La noche invernal se deslizaba por delante de las ventanas iluminadas como en fragmentos blancos. La procesión marchaba uniformemente ahora, pero, de repente, giraba y revoloteaba. Había cambios y asentamientos constantes que no dejaban de llenar en todo momento un profundo abismo con silencio.
La casa estaba cerrada a cal y canto: puertas, ventanas y trampillas. Las lámparas florecían con suavidad en cada habitación. La casa contenía el aliento, dormitando, cálida. Los radiadores suspiraban. Un refrigerador zumbaba por lo bajo. En la biblioteca, a la luz del quinqué de color verde lima, una mano blanca se movía, una estilográfica rascaba, una cara se inclinaba sobre la tinta que se secaba bajo aquel falso aire veraniego.
Arriba, en la cama, una anciana leía echada. Al final del pasillo, una de sus hijas ordenaba prendas de lino en una habitación que utilizaban como armario. En el ático, un piso más arriba, el hijo, que hacía meses que había cumplido los treinta y que tecleaba delicadamente en una máquina de escribir, añadió una bola de papel más al creciente montón que había sobre la alfombra.
Abajo del todo, la sirvienta secaba las copas de vino de la cena y las colocaba en sus baldas con un característico sonido campaneante. Una vez acabada su labor, se secó las manos, se arregló el pelo y apagó la luz.
Fue entonces cuando los cinco habitantes de aquella casa sobre la que caía una nocturna nevada invernal oyeron un sonido inusual.
La rotura de una ventana.
Fue como cuando se quiebra el hielo del color de la luna en un estanque de media noche.
La anciana se incorporó. Su hija menor dejó de ordenar el lino. A medio camino de arrugar otra hoja de papel, el hijo se detuvo con ella en el puño. En la biblioteca, la otra hija contuvo el aliento y la oscura tinta se fue secando; de hecho, casi le pareció oír cómo lo hacía, siseando. La sirvienta se quedó quieta. Aún no había apartado la mano del interruptor de la luz.
No se oía nada.
Silencio.
Y el susurro del frío viento entrando por una ventana rota en algún lugar alejado y recorriendo los pasillos.
Todos se habían vuelto, cada uno en la habitación en la que estaba, para fijarse en cómo el viento movía las pelusas que había cerca de la puerta, puertas que respiraban. Luego, miraron de golpe el pomo de latón de esas mismas puertas.
Toda puerta tenía su protección, toda tenía su pestillo, su cadenita, sus barras y sus cerrojos. La madre, en esa edad en la que sus excentricidades habían empezado a afectar a todos hasta que había perdido el sentido, había supervisado la instalación de las puertas como si se tratara de preciados y maravillosos nuevos años de vida.
Ya en los años anteriores a la enfermedad que la había postrado en cama de la noche a la mañana, la mujer había temido todas aquellas habitaciones que no podían convertirse en una fortaleza en cuestión de segundos. En una casa llena de mujeres, Robert, el hijo, rara vez bajaba de su cofa; necesitaba defensas prestas contra la avaricia ciega, la envidia y las violaciones de un mundo gobernado por la lujuria, si bien no tan febrilmente en invierno.
O esa era la teoría.
—¡Jamás necesitaremos tantos cerrojos y candados! —había protestado Alice en su día.
—Llegará el momento en que darás gracias a Dios por estas sólidas cerraduras Yale —le había respondido la madre.
—Lo único que tiene que hacer el ladrón —había contraatacado Alice— es romper una ventana, descorrer los pestillos y…
—¿Romper una ventana? Y, ¿advertirnos? ¡No digas bobadas!
—Sería tan sencillo que guardáramos el dinero en el banco…
—¡Y sigues con tus bobadas! ¡En el 29 aprendí que no debes dejar dinero contante y sonante en manos blandas! Bajo la almohada guardo un revólver y el dinero está debajo de la cama… ¡Yo soy el Primer Banco Nacional de la isla de Oak Green!
—¿Un banco que vale cuarenta mil dólares?
—Pero… ¡calla! ¿Por qué no sales al amarre y se lo cuentas a todos los pescadores? Además, no es solo a por el dinero a por lo que vendrían esos demonios… Vendrían a por ti, Madeline… ¡A por mí!
—Ay, madre… pero si somos unas viejas ya.
—Somos mujeres, hija, nunca lo olvides. ¡Mujeres! ¿Dónde están las otras pistolas?
—Hay una en cada habitación, madre.
Y, así, la artillería doméstica quedó preparada y las escotillas se abrían, se comprobaban y volvían a cerrarse de temporada en temporada, año tras año. Por toda la casa, con cables que la recorrían de arriba abajo, había un circuito telefónico interno que funcionaba con pilas. Las hijas habían aceptado estos teléfonos con una sonrisa porque, por lo menos, así se ahorraban los gritos por las escaleras.
—Al hilo de todo esto —había añadido Alice—, ¿por qué no cortamos la línea telefónica exterior? Hace años que nadie nos llama desde el pueblo, desde el otro lado del lago, ni a Madeline ni a mí.
—¡Quitemos el teléfono —había convenido la otra hermana—, que cuesta un Potosí cada mes! ¿A quién íbamos a querer llamar nosotras?
—Al fin y al cabo, no son sino patanes —había comentado Robert, que bajaba del ático—. Todos ellos.
Y ahora, en aquella profunda noche de invierno… aquel ruido único y solitario: la rotura de un cristal. Como el suave estallido de una copa de vino, como la ruptura de un largo y cálido sueño invernal.
Los cinco habitantes de aquella casa de la isla se convirtieron en estatuas.
Mirando por las ventanas de cada una de las habitaciones, se habría imaginado uno que estaban en las diferentes galerías de un museo. Cada animal, aterrado, mostró un último instante de consciencia, de reconocimiento. Había luz en cada ojo de cristal, como la que se encuentra y no se olvida jamás en un claro, cuando un ciervo, sorprendido e inmóvil, vuelve la testa y se topa con el largo y frío cañón de acero de una escopeta.
Los cinco fijaron su atención en la puerta de la habitación en la que se encontraban.
Cada uno de ellos entendió que todo un continente separaba su cama o la silla en la que estaban sentados de dicha puerta, que aguardaba a que alguien la cerrara. Una medida intrascendente para el cuerpo… pero una inmensidad psicológica para el cerebro. Mientras recorrían esa pequeña distancia como disparados por resorte, la larga distancia de cerrar los pasadores, de girar las llaves, pensaban si no habría en el pasillo, a una distancia similar, alguien ansioso por abrir esa puerta que aún no estaba cerrada.
Este pensamiento, contemporáneo de los pelos que se les pusieron como escarpias, se les pasó a todos por la cabeza, los aprisionó… y no tenía intención de liberarlos.
Un segundo pensamiento, reconfortante este, llegó a continuación.
«No es nada. El viento ha roto una ventana. La ha roto una rama. ¡Sí, es eso! O una bola de nieve que haya lanzado uno de esos niños a los que posee el invierno y que, aburrido, sin saber qué otra cosa hacer, se ha acercado en silencio por la noche…».
Los cinco habitantes de la casa se levantaron a la vez.
En los pasillos sonaba el viento. El miedo cubrió de blanco el rostro de cada uno de los miembros de la casa y nevó en sus ojos, que tenían abiertos como platos. Todos estaban ansiosos por acercarse a su puerta, por abrirla, por asomar la cabeza y exclamar: «¡Sí, sí, ha sido la rama de un árbol!», pero entonces oyeron otro ruido.
Un traqueteo metálico.
Y, a continuación, una ventana, en algún lado, como el cruel filo de una guillotina gigante, que empezaba a subir, que se deslizaba por sus descarnadas ranuras. Una boca enorme que dejó entrar el invierno.
Todas las puertas de la casa empezaron a golpetear su quicio y los goznes empezaron a chillar.
La ráfaga apagó lámparas en todas las habitaciones.
—¡Nada de electricidad! —había proclamado la madre hacía años—. ¡No quiero regalos del pueblo! ¡La autosuficiencia tiene que ser nuestra bandera! ¡Nada de dar y recibir!
Su voz se desvanecía en el pasado.
En cuanto las lámparas de aceite se apagaron, el miedo se convirtió, en cada habitación, en una llama más brillante que la de troncos y fogones, que los carbones durmientes.
Alice sintió que ese miedo ardía en sus mejillas acompañado de un fulgor fantasmagórico. Habría podido leer a la luz de aquel terror que le iluminaba la frente.
Parecía que solo pudiera hacerse una cosa.
Cuatro de los habitantes de la casa, a toda prisa, uno en cada habitación, un duplicado cada una de ellas de la que tenía justo por encima o por debajo, se lanzaron contra su puerta para manotear los cerrojos hasta cerrarlos, correr pestillos, pasar cadenitas y girar llaves.
—¡A salvo! —exclamaron—. ¡Cerrados y a salvo!
Uno de ellos, no obstante, no siguió ese camino: la sirvienta. Ella solo vivía unas horas al día en aquella casa estrafalaria y no era víctima de los miedos y pánicos de la madre. Mujer práctica donde las hubiera después de haber vivido años en el pueblo, al otro lado del amplio foso de césped, setos y paredes, apenas se debatió un instante entre tomar una decisión u otra. Luego, llevó a cabo lo que debería haber sido su salvación, pero que se convirtió en un gesto desesperado.
La mujer abrió de par en par la puerta y fue corriendo al pasillo principal de la planta baja. A lo lejos, en la oscuridad, el viento soplaba como si lo hiciese desde la boca de un dragón de hielo.
—¡Los demás habrán salido! —pensó.
A toda prisa, los llamó por su nombre:
—¡Señorita Madeline! ¡Señorita Alice! ¡Señora Benton! ¡Señorito Robert!
Luego, se internó por el pasillo en dirección a la oscuridad de la ventana abierta, que no dejaba de soplar.
—¡Señorita Madeline!
Madeline, clavada como Jesucristo a la puerta del ropero de lino, comprobó a toda prisa que cerrojos, pestillos y demás estaban bien cerrados.
—¡Señorita Alice!
En la biblioteca, a oscuras, donde sus pálidas cartas revoloteaban como si fueran polillas achispadas, Alice se apartó de su puerta, completamente cerrada, en busca de unas cerillas y, cuando las tuvo, reencendió los quinqués dobles. Le latía la cabeza como un corazón apresurado y sentía como si fueran a salírsele los ojos de las cuencas, con la boca abierta y los oídos taponados, de manera que lo único que oía era un pulso salvaje y el ir y venir vacío de su respiración.
—¡Señora Benton!
La anciana se retorcía en la cama cubriéndose el rostro con las manos para ver si así conseguía reformar aquella carne fundida en una expresión de sorpresa, que era lo que requería aquel momento. Luego, con los dedos extendidos, adelantó el brazo hacia su puerta, que permanecía sin cerrar.
—¡Idiota! ¡Idiota de las narices! ¡Que alguien cierre mi puerta! ¡Alice! ¡Robert! ¡Madeline!
«¡Alice!», «¡Robert!», «¡Madeline!», resonó por los pasillos a oscuras.
—¡Señorito Robert!
La voz de la sirvienta lo invocó desde la planta baja, temblorosa.
Entonces, uno a uno, la oyeron gritar. Un grito corto, consternado, acusador.
Después, la nieve empezó a acariciar el tejado de la casa.
Todos prestaron mucha atención porque sabían lo que significaba aquel silencio. Esperaron algún nuevo sonido.
Alguien, que pisaba suavemente, con la suavidad de las pesadillas, como si fuera descalzo, empezó a avanzar por los pasillos. Todos sintieron cómo la casa iba cambiando bajo aquel peso, ahora aquí, ahora allí, ahora un poco más lejos.
En una de las mesas de la biblioteca había dos teléfonos. Alice descolgó uno de ellos y gritó por el comunicador:
—¡Operadora! ¡Policía!
Fue entonces cuando recordó aquellas palabras: «Nadie nos va a llamar ni a Madeline ni a mí. Diles a los de Compañía Bell que corten el cable. No conocemos a nadie en el pueblo. Pero sé práctica. Deja aquí el teléfono por si alguna vez decidimos reconectarnos».
—¡Operadora!
Tiró el aparato y se quedó mirándolo como si se tratara de una bestia tozuda a la que acabara de pedirle que realizara el más sencillo de los trucos. Volvió la vista hacia la ventana. Podía levantarla, asomarse y pedir ayuda a gritos… pero los vecinos estaban en su casa, cerrados, calentitos y muy lejos, mucho… perdidos… y, además, el viento también gritaba. Y el invierno los rodeaba. Y la noche. Sería como pedir ayuda en un cementerio.
—¡Robert! ¡Alice! ¡Madeline! ¡Robert! ¡Alice! ¡Madeline! —aullaba la madre presa de la mayor de las estupideces—. ¡Cerrad mi puerta! ¡Robert! ¡Alice! ¡Madeline!
—Ya la oigo, madre —pensó Alice—. Todos la oímos… y él también la va a oír.
Descolgó el otro teléfono y pulsó con fuerza el botón en tres ocasiones.
—¡Madeline! ¡Alice! ¡Robert! —soplaba la voz de la madre por los pasillos.
—¡Madre —le gritó Alice por el teléfono—, no grite! ¡No le diga dónde se encuentra! ¡No ponga en su conocimiento lo que no sabe todavía!
Alice pulsó de nuevo el botón, con fuerza.
—¡Robert! ¡Alice! ¡Madeline!
—¡Ay, madre, por favor… coja el teléfono! ¡Coja el…!
Clic.
—¡Hola, operadora! —chillaba su madre—. ¡Sálveme! ¡Las cerraduras!
—¡Madre, soy Alice! ¡Cállese, que la va a oír!
—¡Ay, Dios! ¡Ay, Dios, Alice, la puerta! ¡No puedo levantarme de la cama! ¡Qué cosas tiene la vida… dispongo de mil y un cerrojos… pero no puedo alcanzarlos!
—¡Apague la lámpara!
—¡Alice, ayúdame!
—¡Ya lo estoy haciendo! ¡Usted escúcheme! Coja la pistola. Apague la luz. Escóndase debajo de la cama. ¡Venga, hágalo!
—¡Ay, Dios, Alice… ven a cerrar mi puerta!
—¡Madre, que me escuche!
—¡Alice! ¡Alice! —exclamó Madeline—. ¿Qué sucede? ¡Tengo miedo!
A continuación se escucharon otras voces:
—¡Alice!
—¡Robert!
Gritaron, chillaron.
—¡Basta! —aulló Alice—. ¡Callaos! ¡De uno en uno! ¡Antes de que sea demasiado tarde! Lo digo para todos. ¿Me oís? Tomad un arma, abrid la puerta y salid al pasillo. Somos nosotros… todos nosotros… contra él. ¿Entendido?
Robert lloriqueaba.
Madeline aullaba.
—¡Alice! ¡Madeline! ¡Hijas, salvad a vuestra madre!
—¡Que se calle, madre! —le espetó Alice—. Abrid las puertas. Todos. Podemos hacerlo. ¡Venga, vamos!
—¡Vendrá a por mí! —gritó Madeline.
—¡No, no! —decía Robert—. ¡No va a servir de nada! ¡De nada!
—¡Mi puerta…! ¡Mi puerta está abierta! —aullaba la madre.
—¡Que me escuchéis!
—¡Mi puerta! —insistía la madre—. ¡Ay, Dios… que se está abriendo!
Se oyó un grito en el pasillo. Era el mismo grito que sonó por el auricular.
Se quedaron mirando el aparato que tenían en la mano, donde solo latía su corazón.
—¡Madre!
Arriba, una puerta se cerró de golpe.
El grito se quedó en silencio de súbito.
—¡Madre!
—Si no hubiera gritado… —pensó Alice— Si no le hubiera enseñado el camino…
—¡Madeline! ¡Robert! ¡Las armas! ¡Voy a contar hasta cinco y salimos a todo correr! Uno… dos… tres…
Robert gimió.
—¡Robert!
Robert cayó al suelo con el auricular en la mano. Su puerta seguía cerrada. Su corazón se detuvo. El auricular que tenía en la mano aulló: «¡Robert!». Él permaneció inmóvil.
—¡Está frente a mi puerta! —exclamó Madeline en voz alta en aquella casa invernal.
—¡Dispara a través de la puerta! ¡Dispara!
—¡A mí no me va a atrapar! ¡Conmigo no lo va a conseguir!
—¡Madeline, escucha: dispara a través de la puerta!
—¡Está toqueteando las cerraduras! ¡Va a entrar!
—¡Madeline!
Un disparo.
Un disparo. Uno solo.
Alice seguía en la biblioteca, sola, mirando el frío auricular que tenía en la mano y que, ahora, estaba en el más completo silencio.
De repente vio a aquel desconocido en la oscuridad, en el piso de arriba, en el pasillo, frente a una puerta, rascándola con suavidad, sonriéndole.
¡El disparo!
El desconocido, en la oscuridad, mirando hacia abajo, y saliendo por debajo de la puerta cerrada, despacio, un reguero de sangre, un riachuelo. Una sangre que fluía en silencio, muy brillante. Alice vio todo aquello. Sí, mientras oía movimientos sombríos en el pasillo del piso de arriba, los de alguien que iba de habitación en habitación, intentando abrir las puertas y encontrando únicamente silencio.
—Madeline… —dijo Alice por el teléfono como aturdida—. ¡Robert!
Los llamó, pero fue estéril.
—¡Madre! —exclamó cerrando los ojos—. ¿Por qué no me habéis hecho caso?
Y volviendo a cerrar los ojos, prosiguió:
—¿Por qué no me habéis escuchado? Si hubiéramos salido todos a la…
Silencio.
La nieve caía en mudos y abundantes remolinos e iba formando ventisqueros majestuosos sobre el césped. Estaba sola.
Fue a trompicones hasta la ventana, descorrió los pestillos, la abrió, desenganchó la contraventana y la empujó. Luego se sentó a horcajadas en el alféizar, una mitad en el silencioso y cálido mundo de su hogar, la otra, en la noche nevosa. Se quedó allí sentada un buen rato, mirando la puerta de la biblioteca, que permanecía cerrada. El pomo de latón giró una vez.
Fascinada, se quedó observando aquel movimiento. Un ojo brillante que la tenía hipnotizada.
Sentía como si quisiera ir hasta la puerta, abrirla de par en par y, con una reverencia, dejar que la noche entrara, la forma del terror, y, así, conocer el rostro de aquel que, apenas con una llamada a la puerta, había arrasado la fortaleza de la isla. Se descubrió con la pistola apuntando a la puerta, pero temblando.
El pomo de latón giró en dirección a las agujas del reloj, en la contraria. Al otro lado seguía estando todo a oscuras, soplando el viento. En dirección a las agujas del reloj, en la contraria. Con una sonrisa que no alcanzaba a ver.
Con los ojos cerrados, disparó en tres ocasiones.
Cuando abrió los ojos, se dio cuenta de que todos los disparos se le habían desviado. Uno había dado en la pared, otro en la parte baja de la puerta y el tercero en el dintel. Se quedó mirando unos instantes su mano de cobarde y tiró la pistola.
El pomo giró para este lado, para el otro. Fue lo último que vio: aquel pomo brillante, reluciente como un ojo.
Se inclinó y se dejó caer sobre la nieve.
Al volver con la Policía, horas después, Alice vio sus pisadas en la nieve escapando del silencio.
El sheriff, sus agentes y ella estaban debajo de los árboles vacíos, mirando la casa que parecía un lugar cálido y confortable, de nuevo bien iluminado, un mundo de resplandor y alegría en un paisaje lóbrego. La puerta principal estaba abierta de par en par y la nieve entraba por ella.
—Dios —soltó el sheriff—. El intruso ha debido de abrir la puerta y marcharse sin más, sin preocuparse porque alguien lo viera. ¡Qué descaro!
Alice se movió. Un millar de polillas blancas aleteaban frente a sus ojos. Parpadeaba, pero tenía la mirada fija. Entonces, despacio, con suavidad, su garganta se agitó. Empezó a reírse, pero la risa acabó en sollozos.
—¡Miren! ¡Ay… miren! —exclamó.
Todos miraron y vieron un segundo camino de pasos que descendía por las escaleras del porche y se internaba por la aterciopelada y blanca nieve. Separados uniformemente los unos de los otros, con aire de serenidad, aquellas huellas se alejaban por el jardín delantero con confianza. Eran profundas y se desvanecían en dirección a la fría noche y al pueblo nevado.
—Sus pasos —murmuró Alice inclinándose y adelantando la mano.
Los midió e intentó cubrirlos con la mano. Tenía los dedos ateridos. Pegó un grito y exclamó:
—¡Sus pasos…! ¡Ay, Dios… pero qué hombre tan pequeño!
Y, mientras permanecía allí, con las rodillas y las manos sobre la nieve, sollozando, el viento y el invierno y la noche le hicieron un amable favor. Según miraba las huellas, la nieve siguió cayendo y, poco a poco, fue suavizándolas, llenándolas y borrándolas hasta que no quedó ni rastro de su pequeñez. Hasta que desaparecieron del todo.
Hasta ese momento, Alice no dejó de llorar.

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