Hay una noche en la vida de toda persona que tiene que ver con momentos concretos, con recuerdos, con canciones. Tiene que darse espontáneamente y acabarse por sí misma, y nunca se repetirá de la misma manera. Buscar que se produzca no sirve sino para que el intento fracase. No obstante, cuando sucede, es tal maravilla que la recuerdas toda la vida.
Una de esas noches me ocurrió a mí y a algunos de mis amigos escritores… ¡hace unos treinta y cinco o cuarenta años! Todo empezó con una canción titulada I Get the Blues When It Rains (Cuando llueve me pongo triste). ¿Te suena? Debería si eres de los más mayores. Si eres joven ¡deja de leer ahora mismo!, porque la mayor parte de lo que te voy a ofrecer a partir de ahora pertenece a una época en la que aún no habías nacido y tiene que ver con toda la basura que abandonamos en el ático de nuestra cabeza y de la que nunca nos deshacemos hasta esas noches especiales en las que los recuerdos merodean los baúles y abren las roñadas cerraduras y dejan salir todas esas palabras viejas y mediocres pero que, por alguna razón, son adorables o inútiles melodías que, de repente, se han convertido en tonadas de un valor incalculable.
Nos habíamos reunido en la casa de mi amigo Dolph Sharp, en las colinas de Hollywood, para pasar la noche leyendo en alto nuestros relatos cortos, poesías y novelas. Esa noche había allí escritores como Sanora Babb, Esther McCoy, Joseph Petracca, Wilma Shore y media docena más que habían publicado sus primeras historias o novelas a finales de la década de los cuarenta o a principios de la de los cincuenta. Cada uno de ellos llegaba esa noche con un nuevo manuscrito y estaba ansioso por leerlo.
Pero algo raro sucedió cuando cruzábamos el salón de Dolph Sharp.
Elliot Grennard, uno de los escritores más curtidos del grupo y en su día músico de jazz, se acercó al piano, acarició las teclas, hizo una pausa y tocó un acorde. Y luego, otro. Y a continuación dejó su manuscrito a un lado y pulsó el bajo con la mano izquierda y empezó a tocar una canción antigua.
Todos levantamos la vista. Elliot nos miró y nos guiñó el ojo mientras seguía tocando con suavidad y gran soltura.
—¿La conocéis? —nos preguntó.
—¡Ay, Dios… hacía años que no la oía! —comenté.
Y empecé a cantar con Elliot. Sanora se nos unió y Joe también:
—I get the blues when it rains…
Nos sonreímos los unos a los otros y las palabras nos salieron a mayor volumen:
—The blues I can’t lose when it rains…
Nos sabíamos toda la letra y la cantamos y, cuando acabó la canción, nos reímos, y Elliot empezó a tocar I Found a Million Dollar Baby in a Five and Ten Cent Store y enseguida nos dimos cuenta de que de esa también nos la sabíamos entera.
Y a continuación cantamos China Town, My China Town y después Singin’ in the Rain —sí, esa, la que dice «cantando bajo la lluvia, qué sensación tan magnífica, vuelvo a ser feliz».
Entonces alguien recordó In a Little Spanish Town:
—’Twas on a night like this, stars were peek-a-booing down, ’twas on a night like this…
Y Dolph siguió:
—I met her in Monterrey a long time ago, I met her in Monterrey, in old Mexico…
Y Joe aulló:
—Yes, we have no bananas, we have no bananas today! —que interrumpió el sentimiento como unos dos minutos, pero desembocó, casi inevitablemente, en The Beer Barrel Polka y en Hey, Mama, the Butcher Boy for Me.
Nadie recuerda quién sacó el vino, pero, desde luego, alguien lo sacó, y nos emborrachamos… bueno, no, bebimos la cantidad adecuada, porque lo importante eran las canciones y cantarlas. Era cuanto nos importaba.
Estuvimos cantando desde las nueve hasta las diez, momento en que Joe Petracca soltó:
—¡Haceos a un lado, dejad que el espagueti cante Figaro!
Y nos hicimos a un lado y el espagueti cantó Figaro. Nos quedamos muy callados, escuchándole, porque nos dimos cuenta justo en ese momento de que tenía una voz destacable y dulce. En solitario, Joe cantó partes de La Traviata, un poco de Tosca, y acabó con Un bel dì. No abrió los ojos hasta que no acabó de cantar. Cuando los abrió, se sorprendió, porque todos lo estábamos mirando, y nos dijo:
—¡Por amor de Dios, esto se está poniendo muy serio! ¿Quién sabe By a Waterfall, de los Golddiggers, la del 33?
Sanora hizo de Ruby Keeler en esa canción y no recuerdo quién, pero alguien hizo las veces de Dick Powell. Empezamos a registrar la casa en busca de más botellas, así que la esposa de Dolph decidió tomar el coche e ir colina abajo en busca de algo de alcohol porque éramos conscientes de que, si seguíamos cantando, también seguiríamos bebiendo.
Desanduvimos el camino hasta: You were meant for me, I was meant for you… Angels patterned you and when they were done, you were all the sweet things rolled up in one… y para media noche habíamos desgranado todas las melodías de Broadway, tanto las viejas como las nuevas, la mitad de los musicales de la 20th Century-Fox, algunos de la Warner Bros., con pedacitos de Yes, sir, that’s my baby, no, sir, I don’t mean maybe mezclados con You’re Blasé y Just a Gigolo, tras lo que cambiamos completamente de registro y nos pusimos a entonar canciones sureñas, más de una docena de tonaditas dulzonas que nosotros, no obstante, cantamos con sensibilidad fingida. No me preguntes por qué, pero hasta lo malo sonaba bien; mientras que lo bueno sonaba genial. Lo que siempre nos había parecido maravilloso era ahora soberbio hasta el punto de enloquecernos.
Para la una de la mañana habíamos dejado el piano y habíamos salido a cantar al patio, donde, a capela, Joe cantó más Puccini y Esther y Dolph nos regalaron un dueto que empezaba Ain’t she sweet, see her comin’ down the street, now I ask you very confidentially…
A partir de la una y cuarto, en voz baja, porque los vecinos habían telefoneado y nos habían pedido que bajáramos la voz, fue el momento de Gershwin: I Love That Funny Face y Puttin’ on the Ritz.
A las dos estábamos bebiendo champán y, de pronto, recordamos la canción que nuestros padres cantaban en los sótanos de las casas decorados para las fiestas de cumpleaños en 1928 o que tarareaban en las cálidas noches de verano, en el porche, cuando la mayoría de nosotros andábamos por los diez años: There’s a Long, Long Trail a-Winding into the Land of My Dreams.
Luego Esther recordó que su amigó Theodore Dreiser había escrito todo un clásico: O the moon is bright tonight along the Wabash, from the fields there comes the scent of new-mown hay. Through the sycamores the candlelight is gleaming… on the banks of the Wabash, far away…
Y después: Nights are long since you went away…
Y: Smile the while I bid you sad adieu, when the years roll by I’ll come to you…
Y: Jeanine, I dream of lilac time…
Y: Gee, but I’d give the world to see that old gang of mine…
Y: Those wedding bells are breaking up that old gang of mine…
Y, por fin, cómo no: Should auld acquaintance be forgot…
Para entonces todas las botellas estaban vacías y habíamos vuelto a I Get the Blues When It Rains, y el reloj dio las tres y la esposa de Dolph estaba de pie en la puerta principal con nuestras chaquetas en la mano, así que fuimos a por ellas, nos las pusimos y salimos a la noche cantando aún en susurros.
No recuerdo quién me llevó a casa ni cómo llegamos. Tan solo recuerdo que las lágrimas se me secaban en el rostro porque aquellas horas habían sido muy especiales, mucho, algo que no nos había sucedido nunca y que nunca volvería a sucedernos, al menos de aquella manera.
Han pasado los años y hace tiempo que Joe y Elliot han muerto, que el resto de nosotros estamos ya más allá de la mediana edad, que hemos amado y que hemos perdido en nuestra profesión… y que a veces hemos ganado, y seguimos reuniéndonos de vez en cuando y les leemos nuestras historias a Sanora o a Dolph, y hay algunas caras nuevas entre nosotros, y al menos una vez al año recordamos a Elliot al piano, tocando aquella noche que ojalá hubiera durado para siempre, esa noche, magnífica y cálida, en la que todas aquellas canciones sensibleras no significaban nada y, al mismo tiempo, lo significaban todo. Fue tan tonto y dulce, tan reverencial y encantador como cuando Bogie dice eso de: «Tócala otra vez, Sam» y Sam toca y canta: You must remember this, a kiss is just a kiss, a sigh is just a sigh…
No debería funcionar. No debería ser mágico. No deberías llorar de felicidad, de pena después y de felicidad nuevamente.
Pero lo haces. Como yo. Todos lo hacemos.
Un último recuerdo.
Una noche, cosa de dos meses después de aquella velada tan especial, reunidos en la misma casa, Elliot pasó junto al piano y lo miró con incredulidad.
—Toca I Get the Blues When It Rains —le pedí.
Y la tocó.
Pero no fue lo mismo. La noche de hacía un par de meses se había ido para siempre. Lo que fuera que había tenido aquella noche no lo tenía esta. La misma gente, el mismo lugar, los mismos recuerdos, las mismas canciones de haberlo querido, pero… esta no era especial. La otra, en cambio, siempre lo sería. Así que, con muy buena cabeza, lo dejamos. Elliot se sentó y tomó su manuscrito. Después de un largo momento de silencio, tras mirar una única vez el piano, se aclaró la garganta y nos leyó el título de su nuevo relato.
Yo fui el siguiente en leer. Mientras lo hacía, la esposa de Dolph pasó de puntillas por detrás de nosotros hasta el piano y bajó la tapa frontal.

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