Texto aleatorio

Por la noche, los fantasmas flotaban como las semillas de algodoncillo en las praderas blancas. Desde lejos, alcanzabas a ver sus ojos brillando como linternas y una enardecida llamarada intermitente cuando se tropezaban unos con otros, como si alguien hubiera sacudido un brasero y las ascuas hubieran cobrado vida y cayeran como formando una cascada, pequeña pero feroz. Se acercaban a nuestras ventanas, por debajo de ellas, lo recuerdo bien, cada noche de verano durante tres semanas al año y, cada año, papá sellaba las ventanas del sur y nos pastoreaba a nosotras hasta una habitación del norte como si no fuéramos sino cachorrillos. Allí nos pasábamos las noches albergando la esperanza de que los fantasmas cambiaran de dirección y los viéramos alejándose prado abajo. Pero no, el suyo era el prado del sur.

—Deben de ser de Mabsbury —comentó nuestro padre, cuya voz nos llegaba desde las escaleras de la entrada hasta la cama en la que yacíamos las tres—, pero, cuando salgo con la escopeta, ¡por Jorge, han desaparecido!

También oímos la respuesta de nuestra madre:

—Venga, deja la escopeta, que tampoco deberías dispararlos.

Fue nuestro padre quien nos dijo que los fantasmas eran fantasmas. Asentía con cara de preocupación sin dejar de mirarnos a los ojos. Nos dijo que los fantasmas eran indecentes, porque se reían y presionaban la hierba de la pradera con su forma. Era fácil ver dónde habían estado tumbados la noche anterior, un hombre, una mujer. Siempre riéndose, pero suavemente. Nosotras nos despertábamos y abríamos ligeramente la ventana para dejar que el viento entrara y revolviera nuestro pelo, del color de los dientes de león. Y escuchábamos.

Cada año intentábamos esconderles la llegada de los fantasmas a nuestros padres. A veces lo conseguíamos durante cosa de una semana. Sobre el 8 de julio, no obstante, nuestro padre empezaba a ponerse nervioso. Se nos acercaba, nos miraba bien, atisbaba por entre las cortinas y nos preguntaba:

—Laura, Ann, Henrietta, ¿habéis… ya sabéis, por la noche… en la última semana o por ahí… habéis notado algo?

—¿A qué te refieres, papá?

—Me refiero a los fantasmas.

—¿A los fantasmas, papá?

—Ya sabéis, como el verano pasado y el anterior.

—Yo no he visto nada… ¿y tú, Henrietta?

—Yo tampoco. ¿Y tú, Ann?

—No, Laura, yo tampoco he visto nada.

—¡Parad! ¡Parad! —nos chillaba él—. Responded a una pregunta bien sencilla: ¿habéis oído algo?

—Yo oí un conejo.

—Yo vi un perro.

—Había un gato en…

—Si los fantasmas vuelven, tenéis que avisarme —decía muy serio antes de alejarse molesto.

—¿Por qué no quiere que veamos a los fantasmas? —preguntó Henrietta entre susurros—. Al fin y al cabo, es él quien dice que son fantasmas.

—A mí me gustan los fantasmas —comentó Ann—. Son diferentes.

Eso era cierto. Para tres niñas pequeñas, los fantasmas eran raros y maravillosos. Nuestros tutores conducían cada día para vernos y nos mantenían estrictamente atadas. Había fiestas de cumpleaños de vez en cuando, pero, en general, nuestra vida era tan insulsa como un bizcocho. Ansiábamos vivir aventuras. Los fantasmas nos salvaban, porque nos ponían la carne de gallina tantas veces que nos pasábamos el año entero acordándonos de ellos.

—¿Qué traerá por aquí a los fantasmas? —se preguntó Ann.

Lo desconocíamos.

Al parecer, nuestro padre, en cambio, sí que lo sabía. Oímos su voz flotando escaleras arriba una noche más.

—La calidad del musgo —le aseguró a nuestra madre.

—Estás exagerando.

—Creo que han vuelto.

—Pues las niñas no han dicho nada.

—Las niñas son un poco ladinas. Creo que haríamos bien en cambiarlas de habitación esta misma noche.

—Ay, cariño… —suspiró profundamente nuestra madre—. Esperemos hasta que estemos seguros. Ya sabes lo que pasa cuando las cambiamos de habitación. Se tiran una semana durmiendo mal y están enfurruñadas durante el día. Piensa en mí, Edward.

—De acuerdo —convino nuestro padre, pero había algo en su tono de voz que nos hizo pensar que urdía un plan.

A la mañana siguiente, las tres bajamos las escaleras apresuradamente para desayunar al tiempo que jugábamos al pillapilla. «¡Pillada!», gritábamos. Abajo nos topamos con nuestro padre.

—Padre, ¿qué sucede? —le preguntamos.

Porque allí estaba él, con una pomada amarilla y vendas blancas en las manos. Tenía el cuello y la cara rojos, irritados.

—Nada —respondió mirando en lo más profundo de sus cereales, revolviéndolos como apesadumbrado.

—Pero… ¿qué te ha pasado?

Nos reunimos a su alrededor.

—Apartaos, niñas —nos pidió nuestra madre—, que vuestro padre ha tocado hiedra venenosa.

—¿Hiedra venenosa?

—¿Cómo ha sucedido, padre?

—Sentaos, hijas —nos advirtió nuestra madre al ver que nuestro padre empezaba a rechinar los dientes.

—¿Cómo se ha envenenado? —pregunté yo.

Nuestro padre salió de la estancia dando grandes pasos. No dijimos nada más. A la noche siguiente, los fantasmas se habían ido.

—¡Oh, no! —se lamentó Ann.

En nuestras camas, como ratones, esperamos la llegada de la media noche.

—¿Oyes algo? —pregunté susurrando mientras veía los ojos de muñeca de Henrietta mirando hacia abajo por la ventana.

—No —respondió.

—¿Qué hora es? —siseé un tiempo después.

—Las dos en punto.

—Yo creo que ya no vienen —comenté con pena.

—No, ya no vienen —dijeron ellas.

Nos quedamos oyendo nuestra respiración. La noche permaneció en silencio hasta el amanecer.

—¡Té para dos y dos para el té! —cantaba nuestro padre mientras se servía la susodicha bebida. Era evidente que estaba contento, satisfecho de sí mismo—. ¡Ja, ja, ja!

—Padre está feliz —le comentó Ann a mamá.

—Sí, cariño.

—A pesar de la hiedra venenosa.

—¡A pesar de la hiedra venenosa! —exclamó este entre risas—. ¡Soy mago! ¡Un exorcista!

—¿Un qué?

—E-x-o-r-c-i-s-t-a —deletreó—. ¿Quieres un té, esposa?

Henrietta y yo corrimos hasta la biblioteca y Ann se quedó jugando fuera.

—Exorcista… —leí en el diccionario—. ¡Aquí está! —y subrayé la palabra con el dedo—. «Aquel que exorciza fantasmas».

—¿Que les hace hacer ejercicio? —se preguntó Henrietta.

—¡No, tonta! E-xor-ci-zar. Eso es como eliminar, como hacer que algo se vaya.

—¿Como matar? —aulló Henrietta.

Ambas nos quedamos mirando el libro embargadas por la sorpresa.

—¿Habrá matado papá a nuestros fantasmas? —preguntó Henrietta mientras se le llenaban los ojos de lágrimas.

—Dudo que sea tan malo.

Durante media hora nos quedamos sentadas, estupefactas, sintiéndonos frías, vacías. Entonces, Ann entró en casa rascándose los brazos.

—Ahora ya sé dónde le pasó a papá lo de la hiedra venenosa —nos anunció—. ¿Queréis que os lo cuente?

—¿Dónde?

—En la loma que hay por debajo de nuestra ventana. Aquello está lleno de hiedra venenosa… ¡pero nunca la había habido!

Cerré el diccionario despacio.

—¡Vamos a ver!

Llegamos a la loma y, en efecto, estaba llena de hiedra venenosa, suelta, sin enraizar. Alguien debía de habérsela encontrado en el bosque, la había llevado en cestos hasta allí y la había extendido por la zona.

—¡Oh! —Henrietta se quedó sin aliento.

A todas nos vinieron a la cabeza las manos y la cara hinchadas de papá.

—Los fantasmas… —murmuré—. ¿Exorcizará la hiedra venenosa a los fantasmas?

—Fijaos en lo que le hizo a papá.

Asentimos todas.

—Chist —dije llevándome un dedo a la boca pidiendo silencio—. Tenemos que conseguir guantes y, cuando haya anochecido, nos la llevaremos. Nosotras exorcizaremos al exorcista.

—¡Hurra! —gritaron las demás.

La luz se había ido, la noche de verano estaba en calma y olía al dulce aroma de las flores. Esperamos en la cama, con los ojos brillando como los de un zorro en una cueva.

—Las nueve —susurró Ann.

Un rato después dijo:

—Las nueve y media.

—Espero que vengan —comentó Henrietta—, que nos ha costado mucho quitar la hiedra.

—¡Chist! ¡Escuchad!

Nos sentamos.

Desde las praderas iluminadas por la luz de la luna nos llegó un susurró y el frufrú del viento de mediados de verano, que retozaba con la hierba y ascendía hacia las estrellas que lucían en el cielo. Oímos como un restallido y una risa agradable. Corrimos sin zapatos, con las pisadas apagadas, hasta la ventana donde nos reunimos las tres y nos quedamos frías. Presas de un horror expectante, vimos una lluvia de chispas demoníacas en la loma herbosa y dos formas neblinosas que se movían tras la protección que les proporcionaban los arbustos.

—¡Oh! —exclamamos abrazándonos temblorosas—. ¡Han vuelto! ¡Han vuelto!

—¡Ay, como se entere papá!

—¡Pero no se ha enterado! ¡Chist!

La noche murmuró y se rio, y la hierba silbaba. Nos quedamos junto a la ventana largo rato y, en un momento dado, Ann dijo:

—Voy a bajar.

—¿Qué?

—Quiero saber.

Y se apartó de nosotras.

—Pero… ¡podrían matarte!

—Voy a bajar.

—¡Pero Ann… los fantasmas!

Oímos sus pies, muy rápidos, escaleras abajo y cómo abría la puerta principal en silencio. Pegamos la cara a la ventana. Ann, en camisón, como una polilla de terciopelo, apareció aleteando por el prado.

—Ay… que Dios cuide de ella —le deseé al ver que estaba acercándose a hurtadillas a los fantasmas.

—¡Aaah! —gritó Ann.

A aquel grito le siguieron otros. Varios. Henrietta y yo contuvimos el aliento. Ann corría por el prado. Los fantasmas se desvanecieron en un abrir y cerrar de ojos por la colina, como si fueran un viento.

—¡Mira lo que has conseguido! —le espetó Henrietta a Ann cuando nuestra hermana volvió a la habitación.

—¡No me hables! —le soltó Ann—. ¡Es terrible!

Se acercó a la ventana y la agarró con intención de bajarla, pero la detuve.

—Pero… ¿qué sucede? —le pregunté.

—Los fantasmas… —empezó a decir entre sollozos, enfadada y triste a un tiempo— se han ido para siempre. Papá los ha asustado. ¿Sabéis qué era lo que había ahí abajo? ¿Lo sabéis?

—¿El qué?

—¡Dos personas! ¡Un hombre y una mujer asquerosos!

A Ann le corrían lágrimas por el rostro.

—¡Oh! —gemimos.

—¡Se acabaron los fantasmas para siempre! —insistió Ann—. ¡Odio a papá!

Y el resto de aquel verano, en las noches iluminadas por la luna, cuando el viento soplaba y formas blancas se movían en la penumbra de la pradera, las tres hacíamos exactamente lo mismo que habíamos hecho la noche anterior: nos levantábamos de la cama, cruzábamos la habitación y cerrábamos la ventana de golpe para dejar de oír a aquellas personas asquerosas. Luego, volvíamos a la cama, cerrábamos los ojos y soñábamos con los días en que los fantasmas se dejaban llevar por nuestra pradera, en los buenos tiempos, antes de que papá lo estropeara todo.


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