Texto aleatorio

Al amarte ahora,

me gusta pensar que estoy dando mi amor

directamente a ese chico en la abrasadora habitación,

como si pudiera alcanzarlo a través del tiempo.

SHARON OLDS,
«Poema tardío a mi padre»

Me llama y le digo que no tardo, que estoy en dos minutos. El que me llama es Jorge, pero Jorge es mi padre. En la agenda, guardo el número por su nombre de pila. En un momento dado me pareció, años atrás, que no se merecía que le pusiera papá, y fue una venganza absurda por mi parte porque cuando me llama obviamente él no está presente, de manera que no puede ver cómo su nombre seguido de su apellido, que es también el mío, parpadea en la pantalla iluminada.

Estamos a 2 de octubre y, después de haber pasado un par de días en su casa, mi padre me acompaña andando de Ópera hasta Atocha. Mis piernas asoman bajo el vestido largo de flores mientras dejo atrás el mercado de San Miguel y me encamino hacia Ópera.

Cuando lo veo, menudo y titubeante frente al McDonald’s, agito la mano a modo de saludo y voy hacia él. Lo alcanzo y se queja de nuevo de que el coche esté en el taller y de que tengamos que ir a pie, pero al menos, dice, no hace tanto calor ya. El verano, ahora sí, terminó. Le doy un par de libros que me pesan demasiado dentro del bolso: El bosque de la noche de Djuna Barnes y uno de Luis Alberto de Cuenca que me acaba de regalar una amiga a la que se le ha vuelto a caer el pelo, aunque yo siempre finja mirar hacia otra parte. El libro se llama Bloc de otoño y mi padre lo ha mirado con desconfianza, con condescendencia, y lo ha metido en la bolsa de Massimo Dutti en la que lleva un paraguas, el Sport y su gorra azul, la gorra que se pone para que no se le queme la calva porque el médico le dijo que todas aquellas manchitas, islas en un globo terráqueo que es la piel de su cabeza, eran manchas precancerígenas. Vamos andando desde Ópera, yo con el ordenador a cuestas, porque en Madrid nunca se sabe cuándo tendré un rato libre, y él con su bolsita con el asa de cuerda. Llegamos a Sol y le cuento que ese mediodía he conocido a un actor excéntrico que se había leído mis libros y me los contaba a mí gesticulando, como si no los hubiera escrito yo y tuviera que darme todos los detalles del argumento. A mi padre la historia le hace gracia. Siempre exagero las anécdotas porque me gusta hacerle reír. Y aunque esté cansada, porque esta ciudad me extenúa, me agota, intento contar algún chiste, enseñarle alguna foto, inventar alguna extraña peripecia que muchas veces ni siquiera ha ocurrido.

Mi padre vivió en Barcelona hasta que cumplí los dieciocho. Cuando se marchó, solíamos ver juntos una misma serie de la televisión autonómica y, durante años, aunque yo me hubiera mudado también de ciudad, él siguió viéndola desde Madrid. Me llamaba una o dos veces al mes y no me decía gran cosa, pero me hablaba de aquella serie que se convirtió, para los dos, en lo que nos quedaba de la ciudad que habíamos abandonado. Estuvo seis años en antena y yo nunca la volví a ver. Pero recuerdo sus someras explicaciones, el detalle con el que me resumía los avances y me describía a los personajes y las situaciones nuevas. «¿Has visto la serie estos días?», me preguntaba invariablemente cuando yo descolgaba el teléfono, aunque hiciera ya años que me había olvidado hasta del nombre de los protagonistas. Nunca le dije la verdad: que no la veía para que así él pudiera contármela.

Jamás he llamado a mi padre por teléfono para saber simplemente cómo está. Creo que él está acostumbrado a que le llame cuando necesito alguna cosa o cuando no encuentro la manera de pedir algo y quiero que él adivine entre mis circunloquios lo que estoy tratando de decir.

De camino a Atocha observo cómo mi padre ha menguado un poco y ahora tenemos una estatura similar. Lo veo abriéndose paso entre los turistas, la bolsita de cartón negro oscilando. Pienso, de repente, en aquella foto en blanco y negro que mi abuela tuvo en su mesilla de noche hasta que se murió. En ella, mi padre es un bebé de meses, tumbado boca abajo sobre una manta. Desnudo, levanta la cabeza mirando a cámara en un mundo sin color, que creo que fue la infancia de mi padre, aunque eso no me lo ha contado, pero lo intuyo. Los recuerdos se confunden a menudo con las fotografías y nos convertimos en imágenes que el tiempo fija y con los años volvemos a ellas para contarnos, de manera que mi padre es siempre, para mí, ese niño desnudo y asustado en una fotografía en blanco y negro del estudio Busquets Navarro, Barcelona, 1958.

En el paseo del Prado vemos la cola frente al museo y mi padre suspira. De su bolsita de cartón negro saca un objeto inadvertido para mí hasta el momento: una caja de plástico con un donut dentro. «Es de hoy», me dice. Y me la da y no sé decirle que no, de manera que seguimos andando con el ruido del plástico que es aplastado por el ordenador, la cartera, la agenda —«crac, crac, crac»—, y yo temiendo por el estado del donut cuando llegue a casa tres horas después, porque me aterra que les pueda pasar algo a las cosas que me regala mi padre.

Cuando llegamos a Atocha, nos sentamos diez minutos en la cafetería que han puesto en el lugar donde antes observábamos a todas aquellas tortugas nadar en las aguas verdosas del estanque gigante. Me ha preguntado lo de siempre y le he respondido que lo más difícil es renunciar a la idea que yo tenía de mí misma. Sin embargo, pronto hemos dejado de hablar, porque eran las 19:15, y hemos ido hacia la rampa mecánica, que se ha quedado, de repente, detenida, y hemos seguido andando, incómodos, por ella. A veces, aunque no esté en una rampa mecánica, tengo esa misma sensación: la inercia termina, algo en marcha se detiene de improviso, y tengo que seguir avanzando.

Cuando llego a Madrid, mi padre me recoge invariablemente tarde. Detiene su coche a la salida del AVE, en la planta de arriba, en la fila de al lado de los taxis, y siempre lo espero leyendo un libro. Antes de darme dos besos me pregunta qué tal el viaje y si se me ha hecho muy largo y luego, aunque eso solo lo pregunta a veces, cuando ya estoy sentada en el asiento del copiloto, me pregunta a quién leo y se ríe. «Y este quién es, a ver, seguro que es un comecocos-brutal», que es el término con el que bautizaba, haciendo una sutil imitación de las siglas del CCCB de Barcelona, todas las películas en versión original que yo lo llevaba a ver al cine. Películas en las que él, sin excepción, caía en un sueño profundo a los diez minutos de haber empezado. Aquel, el de CCCB, fue un término que con los años extendió también a autores, libros, obras de teatro.

Mi padre es muchas cosas, pero es siempre mi padre en Atocha. La nuestra es una relación a distancia, en diferido. Como si viviéramos en husos horarios distintos y casi incompatibles que dificultaran la comunicación.

Mi padre lleva camisas de rayas azules, mocasines de ante marrón, gafas de marca pero nunca de pasta porque dice que esas son de intelectual.

Mi padre no sabe, aunque sospecha, que a menudo le echo la culpa de cosas con las que no tiene nada que ver. Sin embargo, cuando algo me va mal, me es cómodo pensar que hay una explicación, y un padre ausente, mi padre ausente, ha sido un tema recurrente en las consultas de psicólogos que, sorprendidos, buscaban lo mismo que yo, sospecho que lo mismo que todos: una justificación.

Lo que más me gusta de la casa de mi padre, que está en las afueras de Madrid, en esas urbanizaciones clonadas en las que las mujeres siempre son rubias y llevan las uñas bien hechas, es el pasillo y esas largas lamas de parqué que quizás es sueco, no sé, pero nórdico, seguro. Ese pasillo largo, ancho e interminable que une la cocina y el salón con las demás estancias de la casa está cubierto por alfombras, pero no por completo. Así que avanzo de alfombra en alfombra, como si no pudiera tocar el parqué. Con el tiempo he llegado a convencerme de que las pequeñas alfombras son islas. Como las que pueblan la piel quemada de su cabeza. Voy de isla en isla hasta la cocina.

En realidad, un archipiélago está unido por lo que lo separa, y así ocurre con las personas.

A veces, cuando no se da cuenta, escucho las conversaciones de mi padre. Ayer, por ejemplo, lo escuché desde mi habitación mientras hablaba con una teleoperadora y él, paciente, se lamentaba de la poca calidad de la conexión y decía cosas como: «Verá, yo sé que no es su culpa, pero no la entiendo», o «Solo es cuestión de cambiar el número secreto de la tarjeta y me haría un favor enorme si me ayudara». Al colgar, oí que accedía a hacer una encuesta para valorar el servicio: «Me he sentido muy satisfecho del trato recibido», dijo.

Pensé que un padre que accede a hacer una encuesta después de media hora de trámites engorrosos es bueno. Que mi padre es bueno.

Cuando estoy en Madrid, mi padre me lleva a los sitios. Dice que quiere jubilarse pronto para poder llevarme en coche a todos lados porque yo no conduzco y a estas alturas ya ha perdido la esperanza de que lo haga. Dice que será mi Uber particular. Durante estos viajes en coche, a veces temo no saber qué decir, porque se queda callado, pero tengo un repertorio de bromas que aunque ya han caducado siempre desempolvo cuando tengo miedo de no ser lo suficientemente divertida para él.

Al despedirnos, mi padre en Atocha se queda rígido, esperando mientras la revisora me escanea el billete, y siento su mirada fija en mí a través del control, y pasamos las maletas y yo al otro lado y él sigue ahí, de pie. Es mi padre en Atocha que espera, y soy yo que agito la mano como queriendo decir: «Estoy bien, papá, voy a estar bien», aunque sabemos los dos que luego la mayoría de las veces tampoco es así.

Me doy la vuelta rápido porque siento que tengo que irme.

Mi padre y yo siempre estamos despidiéndonos en sitios y a veces pienso que él querría que me quedara más, pero yo no sé hacerlo —a los hijos, creo, se nos enseña a hacer eso, a saber quedarnos, pero yo, en algún momento, lo olvidé—.

Nunca he visto cómo se marcha mi padre de Atocha. Para mí, se queda siempre en la estación, hasta la próxima vez que vengo y me recoge en la planta de arriba, la de llegadas.

Ya desde dentro del vagón, miro la pantallita del móvil, las llamadas perdidas, y vuelvo a ver su nombre, su apellido, que es el mío, y sé que un día tengo que cambiarlo y poner «papá», pero sé que él tampoco se enteraría, que quizás la única que tiene que enterarse soy yo.

Pero solo pienso en cambiarlo cuando me estoy yendo de Atocha. Irse de los sitios es siempre desear volver, y solo desde ahí, desde el deseo, puedo yo volver a llamar a mi padre.


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