Eran eso de las siete de la tarde. Susan no dejaba de levantarse y de mirar por la ventana del porche, colina abajo, a las vías, por donde pasaban trenes que iban dejando un rastro de humo ascendente. Las luces verdes y rojas se reflejaban en sus ojos marrones. En la oscuridad, su mano rechoncha era una oscuridad aún mayor. No dejaba de fruncir los labios y de mirar el reloj.
—Ese reloj debe de ir adelantado —dijo—. Ese viejo reloj de hojalata está loco.
—No, no lo está —lo defendió Linda, que se encontraba en una esquina con un montón de discos para el fonógrafo en sus negras manos.
Parecía que estuviera barajándolos. Eligió uno, lo miró, lo puso en la grafonola y dio cuerda al aparato.
—Mamá, ¿por qué no te sientas y dejas de preocuparte?
—Aún tengo bien los pies. No soy tan vieja.
—Si viene, ya vendrá, y, si no viene… pues tal día hará un año. No puedes hacer nada para que el tren vaya más rápido ni puedes acercarte a agitar las señales arriba y abajo. ¿A qué hora dijo que venía?
—A las siete y cuarto dijo que llegaba el tren y que estaría en la estación media hora, de camino a Nueva York, que bajaría y que tomaría un taxi para venir aquí, que no fuera a esperarlo a la estación.
—Se avergüenza de ti, esa es la cuestión —soltó Linda desdeñosa.
—¡O te callas o te enteras! Es un buen hombre. Trabajé para su familia cuando él no era mucho más grande que mi mano. Solía llevarlo al centro en el hombro. ¡Qué va a avergonzarse de mí!
—Eso fue hace quince años. Ha pasado mucho tiempo. Ahora es mayor.
—Me envió su libro, ¿no? —dijo Susan indignada.
Echó mano a la ajada silla, tomó el libro y lo abrió para leer la dedicatoria de la primera página:
—«Para mi querida Mami Susan, con todo mi amor» —y cerró el libro de golpe—. ¡Ahí lo tienes!
—Eso no quiere decir nada. Solo son unas palabras escritas. Cualquiera podría escribir eso.
—Ya me has oído.
—Gana cien mil dólares al año, ¿por qué iba a invertir su tiempo en venir a verte?
—Porque le recuerdo a su madre y a su padre, y a su abuela y a su abuelo, porque yo trabajé para ellos. Treinta años estuve trabajando para esa familia. Por eso va a venir a verme. Además, teniendo en cuenta que es escritor, ¿por qué no iba a querer verme y hablar de aquella época?
—¡Yo qué sé! A mí que me registren.
—Va a llegar en el tren de las siete y cuarto, ya lo verás.
La grafonola empezó a tocar el Pretty Baby del Knickerbocker Quartette.
—¡Apaga ese cacharro!
—No le hace mal a nadie.
—¡No me deja oír!
—No necesitas los oídos, que para eso tienes los ojos. Lo verás llegar, ¿no?
Susan se acercó al aparato y bajó la palanca. De inmediato, las voces murieron. El silencio era agudo y opresivo.
—Hala, ahora ya puedo pensar de nuevo —soltó mientras miraba a su hija.
—Y ¿qué vas a hacer cuando venga? —le preguntó esta con los ojos entornados y el gesto pícaro.
—¿A qué te refieres? —preguntó Susan cautelosa.
—¿Vas a darle un beso? ¿Vas a abrazarlo?
—Pues no lo sé… No lo había pensado.
Linda se echó a reír.
—Pues será mejor que empieces a pensarlo. Ahora es un chico crecidito; ya no es ningún niño. Puede que ya no le guste que le den besos y lo abracen.
—Ya veré qué hago cuando sea el momento —respondió volviéndose y arrugando la frente ligeramente, pues tenía ganas de darle una bofetada a su hija—, así que deja de meterme ideas en la cabeza. Actuaremos con naturalidad, como siempre.
—Ya verás como se limita a darte la mano y se queda sentado en el borde de la silla.
—Lo dudo mucho. Siempre me reí mucho con él.
—Seguro que no te llama «mami». Te llamará «señora Jones».
—Solía llamarme «tía Jemima» porque decía que me parecía mucho a ella y siempre quería que fuera yo quien le preparara las tortitas. Era el niño más mono que te puedas imaginar.
—Por las fotos que he visto, ahora tampoco está nada mal.
Susan cerró los ojos unos instantes, pero no dijo nada. Al rato, respondió:
—Tendrían que lavarte la boca con lejía.
Luego, apartó la cortina de la ventana y volvió a mirar hacia la estación, a buscar humo en el horizonte. De repente, pegó un grito:
—¡Allí está! ¡Por allí viene! ¡Lo sabía! ¡Lo sabía! —exclamó mirando el reloj como loca—. ¡Justo a tiempo! ¡Mira! ¡Mira!
—Ya sé cómo es un tren.
—¡Allí viene! ¡Mira el humo!
—¡He visto humo para toda la vida!
El tren entró rugiendo en la estación rodeado de estruendo y campanas y el fuerte sonido de una especie de combustión.
—Ya no va a tardar —comentó Susan al tiempo que sonreía y su diente de oro quedaba a la vista.
—Por si acaso, no contengas el aliento.
—Me siento tan bien que puedes burlarte cuanto quieras. ¡Me siento bien!
El tren se había detenido y los pasajeros habían empezado a bajar de él. Susan los veía, pequeños, muy pequeños, al pie de la colina, en la estación de cemento, moviéndose de un lado para el otro, apiñándose. Pensó en él y en el aspecto que tenía ahora y en el que había tenido en su día. Recordó aquella vez en que había vuelto del colegio, con siete años, y se había olvidado de despedirse de ella. Ella vivía en una casa de los arrabales del pueblo. Cada tarde tomaba el trolebús a las cuatro en punto y a él se le había olvidado acompañarla hasta la parada. El niño había corrido calle abajo, llorando, tras ella y la había alcanzado a tiempo de abrazarla, sollozando contra sus piernas mientras ella lo acariciaba y lo arrullaba.
—Tú nunca lo has hecho —comentó Susan molesta.
—¿El qué? —le preguntó Linda sorprendida.
—Da lo mismo —respondió la madre antes de sumirse una vez más en sus recuerdos.
También recordó aquella vez en que, cuando el niño tenía trece años y volvía de haber pasado dos en California, la había encontrado en la cocina de su abuela y la había alcanzado y le había dado vueltas, riendo, y la había abrazado. Sonrió al pensarlo. Era un buen recuerdo. Y, ahora, quince años después, aquel niño era un gran guionista de Hollywood que iba de camino al estreno de una de sus obras en Nueva York. En el buzón, hacía seis meses, había encontrado el primer libro que publicaba y, ayer, la carta en la que ponía que bajaría del tren para ir a verla. Esa noche no había dormido bien.
—Ningún hombre blanco se merece todo esto —comentó Linda—. Me voy a casa.
—Siéntate —le ordenó su madre.
—No quiero estar aquí cuando no aparezca. Luego te llamo.
Fue hasta la puerta y la abrió.
—Vuelve aquí y siéntate, que llegará de un momento a otro.
Linda permaneció en la puerta, sin abrirla del todo. La cerró y esperó un minuto, apoyada en silencio contra ella, sacudiendo la cabeza.
—¡Un taxi amarillo sube por la colina! —exclamó Susan pegada al cristal—. ¡Seguro que es él!
—Qué mal vas a sentirte por la mañana.
Esperaron.
—¡Ay! —Susan parpadeaba.
—¿Qué sucede?
—Que el taxi de las narices ha girado y ha tomado otra dirección…
—Seguro que está allí abajo, sentado en el vagón reservado, tomando algo. Seguro que está con otros hombres y que no puede escapar de ellos por miedo a contarles lo que pretende hacer en un pueblecito como este… eso de tomar un taxi para ir a ver a una mujer negra que era amiga suya.
—Él no es así. Seguro que ya está en el taxi. Estoy convencida.
Pasaron diez minutos. Quince.
—Ya debería haber llegado… —dijo Susan.
—Pues aquí no está.
—Quizás no sea ese el tren. Puede que el reloj esté mal.
—¿Quieres que llame a los del Boletín Horario?
—¡Ni te acerques al teléfono!
—Vale, vale… era una idea.
—¡Ay, tus ideas… tus ideas! ¡Apártate de él! —dijo Susan levantando una mano y con el gesto torcido.
Siguieron esperando. El reloj seguía su curso.
—¿Sabes qué haría yo en tu lugar? Iría a la estación, subiría al tren y preguntaría dónde está el señor Borden. Lo buscaría hasta que diera con él. Y seguro que lo encontraría con sus amigotes en el vagón reservado, bebiendo algo. Me acercaría a él y le diría: «Mira, Richard Borden, te conozco desde que te hacías pis en los pantalones ¡y dijiste que ibas a venir a verme! ¿Por qué no lo has hecho?», eso es lo que le diría, en su cara, ¡delante de todos esos amigos suyos!
Susan no dijo nada. Eran las ocho menos veinticinco. En diez minutos el tren abandonaría la estación. «Se retrasa», pensó. «Seguro que viene. Él no es así».
—Bueno, mamá, me voy a casa. Luego te llamo.
Esta vez, Susan no hizo nada por retener a Linda. Oyó cómo su hija cerraba la puerta y sus pasos escaleras abajo.
Cuando Linda se fue, Susan se sintió mejor. Sintió que, ahora, sin la influencia negativa de su hija, Richard no tardaría en llegar. Richard había estado esperando a que Linda se fuera ¡para estar a solas con ella!
«Está allí abajo… en algún lado —pensó—. En ese tren».
Sintió como si se le arrugara el corazón. ¿Y si estaba en el bar del tren bebiendo una copa, tal y como había asegurado Linda? ¡No! Puede que se hubiera olvidado. ¡Puede que ni siquiera recordara que aquel era el pueblo en el que había nacido! Tenía que haber algún error. El revisor debía de haberse olvidado de avisar. Algo había pasado. Se frotó las manos. Allí sentado, en el cálido vagón reservado, bebiendo. Allí sentado, después de quince años. Todas aquellas luces amarillas y resplandecientes del tren, el humo, que empezaba a ascender de nuevo.
«¡Vamos, Richard! ¡Si no vienes, se lo contaré a tu mamá!». Le costaba respirar. Se sintió muy vieja. «Si no vienes enseguida, haré lo que me ha propuesto Linda, ¡bajaré y te pondré en tu sitio!».
No, no iba a hacerlo. No iba a avergonzarlo delante de sus amigos. No, así no se hacían las cosas. Pues que se quedara allí sentado. Tenía que haber un error. Aquel reloj estaba loco.
El tren pegó un chillido de advertencia.
«No… no pueden estar preparándose para irse…».
Vio cómo los pasajeros subían al tren. «Seguro que está enfermo». Seguro que ni siquiera había subido al tren. Era muy probable que siguiera en Chicago. Seguro. «Porque, si está en ese tren, ahí sentado, y no ha bajado e intentado tomar un taxi…». Quizás no hubiera habido taxis suficientes. ¿Habría estado dando vueltas por la estación, por el pueblo? ¿Habría mirado colina arriba, a la casa en la que vivía ella? ¿Se pondría en contacto con ella al día siguiente desde Nueva York? ¿Volvería a ponerse en contacto con ella alguna vez? No, jamás. Bueno, claro… siempre que estuviera en aquel tren. Nunca iba a volver a escribirla.
El silbato del tren sonó de nuevo. Una gran nube de humo se elevó por el cielo nocturno.
Instantes después, con una sacudida, el tren se movió, fue saliendo de la estación, tomando velocidad… hasta que desapareció de la vista.
Susan siguió junto a la ventana. La casa estaba en silencio. Miró el horizonte, hacia el oeste. Seguro que aquel no era el tren. Llegaría otro en cualquier momento. Tomó el reloj despertador, que soltó un chasquidito metálico.
—¡Ay, reloj de las narices, mira que darme mal la hora!
Se levantó, lo tiró a la basura y volvió a la ventana.
Al cabo de un rato sonó el teléfono. Susan no se giró. Volvió a sonar, insistente. Susan seguía mirando el horizonte. El teléfono sonó seis veces más. No callaba.
Por fin, Susan se volvió y descolgó el auricular. Lo tuvo en la mano unos instantes antes de llevárselo a la oreja.
—¿Mamá?
Era Linda.
—Mamá, ven a pasar la noche a mi casa. Sé cómo te sientes.
—¿A qué te refieres? —le gritó al micrófono—. ¡Acaba de estar aquí!
—¿Qué?
—Pues sí… y es alto y atractivo. Ha llegado en un taxi amarillo y ha estado un ratito. Y ¿sabes qué he hecho? ¡Le he dado un abrazo y un beso y hemos bailado!
—¡Ay, mamá!
—Ha hablado mucho conmigo y nos hemos reído y me ha dado un billete de diez dólares y hemos estado recordando los viejos tiempos, a la gente y todo eso… y, luego, ha vuelto al taxi amarillo y ha regresado al tren. ¡Es todo un caballero!
—¡Mamá, cuánto me alegro!
—Pues sí —comentó Susan sin dejar de mirar por la ventana. Le temblaba la mano con la que sujetaba el teléfono—. ¡Es todo un caballero!

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