Fuimos a ver aquella película, Verano 1993, y, cuando salimos del cine Verdi, decidimos cenar en el Ugarit, el sirio al que siempre íbamos para tomarnos un pollo aderezado con limón, perejil y ajo llamado xix tawuk y una copa de vino blanco que la camarera solía llenar hasta el borde. Aquel día, mi chico y yo hablábamos de la película. De las dos niñas, Frida y Anna, pero sobre todo de Frida, con sus rizos y esa mirada a medio camino entre la perplejidad y la inquietud. Frida, que me había recordado tanto a mí. Cuando terminó la película y en la sala se encendieron las luces, mi chico me vio pensativa y me preguntó qué me pasaba. Me encogí de hombros. Volvió a hacerlo cuando ya habíamos empezado a comer el xix tawuk y entonces yo le dije la verdad, que me recordaba mucho a mi infancia, que Frida me recordaba mucho a mí.
—Pero si tus padres no se han muerto —dijo extrañado.
—Ya lo sé. Pero es otra cosa. Es ese no saber si tengo un lugar.
Asintió, pero él no sabía. Cómo iba a saber, si yo no se lo había contado.
El chico y yo teníamos un cactus. Lo robamos —robé, mejor dicho— en un hotel de Carcassonne en un invierno frío, el primero que pasamos juntos. Ni siquiera éramos pareja todavía y ese fin de semana fue la primera vez que dormí a su lado. Y pude hacerlo. Dormir, estar tranquila. Algo que no me ocurre con demasiada facilidad porque a mí los hombres me cuestan: me cuesta verlos a mi lado y no sentir miedo. A que se vayan, a que se queden. Quién sabe en qué dirección se agazapa el miedo.
El de Carcassonne era un hotel presuntuoso pero bonito, y en el baño de la habitación, en una esquina, casi olvidada, estaba la maceta fucsia con el cactus. Era una maceta un poco grande para estar en el suelo de un baño, pero su color, increíblemente vívido, llamaba la atención. Al marcharnos del hotel me la llevé. Más por la maceta que por el cactus. Y de vuelta hacia Barcelona, ya en el coche, paramos a comprar muebles para la casa del chico, que terminó siendo la mía, pero entonces aún no lo sabía. Cuando conseguimos abatir los asientos y meter la mesa de madera, aquel reloj que luego acabamos guardando en el altillo y la alfombra «de colorines», como la llamaba él, le dije que había robado una maceta fucsia que hacía juego con la alfombra. Rio al ver el cactus escondido en el maletero bajo mi abrigo negro.
La película habla sobre lo que es ser una familia, sobre lo que significa pertenecer a un lugar. Cuenta la historia de Frida que, huérfana de madre y padre, es adoptada por sus tíos, que ya tienen una hija, Anna, un par de años más pequeña que ella. En la película, hay una escena muy tierna, de una gran delicadeza: un buen día, Frida toma la decisión de huir, de irse a su casa porque considera que ahí, en ese nuevo hogar, nadie la quiere. Así se lo comunica a su prima Anna que, perpleja, trata de convencerla de que sí, de que claro que la quieren. Pero la decisión de Frida es irrevocable y se marcha a su casa. Pero esa es una palabra extraña porque a estas alturas de la película, el espectador y Frida saben que ella no tiene otra casa. Así que cae la noche y con su maletita a cuestas, Frida se va. Su prima la sigue hasta la puerta y le ruega de nuevo que no lo haga. Pero Frida, convencida, inconmovible, armada de su pequeña linterna, echa a andar. La placidez del cielo estrellado de verano no mitiga su sobresalto cuando el perro del vecino, atado a una cadena, empieza a ladrar y parece que vaya a salir tras ella. Sigue aún unos metros más por el camino que lleva al pueblo hasta verse deslumbrada por los coches que la adelantan veloces. Entonces, asustada, da media vuelta. Sus tíos, desesperados, están buscándola por todos los rincones de casa y sorprendidos, la ven regresar. Rauda y expeditiva, traspasa el umbral y anuncia: «Ya me iré mañana. Ahora está demasiado oscuro».
Dos semanas después de aquel día en los Verdi, el chico y yo nos separamos. Cogí lo que me cabía en mi maleta roja de los viajes y me prometí volver pronto a por todo lo demás. Impotente, él me observaba llorar a mí, que era la que se marchaba y, por tanto, la que no tenía que estar llorando.
Nadie se creerá que a los pocos días de irme nuestro cactus murió. Es cierto que a lo largo de los meses anteriores había empezado a adelgazar y se había torcido, incómodo, en su maceta fucsia. Como si las raíces no lo sujetaran tan firmemente o la tierra se hubiera agrietado. En realidad, el cactus adelgazó como si se preparara para desaparecer. ¿Cómo contar que un día se desplomó? ¿Que se fusionó con la arena?
Entonces el chico me mandó una foto y escribió: «De la tristeza de que no estés».
Y en casa de mi madre, rodeada de mis peluches de infancia, esa rana cuya boca era una cremallera, los libros mal apilados que ya no cabían en la habitación, lloré. Sin comprender por qué estaba ahí ni por qué las cosas se me atravesaban siempre de aquella manera. De casa en casa. Con mi ropa siempre en varios sitios. Disimulando. Como si no existiera aquella otra persona huérfana dentro de mí. Pensaba: hay una parte donde nunca nos abrazan. Y pensaba también en Frida, en que a lo largo de la película casi nunca llora. Creo que es porque no sabe.
Al cabo de un mes, mi madre me acompañó a mi antigua casa para hacer la mudanza. Trajimos maletas y bolsas de Ikea.
—Dónde vamos a meter todo esto, a ver. Es que, hija, acumulas, siempre te lo digo: acumulas —me iba diciendo mientras a toda prisa, como si estuviéramos huyendo de algún desastre nuclear, llenaba bolsas, estuches y maletas como si rellenara un pavo navideño: hasta reventar—. Y lo que tampoco entiendo es que hayas podido vivir aquí con este calorazo. Oye, y el champú ese cógelo. Las sábanas con los bordados os las compré yo para Navidades.
Cuando ya estábamos yéndonos vi, de repente, cómo antes de cerrar la puerta, en un arrebato, mi madre cogía aquella maceta fucsia que había contenido un cactus un poco pequeño para su dimensión.
—¡Mamá!
Al salir del portal un vecino me saludó entre maletas, bolsas de Ikea y la maceta.
—Así que de vacaciones, ¿eh?
Ya en la calle mi madre me dijo que menudo imbécil, que desde cuándo la gente se llevaba las macetas de vacaciones.
Cuando llegamos a su casa, la mía a partir de ese día, el marido de mi madre cocinaba albóndigas y me llamó desde la cocina para que viera tamaña proeza.
—Vaya, desde hoy creo en la evolución de la especie —dije queriendo sonar divertida. Pero me fui hacia el fondo, hacia mi habitación, con mis bolsas rellenas como pavos, las lágrimas que se me caían otra vez y la voz de mi madre que se quejaba porque había que rebozar las albóndigas en harina antes de freírlas en la sartén y lo que estaba haciendo su marido era un auténtico desastre.
Era el verano de 2017 y yo tenía treinta y tres años. Me había pasado los últimos tres dividida entre dos casas porque me perdía con los lugares y las personas. O no tenía ninguno o tenía muchos. Que era lo mismo. Vivía con el chico del cactus y me levantaba y él me cubría de besos y yo a él. Nos divertíamos mucho. Reíamos siempre. Por cualquier cosa. Y, sin embargo, yo sentía una punzada en el pecho. Como si me habitara una enfermedad que fuera creciendo y adueñándose de todo de lo que yo no era dueña.
Nunca podré querer a nadie como él me quiso a mí, ahora lo sé. Y a pesar de eso, me fui.
A Frida lo que le pasa es que está un poco rota por dentro. Se ha quedado sin padres y sus tíos la quieren mucho, pero ella no sabe cómo hacerlo. Cómo devolverles ese amor sin sentirse un fraude. A Frida quise contarle que un día vi cómo una mujer abofeteaba a su hijo en el mercado. Le dejó los dedos rojos marcados en la mejilla, pero el niño no se inmutó. Cuando me fui del mercado continué pensando en el niño y en la de veces que debían de haberle cruzado la cara para que lo aceptara con ese estoicismo. Es fácil acostumbrarse al dolor. Frida, por ejemplo, solo llora una vez y es al final de la película. Supongo que descubre que tiene una oportunidad. La quieren así, aunque esté rota.
Frida no se da cuenta, pero lo que ocurre en esa escena en la que desanda el camino, muerta de miedo por los perros y la oscuridad, es que decide volver.
En el verano de 2017 decidí quedarme en Barcelona porque no sabía qué otra cosa podía hacer. Y día tras día cruzaba la ciudad desolada de agosto en un autobús, el 33, que la recorre de punta a punta. Me dejaron un despacho para escribir y me pasaba sola todo el día y, cuando terminaba de comer, estaba tan cansada que bajaba al sofá de la planta baja y me quedaba dormida a pesar del miedo a que alguien pudiera entrar. En el verano de 2017 terminé una novela, trescientas páginas que se resumían en una frase que me costó cinco años escribir y en la que nadie reparó porque era una frase aparentemente anodina. Eran dos palabras, catorce letras que, ya hacia el fin de la novela, alguien le decía a la protagonista.
«Entonces vuelve»: aquellas eran las palabras. Nada más complejo que eso. Una vez pude observar la frase, afilada sobre el blanco luminoso de la pantalla, comprendí por fin el dibujo escondido y lo injusto de que a veces nos esté inexplicablemente velado el significado de nuestras propias existencias. Dos palabras, catorce letras que yo había tardado no cinco años, sino incluso toda la vida en juntar.
Fue un verano caluroso, treinta y siete grados en el exterior, y, a veces, lo que ocurría cuando estaba en aquel despacho era que pensaba en la vida que había dejado. En no tener casa, o tener tantas, en haberme ido cuando estaba oscuro y haberme detenido en medio de la nada. Con los perros que ladraban y los coches que, veloces, me adelantaban también a mí. Era esa sensación de no pertenecer, de no llegar nunca a los lugares o a las personas. Y así, un día terminé por fin lo que sería mi primera novela y la convertí también en una urna sagrada de las cosas que ya no tendrían otra vida, porque sospecho que la literatura existe también para que sobreviva lo que ya está muerto.
A Frida creo que lo que le ocurre es que se piensa que todos van a abandonarla y por eso decide marcharse. O no. Quizás lo que le ocurre es que tiene miedo de no saber corresponder a los que le dan una casa, a los que la quieren. Así, dinamita lo que tiene para escoger ella su camino. Para que la dejen de querer cuando ella decida. Por eso, al final de la película, llora por única vez: porque entiende que no van a hacerlo. Porque puede intentar irse de casa, estar enfadada, gritar, abandonarlos en medio de la noche. Pero no, no lo harán. No se irán. Es aterrador saber que puedes volver, que te quieren de esa manera, incondicionalmente.

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