Texto aleatorio

Burnham Wood, nunca supe su verdadero nombre, me llevó a aquel espléndido garaje que había convertido en una especie de despacho y biblioteca. En aquellas baldas estaban las obras completas de F. Scott Fitzgerald, encuadernadas en un buen cuero y con nervios y detalles de oro. Sentía como un picor en las manos mientras estudiaba aquella increíble colección que era parte de un experimento literario que Wood estaba planeando. Burnham Wood se apartó de su fascinante biblioteca, parpadeó y señaló la parte más alejada de su vasto garaje.

—¡Allí! —exclamó—. Mi irónica máquina con un nombre peculiar. ¿Eh?

Sin ninguna emoción en particular, dije:

—Parece uno de esos camiones que dan vueltas sobre su eje cada diez segundos para remover el cemento mientras van de camino a trazar nuevas carreteras.

—Touché! Es la Hormigonera para Mafiosos. Mire a su alrededor. Hay una relación entre ella y esta biblioteca.

Miré los libros, pero no encontré la relación de la que estaba hablando. Burnham Wood le dio unas palmaditas en el lateral a su máquina, que permanecía allí, como un gran elefante gris. La Hormigonera para Mafiosos se estremeció y se detuvo.

—La idea me vino a la cabeza en una noche desierta en la que una hormigonera pasó por delante de mí a toda velocidad. Me pregunté si iba de camino a hacer zapatos de cemento para gánsteres italianos. Me reí… pero la idea me atormentó y me desperté en mitad de la noche meses después. Tenía que fusionar mi biblioteca con aquel gran monstruo, dar con la manera, pensé, de hacer que aquel gran paquidermo de cemento viajara en el tiempo.

Rodeé la gran bestia gris mientras esta daba vueltas y susurraba, rotando, lista para viajar.

—La Hormigonera para Mafiosos, ¿eh? A ver, explíquese.

Burnham Wood tocó casi todos los libros de F. Scott Fitzgerald, tomó uno y me lo entregó.

Lo abrí.

—El último magnate. Su último libro. De hecho, murió antes de acabarlo.

—Eso es —dijo Burnham Wood acariciando su gran máquina—. ¿Es necesario que le diga lo que hay dentro? Todos los segundos, minutos, horas, días, semanas, meses y años de tiempo contenidos en los cincuenta años que hay que retroceder. Vamos a hacer que esas horas y días corran para que Scotty tenga algo más de tiempo y pueda acabar esta novela. Iba a ser la mejor de todas las que había escrito, pero acabó siendo un disco medio roto que pones a última hora de la noche, cuando has bebido demasiado.

—Ya… y ¿cómo va a hacerlo?

Burnham Wood sacó una lista:

—Lea. Estos son los destinos que va a visitar mi máquina para llevar a cabo su labor.

Me quedé mirando la lista antes de empezar a leerla.

—B. P. Schulberg, de la Paramount, ¿no?

—Eso es.

—Irving Thalberg, de la MGM, ¿no? Y Darryl Zanuck, de la Fox, ¿verdad?

—Verdad.

—¿Va a visitar usted a estas personas?

—Eso es.

—Aquí hay directores de varios estudios, rameras que trató, camareros de toda la creación… ¿Qué va a hacer usted con ellos?

—Dar con la forma de apartarlos de él, aunque sea untándolos o, si no hay otra manera, dándoles una buena paliza.

—Y ¿qué va a hacer con Irving Thalberg? Murió en 1936, ¿no?

—Pero, si hubiera vivido un poco más, habría sido una buena influencia para Scotty.

—Y ¿qué va a hacer si está muerto?

—Cuando Thalberg murió, no había sulfanilamida en el mundo. Pretendo colarme en la habitación de hospital en la que murió una semana antes de que falleciera y darle las medicinas que necesita para curarse y dejar que vuelva a la MGM un año más. Él habría contratado a Scotty para algo mejor de lo que estuvieron dándole.

—Esta lista es muy larga. Habla usted como si fuera a mover a esta gente como piezas de ajedrez.

Burnham Wood me enseñó un fajo de billetes de cien dólares.

—Voy a repartir de estos por todos lados. Algunas de estas personalidades poderosas podrían estar tentadas a actuar. Acérquese. Escuche.

Me acerqué a la gran máquina, que no dejaba de retumbar. En su interior oí gritos y disparos lejanos.

—Parece que ahí dentro… esté aconteciendo una revolución.

—La toma de la Bastilla.

—¿Por qué iba a estar ahí dentro la toma de la Bastilla?

—María Antonieta, de la MGM. Fitzgerald trabajó en ella.

—¡Dios mío, es cierto…! ¿Por qué escribiría algo así?

—Porque le gustaba mucho el cine… aunque el dinero le gustaba aún más. Escuche de nuevo.

Esta vez, los tiros se oían con más fuerza. Cuando las detonaciones terminaron, dije:

—Tres camaradas, Alemania, MGM, 1938.

Burnham Wood asintió.

Se oyó, de súbito, la risa de muchas mujeres. Cuando se quedaron calladas:

—Mujeres, Norma Shearer y Rosalind Russell, MGM, 1939.

Burnham Wood asintió una vez más.

Más risas, música a borbotones. Recité los nombres que recordaba de viejos libros llevados al cine.

—Amor que mata, con Joan Crawford. Madame Curie, con Greer Garson y guion de Huxley y F. Scott Fitzgerald. Dios mío… ¿por qué escribiría todo eso… y ¿por qué están todos esos sonidos dentro de su máquina?

—Las estoy haciendo pedazos. Las estoy destruyendo. Están todas dentro, en la mezcla. Un diamante tan grande como el Ritz, A este lado del paraíso, Suave es la noche. Están todas ahí dentro. Cuando juntas toda esa basura con lo realmente bueno, tienes la posibilidad de trazar una nueva carretera en algún lado del pasado para dar forma a un nuevo futuro.

Releí la lista.

—Son nombres de productores, directores y otros escritores de aquel período; alguno de la MGM, unos pocos de la Paramount y varios de Nueva York capital… al menos hasta el verano de 1939. ¿Qué pretende?

Me fijé en Burnham Wood y vi que miraba la máquina temblando de emoción.

—Voy a ir hasta allí con mi hormigonera metafórica y voy a hacerles zapatos de cemento a todos esos idiotas y, después, los llevaré a un mar de eternidad y los tiraré en él. Le abriré camino a Scotty, le haré el regalo del tiempo para que, así, ¡por favor, Dios!, acabe El último magnate y se publique.

—Pero… ¡eso es imposible!

—Yo lo voy a hacer… o moriré en el intento. Voy a encargarme de ellos, uno a uno, en días concretos de todos esos años. Voy a secuestrarlos para sacarlos de su entorno y dejarlos en otras ciudades en otros años, donde tendrán que abrirse camino como puedan, a ciegas, teniendo en cuenta que habrán olvidado de dónde vienen y la terrible carga que le pusieron encima a Scotty.

Cerré los ojos y le di vueltas a aquella idea.

—Dios bendito… esto me recuerda a una película de George Arliss que vi cuando era niño: El hombre que jugaba a ser Dios.

Burnham Wood rio calmadamente.

—George Arliss, sí. Yo también me siento, en cierto modo, como el Creador, sí. Voy a atreverme a ser el salvador de nuestro querido, borrachín, tontaina e infantil Fitzgerald.

Acarició la máquina una vez más, que tembló y susurró. Casi era capaz de oír la sirena de los años apresurándose allí dentro, dando vueltas.

—Es la hora —dijo Burnham Wood—. Voy a subir, a girar los reóstatos y a hacer un truco de desaparición. Dentro de una hora vaya a la librería más cercana y consulte los libros que hay en las baldas para ver si ha habido algún cambio. No sé si regresaré alguna vez; podría quedarme atrapado en algún año durante una temporada. ¡Podría incluso quedar tan atrapado como la gente que pretendo secuestrar!

—Espero que no le importe que se lo diga… pero dudo que se pueda alterar el tiempo, por mucho que desee usted ser el coeditor de la última novela de F. Scott Fitzgerald.

Burnham Wood sacudió la cabeza y soltó:

—Son muchas las noches en las que he permanecido en la cama preocupándome por la muerte de muchos de mis escritores preferidos. El pobre Melville, el perdido Poe, Hemingway, que debería haber muerto en aquel accidente de avioneta en África… pero donde solo murió su capacidad para convertirse en un gran escritor. No puedo hacer nada respecto a todos esos, pero aquí, tan cerca de Hollywood, he de intentarlo. ¡He de intentarlo!

Burnham Wood se frotó las manos enérgicamente y me tendió la derecha para que se la estrechara. Así lo hice.

—Deséeme suerte.

—Suerte. ¿Hay algo que pueda decir para detenerlo?

—No lo intente. Mi gran elefante americano va a hacer del interior de sus tripas, que no contienen cemento, sino horas, días y años… ¡un recurso literario!

Subió a su Hormigonera para Mafiosos, hizo unos ajustes en un panel computarizado, se volvió y me estudió.

—¿Qué va a hacer usted dentro de una hora?

—Comprar un ejemplar del nuevo El último magnate.

—¡Estupendo! Échese para atrás. ¡Cuidado con la sacudida!

—¡Eso es de La forma de lo que vendrá!, ¿no es así?

—¡De H. G. Wells! —dijo Burnham Wood echándose a reír—. ¡Cuidado con la sacudida!

La tapa se cerró con un fuerte ruido. La gran Hormigonera para Mafiosos rugió, les dio vueltas a los años y, de repente, el garaje se quedó vacío.

Estuve esperando largo rato con la esperanza de que otra sacudida provocara que la gran bestia gris volviera a aparecer de súbito… pero el garaje permaneció vacío.

En la librería, una hora después, pregunté por una novela en particular. El vendedor me facilitó un ejemplar de El último magnate. Lo abrí y pasé las páginas. No pude evitar pegar un grito.

—¡Lo ha conseguido! —exclamé—. ¡Lo ha conseguido! ¡Hay cincuenta páginas más y el final no es el final que leí cuando el libro se publicó en su día! Por Dios… ¡lo ha conseguido!

Me eché a llorar.

—Son veinticuatro dólares y cincuenta centavos —me dijo el librero—. ¿Todo bien?

—Usted nunca lo sabrá… pero yo lo sé… ¡y le deseo todo lo mejor a Burnham Wood!

—¿A quién?

—Al hombre que ha jugado a ser Dios.

Las lágrimas me quemaban los ojos. Apreté el libro contra el corazón y salí de la tienda musitando:

—Sí… sí… el hombre que ha jugado a ser Dios…


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