Texto aleatorio

Era una casa vieja, increíble, sorprendente, que observaba muy atentamente la ciudad desde lo alto con los ojos bien abiertos. Los pájaros habían anidado en sus elevadas cúpulas, por lo que el sitio recordaba a una anciana despeinada, delgada y temerosa de la noche.

Maggie y William habían ascendido colina arriba en aquella ventosa noche de otoño y, en cuanto ella vio la casa, dejó en el suelo su maletín de Saks Fifth Avenue y comentó:

—Oh, no…

—¡Oh, sí!

Él llevaba su antigua y golpeada maleta con alegría.

—¡No me digas que no es una maravilla! ¡Mírala, es de un valor incalculable!

—¿Has pagado dos mil dólares por eso?

—Bueno, hace cincuenta años costó treinta mil. ¡Y ahora es nuestra! ¡No me lo puedo creer!

Maggie se quedó esperando a que el corazón le latiera de nuevo. Estaba mareada. Lo miró a él, miró la casa y dijo:

—Es… es como esas casas de Charles Addams, ¿no te parece? Ya sabes, ese que dibuja la viñeta de los vampiros en la The New Yorker.

Pero William ya había empezado a subir las escaleras. Ella se acercó a él con cuidado y subió también aquellos peldaños que no dejaron de quejarse bajo sus pies. La casa se elevaba ante ellos, con sus tres mansardas, con sus columnas acanaladas y pisos rococó, con sus torres y picos, con sus ventanas en voladizo preñadas de cristales rotos, con la fina capa de nicotina dejada por el paso de los años. Dentro se encontraron con el silencio de las polillas y las persianas y el mobiliario cubierto con sábanas, que hacían que el sitio pareciera un cementerio de tumbas blancas.

De nuevo, Maggie sintió como si todo se hiciera pequeño en ella. Cuando has vivido toda tu vida en una casa grande y limpia en una buena calle, con sirvientes que, sin que tú lo vieras, mantenían el orden, con un teléfono allí donde adelantaras la mano, con una bañera tan grande como una piscina y cuando el único ejercicio que hacías era levantar un pesadísimo martini seco, ¿qué vas a pensar cuando te enfrentas a una montaña de óxido, a una catacumba llena de fantasmas, a una casa gris sumida en el caos? «Ay, Dios —pensó ella—, si la vida de los estadounidenses se está convirtiendo en esto, en menos casas y en precios de escándalo… ¿por qué se casa la gente?».

Le costaba no poner mala cara mientras William gritaba escaleras arriba y escaleras abajo, a toda prisa, contento, por las habitaciones, orgulloso como si hubiera sido él quien hubiera construido la casa.

—¡Soy el fantasma del padre de Hamlet! —exclamó mientras descendía por las escaleras en penumbra.

«… de Hamlet», se oyó que decía el eco desde lo alto de las escaleras, desde lo más alto de la casa.

William sonrió y señaló hacia arriba.

—¿Has oído eso? ¡Es el Escuchador, que vive en lo alto de la casa! ¡Es un viejo amigo mío! Oye todo lo que dices. Ayer mismo le comenté: ¡cuánto quiero a Maggie!

«Cuánto quiero a Maggie» comentó el Escuchador desde lo más alto de la casa.

—Tiene buen gusto el Escuchador, ¿eh? —comentó William mientras se acercaba a Maggie y la asía por los hombros—. ¡No me digas que no es perfecta!

—Grande es, desde luego, eso lo reconozco… y, desde luego, vieja también.

Maggie se quedó mirando a William, que la miraba a ella y, por la manera despaciosa en la que cambió su cara, la joven se dio cuenta de que no estaba consiguiendo transmitirle que le gustara aquella casa tan grande. Se había hecho una carrera en las medias de nailon con un clavo al entrar, se había manchado la carísima falda de tweed con la que había viajado desde San Francisco y…

William le asió las manos. La miró a la boca.

—No te gusta, ¿verdad?

—¡Oh, no es eso!

—Tendríamos que haber comprado aquella caravana…

—¡Ay, no digas tonterías! Es solo que… que tengo que acostumbrarme. ¿Quién iba a querer vivir en una caja de zapatos? ¡Aquí hay mucho más espacio!

—O quizás deberíamos haber esperado un año más para casarnos y haber comprado algo cuando tuviéramos más dinero.

—Puede que no vayamos a tener que pasar mucho tiempo aquí —comentó ella intentando mostrarse alegre.

No obstante, no era aquello lo que quería oír él. Él no quería irse de allí en la vida. William adoraba aquel sitio y quería arreglarlo de arriba abajo; miraba la casa de forma que transmitía permanencia.

—Aquí está el dormitorio.

William abrió la puerta de una estancia de la primera planta en la que ardía una débil bombilla y en la que había una cama con dosel. El joven había barrido y fregado el suelo y había arreglado la cama para darle una sorpresa a su enamorada. En las paredes, cubiertas con un papel nuevo de tonos amarillos, había pinturas coloridas.

—Es bonita —comentó ella sin que se lo pareciera realmente.

William no la miró mientras le respondía:

—Me alegro de que te guste.

A la mañana siguiente, William iba de un lado para el otro de la casa, escaleras arriba, escaleras abajo, silbando, cantando, lleno del vigor que proporcionan el desayuno y las ideas. Maggie lo oía rasgando las viejas sombras, barriendo el salón, rompiendo lo poco que quedaba del cristal roto de una ventana de la cocina. Ella se quedó en la cama. El cálido y amarillo sol entraba por la ventana del sur y tocaba su mano, inerte sobre la colcha. Y allí permaneció, sin querer moverse, incrédula al oír a su resistente marido rebotando de estancia en estancia con el impulso de la inspiración. Sí, resistente. Lo herías o lo decepcionabas un día y, al siguiente, lo había olvidado por completo. Rebotaba de aquí para allí. Ella, desde luego, no tenía ganas de hacerlo. William era como una ristra de petardos explotando y resonando por toda la casa.

Se deslizó por la cama hasta abandonarla. «Venga, vamos a hacer algo» pensó. «Vamos a poner buena cara». Se miró en el espejo. «¿Habrá alguna manera de que me pinte una sonrisa?».

William le dio un trapo de polvo y un beso después del desayuno instantáneo y quemado.

—¡Adelante! ¡Arriba! ¡Vamos a ello! —gritaba—. ¿Te das cuenta de que la mayor preocupación del ser humano no es ni el amor, ni el sexo, ni tener lo que tienen sus vecinos? ¡No se preocupa ni por la fama ni por la fortuna! ¡No, señora, la más larga batalla del ser humano es contra el polvo, que se mete en toda esquina y resquicio de una casa! ¡Si nos sentáramos en una mecedora y nos meciéramos durante un año, acabaríamos cubiertos de polvo, las ciudades que nos rodean desaparecerían, los jardines serían desiertos y las habitaciones, cubos de basura! ¡Dios, ojalá pudiéramos agarrar la casa y sacudirla!

Trabajaron.

Ella acabó por cansarse. Primero empezó a dolerle la espalda y, entonces, dijo:

—Me duele la cabeza.

William le trajo una aspirina. Luego se apoderó de ella el agotamiento, porque allí había estancias para aburrir; de hecho, había perdido la cuenta. Y lo de las partículas de polvo en las habitaciones… ¡Dios, había miles de millones de ellas! La joven iba estornudando de un lado para el otro, sonándose, confundida y amargada.

—Será mejor que te sientes —le dijo él.

—No, estoy bien.

—De verdad, ve a descansar.

No lo decía sonriendo.

—No te preocupes por mí. Todavía no es ni la hora de comer.

Ese era el problema, que aquella era la primera mañana y Maggie ya estaba cansada. La joven notó que el sentimiento de culpabilidad hacía que se pusiera roja; porque aquel era un cansancio extraño provocado por esfuerzos innecesarios y acciones y tensiones superfluas. Uno solo puede engañarse hasta cierto punto. Estaba cansada, sí, pero no de trabajar, sino de aquella casa. No llevaba ni veinticuatro horas allí y ya estaba harta de ella. Y la cuestión es que él se había dado cuenta. Una parte de su cara, por sutil que fuera el gesto, lo dejaba bien claro; ahora bien, no tenía claro cuál. Era como un pinchazo en un tubo, que no podías saber dónde estaba hasta que no sumergías el tubo en agua y empezaban a ascender las burbujas. Maggie no quería que William fuera consciente de su enfermedad, pero, cada vez que pensaba en sus amigos viniendo a visitarla y en lo que opinarían de ella en las tardes de té a las que no la invitaran: «Pero ¿qué le ha pasado a Maggie Clinton?», «¡Oh!, ¿es que no te has enterado? Pues se casó con ese escritorcillo y viven en Bunker Hill. ¡En Bunker Hill!, ¿te lo puedes creer? En una vieja casa encantada… o algo así». «Tenemos que ir a verla», «¡Oh, sí, no tiene precio! ¡La casa se cae a cachos! ¡A cachos! Pobre Mag».

—¡Pero si eres capaz de jugar ni se sabe cuántos sets de tenis mañana y tarde y aderezarlos con un partidito de golf! —le comentó él.

—Enseguida estaré bien.

No sabía qué otra cosa decirle.

Estaban en el descansillo. El sol de la mañana entraba por los cristales tintados del alto ventanal. Había cristalitos de color rosa y los había azules, y también los había rojos y amarillos y púrpuras y naranjas. Los muchos colores brillaban en los brazos de ella y en la barandilla. William se quedó un momento mirando aquellos cristalitos de colores. Luego, la miró a ella.

—Siento mucho el melodrama, pero aprendí una cosa cuando era niño, muy pequeño. Mi abuela tenía un pasillo y en lo alto de las escaleras había una ventana con cristalitos de colores, como esta. A mí me gustaba mirar por ella y… —tiró el trapo de polvo al suelo—. ¡Da igual, no lo entenderías!

Y se alejó escaleras abajo.

Ella se quedó observándolo. Miró los cristalitos de colores. ¿Qué era eso que había querido decirle, por obvio y ridículo que fuera a ser, pero que, finalmente, había decidido no decirle? Se acercó a la ventana.

Al otro lado de ella, el mundo, a través de uno de los cristales rosas, era rosado y cálido. El vecindario, que parecía una avalancha mugrienta al borde de un precipicio, quedaba teñido de rosa, como un atardecer. Miró a través de uno de los cristalitos amarillos y el mundo era el sol, brillante, luminoso y fresco. Miró por uno de los cristalitos de color púrpura. El mundo estaba cubierto de nubes, estaba infectado y enfermo, y las personas que se movían en él eran leprosos, individuos abandonados. Las casas eran negras y monstruosas. Parecía que todo estuviera magullado.

Volvió a mirar por el cristalito amarillo. El sol había vuelto. El perro más pequeño parecía inteligente, brillante. El niño más sucio parecía limpio. Las casas parecían recién pintadas.

Buscó a William con la mirada escaleras abajo y vio que estaba marcando un número de teléfono con el rostro carente de expresión por completo. Maggie volvió a mirar por la ventana de colores y se dio cuenta de a qué se refería él: a que tenías una amplia gama de opciones con las que ver el mundo, las oscuras o las claras.

Se sintió muy perdida. Sintió que era demasiado tarde. Incluso cuando no lo es, hay veces en las que a ti te lo parece. Tenía que decir algo. Una palabra. Pero es que no estaba preparada. La mera idea le resultaba novedosa. Le resultaría imposible decir algo en aquel momento y sentirlo realmente. La idea tenía que calarle. Era capaz de sentir las primeras acometidas de la emoción, pero las acallaban el miedo que se daba a sí misma y el odio que sentía hacia su persona. Y entonces odió también la casa de William, porque aquel lugar había hecho que se odiara. Finalmente, todo quedó en una sensación de irritación debida a lo ciega que había estado.

William hablaba por teléfono. Su voz le llegaba clara escaleras arriba. Hablaba con un agente inmobiliario.

—¿Señor Woolf? Le llamo en relación con la casa que me vendió la semana pasada. Esto… ¿cree que podría venderla… y con un poco de beneficio a poder ser?

Silencio. Maggie oyó cómo le latía el corazón a toda velocidad.

William colgó y, sin mirarla, le dijo:

—Puede venderla. Con un poco de beneficio.

—Con un poco de beneficio… —repitió el Escuchador desde lo alto de la casa.

Estaban teniendo un almuerzo silencioso cuando, de súbito, alguien llamó a golpes a la puerta principal. William, presa de un silencio inusual en él, fue a ver quién era. A Maggie le llegó el grito de una mujer desde el pasillo:

—¡El puñetero timbre no funciona!

—¡Bess! —se alegró William.

—¡Bill, hijo de…! ¡Oooye… pero qué sitio tan maravilloso!

—¿Te gusta?

—¿Que si me gusta? ¡Deja que me ponga un pañuelo en la cabeza y dame un trapo para el polvo!

Empezaron a parlotear. Maggie, en la cocina, dejó el cuchillo para la mantequilla y se quedó escuchando, fría y aprensiva.

—¡Dios, lo que daría yo por vivir en un sitio así! —exclamó Bess Alderdice, que recorría la casa pisando con fuerza—. ¡Pero mira esta barandilla tallada a mano! ¡Jeeesús!, que dicen los españoles. ¡Pero mira qué araña de cristal! ¿Cómo la has conseguido, Bill?

—Hemos tenido suerte de que estuviera a la venta.

Seguían en el vestíbulo.

—¡Hace años que le tenía echado el ojo a esta casa… y, tú, hijo de la gran… me la has quitado de mis sucias garras!

—Venga, trae esas sucias garras a la cocina y almuerza algo con nosotros.

—¿Almorzar? ¡Leches!, pero aquí ¿cuándo se trabaja? ¡Yo lo que quiero es ayudar!

Maggie se llegó al vestíbulo.

—¡Maggie! —le gritó Bess Alderdice con su gabardina a medida, sus zapatos sin tacón y aquel pelo negro y salvaje que tenía—. ¡Ay, chica, cómo te envidio!

—Hola, Bess.

—Vaya, parece que estés cansada o algo. Mira, tú siéntate, que ya ayudo yo a Bill, ¡que he desayunado cereales y tengo mucha energía!

—No nos la vamos a quedar —comentó William por lo bajo.

—¿Cómo has dicho? —Bess lo miró como si estuviera loco—. Sí, claro, seguro. Oye, pues véndemela a mí, ¡que la quiero!

—Vamos a ver si encontramos una cabañita en el campo —dijo William fingiendo la sonrisa.

—Ya sabes por dónde puedes meterte las cabañas —soltó Bess resoplando—. Bueno, pues mira, como soy yo quien te va a comprar la casa, lo menos que podrías hacer es ¡ayudarme a limpiarla! ¡Venga, vamos, échame una mano con las persianas!

La joven se acercó a las ventanas del vestíbulo y empezó a limpiar las persianas comidas de polillas.

Bess y William se tiraron toda la tarde trabajando.

—Tú acuéstate, cariño —le dijo Bess a Maggie—, ¡que tengo ayuda gratis!

La casa era un clamor de ecos y raspaduras. Sonaban carcajadas como explosiones. Por los pasillos se levantaban monstruosas tormentas de polvo y, en una ocasión, Bess estuvo a punto de caer escaleras abajo presa de un ataque de risa. Se oían martilleos, el rechinar de clavos al salir de la pared, el tintineo musical de las arañas cuando las sacudían, rasguidos cuando arrancaban el papel de pared. «¡Aquí pondremos una salita de té y eso de allí… esa pared la vamos a tirar!», disfrutaba Bess envuelta en polvo. «¡De acuerdo!», respondía entre risas William. «Pues he visto unas sillas antiguas muy bien de precio que irían aquí de maravilla», añadía Bess. «¡Buena idea!», convenía William. Hablaban atropelladamente mientras iban de un lado para el otro, tocándolo todo. Él hacía marcas con una tiza azul y tiraba por la ventana el mobiliario que ya no servía para nada y comprobaba el estado de las cañerías dándoles golpes. «Ese es mi chico —exclamaba Bess. Y añadía—: Bill, ¿qué te parecería poner aquí un aparador con porcelana bávara?». A lo que él respondía: «¡Genial! ¡Maravilloso!». Maggie no participaba en todo aquello. En un primer momento tuvo la estéril idea de subir al dormitorio. Más tarde bajó y salió a que le diera el sol. Estuviera donde estuviera, era incapaz de escapar de la felicidad de William. El joven no dejaba de hacer planes, de aporrear esto o aquello y de reír… y todo ello con otra mujer. Se había olvidado de lo de vender la casa. ¿Qué haría más tarde, cuando recordara que había llamado al agente de la inmobiliaria? Dejaría de reír, claro está.

Maggie apretó las manos. ¿Qué tenía aquella Bess Alderdice? Desde luego, no sería aquel cuerpo desmañado y carente de pecho, ni esos rizos largos e intratables ¡o aquellas cejas sin depilar! Era por aquel entusiasmo y aquella frescura, por aquella energía de los que Maggie carecía por completo. Ahora bien, ¿llegaría a tenerlos algún día? En cualquier caso, ¿qué derecho tenía Bess a pasarse por allí? Aquella no era su casa, ¿no? Al menos, no todavía.

Oía la voz de la otra joven que salía por una ventana abierta: «¿Te das cuenta de la historia que tiene esta casa? La construyó en 1899 el abogado aquel. Por aquella época este era el barrio de moda. Esta casa tenía, y aún tiene, dignidad. La gente se enorgullecía de vivir aquí y sigue siendo un orgullo vivir aquí».

Maggie se acercó al vestíbulo. ¿Cómo se arreglan las cosas? Todo había ido mal hasta que Bess había llegado… y lo había enmendado. ¿Cómo? Con palabras no había podido ser. Las palabras no sirven para que algo sea mejor o peor. Era otra cosa. Acciones. Acciones continuadas, sin descanso. En ese momento, William estaba disfrutando de Bess más de lo que disfrutaría de ella el resto del día. ¿Por qué? Porque Bess hacía cosas sin dejar de mover las manos y con una sonrisa que le iluminaba la cara, las acababa y pasaba a lo siguiente.

Pero, sobre todo, se debía a William. ¿Había trabajado alguna vez? ¿Había clavado un clavo? ¿Había transportado una alfombra? No. William era escritor, así que había estado sentado toda su vida, hasta el día de hoy. No estaba más preparado para aquella Casa de los Horrores, «¡Pasen y vean! ¡Baratísimo! ¡Entren por diez centavos!», que ella. ¿Cómo era posible, entonces, que hubiera cambiado de la noche a la mañana y se hubiera remangado y estuviera entregado? La respuesta era tremendamente sencilla: amaba a Maggie. Esta iba a ser la casa en la que ella viviera. El joven habría hecho lo mismo si se tratara de una gruta. Cualquier sitio en el que Maggie estuviera le parecería bien.

La joven cerró los ojos. Todo giraba en torno a ella. Ella era el catalizador. Sin ella, él permanecería sentado y no trabajaría en nada de esto en la vida… y ella llevaba medio ida gran parte del día. El secreto no era ni Bess ni William, sino el amor. El amor era siempre la razón para trabajar, para dejarse abrazar por el entusiasmo. Y si William trabajaba en pos de la felicidad de ella, ¿acaso no podía ella hacer lo mismo por él? El amor siempre había consistido en construir algo en algún sitio. Eso… o decaía. Toda vida de casado construye, ya sean egos, casas o niños. Si uno se detiene, el otro sigue adelante por el impulso, pero, entonces, se trata de una estructura a medias y, al final, acaba cayendo, acompañada de un rugido, como un castillo de naipes.

Maggie se miró las manos. Disculparse ahora con William sería inútil, solo serviría para sentirse avergonzada. Entonces, ¿cómo podía arreglar aquella situación? De la misma manera en que la había estropeado. Era el mismo proceso, pero a la inversa. Estaba mal romper un jarrón en pedazos, rasgar una cortina o dejar un libro bajo la lluvia. La manera de enmendarlo era pegar los pedazos del jarrón, coser la cortina y comprar un libro nuevo. Así se hacían las cosas. El fallo que había tenido con aquella casa era un historial de cosas que había dejado sin hacer, la mano lenta, la mirada reacia, la voz sin vida.

Maggie tomó un trapo de polvo, subió a la escalera, abrillantó la araña, barrió los pasillos y notó que una idea se apoderaba de ella: veía la casa terminada. Antigüedades limpias, lujosas y de colores cálidos. Cobre nuevo, carpintería brillante, arañas limpias, alfombras de rosas recién cortadas, el piano de arriba encerado, las lámparas de aceite de nuevo con luz, el barandal tallado a mano teñido nuevamente y el sol entrando por las coloridas ventanas. Sería como de otra época. Sus amigos bailarían en el amplio salón de baile del tercer piso, debajo de las ocho gigantescas arañas. Habría cajas de música antiguas, vino añejo y una suave calidez lo envolvería todo como el dulce aroma del jerez. Les llevaría tiempo, tenían poco dinero, pero quizás en cuestión de un año…

La gente diría: «La casa de Bill y de Mag es maravillosa. ¡Es como de otra época! Es cálida y confortable. Nunca lo dirías desde fuera. ¡Ojalá viviéramos nosotros también en Bunker Hill, en una de esas fabulosas mansiones antiguas!».

Arrancó un enorme pedazo de papel de pared descolorido. Fue entonces cuando William la oyó y se acercó a la puerta del vestíbulo, sorprendido:

—Me ha parecido oír un ruido. ¿Cuánto tiempo llevas trabajando?

—La última media hora.

En esta ocasión, su sonrisa era genuina.


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