Las páginas abrumadoras de la Patrología griega de Paul Migne1 han sepultado la memoria frágil de Sinesio de Rodas2, que proclamó el imperio terrestre de los ángeles del azar.
Con su habitual exageración, Orígenes3 dio a los ángeles una importancia excesiva dentro de la economía celestial. Por su parte, el piadoso Clemente de Alejandría4 reconoció por primera vez un ángel guardián a nuestra espalda. Y entre los primeros cristianos del Asia Menor se propagó un afecto desordenado por las multiplicidades jerárquicas.
Entre la masa oscura de los herejes angelólogos, Valentino el Gnóstico5 y Basílides6, su eufórico discípulo, emergen con brillo luciferino. Ellos dieron alas al culto maniático de los ángeles. En pleno siglo II quisieron alzar del suelo pesadísimas criaturas positivas, que llevan hermosos nombres científicos, como Dínamo y Sofía, a cuya progenie bestial debe el género humano sus desdichas.
Menos ambicioso que sus predecesores, Sinesio de Rodas aceptó el Paraíso tal y como fue concebido por los Padres de la Iglesia, y se limitó a vaciarlo de sus ángeles. Dijo que los ángeles viven entre nosotros y que a ellos debemos entregar directamente todas nuestras plegarias, en su calidad de concesionarios y distribuidores exclusivos de las contingencias humanas. Por un mandato supremo, los ángeles dispersan, provocan y acarrean los mil y mil accidentes de la vida. Los hacen cruzar y entretejerse unos con otros, en un movimiento acelerado y aparentemente arbitrario. Pero a los ojos de Dios, van urdiendo una tela de complicados arabescos, mucho más hermosa que el constelado cielo nocturno. Los dibujos del azar se transforman, ante la mirada eterna, en misteriosos signos cabalísticos que narran la aventura del mundo.
Los ángeles de Sinesio, como innumerables y veloces lanzaderas, están tejiendo desde el principio de los tiempos la trama de la vida. Vuelan de un lado a otro, sin cesar, trayendo y llevando voliciones, ideas, vivencias y recuerdos, dentro de un cerebro infinito y comunicante, cuyas células nacen y mueren con la vida efímera de los hombres.
Tentando por el auge maniqueo, Sinesio de Rodas no tuvo inconveniente en alojar en su teoría a las huestes de Lucifer, y admitió los diablos en calidad de saboteadores. Ellos complican la urdimbre sobre la que los ángeles traman; rompen el buen hilo de nuestros pensamientos, alteran los colores puros, se birlan la seda, el oro y la plata, y los suplen con burdo cañamazo. Y la humanidad ofrece a los ojos de Dios su lamentable tapicería, donde aparecen tristemente alteradas las líneas del diseño original.
Sinesio se pasó la vida reclutando operarios que trabajaran del lado de los ángeles buenos, pero no tuvo continuadores dignos de estima. Solamente se sabe que Fausto de Milevio, el patriarca maniqueo, cuando ya viejo y desteñido volvía de aquella memorable entrevista africana en que fue decisivamente vapuleado por San Agustín, se detuvo en Rodas para escuchar las prédicas de Sinesio, que quiso ganarlo para una causa sin porvenir. Fausto escuchó las peticiones del angelófilo con deferencia senil, y aceptó fletar una pequeña y desmantelada embarcación que el apóstol abordó peligrosamente con todos sus discípulos, rumbo a una empresa continental. No se volvió a saber nada de ellos, después de que se alejaron de las costas de Rodas, en un día que presagiaba tempestad.
La herejía de Sinesio careció de renombre y se perdió en el horizonte cristiano sin estela aparente. Ni siquiera obtuvo el honor de ser condenada oficialmente en concilio, a pesar de que Eutiques7, abad de Constantinopla, presentó a los sinodales una extensa refutación, que nadie leyó, titulada Contra Sinesio.
Su frágil memoria ha naufragado en un mar de páginas: la Patrología griega de Paul Migne.
- Paul Migne: Eclesiástico francés (St. Flour de la Auvergne, 1800-1875). Conocidísimo autor-editor de la Biblioteca Universal del Clero destinada a difundir los mejores escritos referentes a la ilustración del clero. La Patrología griega (cuyo tomo LXVI está dedicado a Sinesio) constituye, junto con la Patrología latina, las dos series que componen los 161 tomos de la Patrologiae cursus completus, publicadas de 1857 a 1866. ↩︎
- Sinesio de Rodas: Filólogo y obispo de fines del siglo IV y principios del V. Natural de Cirene (África), descendiente de una familia griega de origen dorio. Personalidad compleja, formada en las doctrinas neoplatónicas. Plantea y analiza profundamente cuestiones de teología y filosofía. ↩︎
- Orígenes: teólogo y exégeta (Alejandría 183/186 – Tiro 252/254). Abrió el camino a todas las ciencias sagradas. La doctrina resultante de sus escritos, el origenismo, fue condenada posteriormente por la Iglesia. ↩︎
- Clemente de Alejandría: escritor eclesiástico griego (Atenas, 150 —entre 211 y 216). Es iniciador de la elaboración científica de la teología. Buen moralista, su intelectualismo le llevó a erigir el conocimiento (gnosis) en ideal del cristiano y afirma que el pecado nace de la ignorancia. Fue maestro de Orígenes. ↩︎
- Valentino el Gnóstico: de origen egipcio ( -161). Estudió en Alejandría y fijó su residencia en Roma (c. 140). En su doctrina se encuentran huellas de las teorías platónicas, imitaciones del paganismo, tradiciones judías, el dualismo persa y los dogmas cristianos mal asimilados o deformados. ↩︎
- Basílides: uno de los más célebres gnósticos. Vivió por los años 120-140 en Alejandría. Sus teorías se conocen por San Ireneo y San Hipólito. Basílides sostenía que los ángeles crearon 365 cielos y los ángeles del cielo más inferior crearon la tierra. El más elevado de los mismos es el Dios de los judíos. ↩︎
- Eutiques: Archimandrita de un monasterio cercano a Constantinopla. Después de haber combatido la herejía de Nestorio cayó en el error opuesto: afirmaba que tan sólo había en el Salvador una naturaleza, la divina. Fue condenado por el Concilio de Calcedonia (451). ↩︎

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