Texto aleatorio

Solo duermes cuatro horas. Te acuestas a las once y te despiertas a las tres y todo está claro como el cristal. Ahí empieza tu día. Tomas un café, lees un libro durante una hora, escuchas las débiles, lejanas e irreales conversaciones y canciones de las cadenas de radio previas al amanecer y, a veces, sales a dar un paseo, siempre con tu permiso especial de la Policía encima, eso sí. Ya te han detenido en alguna ocasión por andar por la calle a horas intempestivas y es una molestia que no quieres que se repita, así que conseguiste ese permiso especial. Ahora puedes caminar y silbar por donde quieras, con las manos en los bolsillos y haciendo sonar los tacones por el pavimento con ese tempo lento, cómodo.

Y esto lleva siendo así desde que tenías dieciséis años. Ahora tienes veinticinco y con dormir cuatro horas sigue resultándote suficiente.

Tienes pocos objetos de cristal en casa. Te afeitas con una maquinilla eléctrica porque con la normal había veces en las que te cortabas y no puedes permitirte sangrar.

Eres hemofílico. Empiezas a sangrar y no paras. Tu padre también lo era… solo que el suyo es un ejemplo que da miedo. En una ocasión se cortó el dedo, un corte bastante profundo, y murió de camino al hospital por la pérdida de sangre. También había hemofilia en la rama materna de tu familia, que es de donde te viene a ti.

En el bolsillo interior derecho de la americana llevas siempre un botecito de pastillas coagulantes. Si te cortas, te las tomas de inmediato y su fórmula se extiende por tu sistema suministrando el material coagulante necesario para detener el escape de sangre.

Y así es tu vida. Tan solo necesitas cuatro horas de sueño y te mantienes alejado de los objetos cortantes. Cada uno de tus días es, como quien dice, el doble de largo que el de una persona normal y corriente, pero tus expectativas de vida son cortas, por lo que, aunque no sin cierta ironía, existe cierto equilibrio.

Faltan largas horas hasta que llegue el correo de la mañana, por lo que te sientas frente a la máquina y escribes cuatro mil palabras. A las nueve en punto, en cuanto oyes el buzón, cuadras las hojas que has escrito, les pones un clip, compruebas el duplicado y las archivas con el título de «Novela en curso». Luego, fumando un cigarrillo, vas a por el correo.

Lo sacas del buzón. Un cheque por trescientos dólares de una revista nacional, dos rechazos de editoriales menores y una cajita de cartón atada con una cuerdecita verde.

Después de ojear las cartas te concentras en la caja, la desatas, la abres y metes la mano para sacar lo que sea que hay dentro.

—¡Me cago en…!

Dejas caer la caja. Una rápida salpicadura de color rojo se extiende por tus dedos. Algo brillante ha resplandecido en el aire mientras realizaba un movimiento de corte y se ha oído el zumbido de un muelle de metal acompañado de un chirrido.

La sangre empieza a correr con suavidad pero rápidamente por tu mano herida. Te quedas mirando un momento, miras el objeto cortante que hay en el suelo, el pequeño artilugio bestial con la cuchilla en un muelle-trampa que se ha cerrado de golpe en cuanto lo has tocado… y que te ha pillado desprevenido.

Titubeando, temblando, echas mano al bolsillo y te manchas de sangre, pero sacas el botecito de pastillas y tomas varias.

Luego, mientras esperas a que la sangre empiece a coagularse, te envuelves los dedos con un pañuelo y, con cuidado, agarras el aparato, entras en casa y lo dejas sobre la mesa.

Después de mirarlo durante unos diez minutos, te sientas y fumas un cigarro torpemente, tus párpados suben y bajan, se sacuden, tu visión se emborrona y se endurece, y funde unos objetos de la estancia con otros… hasta que por fin obtienes tu respuesta.

«A alguien no le caigo bien… A alguien no le caigo nada bien».

Suena el teléfono. Lo descuelgas.

—Douglas al habla.

—Hola, Rob. Soy Jerry.

—Ah, Jerry.

—¿Qué tal estás, Rob?

—Pálido y alterado.

—¿Y eso?

—Alguien me ha enviado una cuchilla en una caja.

—¡Venga, déjate de bromas!

—No, lo digo en serio, pero no hablemos de eso.

—¿Qué tal va la novela, Rob?

—No la terminaré nunca como la gente no deje de enviarme objetos cortantes. La próxima vez voy a recibir un jarrón sueco de cristal tallado… o la caja de un mago con un enorme espejo plegable.

—Tu voz suena rara.

—Normal. En cuanto a la novela, Gerald, va a ser un bombazo. Acabo de escribir otras cuatro mil palabras. En esta escena muestro el gran amor de Anne J. Anthony por el señor Michael M. Horn.

—Estás pidiendo guerra, Rob.

—Hace diez minutos que acabo de darme cuenta.

Jerry musita algo.

Tú dices:

—Mike no me haría nada directamente, Jerry. Y tampoco Anne. Al fin y al cabo, Anne y yo estuvimos prometidos en su día. Hasta que descubrí qué es lo que estaban haciendo, claro. Lo de las fiestas que daban, las jeringuillas que le proporcionaban a la gente… llenas de morfina.

—No obstante, cabe la posibilidad de que intenten parar el libro.

—Te creo. De hecho, ya lo han intentado. Con la cajita esta que acabo de recibir. A ver, quizás no hayan sido ellos, sino alguno de los otros. Ya sabes, de los otros que menciono en la novela. Puede que hayan empezado a interesarse.

—¿Has hablado con Anne recientemente?

—Sí.

—Y ¿sigue prefiriendo ese tipo de vida?

—Es muy salvaje. Llegas a ver cosas magníficas cuando tomas algunos tipos de narcóticos.

—Me cuesta creer viniendo de ella. No parece de ese tipo de mujeres.

—Eso es por tu complejo de Edipo, Jerry. A ti nunca te parece que las mujeres se comporten como mujeres. A ti siempre te parecen estatuas de mármol recién bañadas, perfumadas y asexuadas en lo alto de pedestales rococó. Amabas demasiado a tu madre. Por suerte, yo soy más ambivalente. Anne me engañó durante un tiempo, pero aquella noche se lo estaba pasando tan bien que me hizo pensar que estaba borracha y, de repente, me estaba besando y me clavaba una aguja en la palma de la mano mientras me decía: «Venga, Rob, por favor… que te va a gustar». Y la jeringuilla estaba tan llena de morfina como Anne.

—Y eso fue todo —dice Jerry al otro lado de la línea.

—Y eso fue todo. Y hablé con la Policía y con el Departamento Estatal de Narcóticos, pero algo debe de pasar, porque les da miedo actuar. Eso o alguien les está untando de maravilla. Sospecho que hay un poco de lo uno y de lo otro. Siempre hay alguien en el sistema que hace que se atore la tubería. En el Departamento de Policía siempre hay alguien que tomará un poco de dinero y estropeará el buen nombre de toda la fuerza. Es un hecho. No se puede evitar. Es la naturaleza humana. Yo también la padezco. Ahora bien, si no puedo limpiar la tubería en una dirección, lo haré en la otra. ¡Y no hace falta que te diga que será esta novela que estoy escribiendo la que lo haga!

—Sí, Rob, pero podrías acabar yéndote por el desagüe con ella. ¿De verdad crees que tu novela avergonzará a los de narcóticos hasta el punto de empujarlos a actuar?

—Es la idea.

—¿No te da miedo que te demanden?

—Ya me he encargado de eso. Voy a firmar un documento con la editorial en el que la absuelva de toda culpa y en el que pondrá que los personajes de esta novela son ficticios. Así, si resulta que he mentido a la editorial, ella no será responsable de nada. Si me demandan, utilizaré los derechos de autor de la novela para defenderme. Y tengo muchas pruebas. Además, ¡es una novela magnífica!

—Ahora en serio, Rob… ¿de verdad te han enviado una cuchilla en una caja?

—Sí, y ese es el mayor peligro que corro. Resulta emocionante. No se atreverían a matarme a la vista de todos, pero, si muriera por mi propia torpeza y por culpa de una enfermedad hereditaria, ¿quién iba a culparlos? No van a rajarme la garganta. Eso resultaría obvio. Ahora bien, una cuchilla, un clavo o poner una hoja cortante en el volante de mi coche… eso resulta de lo más melodramático. Y tu novela, Jerry, ¿qué tal va?

—Lenta. ¿Te parece que comamos juntos hoy?

—Me parece. ¿En el Brown Derby?

—Ay, amigo, sí que estás pidiendo guerra. Sabes perfectamente que Anne y Mike comen ahí ¡a diario!

—Estimula mi apetito, Gerald. Nos vemos allí.

Cuelgas. Ya tienes bien la mano. Silbas mientras te la vendas en el cuarto de baño. A continuación, inspeccionas el artilugio de la caja. Rudimentario. Dirías que había un cincuenta por ciento de probabilidades de que no hubiera funcionado.

Te sientas y escribes tres mil palabras más acicateado por lo que acaba de suceder.

El tirador de la puerta de tu coche lo han afilado hasta el punto de que resulte cortante. Han debido de hacerlo por la noche. Sangrando, vuelves a casa en busca de más vendas. Tomas más pastillas. Dejas de sangrar.

Después de guardar dos capítulos más de la novela en la caja de seguridad del banco, subes al coche y vas al Brown Derby, donde has quedado con Jerry Walters. Tu amigo tiene ese aspecto eléctrico y diminuto de siempre, con los carrillos oscuros y los ojos saltones por detrás de esas gafas de cristal grueso que lleva.

—Anne está dentro —te dice con una sonrisa— y Mike está con ella. ¿Por qué queremos comer aquí?

La sonrisa se le congela en los labios cuando te mira la mano.

—¡Tienes que beber algo! Ven por aquí. Anne está en aquella mesa de allí. Salúdala con la cabeza.

—En ello estoy.

Ves a Anne en una mesa del fondo. Lleva un vestido deportivo de lino entretejido con hilos de oro y plata y un collar de eslabones de bronce de estilo azteca. Su pelo tiene el mismo color bronce. A su lado, detrás de un puro y una nube de humo, está la alta y sobria figura de Michael Horn, que parece exactamente lo que es, un especialista en narcóticos al que le encanta apostar, hedonista por naturaleza, amante de mujeres, director de hombres y portador de diamantes que se pone calzoncillos de seda. No te gustaría estrecharle la mano. Da la sensación de que lleve las uñas demasiado afiladas.

Te sientas y pides una ensalada. Te la estás comiendo cuando Anne y Mike se acercan a tu mesa, después de tomar su cóctel.

—Hola, afilador —le sueltas a Mike Horn con cierto énfasis en la segunda palabra.

Detrás de Horn está su guardaespaldas, un chaval de veintiún años de Chicago que se apellida Berntz y que lleva un clavel en la solapa de su chaqueta negra, el pelo engominado hacia atrás y los ojos estirados por los músculos de las comisuras, lo que le da un aspecto tristón.

—Hola, Rob, cariño —dice Anne—. ¿Qué tal va la novela?

—Bien, bien. Tengo un nuevo y maravilloso capítulo que habla de ti.

—¡Ah, pues gracias, cariño!

—Oye, ¿cuándo vas a abandonar a este duendecillo con cara de pie? —le preguntas sin mirar a Mike.

—Cuando lo mate.

Mike se echa a reír.

—Muy buena, nena. Venga, vámonos, que estoy cansado de este gilipollas.

Siembras el malestar entre la cubertería y, no sabes cómo, pero se caen unos platos. Haces ademán de pegarle un puñetazo a Mike, pero Berntz y Anne y Jerry se alían contigo y te quedas sentado, con la sangre latiendo con fuerza en tus sienes. Alguien toma tu tenedor y te lo da.

—Adiós —dice Mike.

Anne sale por la puerta como un péndulo en un reloj y apuntas la hora. Mike y Berntz salen por detrás de ella.

Miras la ensalada. Tomas el tenedor. Pinchas la comida. Te la llevas a la boca.

Jerry te mira.

—Por amor de Dios, Rob, ¿qué sucede?

No dices nada. Sacas el tenedor de entre tus labios.

—Rob, ¿qué sucede? ¡Escupe!

Escupes.

Jerry maldice por lo bajo.

Sangre.

Jerry y tú salís del edificio Taft y, ahora, hablas mediante el lenguaje de signos. Tienes la boca llena. Te huele a antiséptico.

—Pero no veo la manera —dice Jerry.

Haces un gesto con las manos.

—Sí, lo sé, la pelea del Derby —dice—. El tenedor se ha caído al suelo.

Vuelves a hacer otro gesto. Jerry lleva a cabo la explicación de la pantomima:

—Mike… o Berntz… lo toma, te lo devuelve, pero, en realidad, lo ha cambiado por uno afilado.

Asientes con fuerza, te pones rojo.

—O quizás haya sido Anne —añade Jerry.

«No», niegas con la cabeza. Con gestos y expresiones intentas explicar que, si Anne hubiera sabido aquello, habría dejado a Mike de inmediato. Jerry no lo pilla y te mira a través de esas gafas gruesas suyas. Sudas.

La lengua es un mal sitio en el que hacerse un corte. Una vez conociste a un tipo que tenía un corte en la lengua y la herida no acababa de curar nunca, aunque sí que dejaba de sangrar. ¡Pues imagina con un hemofílico!

Haces un gesto y fuerzas una sonrisa mientras subes al coche. Jerry entrecierra los ojos, piensa, lo pilla.

—¡Ah! —se ríe—, vale, que ya solo te falta una puñalada por la espalda, ¿no?

Asientes, os dais la mano y te marchas.

De pronto, la vida ya no te parece tan divertida. La vida es real. La vida es eso que se te escapa por las venas a la menor invitación. Inconscientemente, echas mano al bolsillo interior de la chaqueta, donde llevas el botecito de pastillas. Qué bien que esté ahí.

No tardas en darte cuenta de que te están siguiendo.

Giras a la izquierda en la esquina y piensas a toda prisa. Un accidente. Te ves desmayado y sangrando. Estando inconsciente, serás incapaz de tomarte las preciadas pastillas que guardas en el bolsillo interior de la chaqueta.

Aceleras. Tu coche sale rugiendo hacia delante. Miras hacia atrás. El otro coche sigue detrás. Se acerca. Un golpecito en la cabeza, un corte, aunque sea poca cosa, y estás muerto.

Giras a la derecha en Wilcox, a la izquierda de nuevo cuando llegas a Melrose, pero el otro coche sigue detrás de ti. Solo puedes hacer una cosa.

Te detienes junto a la acera, tomas las llaves, sales del coche lentamente y te sientas en el césped de una casa.

Mientras el coche que te seguía pasa, le sonríes y lo saludas con la mano.

Te parece oír que alguien maldice mientras el coche va desapareciendo.

Vuelves a casa andando. De camino llamas al garaje y pides que recojan tu coche.

Aunque siempre has estado vivo, nunca te habías sentido tan vivo como ahora… como si fueras a vivir para siempre. Eres más inteligente que todos ellos juntos. Estás atento. No van a poder hacer nada que no vayas a ver venir y de lo que no vayas a poder librarte de una u otra manera. Tienes muchísima fe en ti. No puedes morir. Hay gente que muere, pero tú no. Crees plenamente en tu habilidad para vivir. Jamás habrá una persona lo bastante lista como para matarte.

Podrías comer llamas, atrapar balas de cañón, besar a mujeres que tuvieran antorchas por labios, noquear a gánsteres de un puñetazo en la barbilla. Siendo como tú eres, con esa sangre que corre por tus venas y que te ha convertido en un… ¿jugador? ¿En alguien que aprovecha las oportunidades? Tiene que haber alguna manera de explicar la mórbida ansia que sientes por encontrarte en peligro o cerca de él. Explícalo así: sientes una terrible explosión de ego cada vez que escapas con bien de una de esas experiencias. Admítelo, eres una persona presuntuosa con ideas mórbidas de autodestrucción. Ideas ocultas, claro está. Nadie admite abiertamente que quiere morir, pero la idea está por ahí, rondando, en alguna parte. La supervivencia y la voluntad de morir, tirando de ti cada una para un lado. La necesidad de morir metiéndote una y otra vez en problemas… y la supervivencia sacándote de ellos una vez más. Y odias a estas personas y te ríes de ellas cuando ves esas muecas y cómo se retuercen, incómodas, al comprobar que sales airoso, entero, intacto. Te sientes superior, un dios, inmortal. Ellos en cambio, son inferiores, cobardes, comunes. Así, te irrita pensar que Anne prefiere los narcóticos a ti. La aguja le resulta más estimulante. ¡Muy bien! Tú, en cambio, encuentras estimulante el peligro que ella supone para ti… Peligro, sí… pero te arriesgarías con ella cuando fuera.

Vuelven a ser las cuatro de la mañana. La máquina de escribir está debajo de tus dedos cuando suena el timbre de la puerta. Te levantas y vas a ver quién llama en ese calmo momento que precede al amanecer.

Lejos, en la otra punta del universo, una voz dice:

—Hola, Rob. Soy Anne. ¿Te he despertado?

—Vaya, Anne, hace tiempo que no venías.

Abres la puerta y ella entra, te deja atrás. Qué bien huele.

—Estoy cansada de Mike. Me asquea. Necesito una buena dosis de Robert Douglas. De verdad, Rob, estoy cansada.

—Se te nota. No sabes cuánto lo siento.

—Rob…

Hace una pausa.

—Dime.

Hace otra.

—Rob… ¿podríamos escaparnos mañana? Bueno, hoy, quiero decir. Esta tarde. A la costa, a algún lugar de la costa. Nos tumbaremos al sol y dejaremos que nos queme la piel. Lo necesito, Rob… y no sabes cuánto.

—Sí, ¿por qué no? Claro. Sí. ¡Sí, joder!

—Me gustas, Rob. Ojalá no estuvieras escribiendo esa maldita novela.

—Si te alejaras de esos mafiosos, es probable que la abandonara, pero es que no me gusta lo que han hecho contigo. ¿Te ha contado Mike lo que me está haciendo?

—¿Es que te está haciendo algo, cariño?

—Está intentando desangrarme. Literalmente. Tu conoces al verdadero Mike, ¿no es así, Anne? Un cobarde que vive asustado. ¡Y Berntz, igual! Ya he conocido a gente como ellos, que van de duros para esconder que son completos gallinas. Mike no quiere matarme. Le da miedo matar. Cree que puede asustarme para que lo deje, pero le llevo mucha ventaja porque estoy convencido de que no tiene lo que hay que tener para matarme. Prefiere caer en una redada de narcóticos a ser culpable de un asesinato. Conozco a Mike.

—Pero, cariño, ¿a mí me conoces?

—Creo que sí.

—Pero ¿bien?

—Lo suficiente.

—Yo podría matarte.

—No te atreverías. Te gusto.

—También me gusto yo —ronronea.

—Siempre has sido rara. Nunca supe qué es lo que te mueve… y sigo sin saberlo.

—La supervivencia.

Le ofreces un cigarrillo. Está muy cerca de ti. Asientes, pensativo.

—En una ocasión vi cómo le arrancabas las alas a una mosca.

—Me pareció interesante.

—¿Diseccionabas gatitos conservados en frascos en la universidad?

—Me deleitaba.

—¿Sabes qué te hace la droga?

—Eso también me deleita.

—¿Y esto?

Estáis lo bastante cerca el uno del otro, por lo que es suficiente con un movimiento para que vuestras caras se rocen. Sus labios son tan buenos como parecen. Son cálidos. Son conmovedores y suaves.

Te aparta ligeramente.

—Con esto también me deleito.

Te la acercas, sus labios vuelven a encontrar los tuyos y cierras los ojos…

—¡Me cago en…! —exclamas apartándote de golpe.

Te ha clavado una uña en el cuello.

—Lo siento, cariño, ¿te he hecho daño?

—Parece que todos queráis un papelito…

Sacas tu botecito preferido y tomas un par de pastillas.

—Dios, mujer, qué descuido. Trátame mejor a partir de ahora, que soy delicado.

—Perdóname, se me había olvidado.

—Me siento halagado, pero, si esto es lo que sucede cuando te beso, en cuanto vayamos un poco más allá… ¡lo nuestro va a ser una sangría! Espera.

Te vendas el cuello. Venga, de vuelta a los besos.

—Tú con calma, nena. Vamos a la playa y te doy una charla sobre lo malo que es embarcarse con Michael Horn.

—Rob, ¿vas a seguir con la novela diga yo lo que diga?

—Voy a seguir. ¿Por dónde íbamos? Ah, sí.

De nuevo los labios.

Aparcas en lo alto de un acantilado en el que resplandece el sol cuando empieza a caer la tarde. Anne se te adelanta, corriendo, baja las escaleras de madera, sesenta metros acantilado abajo. El viento levanta su cabello del color del bronce. Tiene un cuerpo esbelto con ese traje de baño azul. La sigues, pensativo. Estás lejos de todo. No hay ningún pueblo cerca, la autopista está vacía, la playa, con el mar plegándose una y otra vez sobre ella, es amplia y está tan vacía como la autopista, con sus enormes losas de granito caídas y azotadas por las olas. Los pájaros chillan. Ves cómo Anne llega a la playa. «Qué pobre tonta», piensas.

Paseáis del brazo, os detenéis y dejáis que el sol os ponga morenos. Piensas que todo es limpio, que es bueno. Al menos, durante un tiempo. La vida es limpia y fresca. Incluso Anne es vida. Quieres hablar, pero te suena rara tu propia voz en este silencio de salitre. Además, aún te duele la lengua tras el corte con el tenedor afilado.

Camináis por el agua y Anne encuentra algo.

—¡Un percebe! —comenta—. ¿Recuerdas cuando salías a bucear con la máscara y con el tridente… en los viejos tiempos?

—Ay… los viejos tiempos.

Piensas en ellos, en Anne y en ti, y en todo aquello que os gustaba hacer juntos. Viajar por la costa. Pescar. Bucear. Incluso por aquel entonces ya te parecía una criatura extraña. No le importaba lo más mínimo matar langostas. Se deleitaba limpiándolas.

—Eras tan temerario… Aunque, a decir verdad, sigues siéndolo. Te arriesgabas a bucear en busca de orejas de mar… cuando estos percebes mismos podrían haberte hecho cortes terribles. Mira, son afilados como cuchillas.

—Lo sé.

Tira el percebe a lo lejos y aterriza cerca de donde habéis dejado los zapatos. Cuando volvéis, lo esquivas, no vaya a ser que lo pises.

—Podríamos haber sido felices —te dice.

—Es bonito pensarlo, ¿verdad?

—Ojalá cambiaras de opinión.

—Demasiado tarde.

Suspira.

Se os acerca una ola.

No te da miedo estar aquí con Anne. No puede hacerte nada. Sabes cómo encargarte de ella. Lo crees a pies juntillas. No, esta va a ser una tarde tranquila, sin contratiempos. Estás alerta, listo para cualquier contingencia.

Te tumbas al sol, que te alcanza los huesos y te libera por dentro, y te amoldas a los contornos de la arena. Anne está a tu lado y el sol ilumina la punta de su nariz y resplandece en las gotas de sudor que hay en su frente. Habla de todo y de nada, y te tiene fascinado el hecho de que sea tan bonita, como una serpentina tirada en tu camino, y que, al mismo tiempo, sea tan ruin, tan pequeña, escondida allí donde te resulta imposible dar con ella.

Te tumbas bocabajo. La arena está cálida. El sol es cálido.

—¡Te vas a quemar! —te dice en un momento dado entre risas.

—Supongo —respondes.

Te sientes muy inteligente. Muy inmortal.

—Espera, deja que te ponga un poco de aceite en la espalda —se ofrece mientras abre su bolso chino de charol y saca una botellita de aceite completamente amarillo—. Esto se interpondrá entre el sol y tú, ¿vale?

—Vale.

Te sientes muy bien. Muy superior.

Te unta de tal manera que te imaginas como un cerdo en un espeto. Tiene la botellita por encima de ti y el aceite cae como un hilo líquido, amarillo, brillante y frío, entre los vacíos de tu columna. Su mano extiende el aceite y te masajea la espalda. Permaneces allí tumbado, ronroneando, con los ojos cerrados, observando las pompas de color azul y amarillo bailar en tus párpados. Ella deja caer un poco más del líquido, se ríe y sigue con su masaje.

—Ya me siento más fresquito.

Anne te masajea cosa de un minuto más, tras lo que se detiene y se sienta a tu lado poco a poco. Pasa un rato largo y tú sigues allí, asándote en un horno de arena, sin ganas de moverte. De repente, el sol ya no calienta.

—¿Sientes un cosquilleo? —te pregunta mientras permaneces bocabajo.

—No —respondes con una sonrisa.

—Tienes una espalda preciosa. Me encantaría hacerte cosquillas.

—Pues házmelas.

—¿Sientes un cosquilleo aquí?

Sientes un movimiento distante, aletargado, en la espalda.

—No.

—Y, ¿aquí?

No sientes nada.

—¡Pero si ni siquiera me estás tocando!

—En una ocasión leí un libro que decía que los receptores sensoriales de la espalda están tan poco desarrollados que la mayoría de las personas sería incapaz de saber exactamente dónde la están tocando.

—¡Sí, seguro! Venga, tócame, que verás cómo lo sé.

Sientes tres movimientos largos en la espalda.

—¿Y bien?

—Me has hecho cosquillas por debajo de uno de los omóplatos, como a unos diez… doce… centímetros. Y a la misma altura en el otro omóplato. Y, luego, por la columna vertebral, hacia abajo. Ahí lo tienes.

—Eres un chico listo. Me rindo. Eres demasiado bueno. Me apetece fumar un cigarrillo. A ver… ¡Mierda, se me han acabado! ¿Te importa si voy al coche a por un paquete?

—Ya voy yo.

—¡No, no te preocupes!

Se pone de pie y sale apresurada por la arena. Te quedas mirando cómo corre. Te sientes como cansado, como somnoliento, como si la atmósfera se estuviera caldeando. Te parece raro que se lleve el bolso y el líquido embotellado. Mujeres. Aun así, no puedes evitar pensar lo bonita que es, incluso corriendo. Sube las escaleras de madera, se gira, te saluda y sonríe. Le devuelves la sonrisa y mueves la mano un poco; es un saludo relajado.

—¿Tienes calor? —te grita.

—¡Estoy sudando a mares! —respondes a voz en cuello, pero relajado.

Sientes el sudor gateando por tu cuerpo. Empiezas a notar el calor y dejas que te rodee, como el agua cuando te das un baño. Sientes torrentes de sudor por la espalda, leves, distantes, como hormigas subidas por tu cuerpo. «Suda», piensas. «Súdalo todo». Gotas de sudor te caen por las costillas y te llegan al estómago; te hacen cosquillas. Te ríes. ¡Dios, cómo sudas! Nunca en la vida habías sudado así. El olor de ese aceite que te ha puesto Anne es dulzón en el aire cálido. Tienes sueño. Mucho sueño.

Te sobresaltas. Levantas la cabeza de golpe.

Oyes el motor del coche en lo alto del acantilado y, mientras miras el vehículo, ves que Anne se despide de ti con la mano. El coche brilla bajo el sol, da media vuelta y se aleja por la autopista.

Así, sin más.

—¡Serás zorra! —gritas irritado.

Haces ademán de levantarte. No puedes ponerte de pie. El sol te ha debilitado. Notas la cabeza embotada. Maldita sea. Has estado sudando. Sudando.

Hueles algo nuevo en el aire caliente. Algo que te resulta muy familiar, que es tan atemporal como el olor a sal del mar. Un olor cálido, dulce, empalagoso. Un olor que es el mayor de los terrores para ti y para los que son como tú. Te pones de pie tambaleándote.

Te das cuenta de que vistes una capa, una prenda de color escarlata. Se te pega a los muslos y, mientras la observas, reviste tus lumbares y se extiende y crece por tus piernas y por tus tobillos. Es roja. Del rojo más rojo que hay en la carta de colores. El rojo más puro, adorable y terrible que has visto jamás, creciendo, latente, por tu cuerpo.

Te agarras la espalda. Pronuncias palabras sin sentido alguno. ¡Tu mano toca tres heridas largas, abiertas, por debajo de los omóplatos!

¡Sudor! ¡Pensabas que estabas sudando… pero era sangre! Piensas en cómo has estado tumbado, pensando que era sudor, riéndote… ¡pasándolo bien incluso!

No sientes nada. Tus dedos rascan con torpeza, sin fuerza. No sientes nada en la espalda. Está insensible.

«¡Te vas a quemar! Espera, deja que te ponga un poco de aceite en la espalda». Oyes la voz de Anne a lo lejos, como una pesadilla titilante en tu memoria.

Una ola golpea la orilla con fuerza. En tu cabeza se presenta la imagen del hilo de líquido amarillo cayendo en tu espalda, suspendido de los magníficos dedos de Anne. Sientes su masaje.

Un narcótico diluido. Novocaína o cocaína o alguna otra sustancia diluida en la solución amarilla y que, después de estar un rato en tu espalda, ha dormido todos los nervios. Anne lo sabe todo sobre los narcóticos.

Ay, la dulce Anne…

«¿Sientes un cosquilleo?», te pregunta Anne nuevamente, pero esta vez en tu memoria.

Te dan arcadas. Un eco en tu cabeza, que nada en un mar del color de la sangre, da una respuesta: «No». Hazme cosquillas. Hazme cosquillas. Hazme cosquillas… Hazme cosquillas, Anne J. Anthony, encantadora dama. Hazme cosquillas.

Con la preciosa y afilada uña de un percebe.

Has estado buceando en busca de orejas de mar y te has rascado la espalda con una roca, grandes rayas, desiguales, que te ha dejado una comunidad de percebes. Eso es. Buceando. Un accidente. Qué bien lo tenía planeado todo.

Ay, la dulce Anne…

¿O te has afilado las uñas con una piedra de agua, querida?

El sol te golpea el cerebro. La arena empieza a fundirse a tus pies. Con la esperanza de quitarte esta prenda roja, intentas dar con los botones que la desabrochen. Sin sentir nada, a ciegas, a tientas, los buscas. No los hay. No hay manera de quitarse la prenda. Piensas en que te encontrarán con tus calzoncillos de lana roja y te sientes idiota. Muy idiota.

Tiene que haber una cremallera. Esos tres cortes largos se pueden cerrar con una cremallera y, entonces, esa cosa roja que resbala por tu cuerpo dejará de resbalar. Tú, el inmortal.

Los cortes no son muy profundos. Si consigues que te vea un médico… Si consigues tomar tus pastillas…

¡Las pastillas!

Te tiras de bruces sobre la chaqueta y buscas en un bolsillo primero y en otro después, y en otro, y les das la vuelta, y arrancas el forro, y gritas, y lloras, y cuatro olas se estrellan contra la orilla muy seguidas por detrás de ti, como trenes que pasan, bramando. Vuelves a mirar en todos los bolsillos por mucho que sepas que están vacíos, pero albergas la esperanza de no haber mirado bien en alguno. Solo hay pelusas, una cajita de cerillas y el resguardo de dos entradas para el teatro. Dejas caer la americana.

—¡Anne, vuelve! ¡Vuelve! ¡Hay casi cincuenta kilómetros hasta la ciudad… hasta un médico! ¡No puedo caminar tanto… no tengo tiempo!

Estás al pie del acantilado. Levantas la vista. Ciento catorce escalones. El acantilado es escarpado y está bañado rabiosamente por el sol.

Tienes que subir las escaleras.

Cincuenta kilómetros para llegar a la ciudad… Bueno, ¿qué son cincuenta kilómetros? Hace un día espléndido para dar un paseo.


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