Texto aleatorio

Me estaba preparando para echar una larga siesta cuando Marty Felber entró de sopetón en mi despacho.

—¡Dios mío, tienes que venir a ver esto! —me dijo entre gritos.

Me recosté, me puse cómodo.

—¿Qué es lo que quieres que vea?

Me dio la impresión de que Marty bien podría empezar a mesarse el pelo de un momento a otro.

—¿Es que no te has enterado? ¡A la estación está llegando un tren especial que viene de Washington capital! ¡Es una máquina de vapor, caray, de esas que utilizan agua hirviendo para mover las ruedas! ¡Hace cincuenta años que no pasaba por aquí una máquina de vapor!

—Sé cómo son los trenes de vapor.

—¡No, no, no… este es extraño! Este tren es negro y está cubierto de crepé.

—¿Cubierto de crepé? ¡Joder, eso hay que verlo!

Y joder, allí fuimos.

En la estación nos quedamos mirando la vía, aún vacía. A lo lejos oímos un melancólico lamento y en el horizonte vimos aparecer una nube de vapor que se alzaba acompañada de lo que parecían unos ruidos como de lloros.

El oscuro tren surgió deslizándose por entre las sombras del crepúsculo y envuelto por una neblina fría.

—¿Llevará pasajeros? —pregunté.

—Gente que llora. ¿No lo oyes?

—¡Dios mío… sí! Échate para atrás.

El tren negro avanzaba como una nube oscura, seguido por la lluvia y vestido por el fantasmagórico vapor.

La máquina siguió exhalando fantasmas de humo mientras tiraba de una melancólica procesión de vagones, todos ellos del color del carbón quemado, negros como la media noche, con jardines de crepé en el techo por donde susurraba el pálido vapor y con los lloros persistentes saliendo de los vagones.

En el lateral del primero de los vagones ponía «MGM». En el del segundo, «Warner Brothers». En el del tercero y en el del cuarto, «Paramount» y «RKO», respectivamente. En el del quinto, «NBC».

Un frío terrible se apoderó de mi cuerpo. Allí, de pie, sentía como si me hubieran desgarrado. No obstante, al cabo de un rato, acompañado por Marty, empecé a avanzar con los vagones.

Los techos de crepé negro se revolvían y daba la sensación de que la lluvia hubiera limpiado las ventanillas de los vagones. Los apenados chillidos de la máquina sonaban una y otra vez a medida que íbamos caminando más rápido y mientras las ventanillas lloraban incesantemente.

Por fin llegamos al último vagón, el más melancólico de todos, y allí nos quedamos mirando por un ventanal por el que corría la lluvia. Dentro había un largo ataúd de media noche sobre una cama de flores blancas.

Me quedé pasmado, como si me hubiera alcanzado un rayo, con el corazón atenazado por un puño horripilante.

—¡Dios mío! ¡Qué pesadilla! ¡En el libro de fotografías de mi abuela había un tren como este, pero sin nada escrito en los laterales, como eso de MGM o Paramount!

Me detuve porque casi no podía respirar.

—Señor… —resollé—. En ese ventanal… el féretro… Está ahí. ¡Ay, Dios, que es él!

Cerré los ojos.

—¡Este es el tren fúnebre de Abraham Lincoln!

De algún punto de aquel tren de media noche salió un grito grave. El crepé negro ondeó. Entonces, por el andén apareció un hombre que corría y se sacudía. Se trataba de Elmer Green, un viejo amigo, un agente de prensa. Se tropezó conmigo y me gritó a la cara:

—¡Menuda pesca!, ¿eh? ¡Vamos, que os lo enseño!

Pero yo permanecí allí plantado, como si tuviera los pies hundidos en cemento.

—¿Qué sucede? —me preguntó Green.

—¿A ti qué te parece?

—¿No estarás llorando? ¡Corta el rollo! ¡Venga, vamos!

Se acercó a los vagones de media noche y Marty y yo lo seguimos. Me tambaleé con los ojos tan llenos de lágrimas que me costaba ver.

Por fin se detuvo y empezó a hablar:

—¿Veis ese tranvía rojo de Pacific Electric? No encaja con el resto del tren, ¿verdad? Mirad. En la ventanilla de en medio.

—Veo cuatro tipos vestidos de traje, jugando a las cartas y fumando puros. El regordete… espera… el regordete es…

—¿Quién?

—Es Louis B. Mayer, el jefazo de la MGM. ¡Louie el León! ¿Qué hace ahí? ¡Pero si está muerto!

—Pues parece que no. La cuestión es que, por 1930, Louis B. y su séquito se subieron a este gran tranvía rojo, salieron de los estudios de la MGM por su propia vía y se dirigieron a Glendale para realizar unas proyecciones sorpresa. Luego volvieron a subirse a este tren eléctrico, a este súper Lionel, y volvieron rugiendo a casa, leyendo a gritos cartas de presentación o tirándolas como si fueran confeti en caso de que las considerasen malas.

—¿Y? —pregunté desolado.

—Pues que, cuando has tenido trenes como ese y alguien llega con trenes como este, prestas atención. Subamos, que os voy a presentar a Louis B., el cristiano judío árabe renacido que hay atrapado en esta gran máquina del tiempo mariposa.

Me miré las piernas, pero casi no me las veía.

—¡Dios! —exclamó Green—. Ayúdame a subirlo.

Marty me asió por un codo y Green por el otro y me subieron al tren. Avanzamos atónitos por los vagones. Estaban llenos de humo y había decenas de hombres barajando cartas.

—¡Dios! —exclamé—, ¿no es ese Darryl Zanuck, el gran jefe de la 20th Century Fox? Y aquel de allí… ¡es Harry Cohn, la Bestia de la calle Gower! ¡Por todos los demonios!, pero ¿cómo han acabado en este infierno?

—Tal y como te he dicho, están atrapados en la recuperación temporal de una Red de Mariposa. La mayor red de la historia los ha sacado de su tumba con una oferta que no podían rechazar: seguir dos metros bajo tierra o aceptar un billete en el Expreso Eterno de John Wilkes Booth.

—¡Dios mío!

—¡No… Elmo Wills! —gritó Green—. En un sótano que la MGM tenía en Las Vegas, manipuló unos ordenadores digitales para que tuvieran ataques de ira y les añadió un guante de receptor viajero.

Me quedé mirando aquella casa de apuestas llena de humo.

—¿Así es como se toma un tren hoy en día?

—¡Pues sí! —me respondió Green.

—Hay nombres de estudios en cada vagón y, dentro, jefazos del mundo del cine ya muertos… pero vivos.

—Invirtieron en la red virtual y en Elmo, que dijo: «¿Cuál es la locomotora más famosa de la historia, la que tiraba del tren que llevó a casa a Bobby Kennedy o la que llevó a Roosevelt? ¿Qué tren recorrió el país hace un siglo, con todos llorando dentro?».

Sentí que se me humedecían las mejillas.

—Un tren funerario —respondí en voz baja—. El de Abraham Lincoln.

—Dale un puro.

El tren se sacudió.

—¡Se marcha! —exclamé—. ¡No quiero que me vean en esta abominación!

—Quédate —me dijo Green—. ¿Cuánto pides?

Casi le atizo en aquella sonrisa suya.

—¡Maldito seas!

—Sí, estoy maldito —y se echó a reír—, pero saldré de esta.

El tren volvió a sacudirse, esta vez acompañado de chirridos.

Mi amigo Marty llegó corriendo.

—¡Tienes que verlo! ¡El siguiente vagón está abarrotado de abogados!

—¿Abogados? —dije mirando a Green.

—Están poniendo pleitos. Tienen problemas de horarios: que si qué sitios visitamos, que en qué emisiones salimos, que qué contratos para libros firmamos, que si vamos a la NBC o a la CNN. Ese tipo de cosas.

—¡Ese tipo de cosas! —respondí, y salí corriendo con Marty pisándome los talones.

Pasamos por entre muchedumbres de lunáticos que gritaban, señalaban y maldecían sin descanso.

En el cuarto vagón abrí la puerta de par en par y vi ante mí una pradera a media noche iluminada por luciérnagas, toda ella bailarinas chispas de máquinas ciegas. Por todos lados veía bancos cósmicos de fuego y formas espectrales de iluminación digital.

Aquella sombría cueva estaba iluminada por lo que parecía el panel de control de un cohete. Un hombre bajito, casi enano, movía las manos por el susodicho panel como si fueran arañas describiendo diferentes patrones. Él era el inventor del increíble y blasfemo Cosechador de Mariposas.

Levanté los puños y el enano exclamó:

—¿De verdad vas a pegarme? ¿De verdad?

—¡A pegarte no, a matarte! Pero ¿qué has hecho?

—¿Hacer? Esto es historia viva. ¡Podría lanzar mi red para atrapar la cuadriga de Ben Hur o la barcaza de Cleopatra y sembrar el caos y dejar sueltos los perros del tiempo!

Miró hacia abajo y pasó sus manos con suavidad por las brillantes configuraciones, contemplando los años perdidos, hablando como para sí.

—Siempre he pensado que, si hubiera habido un incendio en el Teatro Ford un poco antes, aquella noche de 1865, este tren funerario no habría existido y la historia de los Estados Unidos habría cambiado para siempre.

—¿Cómo has dicho?

—Un incendio —repitió Elmo—. En el Teatro Ford.

—Un incendio… —susurré, tras lo que pensé que nunca se grita «¡Fuego!» en un teatro lleno de gente, pero me pregunté qué sucedería si lo gritabas en un tren-teatro.

De repente, me puse a chillar.

—¡Hijos de puta!

Me llegué a la puerta de atrás y la abrí de golpe:

—¡Cabrones!

Los casi cuarenta abogados que había allí se pusieron en pie de un salto al oír mi alarido, que parecía el pitido de una locomotora.

—¡Fuego! —añadí—. ¡El Teatro Ford se quema! ¡Fuego!

Todos los que viajaban en aquel tren maldito y terrible me oyeron.

Las puertas antiguas y pasadas de moda se abrieron de par en par. Las ventanas antiguas y pasadas de moda se abrieron de par en par. Solo se oían gritos.

—¡Pero cállate! —me soltó Green.

—¡No! —y persistí—: ¡Fuego! ¡Fuego!

Eché a correr, gritando, vagón tras vagón, extendiendo el incendio.

—¡Fuego!

Y el pánico succionó a todo el mundo y lo bajó del tren. El andén estaba lleno de víctimas y abogados enfurecidos que no dejaban de garabatear nombres y de balbucear.

—Fuego… —susurré una última vez.

El tren estaba tan vacío como la sala de espera de un dentista en un mal día. Green se me acercó trastabillando. En esta ocasión, parecía que fuera él quien tenía los pies hundidos en cemento. Tenía el rostro ceniciento y no parecía que fuera capaz de respirar.

—Haz que el tren dé la vuelta —le dije.

—¿Qué?

Marty me llevó por entre un vertedero de puros cubanos y naipes.

—¡Que dé la vuelta! —insistí sollozando—. Lleváoslo de vuelta a la Estación Washington, a abril de 1865.

—No es posible.

—Acabáis de venir de allí. ¡Regresad, por Dios, regresad!

—No hay billete de vuelta. Solo podemos ir hacia delante.

—¿Hacia delante? ¿Sigue teniendo la MGM un desvío que no esté cubierto de asfalto? Id hasta allí, como en 1932, y que Louis B. Mayer se baje. Decidle que Thalberg está vivo en el cuarto vagón y le dará un infarto.

—¿A Louie B.?

—Y a Harry Cohn.

—Él no es de la MGM.

—Que pida un taxi o que haga autostop, pero nadie va a volver a subir a este tren de las narices.

—¿Nadie?

—A menos que quieran quedar enterrados en el Teatro Ford cuando le prenda fuego con una cerilla.

La muchedumbre de abogados empezó a quejarse.

—Se están preparando para pleitear —comentó Green.

—Tranquilo, que les envío mi seguro de vida. Que el tren dé la vuelta.

El tren se sacudió como un enorme perro de hierro.

—Es demasiado tarde. Tengo que irme.

—Ay, por Dios, sí. Mira.

Todas las víctimas y los abogados se amontonaban para subir al tren y se habían olvidado ya del idiota que había gritado «¡Fuego!». El tren se sacudió una vez más y a la sacudida la acompañó un traqueteo atronador.

—Hasta la vista —susurró Green.

—Márchate, sí —le dije—, pero ¿quién es el siguiente?

—¿El siguiente?

—El siguiente que se suba a tu terrible Disformidad Mortuoria. ¿El siguiente a quien atrapen, gaseen y prendan?

Green sacó un papel arrugado.

—Un tal Lafayette.

—¿«Un tal»? ¡Serás alcornoque! ¿Es que no sabes que Lafayette salvó nuestra revolución? ¿Que, con veintiún años, nos trajo armas, barcos, uniformes, soldados…?

—Aquí no pone nada de eso —respondió Green mientras consultaba sus notas.

—Lafayette era el hijo adoptivo de Washington. Cuando regresó a casa, le puso George Washington Lafayette a su primogénito.

—Eso se lo han dejado.

—Regresó con setenta años y desfiló por ochenta ciudades en las que le habían puesto su nombre a calles y parques… ¡incluso a pueblos enteros! «¡Lafayette! ¡Lafayette! ¡Lafayette!».

—Eh… sí… ¡la Segunda Vuelta de Despedida de Lafayette! —parece que a Green ya iba sonándole todo aquello.

El tren soltó el aullido de un asesino y las ruedas clavaron sus dientes en los raíles.

—¡Nos vemos en Springfield en abril! —dijo Green saltando a la plataforma trasera del último vagón.

—¿Quién es ese que está contigo? —le grité.

Green se giró y me respondió:

—¡Booth! ¡John Wilkes Booth! ¡Da una conferencia en este vagón observatorio!

—Pobre tonto de los cojones —susurré.

Green me leyó los labios y repitió:

—Pobre tonto de los cojones.

Y el tren siguió su camino.


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