El padre había perdido su trabajo. Se iban a otra ciudad. La última vez que el padre había dejado de fumar había sido el miércoles. Cogió la cajetilla de Lucky y la tiró al cubo de la basura. Después le escupió encima. Ahora era domingo y, mientras sostenía el volante con una mano, el cigarrillo de la boca buscaba tembloroso y ansioso la brasa eléctrica del mechero del coche.
En la radio se escuchaban los comentarios deportivos. El padre estaba preocupado por la suerte de un equipo y se puso a mover inquieto el dial. La madre también estaba preocupada por una corazonada: todos los demás coches venían en dirección contraria, lanzando destellos de advertencia en la ceniza gris de la carretera. A su lado, asegurada con los pies, llevaba una maceta con una azalea. En el asiento trasero, abrazado a Yoko, el niño miraba con angustia la evasión del día en la pantalla del automóvil, los rescoldos del sol en el vídeo indolente del horizonte. También él tenía un problema. Si no se daban prisa, si esa maldita ciudad no aparecía enseguida, perdería el capítulo de Hell’s Kingdom.
El niño adoraba a Baby Devil, el pequeño Satán protagonista de la serie. Era capaz de dibujarlo idéntico y de memoria, con trazos muy rápidos. Lo hacía en cualquier papel que tuviera a mano, con tiza en el pavimento o con un palo en la arena de la playa. En la escuela que ahora dejaba atrás habían organizado para los niños un concurso de postales navideñas y él retrató a Baby Devil sobre el portal de Belén, sosteniendo una estrella con el tridente. No le dieron el premio, pero él ya sabía distinguir lo que era éxito de lo que no lo era. Todo el mundo habló de su postal.
—¿Serías capaz de dibujar algo que no fuese ese Baby Devil? —preguntó la profesora.
Gracias a Baby Devil, el niño había conseguido que dejasen de apodarlo Bola de Sebo. Dibujó un bebé dinosaurio de ojos grandes y tiernos.
—Me gusta. Es bonito —dijo la profesora—. ¿Me lo regalas?
Ella nunca lo supo, pero aquella criatura menuda que sonreía entre flores gigantes era también Baby Devil, porque entre los poderes del héroe se contaban, desde luego, los de ser invisible o transformarse en cualquier otro ser. Para ser exactos, Baby Devil comía almas como quien chupa un helado Camy Jet o se zampa una chocolatina Kit Kat o traga una bolsa de Pop Corn Star. No tenía que molestarse demasiado en deshacerse de sus enemigos. En el peor momento, cuando estaban a punto de estrangularlo con la trenza mortal de la Princesa Gélida o de desintegrarlo con el lanzador de rayos de la nada del Caballero Vacío, el pequeño Satán soltaba por los ojos sus proyectiles de lágrimas, del tamaño de una bala de la vieja Browning 22 que su padre llevaba debajo de la axila y neutralizaba los mandos sentimentales de los agresores, luego introducía una depresión en su software y finalmente les comía el alma. Esa era una parte del programa especialmente emocionante pues cada alma tenía una forma sorprendente y un sabor exquisito, por perversos y nauseabundos que hubiesen sido sus antiguos dueños. Por ejemplo, la de la Princesa Gélida era un pez de almendra y la del Caballero Vacío una hoja de limonero frita en manteca de cisne. Gomo todos los héroes, Baby Devil quería llegar a algún lugar y para él ese reino misterioso era la confitería donde se fabricaban las almas, pero después de cada aventura, con las ansias multiplicadas por el efímero deleite, debía regresar junto a su envejecido padre, aquel hornero que no conseguía calentar los pies y que arrastraba un mortificante secreto. Él sabía dónde se encontraba la Suministradora Real de Almas, pero no quería enseñarle el camino a su hijo por miedo a perderlo para siempre.
—Ha ganado —dijo el padre con alegría, palmeando en el volante—. Ha ganado el Tirna-norg. Allí es a donde nosotros vamos.
—¿Por qué saldríamos tan tarde? —dijo la madre—. Siempre salimos tarde.
—¿Seguro que se ven todas las cadenas? —preguntó el niño con voz queda. Ya le habían dicho muchas veces que sí.
—Mañana tendremos que buscar un colegio —respondió la madre con un suspiro.
La noche esperó emboscada a que hubiesen pasado la gasolinera. Después el niño la vio enmascarada con un paño rojo, con las piernas colgando en el remolque de un tractor. La noche movió acompasadamente los pies como el péndulo de un reloj artesano y durmió al niño, que se quedó acurrucado en el asiento trasero, con la Yoko en el regazo.
Lo despertó el silencio con un soplo de aire fresco sobre los párpados y acariciándole fríamente las manos regordetas. Sudaba por todo el resto del cuerpo, pues estaba vestido encima de la cama, con una manta por encima y el chaquetón del padre en los pies. En el cielo de la habitación desconocida había una escalera de luz que nacía en la persiana entreabierta. Fue siguiendo los peldaños con los ojos hasta que decidió levantarse y acercarse a la ventana. Reconoció el coche familiar junto a la farola, con aquella cicatriz en el capó. En la valla próxima había un gran anuncio con un hombre con casco de minero y la cara tiznada, y con grandes letras que decían: «¿Qué no daría yo ahora por una Paddy?». Esa era la cerveza que le gustaba a su padre. Abrió la puerta y fue tanteando por el corredor hasta acostumbrar los ojos. Encendió la luz y vio que estaba en la cocina, desnuda de cosas y fría, como si el espíritu de la nevera, abierta y vacía, deambulara vagaroso por la casa, posando su aliento en el brillo pálido de los azulejos y del aluminio. Lo único vivo, de una vida tan radiante como perpleja, era la planta de azalea encima de la mesa.
Otra puerta que abrió era la del cuarto de baño, y nada había qué no hubiese sido ya visto, aquella desolación nocturna de laboratorio humano abandonado al sonido sordo de la cisterna, un murmullo, una vieja canción que enlazaba todas las viviendas, todas las ciudades conocidas, en la memoria del niño, como si en la noche hubiese un largo tubo subterráneo que comunicase aquel gorgoteo roncó de arrabal en arrabal, allá por donde ellos fuesen. Aquel manantial ciego tiró de él para mear y el niño, al levantar la tapa del váter, encontró, flotando en el agua como una vieja culpa, inútil ocultación devuelta siempre por el sumidero, la colilla del cigarrillo del padre y las hebras deshilachadas del tabaco.
Después encontró el cuarto de ellos. Se quedó en la puerta, sin encender la luz, solamente mirando el bulto de sus padres en la cama, sintiéndolos respirar a un tiempo, en creciente intensidad. Notó los pies fríos en la baldosa, y tuvo la impresión de que por el pasillo se acercaba, en forma de corriente violácea y con sucios dientes amarillos, el fantasma de la nevera. Estuvo a punto de echar a correr hacia aquella cama. Siempre que los veía así, abrazados, le entraba el deseo de deslizarse entre ellos. Pero arrimó lentamente la puerta y se fue al lugar que faltaba.
El niño recorrió con la mirada las familiares bolsas del equipaje, tumbadas y de bruces en el suelo de la sala como gruesos y somnolientos animales de compañía envejecidos mudanza a mudanza. Allí, junto a ellas, protegida como un perrito, estaba la Yoko, con su lomo liso de gris metalizado. Buscó un enchufe y movió el mando para sintonizar las cadenas. ¿Qué hora sería? En la pantallita de la televisión portátil se sucedieron una persecución automovilística, un arrecife de coral poblado de peces de colores, una película en blanco y negro en la que un hombre amenazaba a otro: «Llévatela de aquí si no quieres que te la quite», y una carta de ajuste con música de gaita. Baby Devil, pensó el niño, estará con su padre, dormido en su regazo, mientras este intenta inútilmente mantener los pies calientes y cura su nostalgia, como la polilla, mirando el corazón de las llamas.
Estaban cara a cara. La pequeña Yoko lamía de luz el rostro del niño, chispeaba en sus ojos, pero él notaba en la nuca el aliento frío del espíritu de la nevera. Sintió pasos. Enmarcada en la puerta, apareció la figura del padre, gigante esta vez, grande como nunca la había visto.
—¿Sabes qué hora es? —le gritó con enfado.
—No puedo dormir —tardó en responder el niño.
El padre se acercó despacio y acabó inclinado a su lado. El chaval seguía con los ojos clavados en la Yoko.
—¿No puedes dormir?
—No. Me desperté y no puedo dormir.
El padre posó su mano en la cabeza del niño y las llamaradas de la Yoko flamearon en la piel.
—¿Quieres venir a nuestra cama? —preguntó en voz baja.
—Sí —dijo el niño.
—¿Sabes cuántos años tienes? —dijo el padre ahora a la defensiva.
El niño no respondió, Parecía hechizado por algo que sucedía en la pantalla. El demonio canoso de rostro flaco mal afeitado acariciaba a Baby Devil con sus dedos huesudos y teñidos de nicotina. Después, apagaba la Yoko, cogía al niño en brazos y lo besaba con su hocico de púas.

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