Me encontraba cerca del cielo cuando vimos llegar la nave plateada. Yo me movía por entre los altos árboles en la gran tela matinal y todos mis amigos me acompañaban. Nuestros días siempre eran iguales, siempre eran buenos, y nosotros siempre estábamos felices, pero también nos alegramos al ver el transporte argento llegar desde el espacio, probablemente porque significaba un cambio, si bien no un cambio irracional, en nuestro tapiz, y sentíamos que no nos costaría adaptarnos al patrón, igual que nos habíamos ajustado a una maraña de situaciones a lo largo de un millón de años.
Somos una raza antigua y sabia. En un momento de la historia nos planteamos el viaje espacial, pero desistimos. Y desistimos porque implicaba que el refinamiento que buscábamos para nuestra vida se rompería como una telaraña en una tormenta y que interrumpiríamos cien mil años de filosofía justo cuando estaba dando sus frutos más maduros y sabrosos. Así, decidimos quedarnos en este planeta de lluvias y de selvas y vivir en paz.
En ese momento, sin embargo, aquel navío plateado volvió a despertar en nosotros nuestro sentido aventurero. Aquí llegaban viajeros de otro planeta que habían tomado una decisión diametralmente opuesta a la nuestra. La noche, como se suele decir, tiene mucho que enseñarle al día, y el sol, que es como sigue el refrán, enciende la luna. Así que, feliz, igual que todos mis amigos, descendí, como en un sueño agradable, hacia el claro en el que se encontraba el transporte del color de la plata.
Me siento obligado a describir la tarde: las grandes ciudades-red relucían con la fría lluvia, recién limpios los árboles gracias al agua caída y, ahora, el sol brillaba. Ese día había participado en una comida especialmente suculenta y el buen vino de la zumbona abeja de la jungla y una cálida lasitud atemperaban mi excitación y hacían que disfrutara aún más de ella.
Pero se dio una situación curiosa… Mientras que todos, puede que un millar en total, nos reuníamos alrededor de la nave con actitud amistosa, la aeronave no hizo nada; permaneció firmemente ensimismada. Sus portales no se abrían. Por un instante me pareció ver una criatura en un puertito superior, pero es probable que me hubiera equivocado.
—Por alguna razón —me dirigí a mis amigos—, los habitantes de este precioso navío no se aventuran al exterior.
Nos pusimos a hablar al respecto. Llegamos a la conclusión de que, quizás, el raciocinio de los animales de otros planetas fuera de una naturaleza diferente al nuestro; que era probable que se sintieran abrumados por nuestro amplio comité de bienvenida. No creíamos que esas fueran a ser las verdaderas razones, pero, aun así, transmití este sentimiento a cuantos me rodeaban y en menos de un segundo la jungla tembló, la gran tela dorada tiritó y me quedé solo junto a la nave.
De inmediato, avancé hasta el puerto y dije en voz alta:
—¡Os damos la bienvenida a nuestras ciudades y tierras!
Enseguida oí una maquinaria que se movía en la nave y me sentí contento. Un minuto después, se abrió el portón.
No había nadie.
Les hablé con voz muy amistosa.
Nadie me respondió, pero oí una conversación rápida en el interior de la nave. No entendía nada, como es normal, porque se trataba de un idioma extranjero. En cualquier caso, lo que me transmitió aquella conversación fue desconcierto, cierto enfado y, por mucho que a mí me resultara extraño, un tremendo miedo.
Tengo una memoria precisa. Recuerdo la conversación, que no significaba nada para mí entonces y que sigue sin tener significado, pero cuyas palabras sigo guardando en la cabeza. Tan solo tengo que extraerlas y ofrecértelas:
«¡Ve tú, Freeman!».
«¡No, tú!».
Un titubeo de indecisión seguido de una mezcla de aprensión. Estaba a punto de repetir mi invitación amistosa cuando una única criatura salió con cuidado de la nave y se me quedó mirando. Curiosamente, la criatura temblaba como si tuviera pavor.
Enseguida sentí preocupación. Era incapaz de entender aquel pánico sin sentido. Como es normal, soy un individuo suave y honorable. No albergaba ningún mal sentimiento contra aquel visitante, de hecho, hacía mucho tiempo que la maquinaria de la malicia se había oxidado en nuestro planeta. Aun así, allí estaba la criatura, apuntándome con lo que me pareció un arma metálica y temblando. En el cerebro de aquella criatura estaba la idea de matar.
La calmé de inmediato.
—Soy tu amigo —y lo repetí como pensamiento, como emoción.
Recuerdo que imbuí mi pensamiento de calidez, de amor, de la promesa de una vida larga y feliz, y que eso fue lo que le envié al visitante.
Bueno, pues si no había respondido a la palabra hablada, respondió, claramente, a la telepatía, porque se relajó. Oí que decía:
—Bien.
Esa fue la palabra. La recuerdo a la perfección. Una palabra sin sentido, pero el cerebro de la criatura resultaba más cálido por detrás de aquel símbolo.
Disculpa, pero es el momento de que describa a mi invitada.
Era bastante pequeña. Yo diría que andaba por el metro ochenta, con una cabeza encima de un tallo corto, solo cuatro extremidades, dos de las cuales, al parecer, utilizaba exclusivamente para caminar, si bien daba la sensación de que las otras no sirvieran para caminar, solo para sujetar objetos ¡o para hacer gestos! Me fascinó que carecieran de más pares de extremidades, que tan útiles y necesarias nos resultaban a nosotros. No obstante, por lo visto, aquella criatura se sentía muy cómoda con su cuerpo, así que decidí aceptarla tal y como se aceptaba ella.
La criatura, que tenía un color pálido y que carecía de pelo casi por completo, tenía unos rasgos de una estética muy peculiar, la boca en especial, y con los ojos hundidos, si bien resultaban sorprendentes, artísticos, como el mar del mediodía. En general, me parecía una construcción extraña, pero, como curiosidad, como aventura, era de lo más emocionante. Ponía a prueba mis gustos y mi filosofía.
Hice los ajustes de inmediato.
Le envié los siguientes pensamientos a mi nuevo amigo:
«Somos vuestros padres y vuestros hijos. Os damos la bienvenida a nuestras grandes ciudades de los árboles, a nuestra vida-catedral, a nuestras tranquilas costumbres y a nuestros pensamientos. Entre nosotros siempre estaréis en paz. No tenéis nada que temer».
Oí que decía en alto:
—¡Dios mío… es monstruosa! ¡Una araña de más de dos metros de alto!
Fue entonces cuando se apropió de él una especie de conjuro, un paroxismo, y un fluido salió de su boca como un torrente, haciendo que se estremeciera con violencia.
Sentí compasión, pena y tristeza. Algo estaba poniendo mala a aquella pobre criatura. Se cayó y su rostro, que ya era blanco de por sí, se puso aún más blanco. Respiraba con dificultad y temblaba.
Me acerqué para ayudarla. Al hacerlo, debí de alarmar a los de la nave con mi velocidad porque, mientras tomaba a la criatura caída para ofrecerle mi ayuda, en la nave se abrió de golpe una puerta interior. Otros iguales que mi amigo salieron a toda prisa, gritando, confundidos, asustados, moviendo a uno y otro lado unas armas plateadas.
—¡Tiene a Freeman!
—¡No dispares, idiota, que podrías darle a Freeman!
—¡Cuidado!
—¡Por Dios!
Aquellas fueron las palabras, que siguen sin tener para mí significado alguno hoy en día, pero que recuerdo bien. Sentí, no obstante, el miedo con el que las pronunciaban. Quemaba el aire. Me quemaba el cerebro.
Soy capaz de pensar muy rápido. Al instante, me adelanté, célere, deposité a la criatura donde los suyos pudieran acceder a ella y me retiré de su alrededor sin hacer ruido y enviándoles el siguiente pensamiento: «Es vuestra. Es mi amiga. Todas vosotras sois mis amigas. No temáis. Os ayudaré a ella y a vosotras si es que puedo. Está enferma. Cuidad bien de ella».
Estaban fascinadas. Permanecieron de pie y su pensamiento era como una mezcla de asombro y conmoción. Llevaron a su amiga y la metieron en la nave. Después, se asomaron para mirarme. Les envié mi amistad como si fuera una cálida brisa marina. Les sonreí.
Luego volví a la ciudad de tela enjoyada, a nuestra buena ciudad entre los altos árboles, debajo del sol, en el fresco cielo. Estaba empezando a llover una lluvia nueva. Mientras alcanzaba el hogar de mis hijos y de los hijos de mis hijos, oí unas palabras que me llegaron de muy abajo y vi a las criaturas en la puerta de su nave, mirándome. Sus palabras fueron las siguientes:
—Amistosas… Por Dios… arañas amistosas…
—¿Cómo es posible?
Sintiéndome muy bien, empecé este tapiz y esta narración, para lo que utilicé ciruelas de lima y melocotones y naranjas silvestres cosiéndolos a la tela dorada. El patrón era precioso.
Pasó una noche. Cayeron las lluvias frescas que limpiaron nuestras ciudades y las decoraron con joyas cristalinas. Les dije a mis amigos que dejáramos que la nave permaneciera allí, sola, que permitiéramos que aquellas criaturas se acostumbraran a nuestro mundo, que ya se atreverían a salir antes o después y que seríamos amigos y que su miedo desaparecería como desaparecen todos los miedos, con amor y amistad. Nuestras culturas tendrían mucho que aprender la una de la otra. Ellas, nuevas y valientes como para aventurarse por el espacio en vainas de metal, y nosotros, ancestrales, acomodados y colgando en nuestras ciudades a media noche, sintiendo cómo la lluvia caía sobre nosotros con benevolencia. Nosotros les enseñaríamos la filosofía del viento y de las estrellas y cómo lo verde crece hacia arriba y cómo es el cielo cuando es azul y cálido a mediodía. Seguro que ellas querrían saber todo eso. Y ellas, a cambio, nos proporcionarían aire nuevo con las historias sobre su planeta, puede que incluso de sus guerras y conflictos, para recordarnos nuestro propio pasado y lo que, con sentido común, habíamos dejado atrás, como si no fueran sino juguetes inútiles, en el mar. Teníamos que dejarlas estar y tener paciencia. En unos pocos días estarían bien.
Desde luego, me resultó interesante el aire de confusión y horror que pesó sobre la nave durante toda una semana. Una y otra vez, desde nuestros confortables hogares de los árboles, en el cielo, veíamos cómo las criaturas nos observaban. Centré mi mente en su nave y oí sus palabras, incapaz de descifrar su significado, pero sintiéndome bien emocionalmente:
—¡Arañas! ¡Dios mío!
—¡Y son enormes! Es tu turno, Negley. Te toca salir a ti.
—¡No, a mí no!
Era la tarde del séptimo día cuando una de las criaturas se aventuró fuera de la nave, sola, desarmada, y me llamó desde allí abajo. Yo respondí a la llamada enviándole amistad, una amistad cálida y bienintencionada. En un instante me acerqué hasta la visitante y la gran ciudad enjoyada quedó por detrás de mí temblando al sol.
Debería haberme dado cuenta. La criatura se asustó y salió huyendo a todo correr. Me detuve en seco, pero sin dejar de enviarle mis mejores deseos y pensamientos. Se calmó y regresó. Percibí que tenían una especie de voluntariado o competición y que aquella era la criatura a la que habían elegido.
«No tiembles», pensé.
«No», pensó ella en mi propio idioma.
Entonces fui yo quien se sorprendió, pero me encantó.
—He aprendido vuestro lenguaje —me dijo muy despacio, en alto, con los ojos desorbitados y la boca temblándole—. Con máquinas. A lo largo de esta semana. Sois amistosas, ¿verdad?
—¡Por supuesto!
Me agaché para ponerme a su altura, para estar al mismo nivel. Debíamos de estar a algo menos de dos metros el uno del otro. Ella se echaba para atrás. Sonreí.
—¿Por qué tienes miedo? A mí no será.
—¡Oh, no, no, no! —respondió ella a toda prisa.
Oí su corazón latir en el aire, como un tambor; un murmullo cálido, rápido y profundo.
En su mente, sin saber que yo podía leérsela, pensó en nuestro propio lenguaje: «Bueno… si me mata… la nave solo habrá perdido un tripulante. Mejor perder solo a uno… ¡que a todos!».
—¡Matarte! —grité sorprendida y preocupada porque tuviera aquel pensamiento, aunque también me divirtió—. En este planeta hace cien mil años que nadie muere por culpa de la violencia. Por favor, deja a un lado esa idea. Seamos amigos.
La criatura tragó saliva.
—Hemos estado estudiándoos con instrumental. Con máquinas telepáticas. Hemos hecho mediciones… Esto es una civilización, ¿verdad?
—Tal y como puedes ver.
—Vuestro coeficiente intelectual… nos ha dejado asombrados. Por lo que vemos y oímos… ¡está por encima del doscientos!
El término era ligeramente ambiguo, pero, una vez más, me resultó divertido y le envié un pensamiento de júbilo y placer.
—Sí —respondí.
—Soy el ayudante del capitán —comentó la criatura, y me ofreció lo que me di cuenta de que era su sonrisa. La diferencia era que él sonreía en horizontal en vez de en vertical, como hacemos los miembros de la ciudad de los árboles.
—Y ¿dónde está el capitán?
—Enfermo… enfermo desde el día en que llegamos.
—Me gustaría conocerlo.
—Me temo que no va a ser posible.
—No sabes cuánto me apena oír eso.
Envié mi mente a la nave y allí estaba el capitán, tendido en una especie de cama, musitando. Estaba muy enfermo. De vez en cuando gritaba. Cerró los ojos y se protegió con los brazos como si estuviera teniendo una visión agitada. «¡Ay, Dios! ¡Dios!», repetía una y otra vez en su lengua.
—¿Acaso tiene miedo de algo vuestro capitán? —pregunté con educación.
—No, no… no es eso. Está enfermo —respondió el ayudante nervioso—. Hemos tenido que elegir a un nuevo capitán, que saldrá más tarde —y se apartó de mí—. Bueno… pues… adiós.
—Permíteme que te escolte por nuestra ciudad mañana. Estáis todos invitados.
Todo el tiempo que había estado allí, todo el tiempo que habíamos pasado hablando, no dejó de temblar. Temblaba, temblaba y temblaba.
—¿También tú estás enfermo?
—No, no —respondió antes de salir corriendo hasta la nave.
Una vez dentro, constaté que estaba muy enfermo.
Volví a nuestra ciudad en el cielo, entre los árboles, perplejo. «Qué curioso… —me dije—, qué nerviosos son estos visitantes».
Al anochecer, mientras seguía trabajando en el tapiz de ciruelas y naranjas, me llegó una palabra como si viniera a la deriva: «¡Araña!».
Pero no le presté atención, porque era hora de subir a lo alto de la ciudad a esperar el primer viento del mar, a estar allí, sentado entre amigos, en paz, disfrutando del olor y de la bondad de la vida a lo largo de la noche.
En mitad de la noche les pregunté a las progenitoras de mis hijos:
—¿Qué sucede? ¿De qué tienen miedo? ¿Qué les aterra así? ¿Acaso no soy una criatura inteligente y de carácter amistoso?
Todas respondieron que, en efecto, lo era.
—Entonces, ¿a qué vienen tantos temblores, por qué enferman, por qué pegan esos alaridos?
—No sé… puede que tenga que ver con su apariencia —dijo mi esposa—. Yo, por ejemplo, los encuentro raros.
—Sí, yo también.
—Y extraños.
—¡Por supuesto!
—Y me da un poco de miedo su apariencia. Cada vez que los miro… me siento incómoda. Son tan diferentes…
—Pero, si te paras a pensar en ello, si te lo planteas con inteligencia, esos pensamientos se desvanecen —les dije—. Es cuestión de estética. Sencillamente, estamos acostumbrados a nosotros mismos. Nosotros tenemos ocho patas y ellos solo tienen cuatro, dos de las cuales ni siquiera utilizan como patas. Es curioso, raro, resulta inquietante en un primer momento, sí… pero yo lo acepté prácticamente de inmediato. Nuestra estética es resistente.
—Quizás la suya no lo sea. Puede que a ellos no les guste nuestro aspecto.
Me eché a reír.
—¿Insinúas que van a tener miedo de la apariencia? ¡Cómo va a ser eso!
—Sí… tienes razón. Tiene que ser otra cosa.
—Me encantaría saber el qué —comenté—. Me encantaría. Ojalá pudiera lograr que se tranquilizasen.
—Olvídate de eso —me pidió mi esposa—, que hay un nuevo viento. Escucha. Escucha.
Al día siguiente llevé al nuevo capitán a dar un paseo por la ciudad. Estuvimos horas hablando. Nuestras mentes se encontraron. Él era, precisamente, un doctor de la mente. Se trataba de una criatura inteligente; menos inteligente que nosotros, sí, pero no hay que tener prejuicios. Me pareció una criatura ingeniosa, con buen humor, con muchos conocimientos y, a decir verdad, pocos prejuicios. Aun así, pasó toda la tarde, todo el rato en que le estuve enseñando la ciudad de los cielos, intentando ocultar un temblor que no cesaba.
Por educación, no volví a sacar el tema.
De vez en cuando, el nuevo capitán tomaba una serie de pastillas.
—¿Qué son? —le pregunté.
—Son para los nervios —respondió a toda prisa—. Nada más.
Lo llevé a todas partes y, tan a menudo como era posible, dejaba que descansara en alguna rama. Una de las veces, cuando consideré que era hora de ponerse en marcha de nuevo, lo toqué y se estremeció, y su rostro se contrajo a su manera.
—Somos amigos, ¿no? —le pregunté preocupado.
—Sí, amigos. ¿Qué? —dijo como si me oyera por primera vez—. Por supuesto… amigos. La vuestra es una raza espléndida y esta ciudad es encantadora.
Hablamos de arte y de belleza, del tiempo y de la lluvia y de la ciudad. Él mantenía los ojos cerrados. Los mantenía cerrados y nos llevábamos cada vez mejor. Entonces se animó mientras hablábamos y se rio; se sentía feliz y me hizo un cumplido sobre mi ingenio y mi inteligencia. Es raro, pero tengo la sensación de que me llevaba mejor con él cuando miraba al cielo que cuando lo miraba a él. Me resulta curioso haber notado algo así. Él, con los ojos cerrados, hablando de mentes e historia, de viejas guerras y problemas, a lo que yo le respondía rápidamente.
Solo cuando abría los ojos, se volvía, casi de inmediato, distante. Aquello me ponía triste. Me daba la sensación de que él también estaba triste, porque cerraba los ojos rápidamente y hablaba y, en un minuto, nuestra buena relación se reestablecía, su temblor desparecía.
—Sí —me respondió con los ojos cerrados—, de hecho, somos muy buenos amigos.
—Me alegro de que así sea.
Lo acompañé de vuelta a la nave. Nos deseamos buenas noches, pero volvía a temblar y una vez entró en la nave no fue capaz de cenar. Lo sé porque mi mente estaba allí dentro. Y volví con mi familia, emocionado porque había pasado un buen día, si bien estaba teñido por una tristeza que nunca había sentido hasta entonces.
Mi historia está a punto de terminar. La nave se quedó con nosotros una semana más. Me veía con el nuevo capitán a diario. Lo pasábamos de maravilla, hablábamos, él mirando hacia otro lado o con los ojos cerrados. Decía que nuestros planetas se entenderían bien. Yo me mostraba conforme. Todo se llevaría a cabo de acuerdo con un gran espíritu de amistad. Paseé a varios miembros de la tripulación por la ciudad, pero algunos se quedaban tan pasmados, por una u otra razón, turbados, que tenía que devolverlos a la nave pidiendo disculpas. Todos ellos parecían estar más delgados que cuando habían aterrizado. Todos tenían pesadillas por la noche. Sus pesadillas me llegaban de una u otra manera, como a la deriva, envueltas por una niebla cálida, bien entrada la noche, a oscuras.
Recuerdo ahora una conversación que escuché, mentalmente, entre varios de los miembros de aquella nave la última de las noches que estuvieron aquí. Como tengo una gran memoria, la recuerdo perfectamente, palabra por palabra, que, aunque no significa nada ahora, algún día podría significar algo para mis descendientes. Puede que esté enfermo. Esta noche me siento un poco triste, pero desconozco la razón. Aún hay pensamientos de muerte y terror en la nave. No sé qué sucederá mañana, pero, desde luego, no quiero creer que estas criaturas nos deseen ningún mal… a pesar de sus pensamientos, tan torturados y confusos. Puse esta conversación suya en el tapiz por si acaso sucedía algún incidente increíble. El tapiz lo enterraría en un túmulo del bosque para la posteridad. La conversación decía así:
«¿Qué vamos a hacer, capitán?».
«¿Con ellas? ¿A ellas te refieres?».
«A las arañas. A las arañas, sí. ¿Qué vamos a hacer?».
«No lo sé… ¡Ay, Dios!, mira que he estado intentando llegar a alguna conclusión… Son amistosas. Tienen una mentalidad magnífica. Son buenas. Esto no es una conspiración suya. Estoy convencido de que, si quisiéramos quedarnos aquí, utilizar sus minerales, navegar por sus mares, volar por su cielo… nos lo permitirían con amor y caridad…».
«En eso estamos de acuerdo, capitán».
«Pero… cuando pienso en traer aquí a mi esposa y a mis hijos…».
Se estremeció.
«No saldría bien».
«Jamás».
Temblores y más temblores.
«No sé qué hacer para no ir mañana con ellas. No podría soportar otro día con esos… bichos».
«Cuando era niño… recuerdo… una araña en el establo…».
«¡Jesús!».
«Pero somos seres humanos, ¿no? ¡Seres humanos fuertes! ¿Acaso no tenemos agallas? ¿Qué somos? ¿Cobardes?».
«Esto no es la razón… sino el instinto, la estética… llamadlo como queráis. ¿Queréis salir ahí y hablar con el grandote ese… ese tan peludo… con sus ocho patas… tan alto…? ¡Joder!».
«¡No!».
«El capitán aún está estupefacto. Ninguno de nosotros come. ¿Cómo estarían nuestras esposas e hijos si nosotros estamos tan débiles?».
«Pero son buenas. Son generosas. Son lo que nosotros no llegaremos a ser jamás. Se quieren las unas a las otras y nos quieren a nosotros. Nos ofrecieron ayuda. Nos han dejado entrar en su casa».
«Y tenemos que volver por muchas y buenas razones, ya sean comerciales o de otro tipo».
«¡Son nuestras amigas!».
«¡Sí, Dios, lo sé!».
Temblores, temblores y más temblores.
«Pero es que es imposible que salga bien. No son seres humanos».
Y aquí estoy ahora, en este cielo nocturno, con el tapiz casi terminado. Ansío que llegue mañana, cuando el capitán venga y hablemos. Ansío que vengan estas buenas criaturas que ahora están confundidas y alarmadas, pero que aprenderán con el tiempo a amar y a que las amen, a vivir con nosotras y a ser nuestras buenas amigas. Espero que, mañana, el capitán y yo hablemos de la lluvia, del cielo, de las flores y de lo magnífico que es que dos criaturas diferentes se entiendan. Ya he terminado el tapiz. Lo he terminado con una última frase en su lengua, extraída de las voces de las criaturas de la nave, esas voces que me trae el azulado viento nocturno. Voces que parecían más calmadas y que aceptaban las circunstancias y que ya no tenían miedo. Así acaba mi tapiz:
«Entonces, capitán, ¿ya se ha decidido?».
«Solo podemos hacer una cosa, señor».
«Sí… solo podemos hacer una cosa».
—¡No es venenosa! —gritó la esposa.
—¡Pero…!
El esposo pegó un salto, levantó el pie y la pisó tres veces con fuerza sobre la alfombra, tembloroso.
Luego, se quedó mirando la mancha negra.
Dejó de temblar.

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