Texto aleatorio

Sam Walter entró de golpe en mi oficina, se quedó mirando los pósteres de coleccionista que tenía colgados en las paredes y me preguntó:

—¿Qué sabes de los principales artistas mexicanos?

—Rivera. Martínez. Delgado. ¿Qué te parece?

Sam tiró un folleto de color brillante en mi mesa:

—¡Lee!

Leí lo que vi en grandes letras rojas:

—«¡Siqueiros, sí! ¡Orozco, olé!» —y seguí leyendo—: «Galería Gambit, Boyle Heights». ¿Van a hacer una exposición de Orozco y de Siqueiros al otro lado del río?

—Lee la letra pequeña.

Sam dio unos golpecitos con el dedo en el folleto.

—Una exposición conmemorativa con las mejores obras de Sebastián Rodríguez, heredero al trono de Siqueiros y Orozco.

—Vamos a ir. Fíjate en la fecha.

—El 20 de abril… ¡Pero si es hoy! ¡A las dos! ¡Dentro de una hora! ¡No puedo…!

—Claro que puedes. Eres experto en arte, ¿no? No es una inauguración… es un cierre. Es un funeral.

—¿Un funeral?

—El pintor, Sebastián Rodríguez, va a asistir, pero muerto.

—¿Cómo dices?

—Es un velatorio. Su madre y su padre van a asistir. Sus hermanos van a asistir. El cardenal Mahoney se va a dejar caer.

—¡Dios mío! ¿Tan bueno era? ¡Cuánta gente!

—Se suponía que iba a ser una fiesta, pero murió en una caída. La cuestión es que, en vez de cancelarlo todo, van a traer su cadáver. Va a ser como una especie de misa, con velas, un coro vestido con encaje…

—¡Por Dios!

—Ya te digo.

—¡Por Dios! Una misa funeral para un pintor desconocido en una galería de cuarta fila en Boyle Heights… un barrio lleno de mexicanos y judíos…

—Dale la vuelta al folleto. Los fantasmas de Orozco y de Siqueiros van a asistir.

Le di la vuelta al folleto y contuve el aliento.

—¡Ay la leche!

—Ya te digo.

En la autopista, camino de Boyle Heights, un barrio lleno de hispanos y judíos, farfullé:

—¡Este tipo es un genio! ¿Cómo has dado con él?

—Por la Policía —respondió Sam, que conducía.

—¿Cómo dices?

—Por la Policía. Era un criminal. Pasó unas horas en la cárcel.

—¡Unas horas! ¿Qué hizo?

—Algo gordo. No te lo podrías creer. Ahora bien, tampoco era para que lo metieran en la trena. Gordo por un lado… poca cosa por el otro. ¡Mira!

Miré.

—¿Ves eso de ahí arriba?

—¿El puente? ¡Ya ha quedado atrás! ¿Por qué?

—De ahí es de donde se cayó.

—¿Saltó?

—No, se cayó.

Sam aceleró.

—¿Te has fijado en algo más?

—¿En qué?

—En lo de arriba. En el puente.

—¿En qué tenía que fijarme? Es que vas muy deprisa.

—Ya volveremos, y lo verás.

—¿Donde murió?

—Donde pasó sus mejores horas y luego… murió.

—¿Cuando era el fantasma de Orozco y de Siqueiros?

—¡Acertaste!

Sam dejó la autopista.

—¡Ya hemos llegado!

Aquello no era una galería de arte, era una iglesia.

En todas las paredes había cuadros de colores luminosos, todos ellos de un brillo tan sorprendente que parecía que saltaran en el aire envueltos en llamas. También había otras llamas. Entre doscientas y trescientas velas relucían en aquel gran circo de la vasta galería. Llevaban horas encendidas y su llama te llevaba al verano, por lo que olvidabas que corría el mes de abril.

El pintor estaba allí, pero preocupado por su nueva ocupación, una eternidad de silencio que rellenar.

No estaba en un ataúd, sino tumbado en un dique nuboso de tela blanca como la nieve que parecía que lo trasladase por entre las constelaciones de velas, cuya luz retembló de repente debido a la corriente que se produjo cuando un clérigo entró por una puerta lateral.

Reconocí al clérigo de inmediato: Carlos Jesús Montoya, guardián de un enorme rebaño de latinos que vivían a ambos lados del cauce seco del río de Los Ángeles. Carlos Jesús, sacerdote, poeta, aventurero en bosques pluviales, asesino del amor de diez mil mujeres, protagonista, místico y, ahora, crítico para la Art News Quarterly, se encontraba en la proa de un oficio que se hundía en llamas y sondeaba las paredes en las que estaban suspendidos los sueños perdidos de Sebastián Rodríguez.

Miré hacia donde miraba él y respiré hondo.

—¿Qué pasa? —susurró Sam.

—Que estas pinturas —dije elevando la voz— no son pinturas. ¡Son fotografías en color!

—¡Chist!

Alguien pidió mi silencio.

—Habla más bajo —me susurró Sam.

—Pero…

—Estaba todo planeado —dijo Sam mirando a su alrededor nervioso—. Primero las fotografías para picar la curiosidad de la gente; luego, las verdaderas pinturas. Una doble inauguración.

—En cualquier caso, para ser fotos… —añadí— ¡son brillantes!

—¡Chist! —me dijo alguien aún más alto.

El gran Montoya me miraba desde el otro lado del mar de fuego estival.

—Unas fotografías brillantes —susurré.

Montoya me leyó los labios y asintió con majestuosidad, como un torero en una tarde sevillana.

—¡Espera un momento! —exclamé como si acabara de comprender algo—. Estas fotografías… ¡ya las he visto en alguna parte!

Carlos Jesus Montoya volvió a concentrar su mirada en las paredes.

—Ven —me dijo Sam mientras tiraba de mí hacia la puerta.

—¡Espera! ¡No rompas mi cadena de pensamiento!

—¡Idiota —me gritó Sam—, al final vas a conseguir que te maten!

Montoya también le leyó los labios a él y asintió ligeramente, casi imperceptiblemente.

—¿Por qué iban a querer matarme?

—¡Porque sabes demasiado!

—¡Pero si no sé nada!

—¡Claro que sí! ¡Ándale! ¡Vámonos!

Y salimos de allí, del cálido verano al frío abril. Una nube de llorosas seguidoras, una masa oscura de mujeres tapadas de negro y convertidas en verdaderos manantiales, nos hizo a un lado.

—La familia no te llora con tanta intensidad —me apuntó Sam—. Son las amantes.

Me quedé escuchándolas.

—No cabe duda.

Oímos más llantos. Más mujeres, más grandes y rechonchas, seguidas por un caballero solemne, elegante y silencioso como un banderín.

—La familia —me explicó Sam.

—Pero… nos vamos muy pronto, ¿no?

—Hay una crisis. Quería que lo vieras todo para que lo apreciaras como un observador virgen, para que no juzgases antes de aferrarte a la realidad.

—¿Cuánto pides por esa bolsa de estiércol que acabas de recolectar?

—De estiércol nada. Es la sangre del artista, sus sueños y los juicios tanto buenos como malos de los críticos.

—Dame la bolsa, que ya la lleno yo.

—No. Vuelve a entrar y vuelve a mirar esa genialidad, esa verdad que pronto empezará a corromperse.

—Tú solo hablas así a última hora del sábado, con la ropa puesta y la botella vacía.

—Pues no es sábado. Y esta es mi botella. Bebe. Echa un trago más. Una última mirada.

Bebí y me quedé frente a la puerta, donde el tiempo de la cosecha olía a cera caliente.

Lejos de allí, el calmado Sebastián iba a la deriva en su barco de tela blanca. Algo más lejos un coro de niños piaba.

En la autopista, a toda velocidad, exclamé:

—¡Ya sé adónde vamos!

—Chist.

—Vamos al sitio del que saltó Sebastián Rodríguez.

—¡Del que se cayó!

—Se cayó y murió.

—Tú presta atención, que ya casi hemos llegado.

—¡Ya estamos! Reduce la velocidad. Ay, Dios mío… ¡ahí están!

Sam redujo la velocidad.

—¡Aparca! ¡Ay, Dios… no me lo puedo creer! ¡Mira!

—¡Sí, sí!

Y es que allí estaban, en el paso elevado que cruzaba la autopista.

—¡Las pinturas de Sebastián que colgaban en las paredes de la galería!

—Eso eran fotos. Estas son las pinturas.

Y, en efecto, lo eran: más brillantes, de mayor tamaño, fenomenales, extraordinarias, cataclísmicas.

—Grafitis… —dije por fin.

—¡Pero menudos grafitis! —comentó Sam mientras los admiraba como si fueran las vidrieras de una catedral.

—¿Por qué no me has enseñado esto primero?

—Lo he hecho, pero las has visto de reojo y a cien kilómetros por hora. En estos momentos las estás viendo normal.

—Pero ¿por qué ahora?

—No quería que la realidad interfiriera con ese misterio de locos. Quería darte respuestas para que imaginaras todas las preguntas demenciales.

—Las fotografías de la galería, todos los grafitis que hay aquí… ¿qué fue primero, el huevo o la gallina?

—Mitad y mitad. El sacerdote Montoya pasó a toda velocidad por debajo de estos milagros hace un mes, volvió la cabeza para ver si había visto bien… y a punto estuvo de estrellarse contra una serie de vehículos que se habían alcanzado por detrás unos a otros.

—Así que él fue el primer coleccionista de arte de las anunciaciones y revelaciones sagradas que Sebastián hizo en la autopista.

—¡Eso es! Después de admirar estas bellezas latinoamericanas, salió corriendo a por una cámara. Las ampliaciones que hizo eran tan impresionantes, tan cautivadoras tanto para el ojo como para el alma, que Montoya concibió un plan maestro. Como la mayoría de las personas desdeñarían unos grafitis hechos en una autopista, ¿por qué no clavaba aquellos ramos candentes de Sebastián en las paredes de una galería para quemarle los ojos a la gente e inflamar su cartera? Luego, cuando fuera demasiado tarde para renegar, para cambiar de idea y para que le pidieran que les devolviera el dinero, escenificaría la gran revelación: «¡Si consideráis que estas obras son regalos de Dios que no podéis dejar de mirar —les gritaría Montoya— id a ver la Autopista 101, en el paso elevado 89!». Para eso colgó Montoya esas ventanas de vida ardorosa y se preparó para revelar la verdad a los críticos cuando los tuviera a todos comiendo de la mano. El problema ha sido…

—Que Sebastián se cayó a la autopista antes de la inauguración.

—Se cayó… lo que puso en peligro su reputación.

—Creía que la muerte aumentaba las posibilidades de hacerse famoso que tiene un artista.

—En algunos casos sí y en otros… no. El caso de Sebastián era especial. Complicado. Cuando se cayó…

—¿Cómo es que se cayó?

—Estaba colgando bocabajo sobre la autopista, pintando, con un compañero sujetándolo por las piernas… y resulta que este compañero estornudó. Sí, amigo mío, estornudó… ¡y lo soltó!

—¡Por Dios!

—No querían contarle la verdad ni a su familia ni a nadie. ¡Joder, estaba pintando grafitis, que es ilegal, estaba bocabajo, y se cayó en mitad del tráfico! Lo hicieron pasar por un accidente de bicicleta… solo que, como imaginarás, nadie encontró la bicicleta. También le limpiaron la pintura incriminatoria de las manos antes de que llegara el forense. Y, claro, eso ha dejado a Montoya…

—Con una galería llena de fotografías artísticas, pero inútiles.

—¡No! ¡Con una galería llena de reliquias de valor incalculable de un artista que le hacía trampas a la vida y que ha muerto antes de tiempo, pero, gracias a Dios, dejando tras de sí una serie de fotografías inspiradoras ¡que van a alcanzar precios estratosféricos en la subasta! El cardenal Mahoney dio su visto bueno y ya no hay quien la detenga.

—Porque nadie ha contado dónde se encuentran las obras de arte originales, ¿no?

—Ni lo van a contar. Sus familiares lo habían advertido de que no anduviera por la autopista… ¡y mira lo que ha pasado! Podrían haber asistido a un festival en el que se celebrara el arte de Sebastián, con las fotografías de la galería y todo eso, pero… ¡ay!… ahora está todo en el paso elevado 89 de la Autopista 101… solo que él está muerto… y todo resulta muy melancólico y comercial. Fue a Montoya a quien se le ocurrió encender un millar de velas para dar forma a la iglesia de San Sebastián.

—¿Cuánta gente conoce esta historia?

—Montoya, el dueño de la galería… y puede que un par de sus tíos. Y ahora, tú y yo. Nadie se va a ir de la lengua con lo de la autopista. ¡Ni una palabra! Echa mano al asiento de atrás. ¿Qué tocas? ¿Qué sientes?

Eché mano al asiento de atrás, sin mirar.

—Parecen tres cubos.

—Y ¿qué más?

Seguí palpando.

—¡Un pincel grande!

—¿Entonces, los cubos…?

—¡Tres cubos de pintura!

—¡Eso es!

—Pero ¿para qué?

—Para tapar las obras maestras que Sebastián Rodríguez pintó en la autopista.

—¿Cubrir esos murales de valor incalculable!? ¿Para qué?

—Si los dejamos ahí, antes o después alguien dará con ellos, se dará cuenta de que son los de las fotografías de la galería ¡y se descubrirá el pastel!

—¿Y el mundo descubrirá que no era sino alguien que se jugaba la vida pintando grafitis en la autopista?

—O querrá admirar su genio y la gente que se quede mirando boquiabierta provocará accidentes de tráfico. De una u otra forma, no se pueden dejar ahí.

Levanté la vista y me quedé mirando los colores brillantes.

—Y… ¿quién va a cubrir los murales?

—¡Pues yo! —respondió Sam.

—Y ¿cómo lo vas a hacer?

—Vas a sujetarme bocabajo, por las rodillas. Eso sí, suénate bien antes, que no quiero nada de estornudos.

—¿Siqueiros, nada, Orozco, no?

—No, nada de nada.

Lo repetí tres veces para mí.


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