado nueva, pero con la sensación de haber vuelto atrás en el tiempo unos sesenta años.
No sé lo que sucedió a continuación. Tengo la impresión de que me embargó una ira ciega, porque de pronto oí a alguien gritando y resultó que era yo mismo: «¡Maldita sea! ¡Por Dios!».
Arrugué la revista y me quedé mirando mi motocicleta. Era una noche fría, pero se apoderó de mí la sensación de que tenía que tomar la moto e ir a algún lado. Conduje con aquel clima de otoño durante un buen rato, pero iba deteniéndome aquí y allí. No sabía dónde estaba, pero tampoco me importaba.
Y ahora voy a contarte otra cosa que no vas a creer, aunque, quizás, cuando haya acabado, sí que la creas.
¿Alguna vez has estado en mitad de un vendaval? De una tormenta de viento como las que recorrieron Kansas y vaciaron Oklahoma en los años de la erosión del Dust Bowl. Cuando ves las fotos y oyes hablar de aquella época, resulta complicado imaginar cómo era que la gente que estaba dentro de los grandes vientos no pudiera ver el horizonte y no supiera ni siquiera qué momento del día era. El viento soplaba con tantísima fuerza que tiraba abajo las granjas o les arrancaba el tejado y abatía los molinos de viento. Estropeó numerosas carreteras de pueblo que, a decir verdad, eran poco más que caminos de barro.
En cualquier caso, te pierdes en mitad de una tormenta así y el polvo te quema los ojos y se te mete por las orejas y te olvidas de qué día es, de qué año es, y te preguntas si va a pasar algo terrible, aunque tienes la esperanza de que no sea tan malo, pero lo es.
Este gran viento rugía y yo estaba en la carretera, con la moto, cuando me alcanzó. Era incapaz de ver, así que me detuve. Me quedé allí, con el sol apagándose por efecto de la tormenta y el viento aullando y, por primera vez, sentí miedo. A decir verdad, no sabía qué era lo que me provocaba ese miedo, pero esperé con la moto y, después de mucho rato, fue como si el viento muriera y, entonces, por la Ruta 66, desde el horizonte oriental, muy muy despacio, apareció una tartana, un vehículo abierto con fardos en la parte de atrás y una bolsa de agua en un lado, con vapor saliendo del radiador y con tanto barro incrustado en el parabrisas que quien fuera que lo conducía tenía que ponerse medio de pie para ver la carretera.
El vehículo se acercó como sin ganas y, de pronto, fue como si se quedara sin combustible. El hombre que iba al volante me miró y yo lo miré a él. Era alto, tenía la cara huesuda y las manos, que rodeaban el volante, también eran huesudas. Llevaba un sombrero arrugado y tenía barba de tres días. Aquella mirada suya hacía que pareciera que había pasado toda la vida inmerso en una tormenta nocturna.
Se quedó esperando a que fuera yo quien hablara.
Me acerqué y lo único que se me ocurrió fue:
—¿Está usted perdido?
Se me quedó mirando fijamente con aquellos ojos grises que tenía. No movió la cabeza, sino los labios:
—No, ahora no. ¿Esto es por el Dust Bowl?
Me eché un poco hacia atrás y dije:
—No había oído esas palabras desde que era niño… pero sí, lo es.
—Y ¿es esta la Ruta 66?
Asentí.
—Lo que imaginaba. Entonces, si sigo recto, ¿llegaré a mi destino?
—Y ¿cuál es su destino?
Se fijó en mi uniforme y enarcó los hombros.
—Estaba buscando… una comisaría de Policía.
—¿Por qué?
—Porque… porque creo que quiero entregarme.
—Bueno, yo podría ponerle bajo arresto. Ahora bien, ¿por qué quiere entregarse?
—Pues… porque creo que he matado a unas personas.
Miré hacia allí de donde venía el hombre. El polvo se estaba asentando.
—¿Por allí? —le pregunté.
Miró por encima del hombro muy despacio y asintió.
—Sí, por allí.
De nuevo se levantó viento y volvió la polvareda.
—Y ¿hace cuánto?
Cerró los ojos.
—Pues… en algún momento de estas últimas semanas.
—A dicho usted que ha matado a unas personas. ¿A cuántas?
Abrió los ojos con fuerza y le temblaron las pestañas.
—A cuatro. ¡No, a cinco! Sí, a cinco. ¡Qué alivio! ¿Me entrego ya?
Dudé porque algo no encajaba.
—Su historia es muy vaga. Cuénteme algo más.
—Bueno, pues… a ver… no sé cómo explicarlo… pero es que llevo conduciendo por esta carretera muchísimo tiempo. ¡Se me hacen años!
«Años», pensé. Así me lo parecía a mí también; daba la sensación de que aquel hombre llevara años conduciendo.
—¿Y qué ha pasado?
—Es como si esa gente se me hubiera puesto delante de repente. Uno de ellos parecía mi padre y otra parecía mi madre cuando era muy joven, y el tercero se parecía a mi hermano, pero es que hace tiempo que murió. También tenía otros dos hermanos, un chico y una chica, y ellos también estaban allí. Fue muy raro, la verdad.
—Así que cinco personas. Cinco, ¿eh?
Me acordé de lo que me había pasado hacía unos días, de las cinco personas que había encontrado entre Kansas capital y Oklahoma.
Asintió.
—Eso es.
—Bueno y ¿qué le hicieron? ¿Por qué decidió usted matarlas?
—No, estaban en la carretera. No sé qué hacían allí, pero, por la manera en que iban vestidas y por el aspecto que tenían, había algo que no encajaba… y me sentí obligado a detenerme y a matarlos uno a uno… a quitarles la vida. Tuve que hacerlo.
Se miró las manos, aún alrededor del volante, sujetándolo con fuerza.
—¿Eran autoestopistas?
—No, no exactamente. Eran algo peor. Los autoestopistas no tienen nada de malo, van a algún lado. Sin embargo, estas personas… yo diría que eran furtivos. Bandidos, criminales, ladrones, no sé. Es difícil saberlo.
Volvió a mirar la carretera; el polvo empezaba a agitarse de nuevo.
—¿Alguna vez ha salido de la iglesia el domingo a mediodía sintiéndose limpio, como si tuviera otra oportunidad para vaya usted a saber qué… y está usted ahí, de pie, renacido, rodeado de gente embargada por la felicidad, como dice el reverendo, y, entonces, en mitad de ese mediodía, unas personas del otro lado del pueblo llegan en coche, con sus trajes negros y se la quedan… me refiero a que se quedan tu felicidad con esas sonrisas demoníacas, y tú estás allí con la gente y sientes cómo tu felicidad se va derritiendo como el hielo en primavera y, entonces, en cuanto ven que han conseguido arrebatarte la dicha, se marchan de nuevo con su particular y pecaminosa idea de la felicidad?
El conductor se quedó callado, cerró los ojos como si estuviera pensando en algo y, al cabo de un instante, exhaló y añadió:
—¿No es eso una especie de… no sé… —y buscó la palabra hasta que dio con ella— de blasfemia?
Pensé en lo que acababa de decir y respondí:
—Esa es la palabra, sí.
—No estábamos haciendo nada, tan solo estábamos allí, recién salidos del servicio, renacidos, y ellos llegaron y nos prometieron la salvación.
—Qué blasfemia.
—Yo solo tenía diez años, pero aquella fue la primera vez en la que sentí ganas de agarrar una azada y roturar una sonrisa. Pero ahí estás… que te sientes desnudo… Te han robado lo mejor del domingo. ¿No cree usted que tenía yo derecho a pedirles que me lo devolvieran, que me lo entregaran, «yo me quedo el abrigo, quítate esos pantalones y también el sombrero, sí, el sombrero»?
—Cinco personas. Un hombre adulto, una mujer, un joven y dos niños. Me resulta familiar.
—En ese caso, ya sabe a lo que me refiero. Llevaban esa ropa. Es curioso… con esa ropa que llevaban… es que parecía que acabaran de salir del Dust Bowl, pero que hubieran pasado en él mucho tiempo, incluso que hubieran vivido al descubierto y dormido por la noche con el viento soplando y su ropa llenándose de polvo y sus caras recrudeciéndose y… y los miré uno a uno y le dije al hombre: «Tú no eres mi padre». Él no supo qué decir. Miré a la mujer y le dije: «Tú no eres mi madre», y ella tampoco respondió. Luego miré a mi hermano y a mis otros dos hermanos, a los pequeños, y les dije: «No os conozco de nada. Parece que lo seáis, pero hay algo en vosotros que no encaja. ¿Qué hacéis en esta carretera?». Ellos tampoco dijeron nada. Debían de estar… no sé… avergonzados, quizás… pero no se apartaban del camino. Estaban delante del coche, de pie, y me quedó claro que, si no hacía algo, no me permitirían llegar a la ciudad de Oklahoma. ¿Sabe qué hice entonces?
—Les puso punto final.
—Es una buena manera de decirlo. «Arráncales la ropa», pensé para mí. «No se merecen llevar esa ropa». «Arráncales la piel», pensé también, «porque no se merecen parecerse a tu madre, a tu padre y a tus hermanos». Así que pisé el acelerador, pero ellos no se movieron y no podían hablar porque estaban avergonzados, y se levantó viento y el vehículo se movió. Mientras se movía, ellos fueron cayendo delante de él, yo seguí recto y, cuando miré atrás, albergué la esperanza de que la parte de abajo del vehículo les hubiera hecho jirones la ropa, pero no, seguían estando completamente vestidos, algo que no se merecían. Estaban allí, tirados en la carretera y no sé si estaban muertos, la verdad, pero esperaba que, en efecto, lo estuvieran. Bajé entonces, fui hasta donde estaban y, uno a uno, los agarré, los puse en la parte de atrás y me los llevé de allí con el viento soplando cada vez con más fuerza y los dejé uno aquí, el otro allí… y, para ese momento, ya no se parecían en nada a mi familia. Es una historia peculiar, ¿no le parece?
—Es peculiar.
—Bueno, pues ya está, ya se lo he contado todo. ¿Me entrego ya?
Lo miré a los ojos y miré la carretera y pensé en que los cadáveres aún estaban en la oficina del forense, en Topeka.
—Me lo pensaré.
—¿A qué se refiere? Se lo he contado todo. Soy culpable. Les he puesto punto final.
Me quedé esperando. El viento cada vez era más fuerte y cada vez había más polvo.
—No. Es extraño, pero no creo que sea usted culpable. No me pregunte por qué, pero no lo creo.
—Bueno, que se hace tarde. ¿Quiere usted ver mi carné de identidad?
—Si quiere usted mostrármelo.
Sacó una cartera ajada del bolsillo y me la entregó. Dentro no había carné de conducir, solo una vieja tarjeta con un nombre que me costó bastante leer, pero que me resultó familiar, como algo sacado de uno de los periódicos de antes de que yo hubiera nacido. Sentí un escalofrío en la nuca y le pregunté:
—¿Adónde va a ir ahora?
—Pues no lo sé… pero me siento mejor que cuando he iniciado mi viaje. ¿Qué me espera en ese lado de la carretera?
—Lo de siempre: California, postales, naranjas y limones, puede que campos gubernamentales, mares de bungalós… —le respondí devolviéndole la cartera con la tarjeta en ella—. Encontrará una comisaría de Policía como a unos quince kilómetros. Si, para cuando llegue allí, sigue teniendo la necesidad de entregarse, hágalo, pero no seré yo quien lo detenga.
—¿Y eso? —preguntó con sus ojos grises callados y quietos.
—Yo solo sé que, en ocasiones, algunas personas no merecen llevar la ropa que llevan o las caras que llevan. Algunas personas… se interponen.
—Yo iba muy despacio.
—Y ellos no se movieron.
—No. Les pasé por encima y ya está… y me sentí bien. Bueno, pues creo que voy a seguir mi camino.
Me aparté y dejé que el hombre siguiera adelante. El vehículo siguió su curso, con el conductor inclinado sobre el volante, asiéndolo con fuerza, y el viento siguiéndolo a medida que se hacía más pequeño y desaparecía en el crepúsculo.
Me quedé observándolo, no más de cinco minutos, hasta que dejé de verlo. Para entonces, el viento era fuerte y el polvo se me metía en los ojos. No sabía ni dónde estaba ni si estaba llorando. Volví a la moto, me monté, pisé el acelerador y salí en dirección contraria.

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