Los cuervos sacan de la tierra el maíz recién sembrado. También les gusta la milpita1 tierna, esas tres o cuatro hojitas que apenas van saliendo del suelo.
Pero a los cuervos es muy fácil espantarlos. Nunca andan más de tres o cuatro en todo el potrero2 y se echan de ver desde lejos. Hilario los distingue entre los surcos y les avienta una piedra con su honda. Cuando un cuervo vuela, los demás se van también gritando asustados.
Pero a las tuzas3 ¿quién las ve? Son del color de la tierra. A veces uno cree que es un terrón. Pero luego el terrón se mueve, se va corriendo, y cuando Hilario levanta la chispeta, la tuza está en lo más hondo de su agujero. Y las tuzas se lo tragan todo. Los granos de la semilla, la milpa chiquita y grande. Los jilotes4 y hasta las mazorcas. Dan guerra todo el año. Tienen dos bolsas, una a cada lado del pecho, y allí se meten todo lo que roban. A veces puede uno matarlas a piedrazos, porque se han metido un molcate5 en cada bolsa y apenas pueden caminar.
A las tuzas hay que estarse espiándolas enfrente de su agujero, con la escopeta bien cebadita. Al rato sacan la cabeza y parece que se ríen enseñando sus dos dientes largos y amarillos. Hay que pegarles el balazo en la mera cabeza para que queden bien muertas, sin moverse. Porque tuza que se mete a su agujero es tuza perdida. Y no porque no se muera, que eso lo mismo da, sino porque Hilario no podrá cortarle la cola.
Los tuceros ganan según las colas que le entregan al patrón cada noche. Antes las pagaban a diez centavos. Si se mataban cinco o seis la cosa parecía bien. Pero de allí hay que tomar lo de la pólvora, lo de la munición y los petardos. Y entre los tiros que se jierran6 y las tuzas que se van para adentro, pues hay que entregar cada noche diez o doce colas cuando menos. Cuando al tucero le va muy mal y no lleva ni una cola, el patrón le da veinticinco centavos por la cuervada.
—Le aseguro, don Pancho, que maté como una docena. Pero ayjo, hay unas reteduras7; por más que les desbarate la maceta8 todavía se me pelan.
—¿Cuántas colas te apunto, Layo?
—Fíjese don Pancho, que maté como doce. Ya mero me daban ganas de ponerme a escarbar para sacarlas…
—Pero colas, ¿cuántas trajiste?
—Pues cuatro nomás, don Pancho.
—Bueno, pues son cuarenta fierros, Hilario. ¿Te los apunto para el sábado o los quieres de una vez?
—Pues mejor démelos.
—Diez, veinte, treinta, cuarenta, Layo. A ver si mañana te va mejor. Jíncales el tejazo en la mera cabeza. Que pases buena noche.
Cuarenta centavos servían para mucho, cuando valía a diez centavos el decilitro de alcohol. Cuando uno se ha pasado todo el día en el rayo del sol matando una docena de tuzas para que le paguen nomás cuatro, dan ganas de echarse un trago, siquiera para no oír lo que diga la vieja. Porque si uno llega con cuarenta centavos, pues de todos modos hay pleito, y así, pues de una vez que costié9.
—A ver Tonino, échate uno de a quinto, pero cárgale la mano que ya me anda.
—Eipa Layo, ¿y luego yo aquí nomás viendo?
—En vez de uno que sean dos, Tonino. ¿Quiúbole Patricio, pues qué pasó contigo?
—Pues ái nomás dándole, Layo. ¿Cuántas te matastes ora?
—Me lleva… Maté como doce y casi todas se me pelaron.
—¿Y luego no les jincastes bien?
—No les jincastes… Y en la mera mazorca, pero tú ya sabes Patricio, las tuzas son más duras que los gatos. Oye, Tonino, tráenos otros dos, pero bien serviditos hombre, a éstos no les pusistes nada de mecha.
—No, Layo, la mera verdad tú eres rete tarugo. Yo también tú sabes que fui tucero con don Pancho y no sacaba ni para el nistamal10. Pero luego le hallé el modo de fregar11 al viejo…
—¿Y cómo le hicistes?
—Pues nada, que me iba al rancho de Espinosa, allá por el Camino del Agua. Allí es un hervidero de tuzas; mataba como veinte y luego se las cobraba a don Pancho como si fueran de su potrero.
—Ya ni la friegas.
—Fíjate que el viejo se ponía recontento. ¡Le daba un gusto! Ponía toda la ringlera de colitas sobre la mesa y me decía: «ya nos las estamos acabando a estas hijas de la sonaja. Dales duro, Patricio, tráeme el colerío aunque me dejes sin un quinto».
Sin un quinto, viejo méndigo… Mas que le llevara todas las tuzas, no digo las del rancho de Espinosa, sino todas las que hay en el llano, ni se le echaba de ver al viejo, aunque me las pagara a peso. Como quien le quita un pelo a un gato.
—Oye, Tonino, esto no emborracha nada. Tráete otros dos, pero que no te tiemble la mano, vale. Échale del que raspa o mejor nos vamos con el Guayabo.
—Aquí están, Layo, y son treinta de los seis tepaches12.
—Mira qué Tonino este tan desconfiado. ¿Pues quién te dijo que no te voy a pagar?
—Págame, págame y no estés alegando.
—Pos hay van cuarenta de una vez para que te traigas otros dos, nomás que no se te vaya a olvidar…
—Oye Layo, esto parece plática de cueteros13. Sácate los cigarros…
—¿Y luego pues, por qué dejastes tú lo de la tuceada?
—No, mano, pues el viejo supo de dónde venían las colas y me dio para la calle.
—¿Y cómo estuvo?
—Pues nada, que el tucero de Espinosa, que la llevaba bien conmigo, un día se enojó y dijo que dizque yo me estaba acabando las tuzas, que ya las tenía rete ariscas y que él no mataba ya casi ninguna. Y seguro se rajó, porque al otro día, bueno pues mejor ni te cuento. El viejo se puso negro y hasta quería meterme al bote.
—¿Y qué pasó?
—Pues fíjate que el que estaba sembrando lo de Espinosa le pagó a don Pancho las colas que yo le había vendido. Y ni tantito que dudo que don Pancho le cobró de más porque ese viejo jijo la tray desdoblada.
—Y ora ¿qué te haces?
—Pues le estoy dando a los adobes, mano, ni modo.
Y ésta sí que es una friega. Allí con don Tacho, arriba de la Reja… en las faldas del cerro…
—Bueno, pues yo creo que de todos modos vale más darle a los adobes. Allí cuando menos está el caramba lodo y no hay más que pegarle a dar. Mientras que las tuzas, esas hijas de la mañana hay días que no salen ni a mentadas.
—Pos si quieres darte una caladita, larga a don Pancho y vente mañana para la Reja. De allí se divisa la adobera…
—Pero si no sé hacer adobes.
—Pues le metes a la parigüela, que al cabo para cargar cualquiera sabe. O le das a la amasada, como quieras.
—Bueno, mañana nos vimos14, tempranito.
—¡Pues qué argüende15 es ése y qué hace aquí tanta gente, mama, que parece velorio!
—Válgame Dios, Layo, no digas eso. ¿Luego no estás oyendo llorar a la criatura?
—¿A poco ya nació?
—Cállate, que ésta se puso remala con un calenturón. No sea por doña Cleta que estuvo aquí todo el día, tú ni la habías alcanzado.
—¿Y qué fue?
—Pues muchachito, pero nació lastimadito del ombliguito.
—Pues que lo curen.
—Ya le pusieron tantita manteca con calecita y azúcar, que es rebuena para lo hinchado.
La mujer de Hilario está como la tierra seca, antes de que le llueva. No hace caso de nada. La criatura llora y llora. Doña Cleta dijo que más valía hablarle al doctor si para mañana sigue llorando. Por su parte, ya hizo ella lo que pudo. El niño nació también medio eclipsado de los ojos, parece que los tiene pegados. La madre de Hilario dice también que hay que llamar al doctor.
—Bueno, mama, pues mañana llévate la chispeta y empéñala con Tonino, bien te dará cinco pesos.
La mujer de Hilario entreabrió los ojos:
—¿La chispeta? ¿Y luego la tuceada, Layo?
—¡Qué tuceada ni que ojo de hacha! Eso se acabó. Ójala y que las tuzas y los cuervos le tragaran toda la labor a ese jijo de don Pancho. ¡Yo nomás dale y dale todo el día matando tuzas jolinas, que para que no se las paguen a uno lo mismo da que tengan cola o que no tengan!
—¿Y qué vamos a hacer entonces nosotros, Layo?
—Mañana le pego a los adobes con aquel Patricio, en la adobera de don Tacho, allá por la Reja.
—Pero si tú no sabes hacer adobes, Layo.
—Pues para meterle macizo a la parigüela, no se necesita saber, y tampoco para batir el lodal. Ni que fuera yo tan tarugo. Eso sí, hacer adobes no es lo mismo que estarse sentado en el sol espiando las tuzas. ¡Que se vayan a la tiznada las tuzas!
El agua que viene por el lado de las Peñas es tormenta segura. La que viene por el lado de Santa Catarina, bien puede no pegar. La de las Peñas no falla. El cerro de las Peñas está parado contra el cielo. Y el viento retacha las nubes por detrás, al otro lado del cerro, hasta que las nubes se amontonan y aparecen de pronto sobre las peñas, como una bocanada negra, dando maromas y tronando, a vuelta y vuelta sobre el pueblo.
La gente ya lo sabe, y cuando ve que el agua pega por el lado de las Peñas, pues es la corredera por todas partes. En un momento se pone a llover duro y tupido, como si las nubes se hicieran trizas y se les cayera el agua a chorros y chorros.
Bueno, la gente corre a guarecerse y ya está. Pero ¿y los adobes? ¿quién iba a ponerse a levantar los adobes, recién hechos y todavía aguados? Y van tres días que a eso de las cuatro de la tarde el agua viene derechito, como para no jerrarle, por el lado de las Peñas.
Y allá está la tormenta sobre la tendalada de adobes, desbaratándolos con sus chorros picudos. Los adobes quedan hechos torta y todo el asoleadero está como un lodazal.
—¡Pero con un tal, a quién jijos de la guayaba se le ocurre ponerse a hacer adobes en tiempo de aguas!
Layo se queda viendo aquello, meneando la cabeza. Le duele la espalda de tanto meterle a la parigüela. Los adobes ya no tienen forma de adobe. Parecen cuachas16 de vaca.
—¡Me lleva el tren, Patricio! Tú no me dijistes que también esto de los adobes tiene su jerradero17…
—Deja que venga don Tacho, a ver qué nos dice. Ya van tres días que el agua nos friega los adobes.
Don Tacho fue ya casi para meterse el sol.
—Bueno muchachos, la de malas. Más vale dejarle pendiente a esto de la adobeada, hasta que haya un veranito. Seguirle dando sería tentar a Dios de paciencia. Tres días que llueve seguido y que ustedes trabajan de en balde. Vayan a la tienda a la noche para darles su alguito, ya ven que apenas los adobes que estaban más oriaditos resistieron la mojada…
Hilario y Patricio se van sin decir nada, caminando calles y calles hasta llegar a la plaza.
—Bueno, Layo, pues esto salió de la patada. Hay que entrarle otra vez al llano.
—Pues el trabajo es hallar dónde, porque en todas partes está la gente cabal. Con don Pancho ni modo, porque la chispeta la tiene Tonino.
—¿Y le dijistes a don Pancho que la ibas a empeñar?
—Qué le iba a decir, ¿mira éste pues? Nomás me salí así nomás.
—¿Y cuánto te emprestó pues Tonino?
—Cinco pesos, fíjate nomás. Y se gastaron en el muchacho que ni se alivió ni deja de chillar desde que nació.
—Pues ya verás, Layo, cinco pesos es poco. Vámonos con Tonino a decirle que si daca unos dos ponches, para que no nos vaya a hacer daño la mojada, ya ves que estábamos bien calientes cuando empezó la llovedera.
Tonino se portó rete gente. No fueron dos ni tres los ponchecitos. Después de todo, este Patricio tiene muy buenas ocurrencias. Lo de las tuzas del rancho de Espinosa y otras cosas todavía más curiosas. Lo cierto es que a cada rato se lo llevan a la cárcel. Y luego tiene que ponerse a hacer adobes, para componerse. Porque con los adobes no hay modo de hacer trampa. Escarbar, batir bien el lodo para que no le queden terrones. Acarrearlo en la parigüela, y eso es todo. Luego, claro, hay que saber moldear. Remojar bien la adobera para que el adobe no se pegue. Luego echarle lodo hasta la mitad. Su puño de ocochal18 para que amarre bonito, y luego se copetea bien la adobera para que apriete. Y ya nomás viene el rasador, y está listo el adobe.
Cuando Hilario y Patricio fueron a la tienda de don Tacho, hizo bien en no quererles pagar.
—Vengan mañana muchachos, y aquí se la curan. Ora ya estuvo bueno de emborrachada. Más vale, mejor váyanse a dormir.
—Ora sí hay velorio, Layo. ¡Uy, qué borracho vienes, hijo! ¿qué te está pasando pues? Fíjate, apenas si doña Cleta alcanzó a vaciarle el agua al angelito, así nomás, para que no se fuera a ir al limbo.
Allí estaba el niño sobre una mesita, entre cempasúchiles y clavellinas, con un vestidito de papel de china y una crucecita de oropel en la frente.
La mujer de Hilario estaba hecha mono en un rincón. No se sabía si lloraba. Unas mujeres iban y venían a traerle más flores al angelito. Hilario, cansado y bien borracho, se tiró en el suelo y al ratito ya estaba roncando.
Las velitas de sebo se apagaron a media noche. Entonces la mujer de Hilario se puso a llorar muy recio en su rincón. No tanto por el niño, que ya se lo había llevado Dios, sino porque no había más luces para velarlo y le daba pena su angelito, allí en aquella oscuridad.
Don Tacho supo lo del niño y le dio a Hilario dos pesos de más para que comprara el cajón. Hilario compró un cajoncito azul, así de chiquito, como una caja de zapatos. Estaba adornado con piedritas de hormiguero y tenía un angelito de hojalata, con las alas abiertas, encima de la tapadera.
Hilario se fue al panteón, en la tarde, con la cajita bajo el brazo. Allá se peleó con el camposantero, porque hizo un pozo muy bajito, como de medio metro. Hilario tomó la barra y se estuvo escarbando hasta que se metió el sol.
Era el tiempo en que todo costaba más barato, cuando los peones ganaban sesenta centavos en las labores y cuando se pagaban a diez las colas de tuza. Al muchacho que andaba de cuervero le daban veinticinco centavos porque los espantara todo el día con su honda.
El niño de Hilario nació y se murió en la temporada de siembra. Cuando los cuervos van volando sobre los potreros y buscan entre los surcos las milpitas tiernas, que acaban de salir de la tierra y que brillan como estrellitas verdes.
- Milpita: milpa: sementera o plantación de maíz; maizal. ↩︎
- Potrero: terreno acotado y destinado al sostenimiento de ganados, especialmente de engorde. ↩︎
- Tuza: roedor de México, muy conocido; especie de rata que construye habitaciones subterráneas en las galerías, con las raíces que roe, por lo cual es sumamente nocivo a la agricultura. ↩︎
- Julote: cabellitos de la mazorca de maíz tierno, en México. ↩︎
- Molacate: mazorca pequeña del maíz, que no alcanza completo desarrollo. ↩︎
- Jierran: yerran, fallan el tiro. Probablemente es una forma vulgar derivada de yerro. ↩︎
- Reteduras: rete: partícula inseparable de ponderación mayor que re; un tanto menor que réquete o requete. De uso antiguo en el castellano. ↩︎
- Maceta: En sentido figurado, la cabeza. ↩︎
- Costié: costee. ↩︎
- Nistamal: nixtamal: maíz con el cual se hacen las tortillas, cocido en forma y punto convenientes, con agua de cal o de ceniza, para hacerle soltar el ollejo. ↩︎
- Fregar: fastidiar, molestar. ↩︎
- Tapache: En México, bebida de pina, azúcar negra y agua, de fermentación variable. Originalmente se preparaba con maíz. ↩︎
- Cuatero: pronunciación vulgar por cohetero. ↩︎
- Vimos: vemos. ↩︎
- Argüende: chisme, enredo. ↩︎
- Cuacha: vulgarmente, en el noroeste del país, excremento de gallina. ↩︎
- Jerradero: herradero: acción y efecto de marcar o señalar con el hierro los ganados. ↩︎
- Ocochal: ocoxal (pron. ocoshal; del azt. octl, ocote, y xalli, arena). Capa de hojarasca seca y basura que se forma al pie de los ocotes, en los bosques. ↩︎

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