A Camilo Nogueira
El viejo acarició con rudeza al niño, pellizcándole en la piel de la nuca como a un perro de caza. Luego lo alzó por las costillas y lo dejó resbalar por la cripta oscura y maloliente de la cuba.
—Venga, Dani. ¡Duro con esa mierda!
El pequeño sujetaba un cubo de agua y una escoba de retama. Restregó las superficies lisas y después, a conciencia, azuzado por el viejo, las juntas de las tablas de roble y las partes más esquinadas, allí donde se fijan los posos, los restos de la pasada fermentación, como un liquen sucio y pútrido. Cuando el viejo, a una señal acordada, hizo mover la cuba, el chaval se sintió rodar por el intestino de un animal gigante y antiguo, de esos que dormitan en la imaginación de los bosques húmedos y frondosos y que, cosquilleados en la barriga, se voltean con parsimonia.
—Venga, Dani, ¡que no quede nada!
La escoba de arbusto rascaba la roña y el agua iba descubriendo la memoria del olor de la madera. Al principio había sentido un disparo avinagrado en la nariz. Al caer la tarde olfateaba las hendiduras y las muescas a la búsqueda de los últimos posos. Escuchaba el murmullo del viejo como una letanía de los antepasados: una pizca de mierda puede malograr la mejor cosecha. El del abuelo era un viñedo pequeño, Corpo Santo, no más de cien cepas, pero era una de las joyas del ribeiro de Avia, un bendito trozo de tierra que enorgullecía la estirpe. De allí salía un vino envidiado, el mejor amigo que uno puede encontrar.
—¡Dale, Dani! ¡Déjala como el culo de un ángel!
La patria del hombre es la infancia. El Señor les da a unos unas cualidades, y a otros, otras. Algunos las desarrollan y otros las echan a perder. A mí el Señor me dio una escoba de retama y una facultad innata para detectar la mierda. Puedo olerla a distancia y bien sabe Dios que, en lo que esté de mi parte, le daré un buen fregado allí donde se encuentre.
Les voy a contar ahora cómo funciona mi nariz. La lancha de vigilancia zigzagueaba entre las bateas1 mejilloneras de la ría de Arousa. De repente, noto el picor característico, mi nariz se mueve como una brújula. Le hago una señal al piloto y la embarcación queda al ralentí. El mar está en calma y refunfuña al compás del motor. Todo el litoral es como una cenefa luminosa, verbenera. La Atlántida. Pero la tripulación escruta la mejillonera más próxima, como si hubiésemos llegado a un palafito fantasmagórico.
—¡Ahora!
El potente foco de la lancha corta en dos la noche. Una bandada de gaviotas despierta indignada y comienza a insultarnos. Sobre la gran balsa van cobrando formas perezosas montones de algas y de gruesas cuerdas retomadas del mar con racimos de conchas. Más que mástiles, los troncos que tensan los cabos parecen supervivientes de un primitivo tendido eléctrico. Los ojos se desplazan siguiendo el foco. Hay una cabañuela de tablas con techumbre de retama seca. Cuelga, como pellejo plástico, un traje de aguas. Mi nariz aletea con fuerza a medida que el foco se desplaza hacia el extremo de la plataforma.
—¡Ahí, apunta ahí, Fandiño!
Salto de la lancha y brinco entre las traviesas. Para ser un tanque de flotación, la trampilla es demasiado grande, como de un submarino o algo así. Forcejeo con las manos, intentando abrirla, pero la nariz me pone en guardia. Les grito a los hombres para que se apresuren con la linterna y una palanca. Con un impulso sobre la herramienta, hago saltar la tapadera. ¡Mierda! El oscuro agujero empieza a escupir disparos compulsivamente y nos precipitamos sobre las traviesas. A un palmo de mi cara, el mar chapotea como un tonto feliz.
—Tu turno, Fandiño.
La voz de Fandiño retumba como la de un inmisericorde conserje del juicio final.
—¡Escuchad bien, hijos de la gran puta! ¡Ahí abajo hay miles de fanecas hambrientas deseando comer pichas de cadáveres frescos! ¡Fanecas comepollas! ¡Y cangrejos sacaojos! ¡Y pulpos chupahuevos! ¡Así que vais a salir cagando chispas y en pelota picada! ¿Escucháis, cabrones? ¡Vamos a meter toda la artillería por este agujero! ¿Habéis entendido? ¡No vais a tener ni esquela en los periódicos! ¡La familia se va a acordar de vosotros cada vez que abra una lata de conservas!
—Vale ya, gordo —le digo a Fandiño—. ¡Policía! ¡Un minuto!
No es preciso esperar.
—¿Y esto?
Por la trampilla asoma una figura increíblemente menuda. Tan menuda como un crío.
—¡Por los clavos de Cristo! —exclama Fandiño, separando el dedo del gatillo—. ¡Pero si es un crío!
El aparecido se tambalea al intentar apoyarse en los troncos, como si la fuerza de la luz del foco astillase sus piernas de bambú. Es tan flaco como una hoja de bacalao.
—¿Fuiste tú quien disparó?
—Tenía miedo. Mucho miedo, se… señor —dice tartamudeando.
Fandiño baja por la trampilla y vuelve a asomar rápidamente.
—¡Aquí hay harina2 para un millón de napias!
—¿Cómo te llamas? —le pregunto al chaval.
—Sebastião.
A veces hacen esto. Mientras no recogen la mercancía, dejan guardia en los flotadores. Hay robos entre ellos. Es el trabajo de los más pringados. Días y días allí metidos, como para volverse loco. Pero ¡coño!, no recuerdo nada parecido. ¡Este es un niño!
—Bien, Sebastião, ¿sabes una cosa? Voy a hacer tu trabajo.
Mientras la lancha se va, allí me quedo yo, metido en el tanque. Tengo mucha paciencia. Veo cómo me crece la barba. Hasta que escucho el rezongar de un motor. Pongo a punto la pipa. Pero, de repente, mi nariz me dice que tengo que salir volando. Cuando consigo abrir la trampilla, la humareda apenas me deja ver. Empapada en gasóleo, la batea arde como una queimada en medio de la ría.
Fue la primera vez que escuché la carcajada de Don. Seguro que él no estaba allí, pero escuché su risotada. Se rio de mí muchas veces, y alguna en mis narices. La última vez, lo recuerdo muy bien, fue en el Elefante Branco de Lisboa. Me había vuelto a crecer la barba esperándole. Y estaba seguro de que en aquella ocasión por fin lo iba a fotografiar con otro Don llegado de América. Había trabajado durante semanas descifrando códigos, interpretando mensajes telefónicos, buscando el sentido de conversaciones absurdas. Fue una tontería, «Recuerdos a San Antonio de parte del elefante blanco», la que me dio la pista.
De repente me vi preguntando: «¿Cuándo carajo es el día de San Antonio?». Pero algo, alguien, le hizo cambiar de agenda. Y Don salió del Elefante Branco con una espectacular mulata. Pasaron junto a mi mesa, los dedos de él repicando la música en aquellas nalgas soberbias ante mis propias narices. Poco después, mi coche se salía de la autopista en dirección a Oporto. No funcionaron los frenos. Un trabajo de bricolaje.
Mi ambición siempre fue llegar con la escoba de retama hasta la mierda más alta. No es un trabajo fácil ni agradecido. Con frecuencia la encuentras donde menos te lo esperas. En los despachos de moqueta impecable. Incluso en el de algún superior. El hedor sale por debajo de la puerta, se expande por los pasillos y rezuma por las líneas telefónicas. Aguantas hasta que la peste se hace insoportable: Como el purín de los pozos negros.
—Me están vendiendo, jefe. Aquí hay algo que huele mal, muy mal.
—¿Qué está insinuando?
—Bueno, no se trata precisamente de mis calcetines.
—Por esta vez no he oído nada. Cambio de destino. Y, ¿quiere un consejo? Relájese.
Unas veces se gana y otras se pierde. Hay que tomarlo con filosofía. Me pusieron ante una máquina de escribir y detrás de un mostrador. Fue como ingresar en Manos Unidas. Desde el primer momento, y en lo que a mí respecta, la gente siempre tuvo claro que tenía delante a un servidor público y no a un funcionario perezoso. La gente buena ha venido al mundo a joderse, la mala anda por ahí pisando fuerte. Puede que el Señor lo haya querido así para ponernos a prueba, pero por mi parte, y allí donde me encuentre, hago todo lo posible para equilibrar un poco la balanza. Hay casos dudosos pero el olfato, al final, no me falla.
Infancia desgraciada. Incomprensión paterna. Las malas compañías. La sociedad, etcétera.
Vale, le digo, pero te podría dar por ir a misa, ¿no?, en lugar de joder a la gente. Conozco a un muchacho que es campanero. El padre, borracho. La madre, ni se sabe. Él se levanta temprano todos los domingos y va a tocar las campanas. ¿Por qué no tocas tú también las campanas? Conozco a otro que es bizco y está especializado en parar penaltis. ¿Por qué no paras tú penaltis? Y hay otros muchos chavales que aman la naturaleza y se echan al monte a observar los milagros de la vida, un petirrojo y cosas así. ¿Sabes que hay flores blancas que abren de noche para los murciélagos?
Por otra parte, un mal pequeño puede causar un daño grave. Así que, primera regla: nunca minusvalores un caso. Siempre he procurado ser consecuente con este principio y me he labrado cierta reputación entre la mayoría silenciosa.
Por ejemplo.
Una viejecita se presenta en comisaría a las cuatro de la mañana. La ha traído un taxi hasta la puerta. Debió de ser una señora guapa. Viste un abrigo que seguramente resultó elegante hace cuarenta años, se apoya en un bastón y, aun así, al andar arrastra los pies como si el suelo estuviese cubierto de nieve. Por lo visto, ya es conocida entre los del servicio nocturno. Fandiño, el compañero de guardia, me hace el típico gesto del tornillo en la sien. Y a continuación se oculta tras la trinchera de denuncias no resueltas. Fandiño es un buen tipo, pero mucho más escéptico que yo respecto a las posibilidades de la virtud en el imperio del mal. Sobre todo desde que se casó y ha tenido que mantener a una familia. Ahora recuerdo con nostalgia nuestros tiempos de acción en la ría, cuando su voz poderosa resultaba más útil que un cañón humeante. Metido en la oficina, no era más que un gordo somnoliento. Sin mediar palabra, la viejecita golpea con el bastón en el mostrador. Diría que unos hermosos ojos azules si no estuvieran desorbitados, con el esmalte cascado, y hundidos en dos pozos oscuros.
—¿En qué puedo servirle, señora? —le digo con mi mejor sonrisa.
Dejó el bastón con empuñadura de caballo sobre el mostrador y buscó un pañuelo en el bolso. Ahora lloraba. Los ojos recuperaron el brillo perdido. Las lágrimas son el mejor colirio del mundo. Sus larguísimas manos temblaban como esqueletos de garza bajo la lluvia.
Bien, yo no soy de esos que dicen: tranquilícese, señora. Si alguien tiene que estar nervioso, qué mejor sitio que una comisaría. Una buena llorera le da un cierto orden al mundo, en la antesala de la sensatez.
—Me va a volver loca, va a acabar conmigo —dijo después de secarse las lágrimas y peinarse con los dedos.
—¿De qué se trata, señora?
—Usted parece buena persona, inspector.
—Lo soy, señora.
—Verá. Yo comprendo a la juventud.
—Me parece muy bien.
—Yo también fui alegre, ¿sabe? —dijo con una sonrisa melancólica.
—Estoy seguro de ello, señora.
—Verá. No consigo dormir. Tomo pastillas, Valium, Tranxilium… Todo eso. Pero ¡oh, Dios!, tengo la sensación de que él va a venir, de que sin que yo me de cuenta fuerza la puerta, y que entra en mi habitación, y con ese horrible cuchillo de matar cerdos…
—¡Venga, señora, que no pasa nada!
—Usted no sabe lo terrible que es. Lo rematadamente malvado que es. Es, es…
—¿Quién, señora? —pregunto intrigado de verdad.
Volvía a tener la mirada fragmentada, quebrada, como un cristal después de una pedrada. Hizo un gesto para que me acercase y me susurró al oído.
—Toni. Toni Grief. ¡Quiere matarme, señor!
Busqué con la mirada a Fandiño, pero ya se había perdido en un crucigrama.
—Así que alguien quiere asesinarla y usted sabe quién es.
—¿No conoce a Toni Grief? No me diga que no conoce a Toni Grief. ¡Claro, así funciona la policía!
La voz de la anciana iba subiendo de volumen. Ahora estaba enojada. Se apoderó de nuevo del bastón y se diría que lo blandía de forma amenazadora. Volví a mirar hacia Fandiño. Me guiñó un ojo por encima de la trinchera. Para entonces, el bastón de la señora traqueteaba sobre el mostrador.
—¿Es que usted no ve la televisión? ¿Cómo piensa entonces encontrar a los criminales? ¿Por qué no tiene aquí un televisor? ¿De qué les sirven tantos papeles? ¿Para eso pagamos impuestos?
—Toni Grief —dijo Fandiño, molestándose por fin en echar una mano— es el de Tiempo de crisantemos. Una serie de mucho tomate.
—¿Sabe una cosa, señora? Si hay una clase de forajidos que odio —dije con vehemencia— es la de esos tipos que no dejan dormir a las ancianitas solitarias.
Mi interés la dejó confundida. Por la reacción de Fandiño, no debía de ser la primera vez que se presentaba en comisaría para denunciar el caso. Lo más probable es que, en las anteriores ocasiones, le hubiesen recomendado cambiar de canal.
—¿No tiene a nadie que la ayude? ¿No tiene hijos?
—Tengo un hijo pero ¿sabe usted?, siempre está muy ocupado.
—Le voy a decir lo que vamos a hacer. En primer lugar, formalizaremos una denuncia contra ese elemento, Toni Grief, y para eso es necesario cubrir este impreso. Usted dirá, con razón, qué coño de papel hay que cubrir cuando la vida está en juego, pero ya sabe que hay un montón de parásitos a los que los impresos les dan una razón para vivir. Una vez realizado este trámite, que justificará mi salida de esta madriguera, nos dirigimos a su domicilio y le ajustamos las cuentas a ese cabrón. Dígame, ¿qué le hace pensar que su vida está en peligro?
Por un momento pensé que la vieja iba a retornar a la sensatez. Suele ocurrir con la gente que pierde el juicio. Cuando te haces el loco con ellos, el instinto les hace recuperar la cordura. Es una ley física, como la de los vasos comunicantes. Pero, consternado, pronto comprendí que esta vez no iba a funcionar. La vieja me miró feliz. Por fin había encontrado un socio a la altura de las circunstancias.
—Mire usted, yo tenía a Toni Grief controlado. No soy una loca. Todo iba bien mientras estaba en pantalla. Lo odiaba porque es un tipo realmente asqueroso, pero como se odia al malo de las películas. Es cierto que lo insultaba y lo amenazaba con el bastón. Pero bueno, no hay mucha gente con quien hablar, ¿sabe? Y yo siempre he sido muy habladora. También les riño a los políticos en el telediario. Les llamo troleros, chupones y cosas así. Hay otros personajes que me caen simpáticos y les mando besos soplando en la palma de la mano. ¡Pero ese Grief! Creo que me pasé con los insultos, porque en los últimos capítulos me miraba. Iba a paso rápido por esas calles siniestras, con el viento silbando como un caballo loco y, de repente, se detuvo, la cara medio iluminada por una farola, y me miró fijamente con sus ojos inyectados en sangre.
—Supongamos que, efectivamente, la miró. Pero ese Toni Grief siguió su camino, ¿o no?
—Usted piensa que estoy loca. ¿Cree que no distingo el retintín?
Bien. Tenía razón al pensar que yo creía que estaba loca. Pero no era mi intención tomarle el pelo. Lo que pasa es que empezaba a estar un poco harto de ese mal bicho llamado Toni Grief.
—Señora, tenga la seguridad de que estoy dispuesto a llegar al fondo de este asunto —dije con toda la seriedad del mundo.
—Se estropeó el televisor.
—¿Cómo?
—Sí. Poco después de que Toni Grief clavase en mí su repulsiva mirada, la pantalla se llenó de rayas. Cambié de canal, pero nada. No había nadie con quien pasar la noche.
—Pues sí que es una casualidad.
—No es casualidad.
—¿Y eso cuándo fue, señora?
—Hace una semana. Pero verá, déjeme que le cuente. Aquella noche no dormí. Eché todos los cerrojos. Había una sombra rondando por la calle. Yo vivo en el tercero y la vi con estos ojos… Oí sus pasos con estos oídos. Al día siguiente, el televisor seguía averiado. Yo no puedo andar por ahí con un televisor a cuestas. Así que busqué en la guía un taller de reparaciones y llamé por teléfono para que viniesen a arreglarlo.
—¿Y su hijo? ¿Por qué no llamó a su hijo, señora? Los hijos están para eso, para un momento de apuro.
—Lo llamé —dijo en un tono triste, bajando la mirada—. Pero mi hijo está muy ocupado. Ni siquiera se pone al teléfono.
—¿Y arreglaron el aparato?
Pude ver un videoclip de espanto en los ojos de la vieja. Se había enredado en esta maldita madeja. Como diría mi abuela, que en paz descanse, se le había metido el sistema nervioso en la cabeza.
—Bien. Verá. Como le dije, llamé por teléfono al taller. Al poco rato sonó el timbre. Yo apreté el paso para abrir. Pero, cuando estaba a punto de abrir el cerrojo, tuve una corazonada. Y pregunté. Pregunté quién era.
Se quedó en silencio, mirándome. Buscaba mi protección. Me pedía que le siguiera el hilo.
—Era Toni Grief —dije con voz grave.
—Sí —dijo ella—. Contestó que era el del taller de reparaciones. «¿No ha llamado usted para arreglar una televisión?». Era su voz. Esa voz cínica, achulada. No había ninguna duda. Cuando comprobó que no le abría, se puso furioso. Aporreó la puerta y gritó: «¡Vieja chocha, ojalá te mueras!». Sí, era Toni Grief.
Creo que incluso Fandiño estaba impresionado.
—Volverá. Estoy segura de que volverá. Y esta vez echará la puerta abajo.
—Bien, señora. Vamos a hacer una cosa. Voy a coger mi abrigo y la acompaño a casa. Echaremos un vistazo. ¿Qué le parece?
—Usted es bueno. Me di cuenta desde el primer momento. Me dije: ese es un hombre bueno.
—Sí, soy bueno —murmuré mientras me ponía el abrigo.
El de la señora era un piso de la parte vieja, sobre el Berbés de los pescadores. Las escaleras crujían, pero merecía la pena llegar hasta allí. Desde el ventanal, la vista de la ría, de noche, el cinemascope de la luna sobre las islas Cíes le despertaría el sentido poético hasta a un traficante de armas. Era el lugar ideal para que dos enamorados galopasen por el mar hasta el amanecer.
—Es un bonito sitio para ser feliz, señora —le dije, buscando un interruptor en su cabeza.
—Venga, mire —respondió ella sin hacerme caso, indicándome la sala de estar.
Allí estaba el dichoso televisor, como en un altar, rodeado de piezas de un museo doméstico. Sobre tapetes de encaje de Camariñas, fotografías enmarcadas, candelabros, un reloj engarzado en una piedra de cuarzo, un gallo de Barcelos, un hórreo de alpaca, un artístico porrón de Buño, un botafumeiro de plata, un Cristo de la Victoria, conchas de peregrino. En la pantalla, rayas, una continua interferencia.
—¿Ve usted? Así, durante una semana.
—Bien, señora, ahora usted va a descansar. Vayase a dormir tranquila. Yo velaré aquí.
No parecía segura. Seguramente pensaba que me largaría en cuanto la viese acostada. Así que decidí dar una señal.
—Si se presenta Toni Grief se va a llevar una desagradable sorpresa.
Abrí el ventanal, saqué la pistola y le disparé a la luna de las Cíes para ver si se desangraba.
—Así haremos con Toni Grief.
Aquello pareció convencerla y creo que ya dormía cuando llegó al final del pasillo. Yo, en cambio, por alguna razón, ahora me sentía desasosegado. Después de dedicar un cigarro a la salud de la ría, me senté en el sofá, frente al televisor, y esperé a que actuase como somnífero. Creo que ya estaba funcionando cuando mi nariz empezó a agitarse. Era un olor de baja intensidad, pero inquietante. La de la pantalla era ahora una luz de sala de autopsias que impregnaba toda la habitación. Por vez primera me fijé en las fotografías. Me levanté de un salto y las miré de cerca, una a una. Don con su madre. Don vestido de soldado. Don, sonriente, con autoridades. Don, más sonriente, al timón de su yate. Don con un trofeo, de corbata, en el medio de un equipo de fútbol. Don de niño, con traje de primera comunión.
A la señora le había sentado bien el sueño. Con el desayuno en la mesa, me miró con algo de zozobra.
—Tiene que disculparme. Al llegar la noche pierdo la cabeza.
—No se preocupe. Sé lo que es la soledad.
Iba a pedirle un favor y sabía que no me lo podía negar. Quería que me acompañase a un sitio. Subimos al coche y fuimos bordeando la costa hasta Arousa. Ella se daba cuenta del destino, pero permaneció en silencio. Y tampoco dijo nada cuando tuvimos delante a Don, en el portalón de su pazo de Olinda.
—Cuide de su madre. Lo necesita.
Sé que nunca lo meteré en chirona. Pero me sentí tan bien como si le refregase las tripas con una escoba de retama.

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