No importa qué estés haciendo, las malas noticias te pillan siempre a trasmano. Si estás en una película o en un relato de Carver, sonará el teléfono en medio de la quietud de la noche. Pero yo estaba en la cocina, eran las dos del mediodía, y la noticia me pilló poniendo el agua a hervir para cocer unos tirabeques.
Los había comprado el lunes al salir del hospital, de camino a casa, porque aquellos días de finales de marzo me sorprendía a mí misma comprando cosas extrañas con las que luego imaginaba qué podía hacer. —«¿Te gusta la verdura?», me dijo la frutera, y le respondí que sí, porque me temo que soy de esas personas a las que es fácil ya no engañar, pero sí llevarse al terreno de uno—. Pero decía que las noticias malas te pillan a trasmano porque fue entonces, el sábado, después de decidir in extremis que me encargaría por fin de los tirabeques, que me miraban entristecidos desde su balda de la nevera, cuando me pareció escuchar la vibración del teléfono.
De fondo, en el pequeño altavoz de color morado sonaba una canción llamada «Rose Petals». Fuera hacía sol y de la calle procedía el sonido del saxo que tocaba el vecino de abajo. Continuamente intentaba averiguar de qué canción se trataba. El estribillo me recordaba a una balada conocida, quizás de Bryan Ferry, de alguna mítica película de los ochenta en la que los personajes llevan hombreras y el pelo cardado, pero, cuando estaba a punto de averiguarlo y de exclamar «vale, es esta», mi vecino se equivocaba y volvía a empezar. Fue entonces cuando recibí una llamada.
Hay que usar los tiempos verbales con cuidado, Anne Sexton advertía con razón que «Las palabras y los huevos deben ser tratados con cuidado. Una vez rotos, son cosas imposibles de reparar». Pasa con los tiempos verbales y con la vida, que cuando se resquebrajan ya no hay nada que hacer.
Así que voy a empezar diciendo que ella era la más pequeña del lugar. El segundo día en que estuvo ingresada, después de que diera negativo por aquella tos y la operación del fémur hubiera ido bien, se me acercó un enfermero sonriente y me dijo: «Nunca he visto a una señora tan entrañable como tu abuela. Nos tiene a todos enamorados. Esos ojos. Y es tan pequeña». Entonces entramos en su habitación y ella nos miró, recostada como estaba en la cama del hospital, recién operada, con cánulas por las que le entraba el oxígeno, y puso los ojos en blanco porque sabía exactamente qué venía a decirle aquel enfermero tan simpático: «Le decía a su nieta la abuela tan guapa que tiene», y ella sonrió, claro, pero cuando el chico se fue, se apartó un poco las cánulas, como si fueran unas gafas de ver de quita y pon, y dijo: «Esto de hacerse viejo no hay quien lo aguante. Cuando me dicen que soy guapa les digo: “¡Anda ya!”». Le ajusté las cánulas y le dije que hiciera el favor de no hablar tanto. Y se rio.
Mi abuela se llamaba Elisa, Lisa la llamaba mi abuelo, y nosotros, mi hermano y yo, habíamos inventado tantos nombres y diminutivos a lo largo de los años que a la pobre la teníamos frita. Pero un alto aquí, porque los obituarios son un fastidio. Dicen cosas como «su gran pasión fue», «era reconocida por», «su compromiso a lo largo del tiempo con», «su amantísimo esposo que». A mi abuela le aburrían soberanamente las convenciones, decía lo que le parecía —sobre todo en los funerales, que detestaba— y aborrecía dos cosas más: la leche y el pelo de gato. Con respecto a la leche, a pesar de que ella insistiera en aquella historia de las gachas sin leche, siempre tuve mis dudas. Sé que si era solo un poquito, o si era en forma de queso Cerrato, se la tomaba. De manera que se trataba más de una manía infantil que de otra cosa. Pero con el pelo de gato…, aquello sí era dramático. Pobre de ti si se te ocurría acercarte con un anorak de capucha peluda.
Contaba siempre esa vieja anécdota, ella de niña, deseando más que cualquier otra cosa poder formar parte del coro de su colegio. Y las monjas negándoselo, ya no porque desafinara, sino porque sus grititos desacompasados debían de desconcertar a más de una de sus compañeras. Con el tiempo lo que ocurrió es que llegaron a un acuerdo y se convirtió en la cara visible del coro. «Tú solo mueve los labios, Elisa, que otra niña cantará detrás de ti». Así fue como mi abuela se convirtió en la protagonista del coro sin que jamás llegara a salir un sonido de su garganta. Pero su afición al canto no se quedó ahí. Mi madre, mi abuelo, sus nietos, todos fuimos testigos del afán con que trataba de cantar cualquier bolero de Nat King Cole cuando parecía que no nos dábamos cuenta.
Frente a la olla de agua hirviendo, la llamada decía, entre otras cosas de las que no me quiero acordar, que le quedaban horas, que habían empezado a sedarla y que no podríamos verla. Pero que la iban a cuidar bien.
Las únicas tardes que pasamos en el hospital hicimos varias sopas de letras en aquella cama reclinable. Le dije que seguía sin saber hacerme una trenza, de manera que dejó las sopas y me la empezó a hacer allí, yo apoyada sobre la barra metálica de la cama. La dejó a medias y me dijo que me la haría mejor en casa, y por un momento empecé a pensar en aquel tiempo: condicional, futuro. Después vimos a mi madre, a su marido y a mi hermano por la cámara del teléfono, y se reía, aunque al poco decía: «No me hagáis reír, que me duele». Sin embargo, yo me vuelvo muy mentirosa en los hospitales, como si fuera un superpoder pero al revés, y digo cosas como «verás que cuando estemos en casa te enseño lo que he aprendido hoy en yoga», o «en un par de días podrá venir mamá, que ya no tiene fiebre», o «la semana que viene Ruth te pondrá los rulos y verás qué estupenda», incluso digo cosas más tremendas como «hasta mañana».
Uno nunca sabe qué quiere decir mañana, porque, en esta historia, mañana hubo otra prueba y esa sí dio positivo y la mujer más pequeña de la planta tercera, zona E, del Hospital de Sant Pau, los ojos verdes más bonitos del hospital, se fue a otro lugar aunque nosotros ya no supimos dónde. Ahí fue cuando me compré los tirabeques que intentaría cocinar unos días después, a contrarreloj para no tirarlos, pensando aún en la trenza, el agua hirviendo, y la voz de la llamada decía que podían pasar horas, o días, aunque lo más seguro era que fueran horas, de manera que me senté en el sofá y puse un documental, el primero que apareció. Pensé: no pienses, y así, Kusama: Infinito inundó la pantalla. Y me perdí ahí, sin saber qué hacer entre las redes y los puntos de aquella artista japonesa. Deseé caer en una de sus redes gigantes, que me envolviera como si fuera un mantón, despertarme en Tokio cincuenta años atrás, o simplemente desaparecer, esfumarme, como el agua que se evapora, que ya no está, o que se funde en esa forma de las cosas no reconocibles: la de la invisibilidad, para no tener que esperar lo que yo nunca hubiera querido esperar, y entonces, cuando volvió a sonar el teléfono, le di al botón de pausa. En el minuto 1:13:46 de un documental llamado Infinito dejaste de existir.
Difícil saber dónde te has ido, recuerdo aquella frase que escribí yo misma en una novela cuando aún creía que las novelas podían tener ciertos efectos sobre la realidad. Decía: «Saldremos de esta». Bueno, pues a veces no se sale. Pero yo no quiero hacer ningún obituario, no te lo mereces ni lo hubieras querido. Yo te cantaría un bolero. Solo que día a día, durante esa semana en la que no supimos dónde estabas, unos médicos, unas enfermeras llamaron a mi madre para darle información sobre tu estado. Mañana y tarde. Mañana y tarde. Mañana y tarde. Y sé que incluso en los últimos minutos, alguien te dio la mano. Trenzó, imagino, sus dedos con los tuyos, así que, desde aquí, quiero darle a ese alguien del que solo sé que se llamaba de diferentes maneras: Eduard, Cristina, Montse, las gracias. Gracias. Que yo confío y quiero confiar y sé que ocurre en ocasiones: que hay otros que llegan donde tú no puedes, que se convierten en tus propias manos cuando a ti no te sirven las tuyas.

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