Texto aleatorio

Llegué de las vacaciones cansada de las vacaciones y de los selfies que se hacían los italianos, ellas y ellos, posando en diminutos trajes de baño con estampados de leopardo en las aguas cristalinas de la costa norte de Brasil. La descripción que me habían hecho mis nuevas amigas del idílico sitio al que fuimos, «un pueblo remoto, sin electricidad siquiera, ni rastro de asfalto, solo arena», únicamente era cierta en lo último: arena, solo arena. Habíamos estado diez días en un resort llamado Club Ventos, especializado en deportes de viento, como su propio nombre indica, cuando se daba la casualidad de que ninguna de nosotras se había subido nunca a una tabla de surf y tampoco había expresado deseo alguno de hacerlo.

Regresé a Barcelona cansada de las vacaciones pero especialmente extenuada de esa idealización enloquecida de aguas cristalinas entre palmeras y cocoteros, caipiriñas de frutas exóticas y el ritmo cíclico y soporífero que adquirió una semana desprovista de sentido, de los miércoles de concierto viendo el atardecer, el mismo cada día, con las cometas de kite surf poniéndole comillas al sol, horrorizada de los jueves de concierto de reggae, de los argentinos maduritos aproximándose en manada, «che, qué linda sos, española, ¿verdad?», de los guisados con camarones fritos que no saben a nada, del sexo cuando se consume con igual prisa que las caipiriñas, antes de que el hielo y el encanto de las burbujas se deshagan y revelen la fruta pocha, las pepitas esparcidas y machacadas en el fondo del vaso.

Fue mi hermana pequeña, Bárbara, desde la comodidad de sus vacaciones familiares perfectamente planificadas, la que insistió en aquel disparatado plan. Además, «ahora que estás sola», había empezado. De manera que terminé apuntándome al viaje del grupo de singles del gimnasio. Lo hice porque cumplir cincuenta y dos años me ha enseñado muchas cosas de la vida aunque todavía siga sin saber decir «no, gracias» educadamente.

Ya de regreso a Barcelona, cuando Bárbara me recogió en el aeropuerto, se me echó al cuello y pude sentir en aquel abrazo cálido cierta culpabilidad que constaté cuando me dijo que sentía haber insistido tanto, que viendo las fotos que le había ido enviando temía que me hubiera aburrido.

«Pero si ha sido divertidísimo», le respondí para tranquilizarla. Porque, como venía diciendo, en cincuenta y dos años he aprendido muchas cosas, pero sigo siendo lo que, en esa jerga que detesto, la de los terapeutas, se llama una «evitadora de conflictos», y, en lo que duró el trayecto hacia casa, Bárbara me preguntó lo esperado, si había conocido a algún hombre que valiera la pena.

«No es tan fácil eso de conocer a hombres que valgan la pena…», y entonces se hizo un silencio, que ella aprovechó para sentenciar: «Sobre todo con esa actitud…».

Porque siempre es mi actitud. A mi hermana, la madre de mis tres adorables sobrinos, le asusta que esté sola. Sin hijos, pase, pero ¿sin marido?

«Bárbara, no siempre es cuestión de actitud», le respondí, y también quise decirle que no necesito a un hombre para estar bien, que además no es muy feminista —ahora que ella habla de feminismo a todas horas— esto de presuponer que lo que a una le hace falta en la vida es un hombre, pero sé que esa idea que tiene de mí se la he transmitido yo misma concienzudamente a lo largo del tiempo. Un matrimonio de veintinueve años a mis espaldas, al que le sobraron los últimos diez, confirma que tampoco yo he tenido tan claro este tema de si una mujer necesita a un hombre o no.

Cuando Bárbara me dejó en casa, respiré por fin. Al entrar, me fijé en la pecera y en lo bien que mi ahijado había cuidado de sus habitantes, a cambio, claro, de una generosa propina. Les había cambiado el agua y me había dejado una notita en un post-it llena de caritas sonrientes.

Abrí las ventanas del salón, dejé que entrara la corriente y recorrí el pasillo hacia el fondo, hacia mi habitación. Todo seguía igual. Cuando regreso después de haber pasado un tiempo fuera tengo esa necesidad de comprobar que los objetos siguen intactos, que no se han movido ni un centímetro del lugar que ocupan. El baúl, las fotografías de mis sobrinos en una playa de Mallorca, el montoncito de libros debajo de la mesita de noche, esa marca rectangular en la pared que delata que antes había ahí un cuadro, esa marca que sigue, años después, sin pintarse. Las casas, con todos los objetos que las habitan, tienen, al menos, esa virtud: la de saber esperar.

Abrí también las contraventanas que dan a la pequeña terraza a la que se accede desde la habitación, miré hacia el cielo y revisé después los terrados de Barcelona. Las mesas de teca, las pérgolas, las hamacas con colchonetas descoloridas por el sol. Me sentía tan feliz de estar de vuelta, de que aquella pesadilla de vacaciones hubiera terminado, que quise gritar. Ya podían esperarme sentados en Brasil, me dije para mis adentros íntimamente convencida de que aquella era la última vez que hacía algo para contentar a los demás.

Como para terminar el reconocimiento, bajé la vista hacia los pies de mi edificio y, asombrada, me encontré con un increíble jardín florido que no existía dos semanas atrás. En él, distinguí todo tipo de flores y de las más increíbles tonalidades: rojas, violetas, naranjas. Incluso azules. Asimismo, vi árboles frutales, arbustos, hiedra envolviendo una columna.

Salta a la vista que no soy ni he sido nunca ninguna experta en plantas. Así, a bote pronto, sabría diferenciar un pino, un abeto, un cactus, claro. Los geranios también, las rosas, eso es obvio, pero para mí, los jardines no son más que jardines, los bosques, bosques. Conjuntos en los que no soy capaz de diferenciar ninguna de las partes. Me fascina la gente que me habla de magnolios, abedules, arces, glicinias.

Maravillada ante aquel despliegue de colores, imaginé que había llegado una nueva vecina a la finca, pero, conforme lo pensaba, me reproché a mí misma aquel pensamiento, el asumir que tenía que ser mujer, e imaginé a mi hermana castigándome con su mirada reprobatoria. Antes de que pudiera seguir dando rienda suelta a mi imaginación, la silueta de un hombre emergió del interior del bajo. Dejó la regadera en el suelo, se detuvo por unos instantes frente a un limonero, acarició un limón, o eso me pareció, y entró de nuevo en casa.

Me quedé unos instantes más, expectante, por si volvía a salir, o por si aparecía una mujer, su hipotética pareja, pensé, pero no hubo suerte, de manera que bajé a la vida real. Puse lavadoras y logré vencer al jet lag mientras empezaba a ver una serie que mis alumnos me habían recomendado antes de que el curso terminara. Finalmente caí rendida en la cama dando gracias, en secreto, a que la rutina volviera, a no tener que andar de nuevo por la arena de aquella playa llena de cuerpos musculados al acecho de sexo, sol y viento. Dando gracias por que el mes de septiembre me brindara la oportunidad de hacer aquello que mejor sabía hacer: trabajar.

Volví al instituto, a mis alumnos de bachillerato, y, sin embargo, en comparación con la experiencia de otros años, fueron unas semanas tranquilas, sin el frenetismo de septiembres anteriores. Eran días de bienvenidas y protocolos, de orientación y preguntas. A los alumnos del curso del que era tutora solía contarles que primero de bachillerato era un curso especial, antesala de esa edad adulta en la que tomar un camino excluye otros. La primera semana vino una alumna al despacho y se puso a llorar diciéndome que le daba mucho miedo equivocarse. Había empezado el itinerario de ciencias y de repente se veía incapaz de aprobar los exámenes de Física y Tecnología. Entre sollozos me dijo que «era injusto que les hicieran escoger a una edad en la que no estaban preparados para hacerlo». Le respondí que uno nunca suele estar listo para escoger, pero que eso mismo es madurar: saber que nadie tomará las decisiones por ti.

Por las tardes, después de reuniones y consejos de profesores, regresaba a casa, me preparaba las clases para el día siguiente y leía. Cenaba pronto, en mi pequeña terraza, en aquella mesa de madera que nunca había barnizado. Desde ahí, me gustaba presenciar la vida secreta que ocurría noche tras noche en los tejados aprovechando lo que quedaba de verano. Las cenas, los amigos, las conversaciones distendidas, las risas. Asistía, como la buena observadora que soy, a la vida de los otros.

Me fijaba en el jardín florido de la planta baja, pero el inquilino tardó semanas en reaparecer. Lo hizo ya hacia finales de septiembre. Vi cómo, sin hacer apenas ruido, como si fuera una sombra, se deslizaba entre las plantas floridas con una manguera de color verde. Iba regando primero las plantas grandes, los árboles. Para las plantas más pequeñas, más delicadas, utilizaba una regadera metálica. Después pasaba un paño blanco por esas hojas que a mí se me antojaban tan increíblemente verdes y por aquellas flores de inusual belleza y forma. Lo hacía como si aquello fuera un ritual pausado y lento, un ritual que llegaba a su fin cuando apenas quedaba luz para distinguir la sombra del hombre, convertido en una silueta negra que dejaba la regadera y el paño doblado con pulcritud sobre una mesa, la única que había en el frondoso jardín de los bajos de mi edificio.

Conforme pasaron los días y fui asistiendo a aquella delicada ceremonia que tenía lugar en días alternos, me di cuenta de que siempre seguía unos mismos pasos y, además, con un mismo orden. También me percaté de que lo que me atrapaba no era el ritual en sí, sino el extraordinario mimo con que aquel hombre acariciaba las plantas como si fueran animales, personas. Mujeres.

Pese a que al principio esperaba el ritual con una suerte de calma extraña, después, sin embargo, me convertí en una espectadora inquieta, con una creciente ansiedad, como si estuviera haciendo algo malo, a escondidas. Cuando regresaba al interior de mi casa, me quedaba un rato pensativa. Eran sus manos, la delicadeza de aquellos dedos que rozaban con una parsimonia gozosa la superficie de las plantas, el tallo de flores cuyo nombre yo no conocía. Gozoso, aquel era el adjetivo.

Eran sus manos, sí. Yo imaginaba a un hombre de manos grandes. Manos en cuyas palmas pudieran leerse las líneas de la vida, de la muerte. Del amor, o de la falta de él. De los hijos, la descendencia y el deseo, el cinturón de Venus, el semicírculo que se dibuja entre el índice y el corazón.

Octubre llegó pronto, más que otros años, o así lo sentí yo. Había cambiado la vida de los tejados, que se fueron vaciando progresivamente, por la que sucedía en días alternos unos pisos más abajo, esa vida que me insuflaba el hombre que, ahora ya casi a oscuras, encendía unas luces tenues e iba dedicando los últimos minutos de luz a las plantas. A veces temía que fuera a ahogarlas, porque tenía entendido que no era necesario regarlas tan a menudo, pero me parecía que la opinión de una mujer que con suerte distinguía un pino de un abeto apenas contaba. Me sorprendía que, más allá de la mesa de madera, pequeña en comparación con el tamaño del jardín, no hubiera ningún otro mueble. Ni siquiera sillas. De haber vivido yo ahí, de haber sabido cuidar un jardín tan precioso como aquel, hubiera cenado todos los días envuelta por la fragancia que imaginaba que desprendería toda aquella frondosidad.

Por mucho que lo intenté, no logré verle bien la cara en ningún momento. Llevaba el pelo largo y, cuando se agachaba frente a la más grande de las macetas, la del limonero, yo solo veía una nariz perfectamente cincelada y mechones de cabello que le caían sobre la frente. Le eché unos cuarenta y muchos, o eso le dije a Bárbara cuando me llamó para preguntarme que «qué tal» y, ya de paso, si había conocido a alguien. Pensé en aquello que me decía siempre, lo de la actitud, y le dije que creía que sí, que había conocido a alguien. «Pero cuéntame, anda, que ya sabes que me haría tan feliz verte otra vez…» Y la corté dándole un solo dato que inventé sobre la marcha, la edad, y le dije que ya se lo contaría a su debido momento. Colgamos y me reí para mis adentros, como si hubiera logrado una pequeña victoria.

Podría, por ejemplo, haber forzado un encuentro en el portal del edificio, frente a los buzones, pero no me atrevía. En ese mismo sentido expansionista podría haber pensado en alguna estrategia o simplemente bajar a darle la bienvenida, como hubiera hecho cualquier otra persona. Me decía a mí misma que quería ser amable con aquel hombre, pero lo que más se acercaba a mi deseo era lo que terminé confesándole a Bárbara la siguiente vez que hablamos: «¿Cómo sería que te tocaran esas manos?», le pregunté. Porque lo que yo imaginaba era a un hombre de manos grandes que me tocaba a mí con la misma suavidad con que parecía acariciar aquellos tallos de un verde tan sobrenatural.

Escuché el suspiro al otro lado de la línea. «Pues mira que lo tienes cerca», terció mi hermana. «En tu misma escalera». Sé que lo pensó, aquello de la actitud, pero al menos no lo dijo.

Un miércoles salí del instituto antes de tiempo porque anularon una tutoría de última hora, y me encaminé por la calle Roger de Flor hacia casa. Esa no era mi ruta habitual, pero quería pasar por una librería y, al entrar, dejé a un lado mis secciones habituales: economía, biografías, y me fui directa a la sección de libros de floricultura y jardinería. Cómo no matar tus plantas. Enciclopedia de jardinería. Jardinería para dummies.

Leí en la contra de Hortensias, la guía definitiva: «Si crees que tú nunca podrás tener plantas con flor en tu terraza porque no le da el sol, ahí está la hortensia para demostrarte que estás muy equivocado. Plántala en tierra ácida y mantenla siempre húmeda, y aguantará años».

En El astilbe o barba de la cabra: «Se llaman así por su forma y, en verano, llenarán tu terraza de flores vistosísimas que duran mucho, e incluso cuando ya están marchitas tienen encanto. Ideal para evitar agobios de limpieza jardinera. No son muy exigentes, con lo cual, aguantan bien las inclemencias del tiempo. ¡Ah! Y no necesitan mucho sol».

Lo mismo con el bambú. O en ¡Yo también tengo un boj!: «Cuanto más lo podes, más ramas, hojas más pequeñas y más densidad en la planta, lo que la hará más “dura”. Otra de sus ventajas es que siempre dará color a tu jardín: en primavera-verano, lo cubrirá de verde intenso, y en otoño, de un tono anaranjado».

Boj. Begonias. Hibiscos. Me abrumé con los nombres, pero terminé comprando cinco libros y empecé a memorizar detalles, abonos, sistemas de riego. Aquella misma noche, cuando cayó el sol y empezó de nuevo el ritual, me pareció ver que una columna del porche estaba cubierta por jazmín chino, y que un arbusto trepador cubría el muro que separaba su terraza de la del vecino. Me sentí eufórica, como si hubiera descubierto algo que hasta entonces había estado fuera de mi alcance y, cuando Bárbara me llamó preguntándome si había avances, me atreví a decir, con actitud: «Aún no, pero los habrá».

Aquellos días de finales de octubre, además de hacer una inmersión en el mundo de la jardinería, dejé el gimnasio y el grupo de singles, cuyos planes nunca me habían interesado lo más mínimo, para reconciliarme con las clases de yoga. Durante mucho tiempo, mi exmarido y yo habíamos ido religiosamente todos los martes y los jueves a un pequeño estudio de yoga en Gràcia. Nos apuntamos cuando la relación empezó a hacer aguas, cuando aquel terapeuta de parejas nos recomendó lo de «hacer cosas juntos». Al menos, pensamos aliviados, ninguno de los dos tenía que hablar de nada. De aquella primera clase a la que fuimos, recuerdo el pequeño lapsus que tuve cuando la profesora, que por la edad bien podría haber sido mi hija, dijo a modo de rezo: «Que esta práctica de yoga sane y fortalezca tu mente y tu corazón» y yo respondí, más por costumbre que por otra cosa «Amén», y media clase se giró hacia mí y me deshice en excusas hasta que la mirada fulminante y avergonzada de mi exmarido me hizo callar de golpe. Nos hablaron después del karma y del dharma. Los tópicos siempre funcionan en momentos de crisis y cualquier cosa se convierte en señal para el que las está buscando. «El karma es lo que te pasa, el dharma es tu propósito en la vida». Resoplé, pero nunca le dije lo que pensaba a aquella profesora que insistía en todas esas santurronadas de que el dharma estaba por encima de todo. Tampoco me quejé, acaso resoplé un poco más aquella otra vez en que nos habló de los animales totémicos, de que había que recuperar el vínculo con ellos porque eso era lo que permitía al ser humano reencontrar su lugar en el planeta como parte de la naturaleza. Me quedé en silencio, a pesar de que pensé en responder algo, sobre todo cuando me espetó que mi animal totémico era un mapache. ¡Un maldito mapache! Pero cuando sí que debí haber dicho algo fue cuando mi marido se marchó de casa arguyendo que lo hacía guiado por su dharma. «¿Tu qué?», había replicado yo. Y me había insistido con aquello, que terminó por recordarme a los famosos que de repente se vuelven budistas porque ya no saben qué buscar para llenar su vida. Su dharma le pedía que se fuera, que era una manera como otra de decidir ser egoísta guiado por una suerte de principios divinos, es decir, sin culpa. A los que habíamos crecido con la culpa católica nos era francamente revelador que alguien o algo nos liberara de ella.

Volví a mi rutina de siempre, y en mi rutina, además de reconciliarme con el yoga, que finalmente me dejó también de recordar al dharma de mi ex y a los mapaches, creció mi nuevo interés por las plantas, como creció también aquella fantasía que empecé a proyectar en torno al hombre que cuidaba de su jardín, al que convertí en un personaje fantástico capaz de rescatarme de la ausencia de propósito —ay, el dharma— de mi vida.

No me perdía ninguna cita. Abrigada, envuelta ya en lana, repetía nombres: Nandina domestica. Viburnum tinus. Anturios. Imaginaba un encuentro fugaz en la entrada de la finca. Sus manos enredadas en mi pelo, aquella rotundidad y decisión de los dedos que acariciaban mi cara, que me desnudaban en aquel jardín lleno de rosales en la antesala del invierno.

Un día, pronto, de camino al instituto, salí del ascensor y escuché la cerradura. Corrí y lo vi de pie, de espaldas, introduciendo la llave.

—Buenos días —me apresuré a decir.

Sobresaltado, se giró. Sostenía una barra de pan en la mano, chaqueta de piel marrón gastado y el pelo, largo, de un tono parecido aunque más grisáceo. Tenía, o así me lo pareció, un ojo verde y otro azul. Quise decir muchas cosas más, pero él murmuró un «buenos días» hacia la puerta y entró en su casa. Me fui corriendo al instituto como si huyera de una catástrofe. Nandina domestica. Viburnum tinus. Anturios. ¿Por qué no le había dicho nada acerca de su jardín? Al llegar a clase repartí las hojas del examen de Física y me perdí en ensoñaciones. Me pasé todo el día nerviosa, recriminándome que tendría que haberle dicho algo. Hablarle de sus plantas, decirle que a mí también me gustaban, pero omitir que me había comprado cinco libros y que alternaba los de economía e historia con los de nombres de arbustos.

Soñé con él, y aquel era un sueño antiguo, como si procediera de una parte olvidada de mí. En el sueño tenía la sensación de estar flotando sobre el mar y, en cierto modo, era así, porque estaba dentro de un avión que avanzaba sobre el océano. Yo también avanzaba lentamente detrás de un azafato que iba delante de mí, que aún recogía los restos de comida de los demás pasajeros, y no podía adelantarlo porque no cabíamos los dos en el pasillo. Hubiera tenido que apartar el carrito, apartarse él también a un lado, hacerlo yo y avanzar de costado. Aún y todo, hubiera sido difícil no tocarlo, no rozarlo y, en realidad, casi hubiera querido hacerlo. Pasar la punta de los dedos por esos brazos morenos y fuertes. Entonces, el azafato se giró y me observó. Comprendí que era, en realidad, el hombre de las plantas. Al sonreír, se le formaron unas arrugas alrededor de los ojos bicolor. Retrocedió hasta encontrar un hueco para apartar el carrito y dejarme pasar. Yo hacía malabarismos y pasaba rozando —casi, ay— su cuerpo y le sonreía. Quería decirle, aunque no sé si se lo decía finalmente, que me siguiera, que viniera conmigo. Es aquí y ahora, algo así quería decirle, y estamos de pie sobre el mar. Y en mi imaginación, en la imaginación del sueño, dos veces alejada de la realidad, un sueño dentro de un sueño, yo le desabrochaba la camisa, y sus brazos eran fuertes y apenas tenía pelo en el pecho, pero no me importaba a pesar de que a mí no me gustan los hombres lampiños. El avión dejaba de ser avión y era habitación —casa, hotel, hamaca en la playa— y entonces hablábamos de forma entrecortada y lo seducía —me saltaba esa parte, los preliminares me aburren— y de repente estaba sentada encima de él y ya no hablábamos y tenía las mismas arrugas alrededor de los ojos, pero los mantenía entrecerrados y alguno de los dos, ahora ya no sabría decir bien quién, pero yo creo que era él porque yo no grito, lanzaba un gemido algo teatral y entonces volvía a ser un avión, ya no existía la habitación. Yo nunca hubiera gritado así, y él, el que me hubiera gustado que fuera él, tampoco. Antes de cerrar la puerta de plástico del baño, echaba una mirada al pasillo y él seguía recogiendo bandejas, pero no me miraba y, resignada, me encerraba en el cubículo y corría la pestaña de la luz.

El gritito. Siempre hay algún detalle que nos aparta definitivamente de una historia. Aquel día amanecí con un miedo extraño, un terror antiguo a los detalles que no encajan. Amanecí, también, con la urgencia de lanzarme, de hacer algo.

Al final, lo hago todo rápido, como si estuviera huyendo. Se mezclan muchas cosas: el sueño del avión, el dharma, haber sido un mapache —que representa la verdad, la curiosidad y la aceptación, sobre todo eso: la aceptación—, de manera que lo hago todo atropelladamente, quizás huyo de mí, de mi actitud, de aceptar lo que me viene dado, por eso, cuando veo que es diciembre, que llevo casi cuatro meses de observación, de tranquilidad, de ensoñaciones y estudios de esas flores que él, solo él y sus manos saben mantener con vida, salgo a la terraza y vuelco un cubo de ropa mojada, como si fuera a tenderla. Es ropa cuidadosamente escogida: sujetadores con encaje, una camiseta de raso, un fular que me regaló mi exmarido. Todo eso lo vuelco y la fuerza de la gravedad lo lleva hacia abajo. Caen al suelo: un sujetador en la hortensia, el fular se enreda en la buganvilla, aún florida, pero «cómo puede ser», me digo, y me respondo, «pues por sus manos, porque cada día las riega, e imagina qué harían esas manos si te regaran a ti».

Espero a que salga, como cada noche, y cuando lo hace, cuando veo que se detiene en el marco de la puerta, asombrado ante el espectáculo, ante los habitantes repentinos de su jardín, arranco a correr, cojo el ascensor, que tarda y tarda, y entonces bajo por las escaleras y llego volando a su puerta y timbro con insistencia, como si no hubiera un mañana.

Cuando me abre, cuando lo tengo frente a mí, pienso que es el hombre más hermoso que he visto jamás.

—Es que se me ha caído… entero. Perdona.

—Sí, lo he visto —dice con una voz profunda—. Pasa. ¿Tienes algo para recoger la ropa?

He olvidado esa parte.

—Ay, no, perdona —digo—. Me gustan.

—¿El qué, disculpa?

—Nandina domestica. Viburnum tinus. Anturios. Las plantas, digo.

Me mira como si no entendiera.

—Pasa, tengo una bolsa. Creo que te servirá.

Entro y me embarga una profunda timidez. Tanta que me quedo sin nada que decir. Tiene un salón austero pero lleno de estanterías y libros. Me señala el pasillo que lleva hacia la terraza y me hace un gesto para que me dirija hacia ahí. Mientras, él va a por la bolsa. Me voy acercando a la terraza y siento sus pasos detrás de mí. Salgo por fin, y lo primero que me sorprende es la ausencia de aroma, ni rastro de la frondosidad de ese olor imaginado. Observo toda la magnificencia de colores. Es entonces, al acercarme a desenredar el fular de la buganvilla, cuando me percato. Cuando veo de cerca la hortensia en la que está el sujetador con encaje. Cuando me acerco al rosal porque el camisón lo cubre por completo. No hay que tener miedo. No van a pincharme las espinas. Cuando veo la palmera, los hilitos de plástico mal cosido del tronco. O el limonero, la tela amarilla mal cosida de los limones. Me quedo de pie, mirando aquel jardín artificial en el que no hay rastro alguno de vida.

Cuando me giro para alcanzar la bolsa de plástico que me ofrece para recoger la ropa, me escucho decir:

—Son preciosas.


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