El doctor Freiré se arrodilló en reverente silencio sobre la almohada de musgo, como si aquel peñascal fuese un altar, y una pila sagrada la fuente donde empozaba el agua. De camino hacia aquel lugar, y de la mano de Fina, sentía un antiguo placer de oboe y arpa que amansaba el apremiante reloj de su vida de especialista en trasplante de corazón. Pero hoy el ritual tenía un valor añadido.
—Aquí es donde nace —dijo en inglés, girando hacia sus invitados.
Su rostro resplandecía de orgullo, como si fuese el destinatario de una confidencia bíblica. Aquel fragmento del Génesis era de su propiedad. El agua burbujeaba en el lecho arenoso, entre hilas de hierba y centelleos de mica, y fluía por sus venas de hombre antes de descender entre alisos. En aquel instante era su corazón el que bombeaba el riachuelo hacia el valle de Amoril.
El doctor Freiré admiraba al doctor Kimball. En cierta manera, aquella invitación era una ofrenda de gratitud. Acababa de conocerlo en persona, en un congreso médico que los había reunido en Santiago de Compostela. Pero durante años había leído todos sus libros, todos sus informes, y estaba al corriente de sus experiencias pioneras en la sustitución en los trasplantes de órganos vivos por equivalentes sintéticos. Gran parte de su saber médico lo había tomado prestado de aquel hombre que trabajaba al otro lado del océano. Muchas de sus dudas habían encontrado solución en la terminal informática, gracias a ideas aportadas desde la lejanía por alguien con quien hoy compartía el chac chac tsuit chac de la tarabilla, esa inquieta pregunta que queda suspensa en el anochecer. El doctor Kimball era una eminencia en su campo, un hombre de prestigio internacional, y al doctor Freiré le parecía un milagro verlo allí, ahora reclinado él también sobre la pila, con los ojos muy abiertos, como un monje budista que interpreta el pestañear silencioso de las burbujas.
Cuando el médico norteamericano y su esposa Ellen acogieron con simpatía la propuesta de pasar el fin de semana en su pazo de Amoril, antes de regresar a Houston, el doctor Freiré sintió una mezcla de sorpresa y halago. Al darle la noticia a Fina ya sentía el efecto excitante del licor de la vanidad, una reacción que saborearon juntos al tratar de los preparativos, y lo hacían sin disimular el uno con el otro, porque les parecía que la ocasión merecía un disfrute abierto y goloso, como si fuese una fortuna traída por el azar. Así, él pensaba ya en el impacto entre colegas de un preámbulo del tipo: «Tal como me dijo el doctor Kimball en mi casa de Amoril…». Y ella, Fina, aunque más con los pies en la tierra, sumergida ya en las preocupaciones de anfitriona, se precipitó a realizar unas selectas llamadas telefónicas que calculaba tendrían un efecto semejante a una nota de sociedad en el periódico El Correo Gallego.
Así que allí estaba el famoso doctor Kimball, sentado ahora ante la lareira1, con un vaso con dos dedos de whisky, mientras Freiré colocaba en hábil pirámide la leña y encendía fuego con la solemnidad de quien presenta un número de magia. Al otro lado de la sala Fina buscaba palabras en su balbuceante inglés para explicarle a Ellen que el cuadro que miraban representaba el mundo como una mascarada de carnaval, like a carnaval, y que su autor, Laxeiro, era el más cotizado del país.
Fue ella, Fina, quien encendió las luces, como inducida por la observación de Ellen ante el cuadro.
—Es muy hermoso… y también muy extraño.
Sí, pensó Fina, es un carnaval misterioso y oscuro. En realidad, nunca le había gustado aquel cuadro. Tenía algo de inquietante y deforme que le resultaba molesto. Preferiría una cosa con más color y placentera. Un paisaje como los que se pintaban antes. Algo bonito de verdad, con las cosas en su sitio, donde los campos fueran verdes, los tejados rojos y el cielo azul. Pero aquel era un cuadro de valor. Todo el mundo que entendía de pintura se lo decía. Un valor que, aseguraban los entendidos, se multiplicaría en el futuro, cuando el autor fuese uno de esos difuntos que parrandeaban en el lienzo.
La oscuridad venía también de fuera. La noche invernal había caído de repente y enlutaba los cristales de las ventanas. Cuando Fina encendió las lámparas, su marido se volvió, contrariado, desde la lareira.
—¡No, mujer, espera un poco!
La magia del fuego de la lareira, a diferencia de las chimeneas encajonadas, radica precisamente en el temblor de llamas y sombras que extiende por toda la casa. La lareira tiene los laterales abiertos. Es como un cine en tres dimensiones. El doctor Kimball seguía las explicaciones con gesto interesado y asintió sonriente.
Fina hizo caso y se acercó con Ellen a donde crepitaba la naciente hoguera. Después, mientras los dos médicos filosofaban acerca del fuego y el ser humano, se acordó de la cena y se dirigió a la cocina. No le gustaba la oscuridad. Su marido sabía que a ella no le gustaba la oscuridad, pero hoy había que dejarlo, igual que a un niño feliz que le enseña a otro sus juguetes. Miró por la ventana del pasillo. No se distinguía nada. Abrió la puerta y, ante la luz, respiró con el alivio de quien se desprende de unas garras en la espalda. Allí, en la cocina, remangada y con las mejillas coloradas por los vapores, trajinaba Reme.
—¡Qué bien huele!
—Va a ser un cocido como Dios manda, señora. Los grelos han llegado directos de la huerta. ¡Aún traían las estrellas de la escarcha!
—Diego quería ofrecerles una cosa típica.
—Eso está bien. ¡Nada mejor que las cosas de la tierra!
Había sido un hallazgo, lo de Reme. Era una mujer servicial y, al mismo tiempo, simpática y espontánea. Ella y su marido hacían de caseros, mantenían el pazo limpio y habitado y se brindaban para todo tipo de trabajos. Ella era una buena cocinera y el marido, Andrés, también llamado O’Courel, además de jardinero y hortelano, se daba maña con muchos oficios; igual arreglaba una cerradura que retejaba por donde había humedades. Además, era muy buen conversador. Él no era de Amoril. Había nacido en la montaña y había estado emigrado en Barcelona. A veces los dejaba con la boca abierta, al adornar una historia con dichos en latín o sabidurías sorprendentes. Por ejemplo, cada árbol frutal tenía su propia mosca. Había la mosca del manzano, del melocotonero, del peral… Y cada animal tenía también la suya. Eran muy distintas las moscas que rondaban a la vaca de las que revoloteaban alrededor de un burro. Al recordar esto, Fina sonrió y Reme se animó aún más con la faena viéndola a ella satisfecha.
—También tengo lista la salsa de las almejas, señora. La cebollita muy picada, y un casi nada de pimienta blanca.
—Seguro que está riquísima, Reme.
Andaban alrededor de los cincuenta. No tenían hijos. Cuando hablaba de eso, Reme se entristecía.
—Tienen que animarse ustedes. Nosotros ya… Pero ustedes aún son jóvenes, y no les va a faltar con que criarlos. Si yo pudiese, tendría una docena.
Pero no era de hijos de lo que hablaban ahora, sino de la hora apropiada para poner la mesa y causar la mejor impresión a los huéspedes.
Se escuchó un trueno, y la lámpara del tubo fluorescente de la cocina pestañeó y emitió un zumbido de insecto. Pero se mantuvo encendida. Las dos mujeres cruzaron sus miradas. Reme se persignó.
—¡Vaya por Dios! Se avecina una buena tormenta.
Fina volvió a la sala. Esta vez fue derecha a la llave de la luz y encendió las lámparas sin preocuparse de la reacción de su marido. Pero el doctor Freiré no hizo ningún comentario. Dijo: «¿Has oído, Fina? Los ratones andan por el desván». De inmediato, tradujo literalmente la frase al inglés. El doctor Kimball hizo un gesto de entender el significado. Los ratones. Los truenos. Rieron.
Ellen contó que ella, de niña, al contrario que sus hermanos, no tenía miedo a las tormentas. Sus padres tenían una casa de recreo al norte de la costa Este, cerca de Canadá, y a veces el cielo parecía quebrarse como bolas de Navidad en manos de críos revoltosos. Por la noche, despertaba e iba a mirar por la ventana. Los relámpagos, decía, eran un espectáculo fascinante. Una fiesta de la naturaleza. Pero ahora no, confesó. A medida que pasaban los años, iba sintiendo más respeto y temor.
El doctor Kimball la miró con irónico arrobo: «Puedes estar tranquila. Te protegeré siempre. Yo seré tú pararrayos».
Las sonrisas quedaron petrificadas en la sombra como viñetas de un tebeo. Cayó un rayo que retumbó como un látigo restallante en el tejado del pazo. Transcurrió un instante de silenciosa conmoción, hasta que alguien comentó que se había ido la luz. De inmediato, se escuchó la voz de Reme que salía a tientas de la cocina e invocaba a los santos del cielo. Por fin, se orientó gracias al fuego de la lareira. Cuando llegó a donde ellos estaban, aún tenía el rostro congestionado.
—¡Fue terrible! Centellearon las cacerolas delante de mí. ¡Cosa del diablo!
—Tranquila, Reme, siéntate un poco —dijo Fina.
—Se fundirían los plomos. Por ahí debe de andar mi Andrés.
Los truenos se habían ido alejando y llegó el agua. Una lluvia desmedida que hizo cantar a los canalones del tejado y que repicaba con un punto de cólera en los cristales. La luz no volvía, y tampoco se tenían noticias del esperado Andrés. Aquella situación los acercó más al fuego, que se iba agrandando, atizado por ojos y pensamientos. De repente, Fina brincó levemente en el sofá y miró asustada hacia el ventanal de la sala.
—¡Ah, ahí está Andrés! —dijo Reme con voz tranquila.
—¡Santo cielo, qué susto me acabo de llevar! —reconoció Fina, en tono avergonzado.
No lo quiso confesar, pero por un instante había visto en aquel encapuchado que balanceaba un candil una figura que el relámpago hubiese expulsado del cuadro de Laxeiro.
—¡Buenas noches nos de Dios!
Andrés saludó con aire viril y con irónica solemnidad cuando le abrieron la puerta. Era un hombre corpulento y tan tranquilo en sus movimientos que parecía torpe. Levantó el candil a la altura de la cabeza, e hizo una ligera inclinación de frente, a la vieja usanza, dirigida a los desconocidos. La improvisada capucha hecha uniendo las puntas de un saco de tela, las cejas espesas, los ojos escrutadores, el bigote rojizo y denso, le daban un aire de cazador boreal. Se desprendió del cobertor, que venía empapado, y pidió permiso para entrar en la sala. Dejó ceremonioso el candil en la repisa de la campana de la reira.
—¡Sí, señor! Una reliquia. Pero ya ven qué útil resulta en caso de apuro. ¡El viejo candil! ¡Sí, señor!
—Andrés, ¿y qué pasa con la luz? —lo apremió Reme.
—Pues parece una cosa seria.
—¿Cómo que seria? —preguntó inquieto el doctor Freiré.
—Pues bien, creo que es de la línea. O del transformador. De los fusibles no es. De eso estoy seguro.
—¿Y cuánto tardarán en arreglarlo? —preguntó Fina con tono de impaciencia.
—¡Huy! Con el agua que está cayendo…
Andrés sabía que era el centro de atención, como si en sus palabras estuviese la clave para el retorno de la luz. Podría responder «unas horas» o «dos o tres días». O las dos cosas. Miró al doctor Kimball. Un duende divertido le hizo decir: «Con estos de la Compañía nunca se sabe. A lo mejor, dos o tres días».
—Pero ¿qué dices? —saltó Reme, intentando corregir a su marido como si hubiese dicho una calumnia.
—La última vez tardaron más.
—No digas tonterías, hombre.
—Yo digo las cosas como son. Esto es el culo del mundo, dispensando.
Miró para su mujer. En un ojo había súplica. El otro lo estaba fulminando.
—Lo más seguro es que lo arreglen esta noche —dijo sonriente, como si estuviese poniendo final a una broma—. Cuando escampe un poco me acercaré al pueblo, a ver qué pasa.
Todos respiraron con alivio.
—¿Saben? Andrés es adivino —dijo de repente el anfitrión a la pareja extranjera—. ¿Traes las cartas?
—Las llevo siempre en el bolsillo —respondió el hortelano, dándose una palmada a la altura del corazón.
—¿Por qué no se las echas a ellos? —dijo el doctor Freiré, satisfecho de poder presentar un número realmente original a sus huéspedes.
—¡Ay, no, señor! —exclamó Reme.
—¿Y por qué no? ¿Qué hay de malo? —insistió el dueño de la casa.
—No, nada —dijo ella resignada—. Yo vuelvo a la cocina, que ya se han ido los truenos.
—¿De verdad adivina el futuro? —preguntó el doctor Kimball en tono divertido.
—Es increíble —dijo Freiré—. Siempre acierta. Venga, Andrés. Adelante.
El jardinero sacó una baraja del bolsillo de la camisa y se acomodó ante la mesa baja de la sala. A su lado estaba el doctor Freiré. Enfrente, los invitados, Kimball y Ellen, expectantes. De pie, fumando un cigarrillo y apoyada en la columna de la lareira, Fina.
—Bien —dijo Andrés con el tono solemne de quien inicia una ceremonia—. Esta forma de echarlas se llama de Siete en Cruz. Primero se cortan así, siete veces con la mano izquierda. Ahora se colocan así, en cruz, boca abajo.
Una vez colocadas las cartas, Andrés respiró hondo y frotó las manos con calma, sin levantar la mirada. Sólo se escuchaba el fuego, disparando de vez en cuando la pirotecnia de las chispas. Luego, con un gesto pausado de clérigo, Andrés levantó la carta del centro. Un tres de bastos cabeza abajo.
El adivino quedó pensativo por un instante. Miró imperceptiblemente para el lado del doctor Freiré. Luego recogió las cartas.
—¿Qué pasa? —preguntó el anfitrión.
—Nada. Las voy a echar de otra forma.
—Va a hacerlo de otra manera —dijo sonriente el doctor Freiré a sus invitados. Estos asintieron.
Esta vez sin explicar nada, Andrés colocó doce cartas en círculo y una en el centro.
Levantó la del medio. Un tres de bastos con la cabeza hacia abajo.
Todos reaccionaron con nerviosas carcajadas. El doctor Kimball preguntó algo en inglés y su colega lo tradujo.
—¿Algo malo, Andrés?
—No, no, pero voy a probar de otra manera.
—¡Atención! —proclamó con voz teatral el doctor Freire—. ¡Tercer intento!
Andrés barajó repetidamente. Ahora colocó nueve cartas, en filas de tres, formando un cuadrado. Levantó la central, la del medio de la segunda fila.
Un tres de bastos con la cabeza hacia abajo.
Las nuevas risas, acobardadas, eran lo más parecido a un gesto de inquietud. Todos miraron al cartomántico esperando una interpretación.
Andrés se volvió hacia el doctor Freiré y dijo en voz baja, intentando aparentar normalidad: «Me parece que es mejor seguir otro día, señor».
—¿Por qué no levantas más cartas?
—Esta carta es muy mala señal. Créame, es mejor dejarlo.
El doctor Freiré miró a la pareja y sonrió.
—Dice que ustedes serán muy felices. Que da siempre el mismo resultado.
El doctor Kimball cogió la mano de Ellen y pidió al anfitrión que le comunicara al adivino su agradecimiento.
—Bien, voy a ver si arreglan o no lo de la luz —dijo Andrés levantándose—. Parece que ya no llueve tanto.
Fina lo siguió camino de la puerta. Cuando ya asomaba fuera, ella lo agarró por un brazo.
—¿Qué pasaba con las cartas, Andrés?
—Nada, señora. Nada.
—¿Era algo malo?
—Muy malo, señora.
Ella quedó fastidiada. Cuando el jardinero era ya una medio sombra en la noche, Fina le gritó.
—¿Lo nuestro era cierto?
—¿Lo qué?
—Lo que nos dijiste el otro día.
—Lo suyo va a misa, señora. Ustedes serán muy felices. Y tendrán un hijo muy pronto.
«Sí, tendrán un hijo. El hijo que nosotros nunca tendremos», murmuró el hombre en la oscuridad, pisando duro en el suelo enfangado.
- Piedra o piedras que forman la cocina rústica. Se encuentran un poco elevadas sobre el nivel del suelo y sobre ellas se enciende el fuego. Normalmente están cubiertas a una cierta altura por una campana de piedra. (N. de la T.) ↩︎

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