Texto aleatorio

Un gato lo llevaba en la boca e hizo amago de cruzar raudo el patio donde mi prima y yo, sin demasiado éxito, tratábamos de construir una cabaña en lo alto del único árbol que había. Era un ratón pequeño, delicado, de un color parduzco y ojos negrísimos.

Fue mi prima la que, sin piedad, se abalanzó sobre el gato armada de una escoba de jardín. No llegó a golpear al pobre gato, que salió despavorido ante el inesperado ataque de violencia y dejó al ratón herido abandonado a su suerte. Pero mi abuela sí que alcanzó a darle una colleja a mi prima y la reprendió con un «deja a los animales en paz». Mi prima, llorosa, replicó «que había que salvar al ratón porque era el débil». Antes de marcharse, mi abuela nos recordó que era ley de vida y que uno no podía jugar a ser dios ni inmiscuirse en asuntos que no le concernían. Yo, abanderado de las causas nobles e inútiles desde que nací, le respondí, grandilocuente, que le habíamos salvado la vida.

El ratón apenas tenía una herida que había dejado ya de sangrar y una pata un poco dañada que le impedía andar con normalidad.

Llenamos de agua y jabón un balde para lavar la ropa y, siguiendo los consejos que nos había dado la abuela para limpiarnos las heridas y rasguños, le lavamos los suyos. Mi prima dijo que quizás nos habíamos pasado con la cantidad de jabón y detergente en polvo, y yo me escuché decir, en esa expresión tan de mi madre cuando me llenaba hasta arriba el plato de puchero, que «más vale que sobre que no que falte». Pensé incluso en secarlo con el secador, pero al instante caí en que la abuela no iba a permitirlo jamás, que suficientes amenazas habíamos escuchado a lo largo de la tarde: «Si entra ese bicho en casa os voy a dar una buena», como para creer que podríamos llevarlo hasta el lavabo.

Como en los dibujos animados, le dimos queso. No nos sirvió el de barra light de la abuela, sino que echamos mano del otro, el caro de agujeros que el abuelo guardaba a buen recaudo, y nos llevamos otra reprimenda de la abuela, que nos amenazó con castigarnos lo que quedaba de verano si no dejábamos de alborotar con el asunto del ratoncito.

Con el nerviosismo que da estar haciendo las cosas mal y a escondidas, logramos recopilar unos cuantos ladrillos que había en el cobertizo y le construimos a nuestro huésped una especie de cabaña en el jardín. Intentando arreglarle la pata, mi prima había terminado dejándolo completamente cojo. «Lo que necesita es descansar», terció, así que lo metimos dentro de aquella casita improvisada en cuya entrada depositamos un buen trozo de queso de agujeros y nos despedimos del ratoncito, que desprendía un olor dulzón a detergente en polvo. Los ladrillos lo ocultarían y lo protegerían de los gatos, de los animales salvajes que creíamos que habitaban en las azoteas, en los bosques lejanos, en la oscuridad de la noche. Nosotros lo preservaríamos de todos aquellos peligros que no podíamos ni imaginar, de la muerte segura que de otro modo le hubiera dado caza.

Al día siguiente, no desayunamos. Aún con el pijama, agitados, con aquella excitación parecida a la de abrir los paquetes la mañana de Reyes, nos apresuramos a visitar a nuestro pequeño huésped. Salimos corriendo al patio para saludar al ratoncito y cerciorarnos de que nuestros cuidados habían surtido efecto, y así fue, porque al llegar vimos que los ladrillos habían aplastado al ratón, que yacía aprisionado debajo, con la patita separada del cuerpo por uno de ellos que le había arrancado la cola también.


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