Nadie sabía qué nombre ponerle al bebé y yo no dejaba de llorar. Pero el nombre no era el verdadero problema. El bebé había nacido con forma de rigatone, esos macarrones rayados que son ligeramente más anchos. Y por si eso no fuera suficiente, la comadrona me decía que estaba relleno. Aunque quizás eso viniera de que la semana anterior, en aquel restaurante pretencioso, estuve a punto de pedirme el plato del día, los rigatoni rellenos de pollo. Finalmente no lo hice porque siempre me arriesgo, así que preferí ir a lo seguro y decantarme por la pasta al pomodoro, que no dejaba de ser una simple pasta con tomate.
En definitiva: en el sueño, yo había tenido un bebé, pero mi hijo había resultado ser un rigatone y era necesario darle un nombre y como nadie, ni la comadrona ni mi madre, decía nada, yo proponía Lena, a pesar de que ese es el nombre de mi ahijada. No sabíamos quién era el padre, y yo pensaba que había varias posibilidades y sin embargo ninguna, y en eso el sueño se parecía a la realidad, terminaba de convencerme. Además, ninguna de aquellas posibilidades, que yo supiera, era o había sido un rigatone.
Estaba convencida de que era una niña, aunque imposible saber en qué me basaba para llegar a esa conclusión. Más allá de todas estas descabelladas suposiciones, el sueño lo recorrían mis incansables lloros: tenía la sensación de que ni siquiera sabía hacer eso bien: tener un hijo, algo que, como sacarse el carnet de conducir, tenía entendido que era bastante fácil y accesible para todo el mundo. Pero no era eso lo que había dicho la doctora, y en eso el sueño confirmaba la realidad porque, indignada tras sus gafas de montura roja, aquella ginecóloga enjuta y malhumorada me había dicho que ya era tarde, que tendría que haberlo pensado antes, que ahora las mujeres teníamos una vida tan ocupada, con tantos trabajos y viajes, que dejábamos lo verdaderamente importante para más tarde, y que bueno, que pensara que la vida estaba llena también de gente que era feliz sin «procrear».
En un momento dado, en el sueño, después de que me dieran una suerte de instrucciones para cuidar bien a mi hija —tenía que guardarla en un botecito de cristal, como los de mermelada, con su tapa de rosca de cuadritos de vichy—, la comadrona se llevaba a Lena y a mí me embargaba el miedo a equivocarme, a no acordarme de los pasos precisos. Me producía horror la posibilidad de que le pasara algo. Se la llevaban y nadie me dejaba verla más. Yo seguía llorando. «Riégala», me decían, «y así crecerá». Pero hasta donde tengo entendido no hay que regar a los rigatoni y, además, yo ya sabía que los niños tampoco se crían así.
—¿Sabes lo que de verdad me ocurría en el sueño, mamá?
En la cocina, mi madre lloraba de la risa. Se había tenido que quitar las gafas y apoyaba las manos en el mármol impoluto de la encimera. Se pasaba un pañuelo de tela por los ojos y echaba la cabeza atrás, como si no diera crédito, que no lo daba. Quizás Clarice Lispector hubiera entendido el sueño: ella soñó una vez que era un pez que nadaba desnudo, o al menos eso leí en una entrada de sus diarios. Pero mi madre no sabía quién era Lispector, así que decidí quedarme callada. Y tampoco ella volvió a mi pregunta porque probablemente no supiera qué me ocurría y no estoy segura de que quisiera averiguarlo.
Sacó la lasaña del horno y con fastidio observó que se le había tostado más de la cuenta, con las puntas del queso, chisporroteante en el centro, ennegrecidas en los bordes y pegadas a la fuente de cerámica.
—Luego tendré que rascarlo —dijo refiriéndose al queso—. Es de champiñones y espinacas.
Se quedó trajinando por la cocina, ahora en silencio.
—Siento mucho que tampoco esto te haya salido bien.
Y me dio la sensación, aunque soy muy mala para eso, de que los ojos se le ponían vidriosos, de que se le escarchaba la mirada. Yo asentí y después nos comimos la lasaña en silencio, pero se me había atravesado, ya no el sueño ni los hilos de las espinacas, sino un adverbio que procedía de dos palabras precisas, tan y poco, por el que se escurrían el tiempo, las decisiones y las incapacidades, un adverbio que se usa para negar algo después de haber negado algo más.

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