Texto aleatorio

Me levanto por las noches porque la nevera hace un ruido insoportable. A ciegas, tratando de no despertar a tu madre, cojo las gafas de ver que descansan sobre la mesita, me las pongo y me dirijo hacia ese dios herido y renqueante que se me antoja un oráculo moderno, y trato de descifrar una señal entre sus vibraciones y zumbidos. Una señal que significa sí o no. Entonces me digo: si el ruido de la nevera se detiene ahora en seco es que saldrá bien. A veces ocurre y se detiene. Si no, espero un tiempo y le doy un poco de margen, una oportunidad. Mientras, lleno de agua un vaso de cristal adornado con líneas horizontales concéntricas. El agua no debe rebasar la tercera línea empezando por abajo. Parece fácil, pero no lo es, sobre todo teniendo en cuenta la potencia del grifo, que no conoce término medio.

Un día tras otro, frente al zumbido de la nevera, que nunca cambia, renuevo el pacto y escribo una imaginaria y silenciosa carta a los Reyes Magos y estos, convertidos en nevera, me aseguran que todo estará bien.

Cuando se detiene el zumbido llega el silencio. Me tranquilizo. Algunos días, aunque trato de apartarlo de la mente, como si uno pudiera decidir a qué imágenes y pensamientos entregarse, se apodera de mí un momento de lucidez y me veo a mí mismo a las cuatro y diez de la mañana —suelo pasar entre cinco y ocho minutos en la cocina—, un padre primerizo pidiendo un deseo a una nevera Balay de acero inoxidable comprada en 2005, y no me queda otra que reírme. Si al menos fuera creyente, me digo para mis adentros, si al menos fuera uno de esos devotos que pide deseos a las velas que arden temerosas bajo las estampas o en los altares de santos desconocidos. Si solo rehuyera a los gatos negros para alejarme de los malos augurios, o si me refugiara de los andamios para burlar la mala suerte.

Solo cuando el nivel del agua está perfectamente igualado con la tercera línea y la nevera ha dejado de hacer ruido puedo salir de la cocina tranquilo, convencido de que todo estará bien.

¿Saldrás adelante? Sí, saldrás adelante.

Las cuatro y diez, atravieso la oscuridad hacia el salón. Por el pasillo, dejo atrás las habitaciones, el despacho de tu madre a la derecha, el lugar central, a modo de trono, que ocupa la máquina de coser negra, la Singer, que nunca usa y que acumula polvo porque adornamos las casas con lo que ya no nos sirve, pero es un regalo de tu abuela. Al lado de la Singer, un marco de fotos cuadrado. Dentro, una foto en blanco y negro. Un bebé con volumen en una ecografía 3D. El punto que es tu nariz. Te miro así, de reojo, cuando paso por el pasillo hacia el salón. Lo hago todos los días desde que empezó el insomnio. Hoy, día 52, pero la nevera dice que saldrás de ahí.

Dicen que las razones del insomnio son siempre distintas. No es lo mismo levantarse a las tres que a las cinco de la mañana. O a las seis. Cuando detecté el patrón, cuando día tras día abría un ojo y veía en el reloj digital de la mesita de noche que eran exactamente las cuatro y dos minutos, el descubrimiento me pareció fascinante. Busqué en internet las razones de lo que podía estar ocurriendo. Internet proporciona siempre las respuestas adecuadas porque puedes hacértelas a medida: si no te gusta una, puedes saltar a la otra hasta que encuentres lo que quieres leer.

Me levanto de la cama porque tengo miedo y porque sé que si en vez de contar zumbidos me quedo junto a tu madre tumbado e, inquieto, empiezo a dar vueltas, ella se dará cuenta de que estoy despierto, abrirá los ojos, incluso encenderá la luz de la mesita y entonces alguno de los dos preguntará algo que no queremos responder.

Por eso, a las 4:10 de la mañana, cuando la nevera me dice que saldrás adelante, me voy al salón después de buscar tu nariz en un marco cuadrado. Me siento a la mesa de madera tan increíblemente larga para las dos personas que habitamos la casa. En un extremo, el que da la espalda al ventanal. Abro el ordenador y empiezo a trabajar. Respondo los correos. Bueno, no es verdad. Leo los correos y, más tarde, trato de organizar el programa de la radio. Nunca lo logro. En estos 52 días, si no hubiera sido por mi equipo, que se encarga de que no se note que yo no tengo ideas, me habrían despedido. Lo que hago desde aquí, desde el extremo de una mesa de madera, es pensarte, día tras día, además de cerrar los ojos cada tanto para pedirle a la nevera que salgas adelante. No creas que es lo único que hago. He cogido otras costumbres también. Voy por la calle, por ejemplo, y cuento las matrículas que acaban en 8, mi número de la suerte, para que los coches me aseguren lo que quiero que ocurra. Cuando encuentro varias seguidas parece que estoy de suerte. El otro día, en cambio, no había visto aún ninguna y me quedé en una cafetería acristalada, tomando un café aguado, solo para encontrar alguna y no regresar a casa de vacío. Además, cuando enfilo la calle Aragón y voy viendo que los semáforos cambian a verde a mi paso, sé que es otra señal. También cuento baldosas y escaleras y a veces creo que si resulta un número par saldrás adelante. No pido nada. Solo pido que te quedes.

He buscado todo esto que me ocurre en internet, todo esto que se ha agudizado desde que la enfermera dijo aquellas palabras juntas, familia y límite de viabilidad, y obvié por completo la segunda, los 1.500 gramos encerrados en una incubadora de plástico cableada. Monitores que lanzaban alarmas agudas, que parpadeaban. Los pitidos que me perforaban la cabeza. Los catéteres, las sondas. Tuve que salir al pasillo porque me mareé, y dejé a tu madre con la enfermera. No sé qué piensas al respecto, pero yo creo que no puedes decir esas palabras en la misma frase: familia y límite de viabilidad. Porque la primera implica la negación de lo demás.

Familia. Qué palabra, ¿verdad? Parece tan fácil. Y se escurre, no veas cómo se escurre si no la sostienes bien. Pero la enfermera dijo que somos una familia y quise decirle lo que sabía: que todas las familias son un fracaso. Unas, un gran fracaso, otras, uno más pequeño, más asumible.

Mi familia es mi hermana Carmen, tu tía, que años atrás me pidió un favor inocente, sin importancia incluso, que desembocó en un episodio que me acompañaría de por vida.

Por aquel entonces, principios de los ochenta, ella era dependienta de una zapatería de la plaza que aún llamábamos Calvo Sotelo, donde se encuentra la emisora de radio en la que trabajo. Estábamos en casa, todavía vivíamos los dos ahí, fíjate lo jóvenes que éramos, y estábamos comiendo croquetas. Croquetas. Siempre me he preguntado por qué demonios se acuerda uno de detalles tan absolutamente intrascendentes de la vida y olvida aquellas cosas que terminan por definirlo. Pero fue mientras comíamos croquetas de jamón cuando me dijo que tenía que pedirme un favor. Estaban en plena campaña navideña y el hombre que iba a disfrazarse de Papá Noel había enfermado la misma mañana sin darles opción a buscar a nadie más. A las cinco de la tarde, hordas de niños uniformados que salían del colegio llegarían a la zapatería para hacerse las correspondientes fotos, de manera que me pidió que me vistiera de Papá Noel, que la ayudara a apuntarse un tanto. Y lo hice, no sabes lo convincente que puede resultar tu tía Carmen. Recuerdo aquella ingente cantidad de niños con el bocadillo de la merienda recién terminado, migas aún en la bufanda, en los abrigos. Me senté en una especie de sillón tapizado de terciopelo que hacía las veces de improvisado trono y se fueron acercando uno a uno. Hice el papel, incluso diría que lo hice bien. Sin embargo, cuando estaba ya a punto de terminar todo aquel número circense, se acercó una niña con manchas de vitíligo en la barbilla. Se sentó, me miró y se puso a llorar. No debía de tener más de seis años. No lloraba, como los otros niños, porque se sintiera sola, desamparada ahí en las faldas de un estrafalario hombre de barba blanca. Tampoco porque tuviera miedo: lloraba porque me descubrió. Porque se convirtió, de repente, en adulta. Porque adivinó, bajo la barba blanca de aquel presunto anciano, la cara del jovencito asustado que era yo. Desconcertada, miedosa, me miraba. «¿Te pensabas que podía creérmelo?», parecían decir sus ojos implorantes.

Con los años, algo de aquella tarde permaneció en mí. No solo las croquetas. Era esa sensación de llevar un disfraz, de que años después, en cualquier otra circunstancia, esa niña pudiera aparecer de la nada para señalarme: tú no eres Papá Noel.

Lo llaman, creo, el síndrome del impostor. A la gente le gusta ponerle nombre a todo. Lo que ocurre, en realidad, es que todos tenemos un miedo tremendo a no estar a la altura de las expectativas.

Tu tía Carmen y yo tenemos los ojos muy similares, separados, de un color indefinido, grisáceo. De niños solían decirnos que éramos como dos gotas de agua. Quizás tuvieran razón. Aunque en realidad, lo que nos hacía tan parecidos era otra cosa: Carmen y yo heredamos una mirada, una manera de ver el mundo.

Pero espera, porque he dicho que Carmen y yo tenemos los mismos ojos. Uno tarda un tiempo en poner los verbos en pasado. Me pasa también con su teléfono, que lo tengo ahí, «Carmencita», pone. Y su chat, también. El último mensaje que le mandé decía: «Me muero de ganas de verte». Menudo mensaje. Me muero, eso decía. Estaba a trece horas de avión, nada más y nada menos, y volvía aquella noche. Encajonado en el asiento de la ventanilla, soporté estoicamente las turbulencias y escuché al azafato que decía, en un inglés tan ortopédico como el mío, «Let us know if you need any hope». E incluso yo, con este inglés de pacotilla del que tu madre siempre se ríe, entendí que se había equivocado. Que había confundido help, ayuda, por esperanza, hope. Fue entonces cuando comprendí que ambas significan lo mismo, que quien pide ayuda está, en el fondo, pidiendo esperanza. Pero yo no lo hice. No pedí ayuda, ni esperanza. Cuando aterricé, Carmen no salió del coma. Murió a los tres días. Por eso comprendí, aunque tarde, que igual tenía que haber pedido algo.

Es extraño, pero después de que tu tía se muriera, me empezó a pasar esto mismo que me está ocurriendo ahora: comencé a tener permanentemente la sensación de haberme dejado el horno encendido, a buscar señales en todos los lugares. Supongo que buscaba una seguridad. Que esperaba que algo, un azafato o el semáforo que se pone en verde, me asegurara que las cosas irían bien.

Un día, no hará más de un par de semanas, tu madre se levantó a las cuatro y cuarenta y cinco y me encontró, tal y como estoy ahora, en el extremo de esta mesa enorme, con el ordenador abierto. «¿Qué haces?», me preguntó, y yo le respondí que el zumbido de la nevera no me dejaba dormir. Además, argumenté, tenía que preparar el programa del día siguiente. Me miró, ni siquiera incrédula, sino solo moviendo la cabeza de un lado a otro. Se me vería la máscara de Papá Noel, supongo, de manera que se marchó a la habitación y no me ha vuelto a preguntar. Tampoco sé qué podría contestarle, si le parecería bien que me comunique con una nevera porque tengo miedo de hacerlo con ella. De preguntarle, ¿y si no? Pero prefiero no pronunciar ciertas palabras, ciertos augurios. A la realidad no hay que darle ideas.

Estas noches de duermevela no puedo evitar buscarme continuamente en el reflejo del espejo del salón. Lo compramos en un anticuario y a veces pienso que es opaco: demasiadas caras, demasiados cuerpos se han superpuesto en él. Hay cierto hartazgo en la manera en que refleja el mundo, como si después de tantos rostros, de tantas expresiones, fuera incapaz de reflejar algo más. La primera vez que te vi me busqué en tus rasgos, pero me sobresaltó una idea estúpida: que los bebés y los viejos no tienen cara. Unos, los bebés, porque aún no la tienen, porque lo que comúnmente llamamos cara es un cúmulo infinito de expresiones, y los otros, los viejos, porque están dejando de tenerla.

Un día te tuve en brazos. Me tumbé en ese sofá incómodo en un rincón de aquella sala llena de incubadoras y monitores. Una enfermera me hizo quitarme la camisa y anunció seria: «Piel con piel», y te puso sobre mi pecho. Nos habló entonces del ritmo cardiaco: ya conocías el de tu madre, pero aquel era el primer día en que ibas a escuchar el mío. Aterrado, miraba a tu madre, que a su vez me observaba: «Pero habla, dile algo», y sabes, me quedé una hora en el silencio más absoluto.

Solo podía agarrarte y pensar en el número de veces que se contrae el corazón por minuto. Sístole, diástole. Pensaba en matrículas, en números pares y deseaba que no notaras las arritmias, mis respiraciones entrecortadas. Te agarraba como si en cualquier momento pudieras escaparte, como esa palabra escurridiza que es familia. Porque no he vuelto a pensar en la otra expresión, límite de viabilidad. Porque es mejor no darle ideas a la realidad.

Soy un padre muy mayor, me dije. Demasiado. Sentía el calor de tu cuerpo sobre mi pecho, pero yo estaba rígido, demasiado concentrado en que no vieras la trampa bajo el disfraz de Papá Noel. Pensaba en aquel recuerdo de mi padre la primera vez que fuimos a Denia y comimos tortilla de gambas, otra vez los datos insignificantes. Yo les estaba haciendo una foto frente al merendero y me fijé en el proceso. Él estaba en medio y Carmen y mi madre lo abrazaban, una a cada lado. Más que la propia imagen recuerdo la sensación: él se dejaba agarrar, sin ofrecer resistencia, pero tampoco voluntad. Supongo que a algunos hombres, quizás a mí también, no nos enseñaron a agarrar bien y las cosas se nos acaban escurriendo. Familia, esa palabra. Por eso tuve tanto miedo de que te cayeras el otro día, tanto que no pude ni hablar. Y mientras te sentía, iba contando cables, azulejos, pitidos. Tu madre me preguntó varias veces si estaba bien, si podía hablar, aunque solo fuera un poco, para que escucharas mi voz. Pero no pude.

Y regresé otro día, y el proceso se repitió. En silencio, congelado, y tú sobre mi pecho, quise hablarte, pero no pude. Se me ocurrió decirte: «Hola, cómo estás», pero pensé que sería como estar hablándoles a mis oyentes.

Después, de vuelta a casa, los semáforos poniéndose en rojo en la calle Aragón y yo maldiciéndolo todo: «Acelera, ¿quieres hacer el favor?», le espeté a tu madre, que me miró ojiplática y yo no le pude confesar mi pacto con los semáforos, ni con las baldosas o la nevera y, cuando nos detuvimos en el último rojo, le pregunté, de la nada: «Pero ¿qué le cuento?». «Improvisa, como haces siempre». Y el coche se puso en marcha: «Es que es…», empecé.

Y tardé un rato en terminar la frase, en poder pronunciar aquellas dos palabras entrecortadas. Mi hijo, eso es lo que dije: «Es que es mi hijo». Y las palabras no se rompieron, y entonces llegamos a casa y esto fue ayer. Me dije: tengo que hablar con mi hijo. Así que aquí estoy, hijo, tu padre, padre por primera vez cuando casi me tocaría ser abuelo, sentado en una mesa en la que podría comer un equipo de fútbol. Estoy escribiéndote porque no quiero quedarme en blanco. Así que terminaré esto y lo haré: cogeré el teléfono. «Audio 1», aparecerá en la pantalla. Entonces le daré al play y, por si no me salen las palabras, las iré leyendo. Una detrás de otra. Las grabaré y se las enviaré a tu madre. Una nota de voz, «Audio 1», eso es lo que voy a hacer. Le diré a tu madre: «Hoy, cuando vayas al hospital, solo dale al play». Es mi hijo. Porque me dijeron aquella palabra, familia, y mudo, no supe qué responder. Me da igual haber contado lo del zumbido de la nevera, los azulejos. Yo solo busco señales. Yo solo trato de asegurarme de que te quedas.


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