Texto aleatorio

Cuando queda poco para llegar, cuando empiezan a poder distinguir las formas, a pesar de la oscuridad —«mira, papá, las casas y las carreteras, y creo que eso es un hotel, ¿verdad?, ¿has visto el bosque?»—, Mina se agarra al apoyabrazos del asiento. Siempre le ocurre lo mismo: cuando el avión está a punto de aterrizar siente el temor de que la pista no exista, de que, en realidad, el avión termine aterrizando sobre el agua. Amerizar, se llama así, pero en ese momento no se acuerda, solo le viene a la cabeza el vídeo de aquel piloto legendario que le mostró su padre, el que consiguió llevar el avión al Hudson y avisó a los pasajeros: «Good luck», les dijo. Mina tiene miedo de que vayan a tener un accidente, de que vayan a morir, incluso. Pero esto no se lo dice a Teo, su padre, que, junto a ella, sentado en el asiento del pasillo, con las piernas de lado de tan largas que las tiene, deja su mano encima de la de su hija.

—Mina, que ya casi estamos.

Ella aprieta los dientes y, antes de cerrar los ojos de nuevo, observa la mano pecosa y blanca de su padre, que cubre por entero la suya, de un color marrón claro, color café. Trata de distraerse, de no pensar en los socavones de la pista, por eso su cabeza se marcha lejos de donde están, de la fila 46 se va al verano, a cómo se ríen su madre y ella de la palidez de la piel de su padre, que huye siempre del sol, cobijándose en cualquier lugar —gorros, sombreros, camisetas de manga larga, cremas de pantalla total— debido a esa piel tan clara que se abrasa sin piedad. Es rubio, tan rubio que, de niño, en las fotografías que Mina ha visto, parecía albino. Mina sonríe al rememorar las quejas de su padre en el apartamento de la playa. Teatral, como es él, entornando los ojos hacia el cielo y exclamando: «Señor, no es justo que tenga a esta hija guapa y morena y que no se me haya pegado ni un poquito de color».

Su padre es ateo y cuando empieza cualquier frase con «Señor» es que lo que sigue es una broma. Mina sabe, porque tiene ya trece años, que la teatralidad de su padre encubre la preocupación por que ella se sienta mal por ser distinta. Distinta a los niños de su clase, a los niños de los apartamentos de la playa, a sus propios padres. Diferente de aquellos a los que llama su familia, porque no hay niños de color café entre sus primos.

—Papá, seguro que hay pista, ¿no? —dice cuando ya no puede evitarlo, cuando hace rato que han desplegado el tren de aterrizaje y las pistas de cemento siguen sin aparecer entre tanta agua marrón, meandros y deltas. Las copas de los árboles están ahora peligrosamente cerca.

—No, Mina, al final creo que aterrizamos en la azotea del hotel, que así…

Y entonces escucha por fin el ruido del impacto de las ruedas en la pista. Siente el frenazo brusco del avión y la presión de la mano de su padre.

—Bienvenida a Dacca, Mini.

—Papá…

La llamaba Mini de pequeña, aunque hace años que él dejó de hacerlo: se hizo mayor y a ella lo de Mini le parecía infantil, le hacía pensar en Minnie Mouse. Pero ahora Mina lo pasa por alto y le sonríe. Sabe que su padre querría decir más cosas, pero también es consciente de que su simpática teatralidad entraña cierta «tara», como lo llama su madre, que en algunas ocasiones le reprocha que sea especialista a la hora de encontrar el momento menos adecuado para las bromas.

Cuando salen al exterior a través de la escalera, sienten de repente que la humedad los golpea como si fuera un bofetón y las palmas de las manos se les llenan de agua.

Ya dentro del autobús que los lleva a la terminal, llaman a Lara, la madre de Mina.

—Mamá, ¡ya estamos aquí! —le dice, feliz, Mina—. Hace un calor horroroso.

Escuchan su voz tan nítidamente que parece que estén cerca, que su madre los espera en el hotel, como si no estuviera a ocho mil kilómetros de distancia, en un hospital de las afueras de Barcelona acompañando a la abuela, a la que han tenido que operar de urgencia porque se había roto la muñeca.

—Está bien, la abuela está bien. Cansada por el aturdimiento de la anestesia, que aún le dura, pero tranquila. Ahora está dormida pero mañana os llamará. ¿Qué hora es ahí?

—Las once de la noche.

—Anda, claro, seis horas más.

Cuando habla con Teo, Lara le dice que no se puede creer que ella no esté ahí. Que se muere de la tristeza de pensar que no va a poder estar en un momento tan importante para Mina.

—Te echamos de menos —le dice Teo.

Pero cuelgan rápido porque están llegando a la terminal y «porque es conferencia», como dice Teo, y, después de pasar por un sinfín de trámites y burocracia, de que Teo responda que no, que no han regresado a Dacca desde que la adoptaron, el policía le pregunta que por qué vuelve ahora, doce años más tarde. Mina, a su lado, siente que tiene que intervenir y dice que va a conocer a su madre. Se siente mal porque esta vez no añade, como hace siempre, «biológica». El policía no parece darle importancia a ese detalle, sella ambos pasaportes y entran, por fin, en Bangladesh. En realidad, regresan los dos, él vuelve, ella también, aunque para Mina es como si fuera la primera vez.

—No está científicamente demostrado que los niños de once meses puedan tener recuerdos —eso se lo contó su padre cuando empezó a preguntar por su país, pero ella no se desencantó y trataba de ejercitar aquel músculo invisible de la memoria, llevarlo hacia atrás, hacia lo desconocido, intentando recordar olores, sonidos. En clase, Mina había aprendido que recordar significaba volver a pasar por el corazón.

Después, en el interior del taxi, Mina hace esfuerzos para mantener los ojos bien abiertos y no perderse ningún detalle de la autopista que los lleva hacia Ghulshan, la zona donde está el hotel, como si quisiera contradecir a toda esa panda de científicos imaginarios, como si quisiera decir que se acuerda, que ella pertenece a ese lugar. Que su corazón ya ha estado ahí. Pero el cansancio la vence pronto y se duerme sobre las rodillas de su padre que sí que recuerda, a la perfección, como si fuera ayer, aquellas semanas en Dacca ya hace doce años, cuando fueron a buscarla. A Mina, que era un bebé risueño con un único diente, el incisivo. La mira, tumbada, el pelo lacio y negro que le cae por los hombros. «Mini», le susurra, pero lo hace tan bajito que nadie, ni siquiera él mismo, puede escucharse.

La encontró Mina de la manera más fácil que quepa imaginar. Conocía su nombre, la fecha y el lugar de nacimiento porque estos eran los datos que figuraban en la ficha de adopción. Con eso fue suficiente para encontrarla. Uno imagina que el proceso es como en las películas: una búsqueda imposible, archivos, pistas falsas e incluso un rastreo en el terreno. Pero ella se limitó a escribir su nombre y su apellido en un buscador. Y apareció, como si el nombre llevara todos aquellos años en un eterno letargo esperando ser hallado, como esas excavaciones arqueológicas en las que barriendo con un cepillo se descubrían inextricables grabados que parecían llevar todos esos siglos enterrados a la espera de que alguien los devolviera a la luz.

Pinchó en el nombre del buscador y este la redirigió a una red social. Había cuatro mujeres que respondían a ese mismo nombre, dos eran de la India, una de Nepal y la otra vivía en Dacca, donde sus padres le habían dicho que residía su madre biológica. Pero no estaba segura de que fuera ella.

Mina, nerviosa, no fue capaz de entrar al perfil. La cercanía de la virtualidad, eso fue lo que la aterró. Que su madre y ella convivieran juntas de nuevo entre los millones de nombres de usuarios de una red social.

Tardó días en atreverse a entrar y, cuando lo hizo, la vio. Era una foto de medio cuerpo, con los brazos en jarra. Llevaba un vestido azul floreado y por encima un pañuelo de gasa rosa fucsia que le caía desde la cabeza. La cara ovalada, los rasgos delicados, la nariz fina con un aro dorado, los pendientes, de aro también, de los que colgaba una piedra roja. La sonrisa, como de sorpresa, aunque claramente era una foto preparada. La segunda foto estaba tomada en una playa inmensa. En el centro de la imagen, un niño de unos cinco años miraba a la cámara sonriente. La arena, oscura, estaba llena de surcos y huellas. El cielo y el mar, de un color plomizo, parecían fundirse en el horizonte. «Mi hermano», se dijo Mina.

Tuvo vergüenza, la sensación de estar haciendo algo que no debía, mezclada, además, con el miedo a que la descubrieran.

Al principio, ocultó a sus padres que la había encontrado. Se sentía culpable de estar buscándola, como si aquello significara que ellos no eran suficiente para Mina. Transcurrieron unas semanas en las que se obsesionó con entrar al muro de su madre cada día, aunque en él nunca encontrara nada más que anuncios o mensajes en bengalí. Más tarde, Mina empezó a visitar, uno por uno, los perfiles de sus contactos, y se adentró también en aquellas 143 vidas que se llamaban Rashid, Jhareshwar, Damayanti, Aayuman, a través de las que trataba de imaginar a esa madre a la que no conocía.

La decepcionó constatar que no se parecía demasiado a ella. Solo en el color de la piel, aunque el de su madre era más oscuro.

Cuando le hablaban de niños adoptados que nunca lo supieron, es decir, que ignoraron que sus familias no eran, biológicamente hablando, sus familias, la reconfortaba pensar que ella al menos no tuvo ninguna duda acerca de que sus padres no eran sus padres.

Mina no hubiera querido ser distinta y, sin embargo, lo era. Se recordaba a sí misma, de niña, pidiéndole a su madre que por favor le pusiera un poco de lejía en el agua de la bañera. Su madre, ojiplática, no dio crédito: «Pero ¿cómo te voy a echar lejía en la bañera, Mini?». No respondió la verdad: que se lo había dicho un compañero de clase.

Detestaba también que la pararan por la calle y elogiaran ese pelo negro como el azabache, casi azul, que le caía por los hombros. No podía soportar esa atención extra, ese escrutinio constante al que la sometían los demás, como queriendo compensar algo, como si ella no se diera cuenta de eso que todos sabían: que aquel no era su lugar. Que se lo habían prestado.

Sus padres habían tomado la decisión de hablarle a menudo de Bangladesh, un país que ambos conocían mucho, en especial Teo, ya que había estado trabajando allí largas temporadas. Sin embargo, de su madre apenas tenían información. Solo sabían que la habían dado en adopción y los datos de la ficha.

Pero, en realidad, a Mina, lo que más le costó preguntarles no era de dónde venía, porque eso ya lo sabía, la pregunta que la había angustiado desde que tenía uso de razón era la que estaba relacionada con los motivos, con el porqué. Tan simple y complejo como eso: por qué la habían dejado en aquel centro de adopción.

Se lo había preguntado a Lara tiempo atrás, un día, a la vuelta de sus clases de refuerzo de Matemáticas, y ella le había respondido que no sabía nada, que ni siquiera en el orfanato les habían podido aclarar nada. No existían datos.

Por aquel entonces, Mina había escuchado ya la perorata de algún psicólogo que contaba que existen los hijos biológicos y después están los hijos del corazón, los hijos que se escogen. Pero ya era mayor para entender que ese tipo de explicaciones bienintencionadas y grandilocuentes encubrían simple y llanamente la impotencia frente al vacío que siente un niño al ser consciente de que no quisieron o no pudieron tenerlo. De que lo abandonaron. También se lo preguntó a su padre, y este se sentó a los pies de su cama, como solía hacer cuando el tema era serio.

—No nos dieron ninguna información más, Mini. Solo lo que ya sabes. Ojalá pudiera… Pero si algún día necesitas saber algo nosotros te ayudaremos, ¿vale? Es normal que tengas curiosidad. Bueno —rectificó Teo como buscando otra manera de decirlo—, aunque no sé si curiosidad es la palabra…

Antes de apagar la luz se lo preguntó:

—¿Tú crees que me quería?

Su padre no contestó al principio. Hizo una mueca extraña, la misma que cuando probaba alguna comida que no le gustaba.

—Yo creo que sí. Pero…, igual no podía cuidarte.

Mina supo que su padre se esforzaba para no decirle lo que pensaba. Entonces, cuando él cerró la puerta de la habitación, escondió la cabeza debajo de la almohada, recordó de nuevo aquello de los hijos del corazón y se echó a llorar: a ella no le bastaba con eso.

Mina sabía, siempre supo —y lo que es más importante, sentido— que sus padres la querían. Sin embargo, desde que descubrió que su madre, además de existir como un nombre en una ficha, tenía un perfil en la misma red social que ella, empezó a pasar largas horas del día encerrada en su habitación.

Orígenes. Esa era la palabra que utilizaba cuando trataba de describirse a sí misma lo que estaba haciendo: estudiar sus orígenes. Mientras otras niñas de su edad se emocionaban con sus cantantes pop favoritos, se iban con amigas al centro comercial, leían libros de ficción juvenil o comían pipas en los bancos del parque a la salida de clase, Mina, convertida en arqueóloga, recopilaba datos, los detalles de una civilización, de un pasado, el suyo, como si de la suma de todos ellos fuese a emerger un relato y una realidad. En su libro de Ciencias Naturales encontró un epígrafe que definía exactamente lo que hacía, se llamaba «Principios de arqueología» y empezaba: «La arqueología es la rama de la antropología que estudia el comportamiento humano en el pasado a través de la investigación e interpretación de las evidencias materiales de dicho comportamiento». «Evidencias materiales», subrayó; después, «Principios de arqueología», y así fue justamente como bautizó la carpeta que dejó en el escritorio del portátil que compartía con sus padres. Lo hizo para despistar, para que no llamara la atención entre todas esas otras carpetas llamadas «Fotos verano», «Proyectos casa», «Lista escuela», «Horarios comedor Mina». En sus principios de arqueología iba apuntando datos, circunstancias, latitudes, anécdotas. Que Sundarbans, en Cox’s Bazar, era una de las playas más largas del mundo; la historia de los enormes buques que van a morir al puerto de Chittagong. Que el punto rojo de la bandera de Bangladesh simboliza el sol, un sol rojo en un mar verde, y que el verde es la tierra fértil de su país. Los nombres de los ríos más grandes: el Brahmaputra y el Ganges. Que en Bangladesh hay seis estaciones. Que sus habitantes nunca han visto la nieve. Que su madre era de una pequeña ciudad, Chilmari, perteneciente a Kurigram, un distrito empobrecido del norte.

Sus principios de arqueología eran una manera de estar cerca. Como si por saber más, por atesorar información, imágenes, rutinas imaginarias, pudiera tocar con sus manos el torrente de vida del que procedía. Como si la acumulación de datos cubriera un vacío de años y kilómetros de separación. Como si nombrar, aprender, acariciar un paisaje, una cara, a través de la pantalla de un ordenador lograra, en última instancia, insuflar vida a todo aquello que nunca la había tenido.

Durante un tiempo, cuando sus padres no estaban en casa, se dedicó a eso. Al principio, Lara no detectó nada. No había signos de que su carácter, de natural abierto, soñador, hubiera cambiado. Sin embargo, pronto, algo en el interior de Mina empezó a agrietarse, a moverse. ¿No debería ponerse en contacto con esa madre a la que no conocía? Pero ¿cómo? Porque luego, cuando se acercaba el momento de hacerlo, de escribirle, Mina escogía quedarse con la fabulación, la proyección. Tenía la posibilidad de contactarla, pero también el inconmensurable temor de no obtener ningún tipo de respuesta.

Cuando se levantan, están en Dacca. «Mini, estamos en Dacca». «Papá, no me llames Mini». Juntos observan el bullicio de la ciudad desde el piso diecinueve del hotel. A pesar de la altura, de los cristales que los aíslan, escuchan perfectamente las bocinas ininterrumpidas del tráfico que raspa el cemento. Rickshaws, taxistas enfurecidos, hombres que empujan carros llenos de frutas, niños que sortean los coches para lograr cruzar las calles atestadas.

Mina no puede apartar la mirada del cristal.

Después de desayunar, bajan al hall y ahí los espera el señor Arshad, un hombre enjuto de amplia y luminosa sonrisa. Lo primero que hace es felicitarles: el 14 de abril se celebra el nuevo año bengalí, el 1427. El ambiente festivo del hall, lleno de adornos que cuelgan del techo, pompones de colores enredados en un carruaje alado en la puerta de entrada, llama la atención de visitantes y niños que se agolpan frente a él para hacerse una foto.

—Esto tiene que ser una buena señal, Mina. Haber llegado el día de Año Nuevo sin saberlo —dice Teo.

Mina, ilusionada, le responde con una sonrisa que deja ver todas y cada una de las piezas de la ortodoncia y, por una vez, ni siquiera le fastidia que el labio superior se le quede montado sobre uno de los brackets. Ambos siguen al señor Arshad en dirección al coche. Hará las veces de guía, intérprete y conductor, y, poco acostumbrado a los turistas y más a los hombres de negocios que llegan a Dacca con prisa, los lleva a conocer la ciudad, el río, el Buriganga, porque es lo primero que desea ver Mina.

El señor Arshad les va contando cosas mientras en la radio suena un programa de la BBC. El ruido del tráfico los abruma, el gentío, los atascos interminables los adormecen a los dos en el asiento trasero y el señor Arshad los vigila atento por el retrovisor. Cuando llegan al Buriganga, detiene el coche sobre un puente y ahí se apean los tres para observar los cientos de barcos que transitan las aguas sucias y densas que, alfombradas de nenúfares, ofrecen, a lo lejos, la ilusión de estar recubiertas de verdes pasarelas sobre la superficie.

—¿Queréis? —y Arshad señala las barcas y el río. Y Mina responde que sí, que por favor, y se lo implora con la mirada a su padre, que detesta ir en barco porque se marea.

Pero Teo accede.

—Ay, Señor, líbrame de esta. De perdidos…

—¡Ay, papá! —se queja Mina.

Se acercan hasta la orilla y se suben a una pequeña embarcación de madera.

Bangladesh es un país de ríos. El agua determina la vida de los que habitan sus meandros, sus deltas, los terrenos que ceden a la fuerza de esto que dicen que es el principio de la vida. A raíz de su independencia, una de las primeras decisiones que hubo que tomar fue la de construir puentes. Puentes y más puentes, esa era la consigna. Pero el país se quedó un poco huérfano de puentes e inundado de agua. Lo cuenta el señor Arshad mientras el barquero avanza río abajo, clavando el remo con brío entre los nenúfares que se abren a su paso, y lentamente dejan el bullicio atrás, el sol enrojecido por la contaminación, y se acercan a esa otra parte más tranquila del río, en cuya orilla se desguazan enormes barcos varados en la arena.

Fue su madre la que le preguntó qué le ocurría. La notaba ausente, retraída, y ella, poco dada al secretismo, se lo contó a bocajarro, pero lo hizo cuando estaban comiendo los tres, para no tener que explicar la misma historia dos veces, como siempre le ocurría cuando contaba las cosas por separado. Trajo el ordenador y les enseñó la foto de la madre, el pañuelo fucsia, los pequeños aros dorados y la piedra roja. La imagen del niño en aquella playa inmensa, aunque se cuidó de no decir «mi hermano». Ellos enmudecieron. Los espaguetis a la carbonara se les quedaron fríos en el plato, la capa de nata líquida oscurecida sobre las tiras de beicon. Abrió la carpeta «Principios de arqueología» y les mostró, triunfante, toda aquella recopilación de información.

—¿Cómo la encontraste?

—Solo puse su nombre, el que vosotros me dijisteis.

—Pero puede haber muchas mujeres que se llamen así y vivan en Dacca.

—Sí, pero también pone que nació en Kurigram. Son los dos únicos datos que hay.

Estudiaron el perfil. Mina les fue contando acerca de sus 143 contactos, lo que había visto, descubierto, como si aquello, ir en pos de la identidad de su propia madre, fuera parecido a prepararse un examen para el colegio.

—¿Qué te gustaría hacer, Mina? —dijo Teo.

—Nada.

—Mina…

—Es que no sé.

—¿Quieres…, quieres que le escribamos?

—¿Y si no responde?

—Mina, ¿quieres conocerla?

Entonces simplemente respondió que sí.

Teo y Lara habían estado todos esos años lidiando con aquella inquietud. Tratando de adelantarse a ese momento que llegó de la manera más inocente y casual que cupiera imaginar. No habían pensado en las omnipresentes redes sociales, simplemente habían supuesto que un día, cuando Mina ya fuera mayor, les pediría ir a conocer a su madre.

Como padres, cuando adoptaron, lo que más les atemorizaba era la existencia de ese vacío en cuanto a los orígenes, esa parte que no podían llenar en la imaginación de su hija.

Fue Teo quien le escribió a la madre de Mina, y ella tardó escasos minutos en contestar. «Vivo en las afueras de Dacca. Estaré encantada de conoceros, sobre todo a Mina».

A partir de ese momento, lo hicieron todo con prisas. Decidir unas fechas, buscar los billetes, el hotel. La citaron en aquel restaurante tan conocido de Old Dacca, el Al Razzak, donde preparaban el mejor biryani de cordero de la ciudad, ese lugar al que, años atrás, fueron a celebrar la noticia de que podían adoptar a Mina. Quedaron allí a las siete de la tarde del lunes 15 de abril. Pero Teo no dejaba de pensar que tras su propia urgencia de llevar a Mina hasta donde hiciera falta se escondía un deseo de compensación por aquella pequeña carencia que tenían como padres, la de no ser biológicamente quienes habrían querido ser.

Desde que Mina llegó a sus vidas, se había sentido desbordado por la alegría pero a la vez aterrorizado, temía una especie de factura imprevista, como si hubiera pedido un préstamo en el que la felicidad, frágil, quebradiza, adelantada durante unos años podía, en el momento menos pensado, llegar a su fin.

Después de visitar la calle donde Teo vivió en Dacca, llegan con diez minutos de antelación a la cita. Nerviosos. No han pasado ni siquiera por el hotel a cambiarse y Teo se queja de que está sudado, pero Mina le responde que está perfecto. Aparecen en Al Razzak y se sientan en una mesa cerca de la puerta. Mina quiere verla llegar y, aunque sepa que aún faltan unos minutos, observa la calle, degustando ese momento de nerviosismo y expectación, como cuando es la víspera de Navidad o de su cumpleaños. Grupos de familias y amigos entran en el local continuamente para seguir con los festejos del Año Nuevo y el señor Arshad pide lassi de mango para los tres.

—¿Cómo crees que será, papá?

—Pues hija, no lo sé. Pequeña, me la imagino. Pero ahora solo tengo en mente la foto que vimos.

—Ya, yo también.

El señor Arshad es consciente de lo que está ocurriendo, de que ese es un momento importante, y decide distraerlos contándoles detalles sobre la preparación de un buen biryani, que no es tan fácil de encontrar.

—El secreto está en los detalles.

—Como todo en la vida, ¿no? —dice Teo.

—Mi madre solía decir que uno de los secretos era cocinar el arroz con cardamomo.

Pero Teo no puede concentrarse en los detalles.

A través del cristal, del frenesí de los ventiladores del techo, Teo la busca entre la gente que se agolpa en la puerta. Va descartando. Esta no, tampoco la otra. Vendrá sola, imagina, aunque lo cierto es que no sabe nada.

Revisa el teléfono, se asegura de que la tarjeta de datos funcione correctamente. Esta mañana le ha vuelto a escribir. Estaremos a las siete en Al Razzak. «Ok, nos vemos luego», ha respondido ella.

Son las siete en punto y Teo observa a su hija. Sus gestos, que son iguales a los de su madre. Su madre, esa palabra. Su madre, que está en Barcelona, aún en el hospital, cuidando a su propia madre. Lleva todo el día maldiciendo que Lara no esté con ellos. No se hubiera visto capaz de venir solo a Dacca, nunca lo habían planeado así.

Teo recuerda la primera vez que vieron a Mina. Llevaba diez meses viviendo entre Dacca y Madrás. Saltaba entre las dos ciudades tratando de poner en marcha un proyecto que fracasaría tres años después, pero, por aquel entonces, parecía que arrancaba. Vivía en un pequeño apartamento en la zona de Banani y echaba terriblemente de menos a Lara, que pasaba algunas temporadas con él. Fue un sábado en que salieron a pasear por Mirpur y ahí, en lo que confundieron con un colegio, la vieron a través de unas rejas. No era más que un bebé al que una niña de unos cinco años llevaba en brazos, como si fuera una muñeca. La niña los miraba con sus ojos bien abiertos desde el otro lado de la reja. Entraron. Fue por curiosidad, luego se contarían que había sido amor a primera vista por Mina, pero, en realidad, se habían fijado en la niña que la llevaba en brazos.

Las monjas católicas que se ocupaban de aquel orfanato les contaron la historia de algunos de los niños.

—¿Y ella? —señalaron a la pequeña del vestido azul.

—Ella está en espera. Hay una familia que la visita a menudo.

—¿Son hermanas? —preguntaron refiriéndose a Mina.

—No. Pero desde que dejaron a la bebé, no ha dejado de cuidarla.

Entonces se fijaron en la bebé, en el lazo enorme que llevaba sobre la cabeza. Los mocos resecos alrededor de la boca y la nariz. La galleta de chocolate que se le había derretido casi por completo aprisionada entre sus deditos.

Cuando regresaron al apartamento, hablaron de lo que habían visto en el orfanato. Salieron los dos al pequeño balcón, ella fumaba un cigarrillo y él miraba la increíble maraña de cables que salía de un poste telefónico.

—Siempre me parece un milagro que todos esos cables se sostengan. Que cuando instalan una línea nueva no se confundan con las antiguas.

—Ya.

—En realidad, aunque desde aquí no lo veamos, todo tiene un orden, ¿no? Detrás de cada uno de esos cables existe una lógica. Alguien ha pensado en ello. Luego, en la vida, a menudo tengo esa misma sensación.

Ella rio.

—Ya me entiendes. Algunas cosas aparecen así, de repente, en medio de la nada, pero no son casuales: siguen una lógica. Y hay que ser rápido, cazarlas al vuelo…

Lara lo miró con ternura. Solía interrumpirlo cuando se enredaba, cuando se perdía en circunloquios que desembocaban en calles sin salida, pero lo dejó seguir aquella vez. Después de un largo silencio, volvió la mirada hacia ella.

—¿Y si…? —empezó.

Inquisidora, ella esbozó una sonrisa.

—¿Y si la vamos a buscar? —siguió él.

Así fue como Teo recuerda haber empezado a pensar en aquello que les cambió la vida, mirando embelesado unos enmarañados cables de telefonía desde su apartamento de alquiler.

A través de los cristales del Al Razzak, ve también un poste lleno de cables eléctricos y de fibra óptica. Parecen nidos de golondrinas, solo que sobresalen aparatos negros que cuelgan, como si fueran adornos.

Son las siete y media cuando el señor Arshad decide, entre el silencio y la incomodidad, pedir biryani para todos.

—Mina, seguro que está en un atasco de tráfico. Ya has visto cómo es esto, y además es Año Nuevo, imagínate la locura que puede ser circular.

—¿Le puedes escribir para decirle que ya estamos aquí?

—Ya lo he hecho.

—¿Lo ha leído?

Y Teo le muestra el mensaje, con el acuse de recibo.

—Lo ha leído pero no ha respondido. Voy a salir a fumar —dice.

—Papá, si tú ya no fumas.

Sin embargo, Teo se levanta y, veloz, atraviesa las puertas de cristal. Se adentra en un pequeño supermercado y ahí, frente a los yogures y los envases de leche, llama a Lara.

—No ha venido aún —dice. Se hace un silencio al otro lado de la línea—. ¿Y qué hacemos ahora, eh?

—¿Crees que no va a ir? Pero si has ido hablando con ella… ¿Y Mina?

—No lo sé, pues ahora mismo escuchando cualquier rollo que le esté contando el guía…, pero ¿qué hago?, ¿cómo llego hasta aquí para volverme a casa sin ver a esta mujer… que no aparece?, ¿nos habrá mentido? Te juro que…

Siente, entonces, la presencia de alguien a su lado que le tira de la manga de la camisa, desearía que fuera el tendero que le pregunta si puede ayudarle en algo, pero es su hija, Mina, y él cuelga de golpe, dejando a Lara hablando sola.

—Hija, es que…

—Papá, pensaba que estabas fumando. No quiero que fumes más. Me lo prometiste. El biryani ya está ahí.

Efectivamente, cuando entran de nuevo en el restaurante, el señor Arshad les sonríe.

—Biryani para todos —vuelve a decir—. Hay dos de cordero y uno de pollo.

El señor Arshad empieza a comer pero ellos no tocan el plato.

—Si en media hora no llega, nos vamos —dice Mina.

Y Teo asiente, y la media hora que les queda por delante se le hace eterna. Le ha escrito a Lara. «Mina me ha pillado hablando contigo». Siente vergüenza y culpa porque su hija está llevando el peso del encuentro fallido mucho mejor que él.

Los biryanis se enfrían y nadie habla hasta que Mina, que ha fingido estar hojeando la guía de viaje, rompe el silencio.

—Papá, no va a venir. Hace una hora y cuarto que estamos aquí.

—Vamos a esperar un poco más, Mina, yo creo que está a punto de llegar. El maldito tráfico de la ciudad, ¿verdad, señor Arshad?

Mina trata de probar su biryani, completamente frío, pero no puede comer.

El día que se la llevaron, en el orfanato había dos parejas más. Tenían, por fin, a sus niños y se los llevaban a casa. La única que lloraba, casi desesperadamente, gritando, pataleando, era Mina. Los dos niños, de una edad similar a Mina, estaban adormecidos, no decían nada, en realidad, era como si no estuvieran ahí. Uno de los hombres le dijo a Teo, sonriendo, «Parece que os lleváis a la llorona, ¿eh?». La monja les contó que Mina se había encariñado mucho con algunas de ellas. Cuando salieron del orfanato, Teo exclamó triunfante: «Nos hemos llevado a la única que aún puede llorar. Hay vida ahí, Lara». Y entre berridos y lloros llegaron a casa. La niña estaba viva.

El señor Arshad les pregunta si puede pedir que le pongan para llevar el plato de biryani que ellos dos dejan sin tocar.

—Me duele un poco aquí, papá —dice Mina y señala la boca del estómago.

Teo se levanta de repente porque cree que la ve, incluso agita la mano, y Mina lo imita, nerviosa, de repente.

—Me ha parecido que era ella, de verdad…

La mujer a la que ha saludado entra en el restaurante con sus hijos y su marido y lo mira sin entender de qué creía conocerla, pero pasan al lado de la mesa ignorándolos.

—Papá, me duele… aquí. Es como si tuviera un agujero.

—Nos vamos, Mini. Voy a pagar.

De vuelta al coche ninguno dice nada. Se pasan casi tres cuartos de hora en un atasco y, cuando por fin encuentran un atajo y cogen un poco de velocidad, el señor Arshad baja los cristales y el aire de la noche llena el interior del vehículo y disipa el olor que desprende la bolsa con el biryani para llevar.

El señor Arshad no les da más detalles de la ciudad, ni les cuenta ya más historias sobre los puentes que no se llegaron a construir. Sabe que es mejor estar en silencio y, cuando los deja en el hotel, puede sentir la decepción de ambos como si fuera una presencia que ha crecido hasta ocupar todo el interior del coche. Se despide de ellos y les dice, cuando ya se han dado la vuelta y han empezado a andar hacia la recepción, que lo siente.

Ya en el lobby, a Mina y a Teo les informan de que pronto empezarán los fuegos artificiales y que los pueden ver desde el bar que hay en la terraza del último piso.

—Quizás no quería que la encontráramos —dice Teo en el ascensor, mientras suben.

El bar del último piso está vacío. Solo hay un camarero que les ofrece bebidas porque la cocina ya ha cerrado. Van hacia una mesa pegada a los cristales, pero antes de sentarse permanecen de pie, juntos, observando las calles. Aún quedan restos de las celebraciones, familias engalanadas que se marchan a casa. El nuevo año que llega para todos.

Teo necesita hablar acerca de lo que ha ocurrido pero no sabe qué decir. Se siente mal por no haberlo evitado, por haber expuesto a su hija, que solo tiene trece años, a tamaña decepción. La psicóloga del colegio les dijo que era demasiado pronto, que era demasiado vulnerable. Pero decidieron traerla y ahora teme por Mina, teme que la situación la traumatice. Sin embargo, inexplicablemente, la ve tranquila, serena.

—Gracias por traerme hasta aquí, papá.

Él maldice que no esté su mujer, ella sabría qué decir, cómo actuar.

—Lo siento, Mina. Yo esperaba lo mejor.

—Solo quería saberlo, papá.

—¿El qué?

—Si me quería cuando nací.

—Pero Mina…

—Ahora ya lo sé.

Mina parece mayor. Tiene el pelo recogido en un moño y se pasa por detrás de la oreja el mechón que le queda fuera, el flequillo que le está creciendo.

—¿El qué sabes?, ¿qué quieres decir?

—Que a veces me preguntaba si ella pensaría en mí. Si quizás se arrepentía de haberme dejado ahí…, de haberme abandonado.

—Mina, nadie te abandonó —Teo la corta con más vehemencia de la que le gustaría—. Te dejaron en un sitio para que te cuidaran. Abandonados son los que dejan en un contenedor o en…

—Papá. Ya está. Solo quería saberlo, si se arrepentía. O si quería conocerme. Y ya veo que bueno… que no.

—Mina, no sé si podemos decir este tipo de cosas tan a la ligera.

Y querría poder decirle cualquier excusa, como que quizás se ha perdido, pero sabe que Dacca es su ciudad. Que se encontraba mal, pero en ese caso podría haber avisado. Teo se queda pronto sin recursos.

—Papá. No te preocupes —continúa—. Ahora ya lo sé.

A través de las ventanas ven, a lo lejos, fuegos artificiales, y a Teo se le hace un nudo en la garganta. Casi preferiría que estuviera triste, alterada, enfadada, pero esa serenidad lo desarma.

—¿No crees que siempre es mejor saber, papá?

Sabe que tendría que decirle que sí, que claro. Cómo no va a ser mejor saber siempre la verdad. Pero, por una vez, le dice lo que piensa.

—Pues la verdad es que creo que a veces es mejor quedarse con la duda.

Cae la noche, y los habitantes de este enorme hormiguero se retiran lentamente a sus madrigueras, un sopor envuelve esta ciudad de cemento y agua. A lo lejos, palmeras de fuegos artificiales iluminan la oscuridad y siguen dando la bienvenida al Año Nuevo. Teo le pasa el brazo por los hombros y la estrecha fuerte contra sí. Preferiría verla alterada pero, a la vez teme, más que a nada en el mundo, que Mina se ponga a llorar y que él no sepa reaccionar. Lo aterra la impotencia de no encontrar las palabras.

Sin embargo, se sorprende al notar, inesperadamente, la quemazón en los ojos. Siente, como si no fuera a él a quien le estuviera ocurriendo, que le resbala una lágrima por la mejilla. Siente, de repente, que es él quien llora.


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