—Dime, Alma, ¿cuándo fue la última vez que estuvimos en París?
—Ay, Dios, Carl, ¿es que no lo recuerdas? Hace dos años.
—Ah, sí —respondió él, y escribió algo en el bloc—, en 2002.
Levantó la vista y preguntó:
—Y ¿antes de eso?
—Pues en 2001, claro.
—¡Eso, eso, en 2001! Y también en 2000.
—¿Pero cómo has podido olvidarte del nuevo siglo?
—El falso nuevo siglo.
—La gente no podía esperar. Tenían que celebrarlo antes de tiempo.
—¡Qué bueno es hacer las cosas antes de tiempo! ¡Qué bueno es París! En el año 2000 —dijo mientras garabateaba.
Ella miró en derredor, se inclinó hacia delante y le preguntó:
—¿Qué estás haciendo?
—Recordando. Rememorando París. ¡Cuántas visitas!
—Qué bien.
La mujer se echó hacia atrás sonriendo.
—No necesariamente. ¿Estuvimos allí en 1999? Me parece recordar…
—La boda de Jane. La graduación de Sam. Ese año no fuimos.
—Nos perdimos París en 1999. Ya está —y subrayó la fecha.
—Fuimos en 1998, en 1997 y en 1996.
La mujer asintió las tres veces.
Él fue haciendo memoria año tras año hasta llegar a 1983.
Ella asentía y asentía.
Él escribió las fechas y, después, pasó un largo rato mirándolas.
Luego, hizo unos ajustes y garabateó unos comentarios junto a algunos de los datos y se quedó sentado un momento, pensativo.
Por fin, descolgó el teléfono y marcó un número. Cuando respondieron, preguntó:
—¿Viajes Aragón? Quiero dos billetes, uno a mi nombre y el otro sin nombre, para hoy, en el vuelo de la United de las cinco a París. Por favor, les agradecería que me confirmaran la compra lo antes posible.
Les dijo su nombre y les dio el número de su tarjeta de crédito.
Colgó.
—¿A París? No me habías dicho nada, no hay tiempo.
—Acabo de decidirlo hace unos minutos.
—¿Así, sin más? Pero…
—¿Es que no lo has oído? Un billete a mi nombre, pero el otro no es nominativo. El nombre lo daré más adelante.
—No te…
—Tú no vas.
—Pero si has pedido dos billetes…
—Uno para mí y otro para quien se presente voluntaria.
—¿Voluntaria?
—Voy a llamar a varias personas.
—Pero… con que esperes veinticuatro horas…
—No puedo esperar. Llevo veinte años esperando.
—¿Veinte años?
El hombre volvió a marcar un número de teléfono. A lo lejos, el teléfono sonó y, cuando respondieron, se oyó una voz aflautada.
—¿Estelle? Soy Carl. Sé que esto es muy improvisado, una tontería quizás, pero ¿tienes el pasaporte al día? ¿Sí? Bien… —se rio—. ¿Qué te parecería volar a París esta misma tarde, a las cinco en punto? —se quedó escuchando—. No, no es ninguna broma, es en serio. París, diez noches. Misma habitación. Misma cama. Tú y yo. Diez noches, gastos pagados —se quedó escuchando y asintió con los ojos cerrados—. Sí. Sí. Sí, vale. Claro, claro, lo comprendo. Tenía que intentarlo. Quizás la próxima vez. No, que lo comprendo. ¡Por supuesto! Claro. Hasta otra.
Colgó y se quedó mirando el teléfono.
—Era Estelle.
—Sí, ya.
—Que no puede, pero que no es personal.
—Pues no lo parecía.
—Espera.
—Espero, espero.
Marcó otro número de teléfono. Se oyó una voz más aguda.
—¿Ángela? Soy Carl. Sé que es una locura, pero ¿querrías reunirte conmigo en la United Airlines, hoy a las cinco? Nada, equipaje de mano. Destino: París. Diez noches. Champán y confesiones en el lecho. Cama y desayuno. Tú. Yo.
Se oyó un alarido al otro lado del teléfono.
—¡Lo tomaré como un sí! ¡Maravilloso!
Colgó. No podía parar de reír.
—Era Ángela —comentó en alto rebosante de energía.
—Eso me ha parecido.
—Sin discusiones.
—Le ha parecido bien. La cuestión…
—Espera.
El hombre dejó la habitación y volvió unos minutos después con una maleta muy pequeña y guardando la cartera y el pasaporte como podía en el bolsillo de la chaqueta.
Allí estaba, de pie, sonriente, delante de su esposa.
—Bueno, ¿y las explicaciones? —le dijo esta.
—Voy.
Le tendió la lista que había escrito hacía unos diez minutos.
—De 1980 a 2002. Nuestros viajes a París, ¿no es así?
La mujer miró la lista.
—Así es. ¿Y?
—¿Hemos estado en Francia juntos todas esas veces?
—Sí. Juntos. Todas esas veces —volvió a mirar la lista—. No entiendo…
—No, y nunca lo has entendido. Dime, ¿recuerdas, en nuestros viajes a París, cuántas veces hicimos el amor?
—Qué pregunta tan extraña.
—No, no tiene nada de extraño. ¿Cuántas?
La mujer estudió la lista como si el total estuviera allí.
—No puedes pretender que recuerde las veces exactas.
—La cuestión es que no puedes recordarlo.
—¿Que no puedo…?
—¡Ni aunque lo intentases!
—Pues unas…
—¡No, no, no, de unas nada! ¡Ni una sola noche de todas las que pasamos en París, la ciudad del amor, hicimos el amor!
—No creo que…
—Ni una sola. Lo has olvidado, pero yo lo recuerdo. Lo recuerdo a la perfección. Ni una sola vez. No nos acostamos ni una sola vez.
Se hizo un silencio que fue alargándose mientras ella miraba la lista y, finalmente, dejaba que se le cayera de entre los dedos. No miró a su marido.
—¿Lo entiendes ahora? —le preguntó él.
Ella asintió en silencio.
—Y ¿no te parece triste?
Ella volvió a asentir en silencio.
—¿Recuerdas aquella película encantadora que vimos hace tanto en la que Garbo y Melvyn Douglas miraban un reloj en París y eran casi las doce y él decía: «Ay, Ninotchka, Ninotchka, la manecilla larga y la corta casi se tocan. Casi se tocan en un momento en que medio París le estará haciendo el amor al otro medio. Ay, Ninotchka, Ninotchka».
Su esposa asintió y en uno de sus ojos apareció una lágrima.
El hombre fue a la puerta, la abrió y dijo:
—¿Entiendes por qué tengo que irme? Porque puede que el año que viene sea muy mayor… o que ni siquiera siga en este mundo.
—Nunca es demasiado tarde…
—Para nosotros sí, lo es. Veinte años tarde en París. Veinte semanas y veinte noches del 14 de julio, día de la Bastilla. Todo ello… demasiado tarde. Dios, qué triste. Me dan ganas de llorar, pero ya lo hice en su momento. Adiós.
—Adiós —respondió ella susurrando.
El marido abrió la puerta y se quedó mirando el futuro.
—Ay, Ninotchka, Ninotchka —susurró antes de irse, asegurándose de no cerrar la puerta de golpe.
Fue la conmoción la que la sentó a ella de golpe en la silla.

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