Texto aleatorio

—¿Cómo ha dicho?

Silencio.

—¿Le importaría repetirlo?

Silencio y un murmullo con altibajos al otro lado del teléfono.

—La línea debe de estar mal. ¡No puedo creer lo que acabo de oír! Dígalo de nuevo.

El agente del Gobierno se levantaba poco a poco de la silla con el auricular pegado a la oreja. Miró por la ventana, luego miró el techo y, después, miró las paredes. Muy despacio, volvió a sentarse.

—Repítalo.

El teléfono hacía ruidos.

—¿El senador Hamfritt, ha dicho? Espere un momento, que ya le llamo yo.

El agente colgó, se volvió con su silla giratoria y se quedó mirando el césped de la Casa Blanca. Luego, estiró el brazo y pulsó el botón del intercomunicador.

En cuanto su secretaria abrió la puerta, le dijo:

—Siéntese, que quiero que oiga esto.

Descolgó el teléfono, marcó un número y puso el altavoz.

Nada más oír una voz al otro lado, soltó:

—Soy Elliot. ¿Ha llamado usted hace un instante? Ha llamado. A ver, empiece otra vez con los detalles. ¿El senador Hamfritt, ha dicho? ¿En un casino indio? ¿En Dakota del Norte? Sí. ¿Cuántos senadores? ¿Trece? ¿Que estuvieron allí anoche? ¿Está usted seguro de todo esto? Y ¿no estaba borracho? Estaba borracho. A ver, es tarde, pero voy a llamar al presidente.

El agente colgó el auricular y miró despacio a su secretaria.

—¿Sabe el idiota ese de Hamfritt?

La mujer asintió.

—¿Sabe lo que ha hecho ese tonto de las narices?

—Me tiene usted en ascuas.

—Pues resulta que fue ayer a una reserva india de Dakota del Norte con otros doce senadores y les dijeron a los indios que estaban investigando unos sucesos acaecidos en su territorio.

La secretaria esperaba en silencio.

—Luego se puso a jugar a la ruleta con el jefe de la tribu más importante, el jefe Nube de Hierro. La cuestión es que apostó la ciudad de Nueva York… y la perdió.

La secretaria se inclinó hacia delante.

—A raíz de aquello, empezaron a apostar diferentes estados… ¡y también los perdieron! Para las dos de la noche, bebiendo mano a mano con el jefe indio, ¡habían perdido todos los Estados Unidos de América!

—¡Santo Dios!

—Estoy pensando en quitarme la vida, pero, claro, ¿quién llamaría entonces a la Casa Blanca y pondría al tanto de la situación al presidente?

—Yo, desde luego, no.

El presidente de los Estados Unidos corría por el asfalto del aeropuerto.

—¡Señor presidente —le gritó uno de sus ayudantes—, que va usted sin vestir!

El presidente bajó la vista y se dio cuenta de que aún llevaba el pijama por debajo del abrigo.

—¡Me cambiaré en el avión! ¿Adónde demonios vamos?

El ayudante se volvió hacia el piloto:

—¿Adónde demonios vamos?

El piloto consultó la hoja de ruta y respondió:

—Al casino The Pocahontas Big Red, en Ojibway, Dakota del Norte.

—¿Y dónde narices está eso? —preguntó el presidente.

—En la frontera con Canadá —respondió el ayudante—. Es seguro. Allí solo votan los caribús. El año pasado hubo un corrimiento de tierras.

—Y ¿ya es el aeropuerto lo bastante grande para el Air Force One?

—Más o menos.

—¿Qué hora es?

—Las tres de la mañana.

—¡Ay, Dios mío!, Lo que hay que hacer para llevar un país.

Ya a bordo, el presidente se sentó mientras le servían una bebida.

—A ver, deme los detalles —pidió.

—Bueno… pues la cuestión es la siguiente, señor presidente: resulta que hubo una reunión de senadores demócratas en Dakota del Norte y trece de ellos acabaron en el casino The Pocahontas Big Red para correrse una juerga.

—Y se la corrieron… ¡se la corrieron!

—Bueno, la cuestión es que una cosa llevó a la otra y… y acabaron entregando el país entero.

—¿En una sola tirada de dados?

—No, por lo que tengo entendido, fueron perdiendo el país estado a estado.

—Ay, Dios mío…

—Para ser exactos, lo primero que perdieron fue la capital de Nueva York. Ahora bien, el primer estado que perdieron fue Florida.

—No me extraña.

—Después de eso perdieron la mayoría de los estados del sur. Al parecer, por no sé qué de la guerra de Secesión.

—¿Cómo dice?

—Es que no lo sé, señor. Aún estoy un poco confundido. Ahora bien, la guerra de Secesión siempre ha estado ahí para muchos y sería de entender que los demócratas del sur quisieran devolvérsela a los rojos.

—Y luego, ¿qué paso?

—Bueno, pues que fueron perdiendo un estado tras otro. Arizona fue el último y, con un funesto lanzamiento de dados, América la Bella, de brillante océano a brillante océano, pasó a pertenecerle a Nube de Hierro.

—¿Ese es el jefe indio?

—Sí. Es quien lleva el casino.

El presidente reflexionó y, al cabo de un rato, comentó:

—Bueno, pues si ellos saben beber, yo también. Sírvame otra copa.

El presidente de los Estados Unidos entró de golpe en el casino The Pocahontas Big Red y miró a su alrededor.

—¿Dónde está la habitación llena de humo?

Su ayudante señaló en una dirección.

—¿Y dónde están los tontos de las narices que apostaron el país?

—En dicha habitación, por supuesto.

El presidente entró en la habitación y cerró la puerta de golpe para sobresaltar a los trece senadores que estaban de pie mirando al suelo.

—¡Siéntense! ¡No, no, permanezcan de pie mientras les canto las cuarenta! ¡Atiendan! ¿Están sobrios?

Todos asintieron.

—En ese caso, necesitamos una copa. Todos.

Smith, el ayudante del presidente, salió apresuradamente de la habitación. En unos momentos regresó con vodka.

—Muy bien, beban ustedes y resolvamos este entuerto.

Los miró con el ceño fruncido y les dijo:

—Por amor de Dios, han hecho ustedes que las fiestas de los Rolling Stones parezcan la Última Cena.

A aquella frase le siguió un largo silencio.

—¿Quién fue el responsable, el senador Hamfat?

—Hamfritt —murmuró uno de los senadores.

—Hamfritt. Un momento. Smith, ¿se han enterado ya los medios de esto?

—Aún no, señor.

—Dios bendito… como se enteren… ¡ya podemos darnos por muertos!

—Hace una hora llamaron de la CNN preguntando qué era lo que estaba pasando…

—Envíeles un sicario.

—No podemos hacer eso, señor presidente.

—Inténtelo.

El presidente se volvió hacia los trece senadores y continuó:

—A ver, cuéntenme qué sucedió para que entregaran ustedes nuestras majestuosas montañas púrpuras y llanuras de frutales.

—No fue todo de golpe, ¡hala, sin más! —comentó uno de los senadores—. Sucedió… a trozos.

—¡A trozos! —gritó el presidente.

—Empezamos poco a poco… pero la cosa fue embalándose. Al principio estuvimos jugando al póker, pero nos emocionamos y pasamos al blackjack. Un rato después, la ruleta parecía la mejor opción.

—La ruleta, claro. De esa manera se pierde todo más rápido.

—Sí… más rápido.

Los senadores se mostraron de acuerdo al tiempo que asentían.

—Y, bueno, ya sabe usted lo que pasa cuando uno va perdiendo… dobla las apuestas. Así que empezamos a doblarlas y les ofrecimos a los indios Carolina del Norte y Carolina del Sur… ¡y ay… por Dios… que también las perdimos! Seguimos bebiendo, se nos subió a la cabeza y les ofrecimos Dakota del Norte y Dakota del Sur… ¡y también las perdimos!

—Sigan.

—Entonces apostamos California.

—¿Esa también era una apuesta doble?

—Sí, señor. California, de hecho, cuenta como cuatro estados: el norte, el sur, Hollywood y Los Ángeles.

—Ah, claro.

—Bueno, la cosa es que, en cuestión de horas, lo habíamos perdido todo y alguien comentó que quizás debiéramos llamar a Washington.

—No saben cuánto me alegro de que se les ocurriera. Smith, ¿algo de esta payasada es vinculante legalmente?

—Solo si tiene usted en cuenta las reacciones de Francia, Alemania, Rusia, Japón y China, señor presidente.

—Entendido. Y ¿hay algún abogado en este maldito casino?

—Por supuesto. Solo arriba, jugando al póker, debe de haber un centenar. ¿Voy a buscar alguno?

—¿Es que se ha vuelto loco? ¡En unas pocas horas estaríamos hasta el cuello de mierda!

El presidente se sentó y así estuvo largo rato, con los ojos cerrados, agarrándose las rodillas, con los nudillos blancos, como si estuviera subiendo una montaña a ciegas.

Se humedeció los labios una decena de veces, pero, hasta que no se agarró las rodillas con más fuerza, no empezó a echar humo y a sisear y a balbucear:

—¡Tontos de capirote! ¡Bobos de las narices! ¡Imbéciles…!

—Sí, señor —se mostró de acuerdo uno de los senadores.

—¡No he acabado!

—No, señor.

—¡De todos los patanes, necios…!

El presidente se detuvo.

—Memos —sugirió otro de los senadores.

—¡Borrachines! ¡Gilipollas!

Todos asintieron.

—¡Chalados! ¡Tarados! ¡Locos! ¡Burros! ¡Por Dios! ¡Por Dios bendito!

El presidente abrió los ojos y prosiguió:

—¿Se dan ustedes cuenta de que, en comparación con esto, las Naciones Unidas van a parecer una reunión de angelitos? ¡Un congreso de Einsteins! ¡Una casa llena de padres, hijos y espíritus santos!

Se hizo el silencio.

—Señor presidente… señor… tiene usted la cara muy roja.

—Pensaba que, a estas alturas, la tendría ya de color púrpura. ¿Hay algún artículo en la Constitución que permita al presidente apalear, matar, masacrar, colgar, electrocutar o cortar en pedacitos a los idiotas de sus senadores?

—No, señor presidente, en la Constitución no hay nada así —respondió Smith.

—Pues quiero que sea un punto que tratar en la próxima sesión del Congreso. Apúntelo.

Por fin se quedó callado y dejó caer las manos a los lados. Se las miró como si en ellas fuera a encontrar alguna solución. Empezó a llorar.

—¿Qué vamos a hacer? —se lamentó—. ¿Qué vamos a hacer?

—Señor presidente…

—¿Qué vamos a hacer? —insistía el presidente.

—Señor.

El presidente levantó la cabeza. En la estancia acababa de entrar un nativo americano vestido elegante y con chistera. Era bajito y le recordaba a un pato.

Aquel nativo americano tan elegante y bajito dijo:

—¿Me permite, señor? El jefe del Consejo Iroqués Waukesha Chippewa y dueño de este casino, y ahora propietario de los Estados Unidos de América, se pregunta si querría usted reunirse con él.

El presidente de los Estados Unidos hizo el ademán de ponerse de pie.

—No se levante.

El nativo americano bajito de la chistera dio media vuelta y abrió la puerta. Al instante, una sombra solemne con la mirada dura entró en la estancia como si se deslizase.

El hombre caminaba con los pies enfundados en unos mocasines de piel de gato montés y parecía una sombra alta que tuviera su propia sombra. Debía de rondar los dos metros diez y la expresión de su cara, serena, hacía que el hombre pareciera la encarnación de la eternidad. El rostro de presidentes muertos y valientes indios caídos cobraron vida en la cara del recién llegado, que parecía un precipicio.

Alguien, puede que el sirviente de corta estatura, estaba canturreando una tonada de celebración por lo bajo, una canción que hablaba de un jefe y de saludarlo.

Una voz potente que parecía una tormenta apagada salió de las alturas en las que se encontraba la boca de aquel dueño de casinos.

El sirviente bajito traducía sus palabras:

—Se pregunta que cuál es el problema.

Al oír aquello, los senadores tuvieron el impulso colectivo de echar a correr hacia la puerta, pero el ruido que hicieron las venas de la frente del presidente de los Estados Unidos al hincharse hizo que se quedaran plantados donde estaban.

El presidente se masajeó las sienes para ver si así relajaba aquellas venas y susurró:

—Nos ha robado usted el país.

La voz profunda habló desde las alturas y la tradujeron a ras de suelo:

—Uno por uno, todos los estados.

Desde aquella gran altura, un murmullo descendió hasta el indio bajito, que asintió en varias ocasiones.

—Propone que jueguen una última partida. El jefe está dispuesto a darles otra oportunidad… en la que incluso podría perder el país.

Un temblor, como si se tratase de un gran terremoto, sacudió a los senadores. Todos ellos esbozaron sonrisas nerviosas. El presidente a punto estuvo de desmayarse, pero se contuvo.

—¿Una última partida? —gimió—. Pero ¿y si perdemos de nuevo? De hecho, ¿qué podemos ofrecerle ahora mismo?

El indio pequeño levantó la cabeza para parlamentar con el gran jefe del color de la madera roja y, un rato después, por fin, respondió:

—Nos dan ustedes Francia y Alemania.

—¡Eso no podemos hacerlo! —gritó el presidente.

—¿Ah, no? —dijo la voz, que era como una tormenta.

El presidente menguó dos tallas en su traje.

—Pues…

La sombra, en las alturas, se movía como el invierno.

—¡… Pues! —exclamó el que había sido presidente de los Estados Unidos hasta hacía unas horas.

—Las reglas —empezó a decir el intérprete bajito—: si pierden ustedes, nos quedamos los Estados Unidos y construyen casinos en los cincuenta estados, además de colegios, institutos y universidades por todos los territorios indios. ¿Estamos de acuerdo?

El presidente de los Estados Unidos asintió.

—Y, si ganan ustedes —continuó el indio del sombrero de copa—, recuperan los estados, pero lo demás se queda igual: tienen que construir centros de enseñanza y casinos en todos los territorios por mucho que hayan ganado.

—¡Es increíble! —exclamó el presidente—. ¡No pueden aplicar ustedes las mismas reglas ganen o pierdan!

La sombra susurró:

—Es lo que hay.

El presidente tragó saliva y respondió:

—Empecemos.

El dueño de los cincuenta estados movió la mano, que con aquellos dedos tan grandes parecía una pala excavadora, y enseguida vieron todos que llevaba una baraja en ella.

—Trato hecho —dijo con aquella voz de tierra adentro.

El presidente notó que tenía inertes brazos y piernas.

—Al blackjack —susurró el indio pequeño—. Dos cartas cada uno.

Poco a poco, el presidente de los Estados Unidos tomó dos cartas y las dejó bocabajo frente a él.

Una voz retumbó desde lo alto.

El pequeño tradujo:

—Usted primero.

El presidente echó un vistazo a las cartas y esbozó una amplia sonrisa. Intentó controlarla, pero fue en vano. Entonces, levantó la vista para mirar al enorme jefe indio y dijo:

—Le toca.

Truenos en lo alto.

—Primero, veamos su mano —dijo el intérprete.

El presidente de los Estados Unidos les dio la vuelta a sus cartas. Sumaban diecinueve.

—Le toca —insistió el presidente.

De nuevo truenos, y el diminuto indio dijo:

—Gana usted.

—Y eso, ¿cómo lo sabe? No les ha dado la vuelta a sus cartas. Puede que tenga usted veinte, ¡o incluso veintiuno!

El tiempo cambió en la zona alta de la estancia y el pequeño indio insistió:

—Gana usted, el país es suyo. Ahora bien, falta una cosa.

Y le tendió un papel al presidente. En el papel ponía: «Veintiséis dólares y noventa centavos».

—Eso es lo que se pagó por Manhattan hace muchas lunas.

El presidente sacó la cartera.

Una voz retumbó en lo alto.

—Dice que solo billetes pequeños.

El presidente tendió el dinero y el descomunal indio adelantó aquella mano del color de la madera roja y lo tomó.

Allí arriba, muy cerca del techo, la voz atronó de nuevo.

—Y ahora, ¿qué quiere?

El intérprete le tradujo:

—Dice que espera que construyan ustedes muchos barcos y que irá al muelle a desearles buen viaje de vuelta allá de donde ustedes provengan.

—Así que eso ha dicho, ¿eh?

El presidente de los Estados Unidos se quedó mirando las cartas del jefe, que ni siquiera las había tocado.

—¿No tengo ni siquiera la opción de verlas para quedarme tranquilo y que no piense que los he estafado?

El indio de corta estatura negó con la cabeza.

El presidente se puso de pie, fue a la puerta y preguntó:

—Y ¿a qué ha venido eso de los barcos? No vamos a ir a ninguna parte.

En las alturas, una voz susurró:

—Ah, ¿no?

Y el presidente de los Estados Unidos salió de allí con las orejas gachas, seguido por sus senadores.


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